Hay una prueba infalible para saber si un ensayo permanece vivo: preguntarse cuántos enemigos conserva. Medio siglo después de su publicación, Del buen salvaje al buen revolucionario sigue despertando adhesiones apasionadas y rechazos viscerales. Es la mejor noticia que puede recibir un autor. La peor suerte de un libro no es equivocarse; es dejar de importar.
Carlos Rangel lo publicó en 1976, cuando buena parte de la intelligentsia latinoamericana seguía mirando las revoluciones con una mezcla de fascinación y romanticismo. La historia parecía avanzar hacia el socialismo, el antiimperialismo era poco menos que un dogma y cuestionar ciertos lugares comunes equivalía a convertirse en sospechoso. Rangel hizo justamente eso. No escribió contra un gobierno ni contra un dirigente. Escribió contra una forma de pensar. Y sabía perfectamente que los mitos siempre tienen más defensores que los hechos.
Periodista brillante y polemista por vocación, el autor venezolano pagó un alto precio por desafiar las ortodoxias de su tiempo. El ensayo no fue recibido como una discrepancia de ideas, sino como una provocación.
La coincidencia del calendario añade este año un matiz particularmente sugerente. Mientras la obra alcanza su medio siglo de vida, EE. UU. celebra los 250 años de su Declaración de Independencia. Dos aniversarios unidos por una misma pregunta que hoy resulta tan pertinente como entonces: ¿por qué dos Américas nacidas bajo ideales de emancipación recorrieron caminos tan distintos? Rangel se negó a aceptar la explicación más cómoda. Pensó que el problema no consistía únicamente en lo que otros hicieron con la región, sino también en las decisiones que tomó la propia Latinoamérica.
Aquella era una herejía intelectual. Y, en buena medida, continúa siéndolo.
La gran virtud del libro consiste en desmontar una de las narraciones más resistentes del continente: la convicción de que casi todos nuestros fracasos tienen un origen externo. El colonialismo, el imperialismo, las grandes potencias, las multinacionales o el capitalismo aparecen una y otra vez como protagonistas absolutos de una historia donde los propios latinoamericanos desempeñan un papel sorprendentemente pasivo. Rangel no excluía la influencia de esos factores. Sí negaba que bastaran para explicar dos siglos de oportunidades desperdiciadas.
La diferencia parece pequeña. En realidad, lo cambia todo.
Porque cuando una sociedad se acostumbra a encontrar siempre un culpable fuera de sus fronteras, renuncia a examinarse con espíritu crítico. La responsabilidad desaparece y es sustituida por la coartada. La política deja de reformar para convertirse en una inagotable fábrica de agravios. El enemigo cambia de nombre según la época. El mecanismo permanece intacto.
Lo extraordinario es comprobar hasta qué punto ese diagnóstico permanece vigente en 2026. Rangel escribió antes de Hugo Chávez, de Nicolás Maduro, del Foro de São Paulo, del llamado socialismo del siglo XXI e incluso del regreso del populismo en democracias consolidadas. Sin embargo, muchas de sus páginas parecen escritas después de haber contemplado ese paisaje. No porque adivinara el futuro, sino porque entendió algo más profundo: las ideas sobreviven a quienes las formulan y los relatos políticos suelen cambiar mucho menos que los gobiernos.
El lector de hoy encuentra matices allí donde Rangel veía certezas. Percibe simplificaciones históricas, afirmaciones demasiado categóricas y una confianza quizá excesiva en algunos modelos de desarrollo. También presta menos atención de la deseable a algunos factores internacionales que contribuyeron a explicar el desarrollo desigual del continente. Pero esa es, precisamente, la condición de los grandes ensayos: no ofrecer respuestas definitivas, sino formular interrogantes que resisten el desgaste del tiempo.
Y pocas preguntas han resistido mejor.
Rangel intuía que las naciones no fracasan únicamente por culpa de malos gobernantes o economías deficientes. También fracasan cuando convierten ciertos relatos en verdades intocables. Las ideas crean hábitos. Los hábitos moldean instituciones. Y las instituciones terminan decidiendo el destino de los países. Es una cadena mucho más difícil de romper que cualquier revolución.
No deja de ser irónico que un libro acusado durante décadas de exagerar haya terminado pareciendo, en algunos aspectos, moderado. La realidad latinoamericana ha sido mucho más implacable que muchas de sus advertencias. Venezuela constituye el ejemplo más dramático, pero no el único. La tentación de gobernar desde el resentimiento, de convertir el victimismo en identidad nacional y de prometer redenciones imposibles sigue recorriendo la región con una vitalidad que Rangel habría reconocido.
Las reliquias se conservan por respeto. Los clásicos se releen porque nunca terminan de decirlo todo. Medio siglo después, Del buen salvaje al buen revolucionario nos recuerda que los pueblos no empiezan a cambiar cuando descubren quién tiene la culpa de sus problemas, sino cuando dejan de utilizar esa culpa como excusa. Los mitos nunca desaparecen. Simplemente cambian de nombre. Rangel lo entendió antes que casi nadie. Por eso su ensayo ha envejecido mejor que la mayoría de las certezas de su época.
Hay una prueba infalible para saber si un ensayo permanece vivo: preguntarse cuántos enemigos conserva. Medio siglo después de su publicación, Del buen salvaje al buen revolucionario sigue despertando adhesiones apasionadas y rechazos viscerales. Es la mejor noticia que puede recibir un autor. La peor suerte de un libro no es equivocarse; es dejar de importar.
Carlos Rangel lo publicó en 1976, cuando buena parte de la intelligentsia latinoamericana seguía mirando las revoluciones con una mezcla de fascinación y romanticismo. La historia parecía avanzar hacia el socialismo, el antiimperialismo era poco menos que un dogma y cuestionar ciertos lugares comunes equivalía a convertirse en sospechoso. Rangel hizo justamente eso. No escribió contra un gobierno ni contra un dirigente. Escribió contra una forma de pensar. Y sabía perfectamente que los mitos siempre tienen más defensores que los hechos.
Periodista brillante y polemista por vocación, el autor venezolano pagó un alto precio por desafiar las ortodoxias de su tiempo. El ensayo no fue recibido como una discrepancia de ideas, sino como una provocación.
La coincidencia del calendario añade este año un matiz particularmente sugerente. Mientras la obra alcanza su medio siglo de vida, EE. UU. celebra los 250 años de su Declaración de Independencia. Dos aniversarios unidos por una misma pregunta que hoy resulta tan pertinente como entonces: ¿por qué dos Américas nacidas bajo ideales de emancipación recorrieron caminos tan distintos? Rangel se negó a aceptar la explicación más cómoda. Pensó que el problema no consistía únicamente en lo que otros hicieron con la región, sino también en las decisiones que tomó la propia Latinoamérica.
Aquella era una herejía intelectual. Y, en buena medida, continúa siéndolo.
La gran virtud del libro consiste en desmontar una de las narraciones más resistentes del continente: la convicción de que casi todos nuestros fracasos tienen un origen externo. El colonialismo, el imperialismo, las grandes potencias, las multinacionales o el capitalismo aparecen una y otra vez como protagonistas absolutos de una historia donde los propios latinoamericanos desempeñan un papel sorprendentemente pasivo. Rangel no excluía la influencia de esos factores. Sí negaba que bastaran para explicar dos siglos de oportunidades desperdiciadas.
La diferencia parece pequeña. En realidad, lo cambia todo.
Porque cuando una sociedad se acostumbra a encontrar siempre un culpable fuera de sus fronteras, renuncia a examinarse con espíritu crítico. La responsabilidad desaparece y es sustituida por la coartada. La política deja de reformar para convertirse en una inagotable fábrica de agravios. El enemigo cambia de nombre según la época. El mecanismo permanece intacto.
Lo extraordinario es comprobar hasta qué punto ese diagnóstico permanece vigente en 2026. Rangel escribió antes de Hugo Chávez, de Nicolás Maduro, del Foro de São Paulo, del llamado socialismo del siglo XXI e incluso del regreso del populismo en democracias consolidadas. Sin embargo, muchas de sus páginas parecen escritas después de haber contemplado ese paisaje. No porque adivinara el futuro, sino porque entendió algo más profundo: las ideas sobreviven a quienes las formulan y los relatos políticos suelen cambiar mucho menos que los gobiernos.
El lector de hoy encuentra matices allí donde Rangel veía certezas. Percibe simplificaciones históricas, afirmaciones demasiado categóricas y una confianza quizá excesiva en algunos modelos de desarrollo. También presta menos atención de la deseable a algunos factores internacionales que contribuyeron a explicar el desarrollo desigual del continente. Pero esa es, precisamente, la condición de los grandes ensayos: no ofrecer respuestas definitivas, sino formular interrogantes que resisten el desgaste del tiempo.
Y pocas preguntas han resistido mejor.
Rangel intuía que las naciones no fracasan únicamente por culpa de malos gobernantes o economías deficientes. También fracasan cuando convierten ciertos relatos en verdades intocables. Las ideas crean hábitos. Los hábitos moldean instituciones. Y las instituciones terminan decidiendo el destino de los países. Es una cadena mucho más difícil de romper que cualquier revolución.
No deja de ser irónico que un libro acusado durante décadas de exagerar haya terminado pareciendo, en algunos aspectos, moderado. La realidad latinoamericana ha sido mucho más implacable que muchas de sus advertencias. Venezuela constituye el ejemplo más dramático, pero no el único. La tentación de gobernar desde el resentimiento, de convertir el victimismo en identidad nacional y de prometer redenciones imposibles sigue recorriendo la región con una vitalidad que Rangel habría reconocido.
Las reliquias se conservan por respeto. Los clásicos se releen porque nunca terminan de decirlo todo. Medio siglo después, Del buen salvaje al buen revolucionario nos recuerda que los pueblos no empiezan a cambiar cuando descubren quién tiene la culpa de sus problemas, sino cuando dejan de utilizar esa culpa como excusa. Los mitos nunca desaparecen. Simplemente cambian de nombre. Rangel lo entendió antes que casi nadie. Por eso su ensayo ha envejecido mejor que la mayoría de las certezas de su época.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: