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El potencial mineral que Guatemala aún no aprovecha

Ignacio Cetina
31 de julio, 2026

Hay una gran ironía en nuestro país. Varios municipios con una gran riqueza mineral encabezan las cifras de pobreza. Panzós, el municipio más pobre de Guatemala —con una pobreza del 99.4%— también está entre los que concentran riqueza minera.

En El Estor, la cifra llega a un 78.1 % y en San Rafael Las Flores a un 70.3 %. La paradoja es que, con abundantes recursos, la riqueza no se traduce en desarrollo para estos tres municipios que tienen el potencial minero: níquel y plata.

Esa riqueza, además, no está repartida al azar. El níquel, el cobalto y el hierro del país siguen un corredor geológico definido por el sistema de fallas Polochic-Motagua, que atraviesa el centro y el nororiente de Guatemala.

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El níquel, por ejemplo, no es un mineral cualquiera. Es un insumo estratégico para el acero inoxidable, las aleaciones resistentes y ciertas baterías, cada vez más disputado a medida que los países buscan reducir su dependencia de mercados concentrados, sobre todo de China. 

Los cinturones ofiolíticos que alojan estos minerales aparecen en Huehuetenango, Baja Verapaz, Alta Verapaz e Izabal; pero el núcleo con mayor potencial económico se extiende entre El Estor, en Izabal, y los municipios de Panzós y Senahú, en Alta Verapaz. 

Allí se encuentran los principales proyectos y depósitos conocidos: Fénix, Montúfar, Sechol y otros prospectos desarrollados alrededor del cinturón niquelífero del Polochic. 

Las áreas autorizadas de Sechol y Montúfar tan solo abarcan aproximadamente 15.24 y 31.47 kilómetros cuadrados, respectivamente, y corresponden a licencias específicas, no a toda la extensión geológica con potencial de níquel. Mientras el resto del país guarda una riqueza igual de diversa: zinc en Izabal, plomo en San Marcos y Huehuetenango, plata en San Marcos y Santa Rosa y titanio en la Costa Sur.

La falta de certeza jurídica frenó ese y otros corredores durante años, y las cifras lo confirman. Por ejemplo, tras la suspensión de operaciones en Izabal, el sector de minas y canteras cayó un 70 %, arrastrando al PIB departamental a una contracción de 5.8 % y recortando las planillas de las operaciones principales en un 95 %. Este es el crecimiento que estas comunidades necesitan. Frenar esta parte de la economía es condenarlas a seguir como están: en pobreza extrema. 

Por otra parte, pocos proveedores de minerales críticos tienen la ventaja geopolítica que Guatemala podría capitalizar en este momento.  A diferencia de China e Indonesia —los dos gigantes que dominan el tablero mundial de minerales críticos, el primero en procesamiento de tierras raras, el segundo en oferta de níquel—, arrastran fricciones constantes con Washington que Guatemala no tiene.

EE. UU. depende de Pekín para una porción relevante de sus importaciones de minerales críticos, una vulnerabilidad que el corredor Polochic-Motagua está en posición de ayudar a reducir, justo cuando Occidente busca relocalizar sus cadenas de suministro y asegurar fuentes confiables mediante el nearshoring.

Pero el corredor ya existe; lo que falta es la estrategia que lo conecte con desarrollo real. Guatemala sigue exportando la mayor parte de su mineral sin transformación local, lo que significa exportar también empleos industriales, conocimiento técnico y recaudación.

El salto pendiente es pasar de la extracción a la clasificación y el procesamiento, algo que exige energía competitiva, infraestructura y, sobre todo, consultas comunitarias que se resuelvan antes de que exista actividad, no después de años de conflicto.

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El potencial mineral que Guatemala aún no aprovecha

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31 de julio, 2026

Hay una gran ironía en nuestro país. Varios municipios con una gran riqueza mineral encabezan las cifras de pobreza. Panzós, el municipio más pobre de Guatemala —con una pobreza del 99.4%— también está entre los que concentran riqueza minera.

En El Estor, la cifra llega a un 78.1 % y en San Rafael Las Flores a un 70.3 %. La paradoja es que, con abundantes recursos, la riqueza no se traduce en desarrollo para estos tres municipios que tienen el potencial minero: níquel y plata.

Esa riqueza, además, no está repartida al azar. El níquel, el cobalto y el hierro del país siguen un corredor geológico definido por el sistema de fallas Polochic-Motagua, que atraviesa el centro y el nororiente de Guatemala.

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El níquel, por ejemplo, no es un mineral cualquiera. Es un insumo estratégico para el acero inoxidable, las aleaciones resistentes y ciertas baterías, cada vez más disputado a medida que los países buscan reducir su dependencia de mercados concentrados, sobre todo de China. 

Los cinturones ofiolíticos que alojan estos minerales aparecen en Huehuetenango, Baja Verapaz, Alta Verapaz e Izabal; pero el núcleo con mayor potencial económico se extiende entre El Estor, en Izabal, y los municipios de Panzós y Senahú, en Alta Verapaz. 

Allí se encuentran los principales proyectos y depósitos conocidos: Fénix, Montúfar, Sechol y otros prospectos desarrollados alrededor del cinturón niquelífero del Polochic. 

Las áreas autorizadas de Sechol y Montúfar tan solo abarcan aproximadamente 15.24 y 31.47 kilómetros cuadrados, respectivamente, y corresponden a licencias específicas, no a toda la extensión geológica con potencial de níquel. Mientras el resto del país guarda una riqueza igual de diversa: zinc en Izabal, plomo en San Marcos y Huehuetenango, plata en San Marcos y Santa Rosa y titanio en la Costa Sur.

La falta de certeza jurídica frenó ese y otros corredores durante años, y las cifras lo confirman. Por ejemplo, tras la suspensión de operaciones en Izabal, el sector de minas y canteras cayó un 70 %, arrastrando al PIB departamental a una contracción de 5.8 % y recortando las planillas de las operaciones principales en un 95 %. Este es el crecimiento que estas comunidades necesitan. Frenar esta parte de la economía es condenarlas a seguir como están: en pobreza extrema. 

Por otra parte, pocos proveedores de minerales críticos tienen la ventaja geopolítica que Guatemala podría capitalizar en este momento.  A diferencia de China e Indonesia —los dos gigantes que dominan el tablero mundial de minerales críticos, el primero en procesamiento de tierras raras, el segundo en oferta de níquel—, arrastran fricciones constantes con Washington que Guatemala no tiene.

EE. UU. depende de Pekín para una porción relevante de sus importaciones de minerales críticos, una vulnerabilidad que el corredor Polochic-Motagua está en posición de ayudar a reducir, justo cuando Occidente busca relocalizar sus cadenas de suministro y asegurar fuentes confiables mediante el nearshoring.

Pero el corredor ya existe; lo que falta es la estrategia que lo conecte con desarrollo real. Guatemala sigue exportando la mayor parte de su mineral sin transformación local, lo que significa exportar también empleos industriales, conocimiento técnico y recaudación.

El salto pendiente es pasar de la extracción a la clasificación y el procesamiento, algo que exige energía competitiva, infraestructura y, sobre todo, consultas comunitarias que se resuelvan antes de que exista actividad, no después de años de conflicto.

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