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El Congreso insiste en la vieja trampa de las interpelaciones

Ana González
13 de agosto, 2026

Las interpelaciones son un mecanismo constitucional de fiscalización, pero en los últimos años se han convertido en una herramienta para entorpecer la agenda legislativa, así como para presionar y desgastar al gobierno de turno.

Por qué importa. Lejos de cuestionar la gestión de los funcionarios o corregir deficiencias en la administración pública, las interpelaciones se utilizan para presionar al Ejecutivo y desgastar al gobierno de turno.

  • En 2016 se modificó la ley para impedir que las interpelaciones acapararan la actividad del pleno y bloquearan la agenda legislativa, al establecer un día específico para su desarrollo.

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  • Sin embargo, la medida no ha sido suficiente: la oposición ha reducido la actividad de los jueves al programar interpelaciones que avanzan con lentitud.

  • El Congreso tiene 28 solicitudes de interpelación pendientes, cuyo inicio está previsto a partir del 27 de agosto, mientras una ya está en curso. De ese total, 12 fueron promovidas por Teresita de León, hija de Sandra Torres, quien se perfila nuevamente para participar en la carrera presidencial de 2027.

En el radar. La presión sobre los funcionarios comienza desde que se fija la fecha y hora de la interpelación, pues a partir de ese momento tienen prohibido salir del país. Además, deben acudir al Congreso aunque todavía no haya concluido el interrogatorio del funcionario que los antecede. El 27 de agosto, varios ministros deberán reservar espacio en su agenda para permanecer en el Legislativo.

  • La ministra de Comunicaciones, Norma Zea, acumula siete solicitudes de interpelación; el ministro de Salud, Joaquín Barnoya, cinco, y la ministra de Trabajo, cuatro.

  • Los funcionarios deben presentarse al Congreso mientras la interpelación permanezca vigente, una situación que puede prolongarse hasta que concluya el proceso o dejen el cargo.

  • En los últimos 25 años, el Congreso solo ha emitido dos votos de falta de confianza contra ministros. El primero ocurrió en 2006, contra la entonces ministra de Educación, María del Carmen Aceña —que permaneció en el cargo por no conseguir la oposición mayoría calificada—, y el segundo, en 2007, contra el entonces ministro de Gobernación, Carlos Vielmann.

Hemeroteca. Durante el gobierno de Álvaro Colom, la oposición, encabezada por diputados del Partido Patriota, perfeccionó el uso del juicio político. Los legisladores no dudaban en poner contra las cuerdas a los ministros y utilizar el cuórum como herramienta de presión. Sin embargo, al llegar al poder, la bancada Líder, dirigida por Roberto Villate, llevó esta práctica a otro nivel y terminó por complicar aún más el funcionamiento del Congreso, al punto de frenar el avance de la agenda legislativa.

  • Las solicitudes de interpelación se acumulaban y, apenas concluía una, los diputados buscaban sentar en el banquillo a otro funcionario. Pavel Centeno, entonces ministro de Finanzas, renunció en medio del hostigamiento de los diputados. Su dimisión no fue aceptada de inmediato y, meses después, terminó dejando el cargo.

  • La interpelación contra la entonces ministra de Educación, Cynthia del Águila, duró más de 120 sesiones plenarias, un ejemplo de cómo estos procesos podían prolongarse durante meses y desplazar otros asuntos de la agenda legislativa. 

  • Años después, se reformó la legislación para evitar que las interpelaciones paralizaran la agenda del Congreso. Sin embargo, los diputados han encontrado nuevas formas de convertirlas en una piedra en el zapato del Legislativo, incluso cuando los cuestionamientos no producen resultados concretos.

En conclusión. Al final, las interpelaciones se han convertido en mero show político: más que fiscalizar y obtener resultados, sirven para desgastar funcionarios, chantajear políticamente y bloquear la agenda.

  • En un escenario preelectoral, también pueden utilizarse para ganar protagonismo y simpatía entre los votantes, aunque los cuestionamientos no produzcan consecuencias concretas.

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El Congreso insiste en la vieja trampa de las interpelaciones

Ana González
13 de agosto, 2026

Las interpelaciones son un mecanismo constitucional de fiscalización, pero en los últimos años se han convertido en una herramienta para entorpecer la agenda legislativa, así como para presionar y desgastar al gobierno de turno.

Por qué importa. Lejos de cuestionar la gestión de los funcionarios o corregir deficiencias en la administración pública, las interpelaciones se utilizan para presionar al Ejecutivo y desgastar al gobierno de turno.

  • En 2016 se modificó la ley para impedir que las interpelaciones acapararan la actividad del pleno y bloquearan la agenda legislativa, al establecer un día específico para su desarrollo.

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  • Sin embargo, la medida no ha sido suficiente: la oposición ha reducido la actividad de los jueves al programar interpelaciones que avanzan con lentitud.

  • El Congreso tiene 28 solicitudes de interpelación pendientes, cuyo inicio está previsto a partir del 27 de agosto, mientras una ya está en curso. De ese total, 12 fueron promovidas por Teresita de León, hija de Sandra Torres, quien se perfila nuevamente para participar en la carrera presidencial de 2027.

En el radar. La presión sobre los funcionarios comienza desde que se fija la fecha y hora de la interpelación, pues a partir de ese momento tienen prohibido salir del país. Además, deben acudir al Congreso aunque todavía no haya concluido el interrogatorio del funcionario que los antecede. El 27 de agosto, varios ministros deberán reservar espacio en su agenda para permanecer en el Legislativo.

  • La ministra de Comunicaciones, Norma Zea, acumula siete solicitudes de interpelación; el ministro de Salud, Joaquín Barnoya, cinco, y la ministra de Trabajo, cuatro.

  • Los funcionarios deben presentarse al Congreso mientras la interpelación permanezca vigente, una situación que puede prolongarse hasta que concluya el proceso o dejen el cargo.

  • En los últimos 25 años, el Congreso solo ha emitido dos votos de falta de confianza contra ministros. El primero ocurrió en 2006, contra la entonces ministra de Educación, María del Carmen Aceña —que permaneció en el cargo por no conseguir la oposición mayoría calificada—, y el segundo, en 2007, contra el entonces ministro de Gobernación, Carlos Vielmann.

Hemeroteca. Durante el gobierno de Álvaro Colom, la oposición, encabezada por diputados del Partido Patriota, perfeccionó el uso del juicio político. Los legisladores no dudaban en poner contra las cuerdas a los ministros y utilizar el cuórum como herramienta de presión. Sin embargo, al llegar al poder, la bancada Líder, dirigida por Roberto Villate, llevó esta práctica a otro nivel y terminó por complicar aún más el funcionamiento del Congreso, al punto de frenar el avance de la agenda legislativa.

  • Las solicitudes de interpelación se acumulaban y, apenas concluía una, los diputados buscaban sentar en el banquillo a otro funcionario. Pavel Centeno, entonces ministro de Finanzas, renunció en medio del hostigamiento de los diputados. Su dimisión no fue aceptada de inmediato y, meses después, terminó dejando el cargo.

  • La interpelación contra la entonces ministra de Educación, Cynthia del Águila, duró más de 120 sesiones plenarias, un ejemplo de cómo estos procesos podían prolongarse durante meses y desplazar otros asuntos de la agenda legislativa. 

  • Años después, se reformó la legislación para evitar que las interpelaciones paralizaran la agenda del Congreso. Sin embargo, los diputados han encontrado nuevas formas de convertirlas en una piedra en el zapato del Legislativo, incluso cuando los cuestionamientos no producen resultados concretos.

En conclusión. Al final, las interpelaciones se han convertido en mero show político: más que fiscalizar y obtener resultados, sirven para desgastar funcionarios, chantajear políticamente y bloquear la agenda.

  • En un escenario preelectoral, también pueden utilizarse para ganar protagonismo y simpatía entre los votantes, aunque los cuestionamientos no produzcan consecuencias concretas.

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