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El arsenal de la democracia se agota  

Con la guerra moderna, Turquía, Ucrania, Corea del Sur, Israel y una Europa cada vez más rearmada no necesitan superar a EE. UU. en todo el espectro tecnológico.

Rafael P. Palomo
24 de agosto, 2026

Durante décadas, la tecnología militar estadounidense ocupó una posición privilegiada en el mercado global de armas: cara, sofisticada y a menudo acompañada de condiciones restrictivas, pero respaldada por la mayor industria de defensa del mundo y por las garantías de seguridad de la potencia militar dominante del planeta. Comprar estadounidense era, más que simplemente adquirir armamento, era un ecosistema.

  • Ese ecosistema no está colapsando; EE. UU. representó el 42 % de las exportaciones mundiales de armamento pesado entre 2021 y 2025, más que los siguientes siete exportadores combinados.

Cómo funciona. Las guerras de la década de 2020 han expuesto una debilidad que la superioridad tecnológica puede ocultar en tiempos de paz: las guerras consumen armas mucho más rápido de lo que los sistemas industriales pueden reemplazarlas. La guerra con Irán ha complicado considerablemente ese problema. A medida que se consumen los arsenales estadounidenses y Washington se prepara simultáneamente para compromisos en Europa, Medio Oriente y, potencialmente, el Indo-Pacífico, cada batería Patriot o interceptor prometido en el extranjero compite con otra prioridad doméstica.

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  • Suiza ordenó cinco sistemas Patriot en 2022, esperando recibirlos entre 2026 y 2028. Washington modificó sus prioridades de producción, provocando inicialmente un retraso estimado de entre cuatro y cinco años que, en medio de la guerra en Medio Oriente, aumentó a entre cinco y siete años.

  • Berna suspendió los pagos y comenzó a buscar otro sistema de defensa aérea de largo alcance, preferiblemente fabricado en Europa.

  • Suiza finalmente reanudó los pagos por los Patriot en junio, pero simultáneamente abrió negociaciones con fabricantes franceses, israelíes y surcoreanos para adquirir un segundo sistema.

Por qué importa. Dinamarca fue más lejos. Copenhague eligió el SAMP/T NG francoitaliano sobre el Patriot, convirtiéndose en su tercer cliente después de Francia e Italia. Se espera que las entregas comiencen en 2028. Aunque estas siguen siendo decisiones aisladas, los mercados pueden comenzar a cambiar en los márgenes mucho antes de que el líder pierda hegemonía. Y el problema de EE. UU. ya no es exclusivamente de disponibilidad, sino de dependencia. La reconsideración de Canadá sobre su flota prevista de 88 F-35 ilustra la dimensión política.

  • Las armas estadounidenses existen dentro de enormes ecosistemas tecnológicos que involucran software propietario, mantenimiento, repuestos, actualizaciones, municiones y cooperación continua con Washington.

  • Esa integración es, en parte, lo que las hace extraordinariamente capaces. También significa que comprar estadounidense puede crear décadas de dependencia estratégica de la política estadounidense.

  • Para los aliados cercanos, históricamente, ese era un precio aceptable. Un Washington más transaccional, empero, hace que el cálculo sea menos automático.

Entre líneas. Los beneficiarios ya están apareciendo. Turquía, tras ser expulsada del programa F-35 en 2019 por la compra del sistema ruso S-400, Ankara no se limitó a buscar otro proveedor. Aceleró la construcción de su propia industria de defensa. Hoy, más del 70 % del gasto militar turco proviene de fuentes nacionales, mientras que sistemas como el Bayraktar TB2 y el Akıncı han convertido a Turquía en un competidor serio precisamente en el tipo de mercado donde los sistemas estadounidenses pueden resultar prohibitivamente caros.

  • Ahora, Ucrania presenta un competidor todavía más extraño. Cuatro años de guerra existencial han transformado al país en quizá el laboratorio de tecnología de defensa más brutal del mundo.

  • Los ingenieros ucranianos han aprendido a construir, modificar y reemplazar drones bajo condiciones que ningún programa de adquisiciones en tiempos de paz puede reproducir.

  • Kyiv está llevando ahora ese conocimiento al extranjero, desarrollando relaciones de defensa con los Estados del Golfo y discutiendo cooperación con el propio EE. UU. para la producción de drones.

Punto de quiebre. Durante buena parte de la era posterior a la Guerra Fría, Washington se volvió excepcionalmente bueno construyendo sistemas enormemente capaces, con precios enormes y cadenas de suministro complejas. Ucrania y Medio Oriente han reintroducido otra variable: la masa. Un misil que cuesta millones de dólares puede destruir espectacularmente su objetivo. Pero un ejército que no puede reemplazar ese misil con suficiente rapidez eventualmente se enfrenta a la aritmética.

  • Con la guerra moderna, Turquía, Ucrania, Corea del Sur, Israel y una Europa cada vez más rearmada no necesitan superar a EE. UU. en todo el espectro tecnológico.

  • Basta con satisfacer a suficientes clientes para quienes la autonomía, el tiempo de entrega y el precio importan tanto como la capacidad. Para EE. UU. las exportaciones de armas no son simplemente un negocio, sino poder.

  • Un país que opera F-35, Patriots o HIMARS entra en relaciones que involucran entrenamiento, logística, inteligencia y décadas de cooperación militar. 

En conclusión. Cada sistema reemplazado representa más que ingresos perdidos u otro competidor ganando cuota de mercado. 

  • Gradualmente, los ecosistemas de defensa crean redes alternativas de dependencia estratégica. No obstante, con el 42 % de las exportaciones globales, cientos de F-35 todavía encargados por Europa, y una base tecnológica cuyos competidores tendrían dificultades para replicar, las predicciones sobre la muerte del dominio estadounidense en el mercado de armas son descabelladas. 
  • Pero los monopolios se desvanecen lentamente y empiezan cuando los competidores se vuelven suficientemente buenos mientras el actor dominante se vuelve caro, lento o inconveniente. 

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Rafael P. Palomo
24 de agosto, 2026

Durante décadas, la tecnología militar estadounidense ocupó una posición privilegiada en el mercado global de armas: cara, sofisticada y a menudo acompañada de condiciones restrictivas, pero respaldada por la mayor industria de defensa del mundo y por las garantías de seguridad de la potencia militar dominante del planeta. Comprar estadounidense era, más que simplemente adquirir armamento, era un ecosistema.

  • Ese ecosistema no está colapsando; EE. UU. representó el 42 % de las exportaciones mundiales de armamento pesado entre 2021 y 2025, más que los siguientes siete exportadores combinados.

Cómo funciona. Las guerras de la década de 2020 han expuesto una debilidad que la superioridad tecnológica puede ocultar en tiempos de paz: las guerras consumen armas mucho más rápido de lo que los sistemas industriales pueden reemplazarlas. La guerra con Irán ha complicado considerablemente ese problema. A medida que se consumen los arsenales estadounidenses y Washington se prepara simultáneamente para compromisos en Europa, Medio Oriente y, potencialmente, el Indo-Pacífico, cada batería Patriot o interceptor prometido en el extranjero compite con otra prioridad doméstica.

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  • Suiza ordenó cinco sistemas Patriot en 2022, esperando recibirlos entre 2026 y 2028. Washington modificó sus prioridades de producción, provocando inicialmente un retraso estimado de entre cuatro y cinco años que, en medio de la guerra en Medio Oriente, aumentó a entre cinco y siete años.

  • Berna suspendió los pagos y comenzó a buscar otro sistema de defensa aérea de largo alcance, preferiblemente fabricado en Europa.

  • Suiza finalmente reanudó los pagos por los Patriot en junio, pero simultáneamente abrió negociaciones con fabricantes franceses, israelíes y surcoreanos para adquirir un segundo sistema.

Por qué importa. Dinamarca fue más lejos. Copenhague eligió el SAMP/T NG francoitaliano sobre el Patriot, convirtiéndose en su tercer cliente después de Francia e Italia. Se espera que las entregas comiencen en 2028. Aunque estas siguen siendo decisiones aisladas, los mercados pueden comenzar a cambiar en los márgenes mucho antes de que el líder pierda hegemonía. Y el problema de EE. UU. ya no es exclusivamente de disponibilidad, sino de dependencia. La reconsideración de Canadá sobre su flota prevista de 88 F-35 ilustra la dimensión política.

  • Las armas estadounidenses existen dentro de enormes ecosistemas tecnológicos que involucran software propietario, mantenimiento, repuestos, actualizaciones, municiones y cooperación continua con Washington.

  • Esa integración es, en parte, lo que las hace extraordinariamente capaces. También significa que comprar estadounidense puede crear décadas de dependencia estratégica de la política estadounidense.

  • Para los aliados cercanos, históricamente, ese era un precio aceptable. Un Washington más transaccional, empero, hace que el cálculo sea menos automático.

Entre líneas. Los beneficiarios ya están apareciendo. Turquía, tras ser expulsada del programa F-35 en 2019 por la compra del sistema ruso S-400, Ankara no se limitó a buscar otro proveedor. Aceleró la construcción de su propia industria de defensa. Hoy, más del 70 % del gasto militar turco proviene de fuentes nacionales, mientras que sistemas como el Bayraktar TB2 y el Akıncı han convertido a Turquía en un competidor serio precisamente en el tipo de mercado donde los sistemas estadounidenses pueden resultar prohibitivamente caros.

  • Ahora, Ucrania presenta un competidor todavía más extraño. Cuatro años de guerra existencial han transformado al país en quizá el laboratorio de tecnología de defensa más brutal del mundo.

  • Los ingenieros ucranianos han aprendido a construir, modificar y reemplazar drones bajo condiciones que ningún programa de adquisiciones en tiempos de paz puede reproducir.

  • Kyiv está llevando ahora ese conocimiento al extranjero, desarrollando relaciones de defensa con los Estados del Golfo y discutiendo cooperación con el propio EE. UU. para la producción de drones.

Punto de quiebre. Durante buena parte de la era posterior a la Guerra Fría, Washington se volvió excepcionalmente bueno construyendo sistemas enormemente capaces, con precios enormes y cadenas de suministro complejas. Ucrania y Medio Oriente han reintroducido otra variable: la masa. Un misil que cuesta millones de dólares puede destruir espectacularmente su objetivo. Pero un ejército que no puede reemplazar ese misil con suficiente rapidez eventualmente se enfrenta a la aritmética.

  • Con la guerra moderna, Turquía, Ucrania, Corea del Sur, Israel y una Europa cada vez más rearmada no necesitan superar a EE. UU. en todo el espectro tecnológico.

  • Basta con satisfacer a suficientes clientes para quienes la autonomía, el tiempo de entrega y el precio importan tanto como la capacidad. Para EE. UU. las exportaciones de armas no son simplemente un negocio, sino poder.

  • Un país que opera F-35, Patriots o HIMARS entra en relaciones que involucran entrenamiento, logística, inteligencia y décadas de cooperación militar. 

En conclusión. Cada sistema reemplazado representa más que ingresos perdidos u otro competidor ganando cuota de mercado. 

  • Gradualmente, los ecosistemas de defensa crean redes alternativas de dependencia estratégica. No obstante, con el 42 % de las exportaciones globales, cientos de F-35 todavía encargados por Europa, y una base tecnológica cuyos competidores tendrían dificultades para replicar, las predicciones sobre la muerte del dominio estadounidense en el mercado de armas son descabelladas. 
  • Pero los monopolios se desvanecen lentamente y empiezan cuando los competidores se vuelven suficientemente buenos mientras el actor dominante se vuelve caro, lento o inconveniente. 

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