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Así es la estrategia de tres años para liberar Venezuela

.
Rafael P. Palomo
27 de abril, 2026

La liberación de Venezuela no está siendo mitigada con emociones, sino con una estrategia estructurada y amplia que, para que perdure, tomará tiempo. 

En perspectiva. La sustitución de Laura Dogu por John M. Barrett como encargado de negocios de EE. UU. en Caracas ha sido interpretada, en una primera mirada, como un cambio de política de la administración Trump en Venezuela. La izquierda lo ha planteado como el fracaso de un plan y, prácticamente, una improvisación para intentar reencaminar el proceso en Venezuela. Nada podría estar más alejado de la realidad. A pesar del cambio de liderazgo, la estrategia estadounidense hacia Venezuela no ha variado en su diseño.  

  • El plan sigue respondiendo a la misma arquitectura de tres fases —estabilización, recuperación y transición política— que se viene ejecutando desde la reapertura del canal diplomático, diseñada por el Departamento de Estado y el Departamento de Guerra. 

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  • Lo que sí ha cambiado es el momento dentro de ese plan y, por tanto, el tipo de actor que Washington necesita sobre el terreno. 

Entre líneas. Dogu llegó en enero de 2026 para cumplir la función específica de reabrir la presencia estadounidense en Caracas, restablecer canales de comunicación y sentar las bases operativas de una estrategia que, hasta entonces, se había gestionado a distancia. Su rol fue el de entrada e instalación. La reapertura de la embajada, más que un gesto diplomático, era el reconocimiento de que la política de aislamiento había dado paso a una fase de contacto tutelado con el poder en Venezuela tras la captura de Maduro. 

  • Ese trabajo, sin embargo, tiene un límite. Y es precisamente en ese límite donde aparece John M. Barrett. 

  • Con su llegada, el objetivo ulterior sigue siendo una transición política fuera del chavismo. El gran cambio es que marca el paso hacia una fase de mayor ejecución.  

  • Si bien, Dogu sirvió su función para la reapertura de las relaciones, el chavismo no la tomaba plenamente en serio como interlocutora política; ahora se requiere un perfil que permita superar ese estancamiento. 

Por qué importa. Washington no está buscando una transición inmediata. De hecho, la propia lógica del plan descarta un traspaso de poder en el corto plazo. La prioridad sigue siendo cerrar la fase de estabilización para luego avanzar hacia una recuperación económica que permita, eventualmente, orientar una transición política más ordenada. Ahí radica uno de los elementos más incómodos de la estrategia: la permanencia temporal de actores del chavismo en el poder no es un fallo del plan. Al contrario, es una parte indispensable de cualquier estrategia realista. 

  • Mientras el sistema se mantenga operativo, predecible y alineado con ciertos parámetros básicos de gobernabilidad, cumple un rol dentro de la fase actual. 

  • Aunque los detractores de la Administración Trump lo han planteado como una legitimación ideológica, se trata de utilidad política. Delcy Rodríguez sigue al mando simple y sencillamente porque ha sabido seguir la línea que EE. UU. quiere para la transición. 

  • Washington no está premiando al chavismo, sino que administrándolo y llevándolo a una transición con menor resistencia y evitando el riesgo de un conflicto interno violento. 

La oposición. Este cálculo también explica la relación ambigua con la oposición y María Corina Machado (MCM). Lejos de ser el vehículo inmediato de la transición, los actores opositores están siendo contenidos dentro de un marco donde el tiempo político no lo marcan ellos. Si por la oposición fuera, hubieran tomado las riendas del país al momento de caer Maduro; después de todo, los resultados electorales legitimaban a Edmundo González para hacerlo. La tentación de actuar de manera inmediata, con movimientos descoordinados o adelantados, no obstante, refleja un plan mal sincronizado y que desestabilizaría el proceso completo. 

  • En cuanto a MCM, su figura, contrario a lo que se ha intentado posicionar, no está defenestrada ante la Administración Trump. 

  • Seguirá siendo la figura líder de la oposición, pero deberá respetar los tiempos de EE. UU. si quisiera contar con su apoyo al momento de la transición política.  

  • Esto implica ser paciente y evitar la tentación de regresar a Venezuela de manera precipitada, como ha reflejado que quisiera hacerlo. 

En el radar. El nuevo encargado de negocios encarna un enfoque distinto, más directo, menos transaccional y con una clara intención de ejercer autoridad sobre el terreno. La llegada de Barrett busca alterar la percepción chavista de que la presencia estadounidense podría ser mitigada a favor de sus intereses. Introduce un componente de disciplina dentro de la relación. El enfoque ya no es el de máxima presión ni el de reconocimiento simbólico de alternativas políticas. Es un modelo de gestión progresiva: estabilizar, reactivar y, solo entonces, transformar.  

  • Washington no está buscando una ruta rápida ni lineal. La estrategia responde a una lectura más realista de las capacidades internas del país y de los límites de la influencia externa. 

  • La transición, que tiene tres fases, podría tomar, aproximadamente, tres años también. Aunque no es la noticia que los venezolanos querían escuchar cuando cayó Maduro, es la ruta que más asegura una liberación verdadera y duradera. 

  • La buena noticia es que, la llegada de Barrett indica que Washington considera que la instalación ya quedó atrás y que ahora comienza una etapa más exigente, donde los resultados —económicos, institucionales y políticos— empiezan a ser medibles. 

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Así es la estrategia de tres años para liberar Venezuela

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Rafael P. Palomo
27 de abril, 2026

La liberación de Venezuela no está siendo mitigada con emociones, sino con una estrategia estructurada y amplia que, para que perdure, tomará tiempo. 

En perspectiva. La sustitución de Laura Dogu por John M. Barrett como encargado de negocios de EE. UU. en Caracas ha sido interpretada, en una primera mirada, como un cambio de política de la administración Trump en Venezuela. La izquierda lo ha planteado como el fracaso de un plan y, prácticamente, una improvisación para intentar reencaminar el proceso en Venezuela. Nada podría estar más alejado de la realidad. A pesar del cambio de liderazgo, la estrategia estadounidense hacia Venezuela no ha variado en su diseño.  

  • El plan sigue respondiendo a la misma arquitectura de tres fases —estabilización, recuperación y transición política— que se viene ejecutando desde la reapertura del canal diplomático, diseñada por el Departamento de Estado y el Departamento de Guerra. 

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  • Lo que sí ha cambiado es el momento dentro de ese plan y, por tanto, el tipo de actor que Washington necesita sobre el terreno. 

Entre líneas. Dogu llegó en enero de 2026 para cumplir la función específica de reabrir la presencia estadounidense en Caracas, restablecer canales de comunicación y sentar las bases operativas de una estrategia que, hasta entonces, se había gestionado a distancia. Su rol fue el de entrada e instalación. La reapertura de la embajada, más que un gesto diplomático, era el reconocimiento de que la política de aislamiento había dado paso a una fase de contacto tutelado con el poder en Venezuela tras la captura de Maduro. 

  • Ese trabajo, sin embargo, tiene un límite. Y es precisamente en ese límite donde aparece John M. Barrett. 

  • Con su llegada, el objetivo ulterior sigue siendo una transición política fuera del chavismo. El gran cambio es que marca el paso hacia una fase de mayor ejecución.  

  • Si bien, Dogu sirvió su función para la reapertura de las relaciones, el chavismo no la tomaba plenamente en serio como interlocutora política; ahora se requiere un perfil que permita superar ese estancamiento. 

Por qué importa. Washington no está buscando una transición inmediata. De hecho, la propia lógica del plan descarta un traspaso de poder en el corto plazo. La prioridad sigue siendo cerrar la fase de estabilización para luego avanzar hacia una recuperación económica que permita, eventualmente, orientar una transición política más ordenada. Ahí radica uno de los elementos más incómodos de la estrategia: la permanencia temporal de actores del chavismo en el poder no es un fallo del plan. Al contrario, es una parte indispensable de cualquier estrategia realista. 

  • Mientras el sistema se mantenga operativo, predecible y alineado con ciertos parámetros básicos de gobernabilidad, cumple un rol dentro de la fase actual. 

  • Aunque los detractores de la Administración Trump lo han planteado como una legitimación ideológica, se trata de utilidad política. Delcy Rodríguez sigue al mando simple y sencillamente porque ha sabido seguir la línea que EE. UU. quiere para la transición. 

  • Washington no está premiando al chavismo, sino que administrándolo y llevándolo a una transición con menor resistencia y evitando el riesgo de un conflicto interno violento. 

La oposición. Este cálculo también explica la relación ambigua con la oposición y María Corina Machado (MCM). Lejos de ser el vehículo inmediato de la transición, los actores opositores están siendo contenidos dentro de un marco donde el tiempo político no lo marcan ellos. Si por la oposición fuera, hubieran tomado las riendas del país al momento de caer Maduro; después de todo, los resultados electorales legitimaban a Edmundo González para hacerlo. La tentación de actuar de manera inmediata, con movimientos descoordinados o adelantados, no obstante, refleja un plan mal sincronizado y que desestabilizaría el proceso completo. 

  • En cuanto a MCM, su figura, contrario a lo que se ha intentado posicionar, no está defenestrada ante la Administración Trump. 

  • Seguirá siendo la figura líder de la oposición, pero deberá respetar los tiempos de EE. UU. si quisiera contar con su apoyo al momento de la transición política.  

  • Esto implica ser paciente y evitar la tentación de regresar a Venezuela de manera precipitada, como ha reflejado que quisiera hacerlo. 

En el radar. El nuevo encargado de negocios encarna un enfoque distinto, más directo, menos transaccional y con una clara intención de ejercer autoridad sobre el terreno. La llegada de Barrett busca alterar la percepción chavista de que la presencia estadounidense podría ser mitigada a favor de sus intereses. Introduce un componente de disciplina dentro de la relación. El enfoque ya no es el de máxima presión ni el de reconocimiento simbólico de alternativas políticas. Es un modelo de gestión progresiva: estabilizar, reactivar y, solo entonces, transformar.  

  • Washington no está buscando una ruta rápida ni lineal. La estrategia responde a una lectura más realista de las capacidades internas del país y de los límites de la influencia externa. 

  • La transición, que tiene tres fases, podría tomar, aproximadamente, tres años también. Aunque no es la noticia que los venezolanos querían escuchar cuando cayó Maduro, es la ruta que más asegura una liberación verdadera y duradera. 

  • La buena noticia es que, la llegada de Barrett indica que Washington considera que la instalación ya quedó atrás y que ahora comienza una etapa más exigente, donde los resultados —económicos, institucionales y políticos— empiezan a ser medibles. 

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