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Vuelve el glifosato para extirpar el cáncer de la coca

De la Espriella tumba la veda de 2015: un gesto de guerra al narcocultivo, con un herbicida que sigue dividiendo al mundo

Aplicación de glifosato en un cultivo de maíz en Francia durante una prueba agrícola para evaluar alternativas al herbicida. Foto: AFP
Manuel Aguilera
31 de agosto, 2000

Once años después, Bogotá ha dejado de tratar la aspersión aérea como un tabú. El gobierno de Abelardo de la Espriella derogó la Resolución 6 de 2015 del Consejo Nacional de Estupefacientes, la norma con la que Juan Manuel Santos frenó las fumigaciones en medio del proceso de paz. El Tiempo y Agronegocios lo dejan claro: tumbar esa veda no enciende sola la flota.

Por qué importa. La Corte Constitucional, en la sentencia T-236 de 2017, condicionó cualquier reanudación a evidencia de que no hay daño, a un plan de la ANLA, a consulta previa con comunidades étnicas y a un concepto del Instituto Nacional de Salud. Aun así, el significado político es frontal. El Estado vuelve a decir que la mata de coca no es un cultivo campesino más. Es la materia prima de la cocaína.

  • Ese gesto llega con el mapa en rojo. Naciones Unidas situó en 2024 cerca de 262.000 hectáreas sembradas y un potencial de unas 3.000 toneladas de cocaína. De la Espriella lo resumió sin poesía: “La droga es el peor cáncer de Colombia. Y al cáncer no se le contempla: se le extirpa”.
  • En dos semanas de gobierno dijo haber incautado más de doce toneladas de cocaína.
  • La erradicación manual y la sustitución voluntaria no bastaron para doblar la curva. Volver a la aspersión —con herbicidas que el Ejecutivo presenta como de “última generación”— es apostar por una herramienta que el narco teme porque cubre territorio que el Ejército no pisa cada día.

Lo indispensable.  El contexto contrario también existe y hay que decirlo. En 2015 la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC), de la OMS, clasificó el glifosato como “probablemente cancerígeno” para humanos. Greenpeace y otras organizaciones ambientalistas lo denuncian como amenaza para suelos, agua, comunidades vecinas y cultivos lícitos que reciben la nube del avión.

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  • México avanzó hacia una prohibición progresiva. Vietnam lo restringió. En Europa, Francia, Alemania, Bélgica o Países Bajos han limitado su uso doméstico o en espacios públicos, aunque la agricultura comercial sigue siendo un campo de batalla jurídico. Luxemburgo llegó a vetar la comercialización y un tribunal lo obligó a dar marcha atrás.
  • Ni siquiera la ONU habla con una sola voz: un comité conjunto OMS-FAO concluyó después que, en los alimentos y con límites de exposición, el riesgo de cáncer no quedaba demostrado. La EPA estadounidense y otros reguladores han desestimado, en distintos fallos, una equivalencia automática entre “usar glifosato” y “provocar un tumor”.
  • Por eso se prohibió en Colombia la aspersión masiva: miedo sanitario, daño colateral en fincas legales y la promesa de que la paz reduciría la coca sin veneno desde el cielo. La paz llegó a un acuerdo. La coca, no.

Datos clave.  Quien defiende la medida no niega el debate toxicológico. Sostiene otra jerarquía de daños. El narcotráfico ha matado más colombianos, ha comprado alcaldes, ha desplazado pueblos y ha financiado a las disidencias y al ELN durante décadas.

  • Un herbicida polémico no es inocuo. Una economía cocalera tampoco. El gobierno dice que no habrá rociado ciego: ni reanudación automática ni aviones sin licencias. Si cumple esa letra, el costo ambiental deberá medirse. Si no la cumple, repetirá los peores excesos del Plan Colombia.

Ahora qué.  Hay momentos en los que un país elige entre un mal controlado y un mal que se ha vuelto Estado paralelo. Colombia lleva demasiado tiempo en la segunda casilla. En este punto, con récord de hectáreas y con el crimen incrustado en regiones enteras, el fin —arrasar el cultivo que alimenta la cocaína— justifica el uso acotado, vigilado y reversible de un medio que el mundo discute.

  • No es una validación extrema del glifosato. Es la admisión de que la tregua con la mata le salió cara al país. Erradicar no sustituye jueces, ni empleo, ni presencia del Estado. Pero sin tumbar la mata, esta guerra no se gana.

 

Vuelve el glifosato para extirpar el cáncer de la coca

De la Espriella tumba la veda de 2015: un gesto de guerra al narcocultivo, con un herbicida que sigue dividiendo al mundo

Aplicación de glifosato en un cultivo de maíz en Francia durante una prueba agrícola para evaluar alternativas al herbicida. Foto: AFP
Manuel Aguilera
31 de agosto, 2000

Once años después, Bogotá ha dejado de tratar la aspersión aérea como un tabú. El gobierno de Abelardo de la Espriella derogó la Resolución 6 de 2015 del Consejo Nacional de Estupefacientes, la norma con la que Juan Manuel Santos frenó las fumigaciones en medio del proceso de paz. El Tiempo y Agronegocios lo dejan claro: tumbar esa veda no enciende sola la flota.

Por qué importa. La Corte Constitucional, en la sentencia T-236 de 2017, condicionó cualquier reanudación a evidencia de que no hay daño, a un plan de la ANLA, a consulta previa con comunidades étnicas y a un concepto del Instituto Nacional de Salud. Aun así, el significado político es frontal. El Estado vuelve a decir que la mata de coca no es un cultivo campesino más. Es la materia prima de la cocaína.

  • Ese gesto llega con el mapa en rojo. Naciones Unidas situó en 2024 cerca de 262.000 hectáreas sembradas y un potencial de unas 3.000 toneladas de cocaína. De la Espriella lo resumió sin poesía: “La droga es el peor cáncer de Colombia. Y al cáncer no se le contempla: se le extirpa”.
  • En dos semanas de gobierno dijo haber incautado más de doce toneladas de cocaína.
  • La erradicación manual y la sustitución voluntaria no bastaron para doblar la curva. Volver a la aspersión —con herbicidas que el Ejecutivo presenta como de “última generación”— es apostar por una herramienta que el narco teme porque cubre territorio que el Ejército no pisa cada día.

Lo indispensable.  El contexto contrario también existe y hay que decirlo. En 2015 la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC), de la OMS, clasificó el glifosato como “probablemente cancerígeno” para humanos. Greenpeace y otras organizaciones ambientalistas lo denuncian como amenaza para suelos, agua, comunidades vecinas y cultivos lícitos que reciben la nube del avión.

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  • México avanzó hacia una prohibición progresiva. Vietnam lo restringió. En Europa, Francia, Alemania, Bélgica o Países Bajos han limitado su uso doméstico o en espacios públicos, aunque la agricultura comercial sigue siendo un campo de batalla jurídico. Luxemburgo llegó a vetar la comercialización y un tribunal lo obligó a dar marcha atrás.
  • Ni siquiera la ONU habla con una sola voz: un comité conjunto OMS-FAO concluyó después que, en los alimentos y con límites de exposición, el riesgo de cáncer no quedaba demostrado. La EPA estadounidense y otros reguladores han desestimado, en distintos fallos, una equivalencia automática entre “usar glifosato” y “provocar un tumor”.
  • Por eso se prohibió en Colombia la aspersión masiva: miedo sanitario, daño colateral en fincas legales y la promesa de que la paz reduciría la coca sin veneno desde el cielo. La paz llegó a un acuerdo. La coca, no.

Datos clave.  Quien defiende la medida no niega el debate toxicológico. Sostiene otra jerarquía de daños. El narcotráfico ha matado más colombianos, ha comprado alcaldes, ha desplazado pueblos y ha financiado a las disidencias y al ELN durante décadas.

  • Un herbicida polémico no es inocuo. Una economía cocalera tampoco. El gobierno dice que no habrá rociado ciego: ni reanudación automática ni aviones sin licencias. Si cumple esa letra, el costo ambiental deberá medirse. Si no la cumple, repetirá los peores excesos del Plan Colombia.

Ahora qué.  Hay momentos en los que un país elige entre un mal controlado y un mal que se ha vuelto Estado paralelo. Colombia lleva demasiado tiempo en la segunda casilla. En este punto, con récord de hectáreas y con el crimen incrustado en regiones enteras, el fin —arrasar el cultivo que alimenta la cocaína— justifica el uso acotado, vigilado y reversible de un medio que el mundo discute.

  • No es una validación extrema del glifosato. Es la admisión de que la tregua con la mata le salió cara al país. Erradicar no sustituye jueces, ni empleo, ni presencia del Estado. Pero sin tumbar la mata, esta guerra no se gana.

 

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