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¿Una socialista en la Casa Blanca?

Manuel Aguilera
31 de julio, 2026

Una encuesta de la Universidad de Nuevo Hampshire, publicada a finales de julio, ha colocado por primera vez a Alexandria Ocasio-Cortez a la cabeza de las preferencias demócratas en ese estado de cara a 2028. Con un 22% de apoyo, supera a Pete Buttigieg y deja atrás a nombres como Gavin Newsom o Kamala Harris. No es un dato aislado. Refleja algo más profundo: el ala más radical del Partido Demócrata está consolidando su influencia y ya no se conforma con ser una minoría ruidosa.

Por qué importa. Ocasio-Cortez no es una congresista más. Se define abiertamente como socialista democrática y forma parte de los Democratic Socialists of America (DSA). Su ascenso no es solo mediático.

  • Representa un proyecto político que quiere transformar de raíz el modelo económico y de política exterior de EE. UU.. Y eso, para una parte importante del electorado —especialmente para quienes llegaron a este país huyendo del socialismo— no es una abstracción ideológica. Es una amenaza concreta.

Lo indispensable. Sus posiciones son coherentes con ese proyecto. En política exterior, ha sido una de las voces más críticas con Israel. Ha llegado a acusar al gobierno israelí de cometer genocidio en Gaza y ha anunciado que se opondrá a todo tipo de ayuda militar estadounidense a Israel, incluidas las defensivas.

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  • No se trata solo de cuestionar una operación concreta: es una ruptura con el consenso bipartidista que durante décadas ha considerado a Israel un aliado estratégico clave.
  • En lo que respecta a Latinoamérica, su historial genera especial inquietud en el sur de Florida. Ocasio-Cortez ha sido muy cauta —cuando no ambigua— a la hora de condenar con claridad las dictaduras de Cuba y Venezuela.
  • Mientras el DSA, la organización a la que pertenece, ha llegado a mostrar simpatía hacia el régimen de Maduro, ella ha preferido centrar sus críticas en EE. UU.  y en lo que considera interferencias externas. Para quienes conocen de primera mano lo que significó el castrismo o el chavismo, esa falta de contundencia no pasa desapercibida.

Datos clave. En el terreno económico, Ocasio-Cortez ha defendido abiertamente un aumento drástico del papel del Estado: impuestos muy elevados a las rentas altas, control público de sectores estratégicos y un Green New Deal de dimensiones faraónicas.

  • Su discurso no se limita a corregir excesos del mercado. Apuesta por un cambio de modelo. Y aunque insiste en que su socialismo es “democrático”, la experiencia de los países que han recorrido caminos similares en la región muestra hasta qué punto esa distinción termina difuminándose cuando se concentra el poder económico y político.
  • El peligro no está solo en lo que dice, sino en lo que su liderazgo representa. Si el Partido Demócrata sigue desplazándose hacia posiciones como las suyas, la polarización se profundizará y el margen para acuerdos de centro desaparecerá.
  • Una eventual candidatura presidencial de Ocasio-Cortez obligaría al país a debatir, abiertamente, si el socialismo —aunque se presente con adjetivos— tiene cabida en la Casa Blanca.

Ahora qué. EE. UU. no es Venezuela ni Cuba. Tiene instituciones fuertes, una sociedad civil robusta y una tradición de contrapesos. Pero eso no significa que sea inmune a las tentaciones ideológicas. El auge de figuras como Ocasio-Cortez demuestra que una parte creciente del electorado demócrata, especialmente el más joven, está dispuesto a experimentar con recetas que en otras latitudes han terminado en empobrecimiento, represión y éxodo.

  • Para el sur de Florida, donde viven cientos de miles de personas que escaparon precisamente de esos experimentos, el debate no es teórico. Es existencial. Una presidenta con el ideario de Ocasio-Cortez no solo cambiaría la política exterior hacia Cuba y Venezuela.
  • Enviaría un mensaje devastador a quienes todavía resisten dentro de esas dictaduras y a quienes construyeron sus vidas en EE. UU. partiendo del rechazo al socialismo.
  • La encuesta de Nuevo Hampshire es solo un síntoma. El fenómeno es más amplio. Y conviene tomárselo en serio.

¿Una socialista en la Casa Blanca?

Manuel Aguilera
31 de julio, 2026

Una encuesta de la Universidad de Nuevo Hampshire, publicada a finales de julio, ha colocado por primera vez a Alexandria Ocasio-Cortez a la cabeza de las preferencias demócratas en ese estado de cara a 2028. Con un 22% de apoyo, supera a Pete Buttigieg y deja atrás a nombres como Gavin Newsom o Kamala Harris. No es un dato aislado. Refleja algo más profundo: el ala más radical del Partido Demócrata está consolidando su influencia y ya no se conforma con ser una minoría ruidosa.

Por qué importa. Ocasio-Cortez no es una congresista más. Se define abiertamente como socialista democrática y forma parte de los Democratic Socialists of America (DSA). Su ascenso no es solo mediático.

  • Representa un proyecto político que quiere transformar de raíz el modelo económico y de política exterior de EE. UU.. Y eso, para una parte importante del electorado —especialmente para quienes llegaron a este país huyendo del socialismo— no es una abstracción ideológica. Es una amenaza concreta.

Lo indispensable. Sus posiciones son coherentes con ese proyecto. En política exterior, ha sido una de las voces más críticas con Israel. Ha llegado a acusar al gobierno israelí de cometer genocidio en Gaza y ha anunciado que se opondrá a todo tipo de ayuda militar estadounidense a Israel, incluidas las defensivas.

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  • No se trata solo de cuestionar una operación concreta: es una ruptura con el consenso bipartidista que durante décadas ha considerado a Israel un aliado estratégico clave.
  • En lo que respecta a Latinoamérica, su historial genera especial inquietud en el sur de Florida. Ocasio-Cortez ha sido muy cauta —cuando no ambigua— a la hora de condenar con claridad las dictaduras de Cuba y Venezuela.
  • Mientras el DSA, la organización a la que pertenece, ha llegado a mostrar simpatía hacia el régimen de Maduro, ella ha preferido centrar sus críticas en EE. UU.  y en lo que considera interferencias externas. Para quienes conocen de primera mano lo que significó el castrismo o el chavismo, esa falta de contundencia no pasa desapercibida.

Datos clave. En el terreno económico, Ocasio-Cortez ha defendido abiertamente un aumento drástico del papel del Estado: impuestos muy elevados a las rentas altas, control público de sectores estratégicos y un Green New Deal de dimensiones faraónicas.

  • Su discurso no se limita a corregir excesos del mercado. Apuesta por un cambio de modelo. Y aunque insiste en que su socialismo es “democrático”, la experiencia de los países que han recorrido caminos similares en la región muestra hasta qué punto esa distinción termina difuminándose cuando se concentra el poder económico y político.
  • El peligro no está solo en lo que dice, sino en lo que su liderazgo representa. Si el Partido Demócrata sigue desplazándose hacia posiciones como las suyas, la polarización se profundizará y el margen para acuerdos de centro desaparecerá.
  • Una eventual candidatura presidencial de Ocasio-Cortez obligaría al país a debatir, abiertamente, si el socialismo —aunque se presente con adjetivos— tiene cabida en la Casa Blanca.

Ahora qué. EE. UU. no es Venezuela ni Cuba. Tiene instituciones fuertes, una sociedad civil robusta y una tradición de contrapesos. Pero eso no significa que sea inmune a las tentaciones ideológicas. El auge de figuras como Ocasio-Cortez demuestra que una parte creciente del electorado demócrata, especialmente el más joven, está dispuesto a experimentar con recetas que en otras latitudes han terminado en empobrecimiento, represión y éxodo.

  • Para el sur de Florida, donde viven cientos de miles de personas que escaparon precisamente de esos experimentos, el debate no es teórico. Es existencial. Una presidenta con el ideario de Ocasio-Cortez no solo cambiaría la política exterior hacia Cuba y Venezuela.
  • Enviaría un mensaje devastador a quienes todavía resisten dentro de esas dictaduras y a quienes construyeron sus vidas en EE. UU. partiendo del rechazo al socialismo.
  • La encuesta de Nuevo Hampshire es solo un síntoma. El fenómeno es más amplio. Y conviene tomárselo en serio.

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