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Se busca sucesor para Díaz-Canel

EE.UU. explora opciones de relevo en Cuba, pero el escenario es mucho más complejo que el de Delcy Rodríguez

Un camión y un carro antiguo pasan junto a un cartel del difunto líder cubano Fidel Castro en La Habana, el 10 de agosto de 2026. Foto: AFP
Manuel Aguilera
13 de agosto, 2026

EE.UU. está buscando activamente un posible relevo para Miguel Díaz-Canel. Según informaciones recientes, el gobierno de Donald Trump ha pedido a sus agencias de inteligencia que identifiquen a un funcionario o exfuncionario cubano con perfil pragmático, alguien capaz de asumir el control y negociar con Washington de forma parecida a como lo hizo Delcy Rodríguez en Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro. La diferencia es que en Cuba esa operación se antoja mucho más complicada.

Por qué importa. Venezuela y Cuba no son intercambiables. En Caracas, el poder se concentraba en una élite relativamente reducida y con un componente militar importante, pero también con figuras dispuestas a recalcular cuando la presión se volvió insoportable.

  • En La Habana el sistema es distinto. El Partido Comunista, las Fuerzas Armadas y los aparatos de control ideológico llevan más de seis décadas fusionados.
  • Hay una generación de mandos formados en el castrismo más duro, convencidos de que cualquier concesión es el principio del fin.
  • Cambiar de líder no implica necesariamente cambiar de sistema.

Lo indispensable. La inteligencia estadounidense reconoce esa dificultad. Mientras en Venezuela se pudo apostar por una figura del propio chavismo dispuesta a colaborar, en Cuba se advierte que el escenario se parece más al de Irán: facciones de línea dura, lealtades profundas y un rechazo visceral a lo que perciben como injerencia extranjera.

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  • Por eso la búsqueda de un “Delcy cubano” no está garantizada. Puede que ni siquiera exista alguien con suficiente poder real y, al mismo tiempo, con disposición a negociar una apertura.
  • En ese tablero ha aparecido con fuerza el nombre de Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido como “El Cangrejo”, nieto de Raúl Castro. Sin cargo público formal, concentra influencia real: acceso directo a su abuelo, peso en el conglomerado militar GAESA y un papel creciente como interlocutor con funcionarios estadounidenses, incluidos contactos con el director de la CIA y con el secretario de Estado Marco Rubio.
  • Para algunos en Washington representa una posible vía de diálogo. Para otros, su sola presencia ilustra hasta qué punto el poder real en la isla sigue anclado en la familia Castro y en las estructuras militares.

Datos clave. Cualquier hipótesis de transición choca además con una pregunta política de fondo: ¿quién legítima el cambio? Los cubanos del sur de Florida, el exilio histórico y la oposición interna no son actores decorativos.

  • Figuras como Rosa María Payá, Orlando Gutiérrez Boronat, José Daniel Ferrer o los representantes de las familias de presos políticos tienen legitimidad moral y capacidad de movilización. Ignorarlos sería repetir el error de diseñar una transición solo entre élites. Una salida que no cuente con esa voz difícilmente será percibida como democrática ni sostenible.
  • EE.UU. se mueve con dos herramientas: máxima presión económica y búsqueda de interlocutores dentro del sistema. Pero la estructura de poder cubana no se ha resquebrajado todavía del mismo modo que la venezolana. Díaz-Canel sigue siendo la cara visible, pero las decisiones de fondo continúan en manos de una generación que no parece dispuesta a entregar el control con facilidad.

Ahora qué. La búsqueda de un sucesor para Díaz-Canel revela la intención de Washington de acelerar el final del ciclo castrista. También revela sus límites. Cuba no es Venezuela.

  • Hay más ideología, más control militar y menos espacio para un aterrizaje suave liderado solo desde fuera.
  • Si algún día se abre una transición real, tendrá que combinar presión externa, divisiones internas y, de forma ineludible, el papel de quienes llevan décadas exigiendo democracia desde la isla y desde el exilio.
  • Sin ellos, cualquier relevo correrá el riesgo de ser solo un cambio de nombres.

 

Se busca sucesor para Díaz-Canel

EE.UU. explora opciones de relevo en Cuba, pero el escenario es mucho más complejo que el de Delcy Rodríguez

Un camión y un carro antiguo pasan junto a un cartel del difunto líder cubano Fidel Castro en La Habana, el 10 de agosto de 2026. Foto: AFP
Manuel Aguilera
13 de agosto, 2026

EE.UU. está buscando activamente un posible relevo para Miguel Díaz-Canel. Según informaciones recientes, el gobierno de Donald Trump ha pedido a sus agencias de inteligencia que identifiquen a un funcionario o exfuncionario cubano con perfil pragmático, alguien capaz de asumir el control y negociar con Washington de forma parecida a como lo hizo Delcy Rodríguez en Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro. La diferencia es que en Cuba esa operación se antoja mucho más complicada.

Por qué importa. Venezuela y Cuba no son intercambiables. En Caracas, el poder se concentraba en una élite relativamente reducida y con un componente militar importante, pero también con figuras dispuestas a recalcular cuando la presión se volvió insoportable.

  • En La Habana el sistema es distinto. El Partido Comunista, las Fuerzas Armadas y los aparatos de control ideológico llevan más de seis décadas fusionados.
  • Hay una generación de mandos formados en el castrismo más duro, convencidos de que cualquier concesión es el principio del fin.
  • Cambiar de líder no implica necesariamente cambiar de sistema.

Lo indispensable. La inteligencia estadounidense reconoce esa dificultad. Mientras en Venezuela se pudo apostar por una figura del propio chavismo dispuesta a colaborar, en Cuba se advierte que el escenario se parece más al de Irán: facciones de línea dura, lealtades profundas y un rechazo visceral a lo que perciben como injerencia extranjera.

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  • Por eso la búsqueda de un “Delcy cubano” no está garantizada. Puede que ni siquiera exista alguien con suficiente poder real y, al mismo tiempo, con disposición a negociar una apertura.
  • En ese tablero ha aparecido con fuerza el nombre de Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido como “El Cangrejo”, nieto de Raúl Castro. Sin cargo público formal, concentra influencia real: acceso directo a su abuelo, peso en el conglomerado militar GAESA y un papel creciente como interlocutor con funcionarios estadounidenses, incluidos contactos con el director de la CIA y con el secretario de Estado Marco Rubio.
  • Para algunos en Washington representa una posible vía de diálogo. Para otros, su sola presencia ilustra hasta qué punto el poder real en la isla sigue anclado en la familia Castro y en las estructuras militares.

Datos clave. Cualquier hipótesis de transición choca además con una pregunta política de fondo: ¿quién legítima el cambio? Los cubanos del sur de Florida, el exilio histórico y la oposición interna no son actores decorativos.

  • Figuras como Rosa María Payá, Orlando Gutiérrez Boronat, José Daniel Ferrer o los representantes de las familias de presos políticos tienen legitimidad moral y capacidad de movilización. Ignorarlos sería repetir el error de diseñar una transición solo entre élites. Una salida que no cuente con esa voz difícilmente será percibida como democrática ni sostenible.
  • EE.UU. se mueve con dos herramientas: máxima presión económica y búsqueda de interlocutores dentro del sistema. Pero la estructura de poder cubana no se ha resquebrajado todavía del mismo modo que la venezolana. Díaz-Canel sigue siendo la cara visible, pero las decisiones de fondo continúan en manos de una generación que no parece dispuesta a entregar el control con facilidad.

Ahora qué. La búsqueda de un sucesor para Díaz-Canel revela la intención de Washington de acelerar el final del ciclo castrista. También revela sus límites. Cuba no es Venezuela.

  • Hay más ideología, más control militar y menos espacio para un aterrizaje suave liderado solo desde fuera.
  • Si algún día se abre una transición real, tendrá que combinar presión externa, divisiones internas y, de forma ineludible, el papel de quienes llevan décadas exigiendo democracia desde la isla y desde el exilio.
  • Sin ellos, cualquier relevo correrá el riesgo de ser solo un cambio de nombres.

 

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