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Rubio, el diplomático que Trump necesita

Esta semana en la ONU se ve el contraste: otros aprietan el puño, él abre despachos. Venezuela, Cuba e Irán no se desatascan solo con amenaza

El secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, habla durante una rueda de prensa en Asamblea General de la ONU. Foto: AFP
Manuel Aguilera
24 de septiembre, 2026

Hay una administración de declaraciones y otra de despachos. Esta semana en Nueva York se han visto las dos. Trump en el atril: Cuba es un Estado fallido y caerá; Irán pacta o lo aniquila. Delcy, al anochecer, en la recepción. Quien ha estado en los pasillos desde el domingo es Marco Rubio: canciller y consejero de Seguridad Nacional, el doblete que no ocupaba nadie desde Kissinger. Bloomberg lo perfila como el rival de 2016 reconvertido en emisario. El sur de Florida no necesita el perfil. Necesita que ese oficio desatasque tres frentes que le tocan de cerca.

Por qué importa.  Rubio no es el halcón suelto ni el blando. Es el que le dice al presidente lo que no quiere oír —en privado— y luego ejecuta lo que el presidente decide. Él mismo lo formula sin adorno: asesorar, y después cumplir, o irse.

  • Esa disciplina irrita a Steve Bannon (“está en el programa de protección de testigos” mientras hay guerra) y le gana el elogio de Trump (“el mejor secretario de Estado de la historia”). Las dos frases describen el mismo hombre. En un gobierno de instinto, alguien tiene que hablar con Burnham, con Takaichi, con Lavrov y con quien herede Caracas sin que cada frase sea un ultimátum.

Lo indispensable.  Los aciertos que importan aquí no son de salón. Venezuela: Rubio estaba en Mar-a-Lago cuando cayó Maduro. Después diseñó la secuencia —estabilizar, petróleo, instituciones, urnas— y en agosto cerró el acceso de una firma respaldada por EE.UU. a campos que equivalen a una quinta parte de las reservas. “Un gran triunfo para americanos y venezolanos”, dijo.

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  • El riesgo es el que ya contamos: la economía corre más que la democracia. Por eso su papel esta semana no es sonreírle a Delcy. Es recordarle que sin presos, sin colectivos desarmados y sin María Corina en el calendario el pacto es un cheque a la dictadura reciclada.
  • Cuba es su causa de cuna. Sanciones a GAESA y al níquel, corte del petróleo venezolano y mexicano, “no hay válvulas de escape”. Trump lo gritó ayer; Rubio lo administra desde enero. La isla se apaga. Eso no basta. Hace falta un interlocutor el día que el régimen busque salida, y que ese interlocutor no sea solo un general de Tampa. Irán lo ha dejado más a Trump y a Vance.
  • Él alinea socios, tapona enfados (Dinamarca, Groenlandia) y evita que cada misil se coma la agenda del hemisferio. No es cobardía. Es no pelear tres guerras con la misma garganta.

Datos clave.  Hijo de exiliados, español de casa, Tea Party, durísimo con China cuando era senador. Hoy ejecuta el acercamiento que el presidente pide. Recortó USAID, negoció vuelos de deportados, cerró oficinas de “democracia” en Foggy Bottom. Se le puede discutir cada tijera. No se le puede negar que es el único del primer círculo que conoce de memoria Caracas, La Habana y el voto del 27.

Ahora qué.  Venezuela, Cuba e Irán no se desatascan a gritos. Se desatascan con condiciones escritas y con alguien que las cobre al día siguiente de la foto. Esta Asamblea es el escaparate. Si Rubio sale de Nueva York con un calendario venezolano, con un canal cubano que no sea solo asfixia y con Irán en vía diplomática —no eterna—, habrá justificado el doblete. Si solo ejecuta el instinto, Bannon tendrá razón y el sur de Florida seguirá esperando la libertad que Trump prometió en el atril.

Rubio, el diplomático que Trump necesita

Esta semana en la ONU se ve el contraste: otros aprietan el puño, él abre despachos. Venezuela, Cuba e Irán no se desatascan solo con amenaza

El secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, habla durante una rueda de prensa en Asamblea General de la ONU. Foto: AFP
Manuel Aguilera
24 de septiembre, 2026

Hay una administración de declaraciones y otra de despachos. Esta semana en Nueva York se han visto las dos. Trump en el atril: Cuba es un Estado fallido y caerá; Irán pacta o lo aniquila. Delcy, al anochecer, en la recepción. Quien ha estado en los pasillos desde el domingo es Marco Rubio: canciller y consejero de Seguridad Nacional, el doblete que no ocupaba nadie desde Kissinger. Bloomberg lo perfila como el rival de 2016 reconvertido en emisario. El sur de Florida no necesita el perfil. Necesita que ese oficio desatasque tres frentes que le tocan de cerca.

Por qué importa.  Rubio no es el halcón suelto ni el blando. Es el que le dice al presidente lo que no quiere oír —en privado— y luego ejecuta lo que el presidente decide. Él mismo lo formula sin adorno: asesorar, y después cumplir, o irse.

  • Esa disciplina irrita a Steve Bannon (“está en el programa de protección de testigos” mientras hay guerra) y le gana el elogio de Trump (“el mejor secretario de Estado de la historia”). Las dos frases describen el mismo hombre. En un gobierno de instinto, alguien tiene que hablar con Burnham, con Takaichi, con Lavrov y con quien herede Caracas sin que cada frase sea un ultimátum.

Lo indispensable.  Los aciertos que importan aquí no son de salón. Venezuela: Rubio estaba en Mar-a-Lago cuando cayó Maduro. Después diseñó la secuencia —estabilizar, petróleo, instituciones, urnas— y en agosto cerró el acceso de una firma respaldada por EE.UU. a campos que equivalen a una quinta parte de las reservas. “Un gran triunfo para americanos y venezolanos”, dijo.

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  • Cuba es su causa de cuna. Sanciones a GAESA y al níquel, corte del petróleo venezolano y mexicano, “no hay válvulas de escape”. Trump lo gritó ayer; Rubio lo administra desde enero. La isla se apaga. Eso no basta. Hace falta un interlocutor el día que el régimen busque salida, y que ese interlocutor no sea solo un general de Tampa. Irán lo ha dejado más a Trump y a Vance.
  • Él alinea socios, tapona enfados (Dinamarca, Groenlandia) y evita que cada misil se coma la agenda del hemisferio. No es cobardía. Es no pelear tres guerras con la misma garganta.

Datos clave.  Hijo de exiliados, español de casa, Tea Party, durísimo con China cuando era senador. Hoy ejecuta el acercamiento que el presidente pide. Recortó USAID, negoció vuelos de deportados, cerró oficinas de “democracia” en Foggy Bottom. Se le puede discutir cada tijera. No se le puede negar que es el único del primer círculo que conoce de memoria Caracas, La Habana y el voto del 27.

Ahora qué.  Venezuela, Cuba e Irán no se desatascan a gritos. Se desatascan con condiciones escritas y con alguien que las cobre al día siguiente de la foto. Esta Asamblea es el escaparate. Si Rubio sale de Nueva York con un calendario venezolano, con un canal cubano que no sea solo asfixia y con Irán en vía diplomática —no eterna—, habrá justificado el doblete. Si solo ejecuta el instinto, Bannon tendrá razón y el sur de Florida seguirá esperando la libertad que Trump prometió en el atril.

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