Raúl Castro, un muerto político que goza de buena salud
Tras días de rumores —incluso de intubación— el régimen lo exhibe en un acto del MININT: el mismo teatro de Fidel, ahora con juicio pendiente en Miami
Durante días el exilio volvió a hacer las cuentas del general. Diario Las Américas escribió que Raúl Castro, de 95 años, habría sufrido un derrame y estaba con soporte vital. Un canal de Miami habló de hospitalización citando fuentes “dentro de Cuba”. En redes lo dieron por muerto. El gobierno no dijo una palabra. Y de pronto, el sábado, lo sacaron a escena: acto por los 65 años de la Dirección de Seguridad Personal del MININT, uniforme verde olivo, paso corto, conversación de pie, el nieto coronel Raúl Guillermo Rodríguez Castro al lado. Alguien se permitió la pulla: “Ahora, ¿qué van a decir? Aquí está. Le guste o no al imperio, seguirá vivo”.
Por qué importa. No es la primera función. Es el mismo libreto con el que Fidel entrenó al mundo durante décadas: filtrar enfermedades, dejar que el rumor crezca, no confirmar ni desmentir, y reaparecer cuando el obituario ya está en el taller.
- En la calle 8, el Versailles brindó más de una vez por un Castro que seguía respirando. El secretismo no es un descuido de gabinete de prensa. Un periodista lo dijo sin rodeos estos días: es política de la dictadura. Un Estado que no rinde cuentas de un apagón tampoco va a emitir un parte clínico del hombre que aún presenta como “líder al frente de la Revolución”.
Lo indispensable. ¿Qué gana La Habana con este ciclo? Primero, recordar que el poder no está solo en Díaz-Canel ni en Marrero, aunque ambos estuvieran en la sala. El acto no fue un consejo de ministros. Fue Seguridad Personal: el anillo que cuida al núcleo. Segundo, medir al enemigo. Cada rumor de muerte en Miami les sirve de termómetro: quién celebra, quién se organiza, qué titulares compra Washington.
- Tercero, y esto es lo de ahora, mandar un recado a la Administración Trump. Raúl no es un abuelo retirado. Está imputado en Miami por las cuatro muertes del derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate en 1996. Un régimen que lo exhibe vivo, rodeado de oficiales, le dice a Estados Unidos: no hay vacío, no hay entrega, no hay “transición” porque el viejo se haya puesto malo en un titular.
- El poeta del acto lo tradujo al lenguaje de siempre: el imperio. El régimen necesita que esa figura, cuestionada y procesable, no se evapore en una cama de hospital anónima. Un Raúl muerto de verdad aceleraría luchas internas y daría a Trump y a Rubio un argumento de oportunidad.
- Un Raúl “muerto político” que reaparece les permite alargar el mito y ganar tiempo. La salud real —frágil, evidente en las imágenes— importa menos que el efecto: desmentir el colapso con una foto.
Datos clave. Dejó la presidencia en 2018 y la secretaría del Partido en 2021. Cumplió 95 en junio. Sigue siendo, en la narrativa oficial, quien manda. La reaparición no prueba que esté fuerte.
- Prueba que el aparato puede ponerlo de pie el tiempo de un acto y un mensaje leído por el ministro del Interior. Como con Fidel, la verdad clínica pertenece al Estado. El resto del mundo trabaja con sombras. Por eso el rumor no es solo un accidente de WhatsApp. Es el oxígeno de un sistema que gobierna ocultando.
Ahora qué. Raúl Castro es, en sentido estricto, un muerto político que goza de —digamos— la salud suficiente para una función. El castrismo no se acaba en esa camilla hipotética ni en esa silla del MININT. Se acaba cuando el sistema deje de poder fabricar silencios y reapariciones.
- Mientras tanto, el mensaje a Trump y al mundo es tosco y eficaz: no nos den por muertos. Ni a él. Ni a esto. El exilio ya aprendió a no abrir el champán del Versailles con un rumor. La dictadura, a su vez, ya aprendió que un general de 95 años todavía sirve como cartel.
Raúl Castro, un muerto político que goza de buena salud
Tras días de rumores —incluso de intubación— el régimen lo exhibe en un acto del MININT: el mismo teatro de Fidel, ahora con juicio pendiente en Miami
Durante días el exilio volvió a hacer las cuentas del general. Diario Las Américas escribió que Raúl Castro, de 95 años, habría sufrido un derrame y estaba con soporte vital. Un canal de Miami habló de hospitalización citando fuentes “dentro de Cuba”. En redes lo dieron por muerto. El gobierno no dijo una palabra. Y de pronto, el sábado, lo sacaron a escena: acto por los 65 años de la Dirección de Seguridad Personal del MININT, uniforme verde olivo, paso corto, conversación de pie, el nieto coronel Raúl Guillermo Rodríguez Castro al lado. Alguien se permitió la pulla: “Ahora, ¿qué van a decir? Aquí está. Le guste o no al imperio, seguirá vivo”.
Por qué importa. No es la primera función. Es el mismo libreto con el que Fidel entrenó al mundo durante décadas: filtrar enfermedades, dejar que el rumor crezca, no confirmar ni desmentir, y reaparecer cuando el obituario ya está en el taller.
- En la calle 8, el Versailles brindó más de una vez por un Castro que seguía respirando. El secretismo no es un descuido de gabinete de prensa. Un periodista lo dijo sin rodeos estos días: es política de la dictadura. Un Estado que no rinde cuentas de un apagón tampoco va a emitir un parte clínico del hombre que aún presenta como “líder al frente de la Revolución”.
Lo indispensable. ¿Qué gana La Habana con este ciclo? Primero, recordar que el poder no está solo en Díaz-Canel ni en Marrero, aunque ambos estuvieran en la sala. El acto no fue un consejo de ministros. Fue Seguridad Personal: el anillo que cuida al núcleo. Segundo, medir al enemigo. Cada rumor de muerte en Miami les sirve de termómetro: quién celebra, quién se organiza, qué titulares compra Washington.
- Tercero, y esto es lo de ahora, mandar un recado a la Administración Trump. Raúl no es un abuelo retirado. Está imputado en Miami por las cuatro muertes del derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate en 1996. Un régimen que lo exhibe vivo, rodeado de oficiales, le dice a Estados Unidos: no hay vacío, no hay entrega, no hay “transición” porque el viejo se haya puesto malo en un titular.
- El poeta del acto lo tradujo al lenguaje de siempre: el imperio. El régimen necesita que esa figura, cuestionada y procesable, no se evapore en una cama de hospital anónima. Un Raúl muerto de verdad aceleraría luchas internas y daría a Trump y a Rubio un argumento de oportunidad.
- Un Raúl “muerto político” que reaparece les permite alargar el mito y ganar tiempo. La salud real —frágil, evidente en las imágenes— importa menos que el efecto: desmentir el colapso con una foto.
Datos clave. Dejó la presidencia en 2018 y la secretaría del Partido en 2021. Cumplió 95 en junio. Sigue siendo, en la narrativa oficial, quien manda. La reaparición no prueba que esté fuerte.
- Prueba que el aparato puede ponerlo de pie el tiempo de un acto y un mensaje leído por el ministro del Interior. Como con Fidel, la verdad clínica pertenece al Estado. El resto del mundo trabaja con sombras. Por eso el rumor no es solo un accidente de WhatsApp. Es el oxígeno de un sistema que gobierna ocultando.
Ahora qué. Raúl Castro es, en sentido estricto, un muerto político que goza de —digamos— la salud suficiente para una función. El castrismo no se acaba en esa camilla hipotética ni en esa silla del MININT. Se acaba cuando el sistema deje de poder fabricar silencios y reapariciones.
- Mientras tanto, el mensaje a Trump y al mundo es tosco y eficaz: no nos den por muertos. Ni a él. Ni a esto. El exilio ya aprendió a no abrir el champán del Versailles con un rumor. La dictadura, a su vez, ya aprendió que un general de 95 años todavía sirve como cartel.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: