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Ciudades inteligentes: el desarrollo inmobiliario pone la forma urbana que las hace funcionar

.
María José Aresti y Braulio Palacios
03 de marzo, 2026

Aquí puede leer la versión newsletter de República Urbe

Una ciudad no se vuelve “inteligente” solo por apps o sensores. Se vuelve funcional cuando hay infraestructura forma urbana que permiten vivir, trabajar, moverse y acceder a servicios sin aislarse. El desarrollo inmobiliario es el que materializa esa forma: mezcla de usos, densidades, accesos, espacio público y conexión con transporte.

Cómo funcionan las ciudades inteligentes: roles claros

Las ciudades inteligentes —también llamadas smart cities— requieren que cada componente esté asignado al actor que lo sostiene en el tiempo. El desarrollo inmobiliario se incrusta como la capa que materializa vivienda, comercio, oficinas y equipamientos dentro de un marco urbano existente.

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Marco Martínez O’Daly, CEO de Smart City University, explica que las asignaciones en la capa primaria son importantes. “Hay cosas que hará mejor la autoridad y otras el desarrollador. Es muy improbable que uno compense al otro”.

En estos desarrollos, los usos mixtos aparecen como una herramienta recurrente. Si la norma limita a solo residencial, se reduce la capacidad de integrar servicios cotidianos dentro del mismo entorno, aun cuando exista interés comercial.

Una densificación de baja altura es un ajuste práctico que permite sumar unidades adicionales en lotes subutilizados. De lo contrario, “se restringe la oferta y se empuja la demanda hacia periferias con más traslados diarios”, agrega.

Usos mixtos, conectividad y accesos: la diferencia entre integración y enclave

Evitar que los proyectos queden como “islas” requiere integración física, funcional y operativa desde el diseño. En este aspecto se debe tomar en cuenta la relación con accesos, colindancias, transporte, servicios y continuidad del espacio público.

En estos casos, la traza urbana y la conectividad deben concebirse como una red y no como un proyecto aislado. Los accesos, jerarquías viales y continuidad entre barrios determinan si un desarrollo se integra o se comporta como enclave.

La mezcla de usos también reduce el aislamiento porque agrega razones para caminar y permanecer; pero también necesita compatibilidad normativa para que no quede “exclusivamente residencial”, recuerda O’Daly.

José Gálvez-Sobral, director de la División de Activos Inmobiliarios de Grupo Apolo, destaca la importancia de la integración. “Ciudad Reformadores tiene paradas de transporte urbano y una futura central de transferencia”. El objetivo es una conexión intermodal hacia la ciudad capital y accesos hacia colindancias.

Villa Nueva: romper la lógica de “ciudad dormitorio”

Este macrodesarrollo inmobiliario en el municipio de Villa Nueva es un intento de romper la lógica de “ciudad dormitorio”. Gálvez-Sobral comenta que el objetivo funcional es que los vecinos se movilicen lo menos posible hasta Ciudad de Guatemala por trámites, atención médica, educación y por trabajo.

El plan describe seis distritos: residencial, comercial, médico, educativo, institucional (centro cívico) y corporativo. La meta declarada es resolver necesidades diarias dentro del mismo polígono.

La conectividad se concibe como servicio crítico: “anillos de redundancia” para disminuir los riesgos de “perder” la red. Además, se menciona la eficiencia hídrica y la sostenibilidad urbana. La lógica es que la ciudad funcione aunque falle un tramo, porque la operación depende de una conectividad continua.

“La ciudad tiene que ser sostenible, eso es parte de una ciudad inteligente. (…) Villa Nueva está bien densificada”, resume Gálvez-Sobral al hablar de cómo se conceptualizan estos proyectos y sus aportes al entorno urbano.

Balance: una ciudad inteligente se sostiene con traza, permisos y ejecución

La “inteligencia” se ve cuando la oferta puede innovar dentro de una estructura urbana consistente. La palanca repetida es habilitar creatividad mediante tiempos de trámite, flexibilidad de usos y densidades razonables, sin perder coherencia de traza y ambiente.

Martínez O’Daly sostiene que la lógica de “barrio primero” funciona; no hace falta transformar todo desde el inicio. Basta un distrito atractivo para irradiar plusvalía y reordenar demanda, como ocurrió alrededor de la Zona 4.

Elisabeth Maigler, directora para Centroamérica de la Fundación Friedrich Naumann para la Libertad, plantea medir una smart city con indicadores de movilidad, accesibilidad, resiliencia y transparencia, donde la velocidad de trámites, el uso de impuestos y la certeza jurídica se vuelven parte del hardware urbano.

La lección operativa para proyectos grandes es integración: accesos, transporte interno y conexión con colindancias deben planificarse desde temprano para que el desempeño urbano no dependa solo del discurso de ciudad inteligente.

Lectura recomendada: Quetzaltenango: auge vertical desarma el mito de “comprar aire”

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Ciudades inteligentes: el desarrollo inmobiliario pone la forma urbana que las hace funcionar

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María José Aresti y Braulio Palacios
03 de marzo, 2026

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Una ciudad no se vuelve “inteligente” solo por apps o sensores. Se vuelve funcional cuando hay infraestructura forma urbana que permiten vivir, trabajar, moverse y acceder a servicios sin aislarse. El desarrollo inmobiliario es el que materializa esa forma: mezcla de usos, densidades, accesos, espacio público y conexión con transporte.

Cómo funcionan las ciudades inteligentes: roles claros

Las ciudades inteligentes —también llamadas smart cities— requieren que cada componente esté asignado al actor que lo sostiene en el tiempo. El desarrollo inmobiliario se incrusta como la capa que materializa vivienda, comercio, oficinas y equipamientos dentro de un marco urbano existente.

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Marco Martínez O’Daly, CEO de Smart City University, explica que las asignaciones en la capa primaria son importantes. “Hay cosas que hará mejor la autoridad y otras el desarrollador. Es muy improbable que uno compense al otro”.

En estos desarrollos, los usos mixtos aparecen como una herramienta recurrente. Si la norma limita a solo residencial, se reduce la capacidad de integrar servicios cotidianos dentro del mismo entorno, aun cuando exista interés comercial.

Una densificación de baja altura es un ajuste práctico que permite sumar unidades adicionales en lotes subutilizados. De lo contrario, “se restringe la oferta y se empuja la demanda hacia periferias con más traslados diarios”, agrega.

Usos mixtos, conectividad y accesos: la diferencia entre integración y enclave

Evitar que los proyectos queden como “islas” requiere integración física, funcional y operativa desde el diseño. En este aspecto se debe tomar en cuenta la relación con accesos, colindancias, transporte, servicios y continuidad del espacio público.

En estos casos, la traza urbana y la conectividad deben concebirse como una red y no como un proyecto aislado. Los accesos, jerarquías viales y continuidad entre barrios determinan si un desarrollo se integra o se comporta como enclave.

La mezcla de usos también reduce el aislamiento porque agrega razones para caminar y permanecer; pero también necesita compatibilidad normativa para que no quede “exclusivamente residencial”, recuerda O’Daly.

José Gálvez-Sobral, director de la División de Activos Inmobiliarios de Grupo Apolo, destaca la importancia de la integración. “Ciudad Reformadores tiene paradas de transporte urbano y una futura central de transferencia”. El objetivo es una conexión intermodal hacia la ciudad capital y accesos hacia colindancias.

Villa Nueva: romper la lógica de “ciudad dormitorio”

Este macrodesarrollo inmobiliario en el municipio de Villa Nueva es un intento de romper la lógica de “ciudad dormitorio”. Gálvez-Sobral comenta que el objetivo funcional es que los vecinos se movilicen lo menos posible hasta Ciudad de Guatemala por trámites, atención médica, educación y por trabajo.

El plan describe seis distritos: residencial, comercial, médico, educativo, institucional (centro cívico) y corporativo. La meta declarada es resolver necesidades diarias dentro del mismo polígono.

La conectividad se concibe como servicio crítico: “anillos de redundancia” para disminuir los riesgos de “perder” la red. Además, se menciona la eficiencia hídrica y la sostenibilidad urbana. La lógica es que la ciudad funcione aunque falle un tramo, porque la operación depende de una conectividad continua.

“La ciudad tiene que ser sostenible, eso es parte de una ciudad inteligente. (…) Villa Nueva está bien densificada”, resume Gálvez-Sobral al hablar de cómo se conceptualizan estos proyectos y sus aportes al entorno urbano.

Balance: una ciudad inteligente se sostiene con traza, permisos y ejecución

La “inteligencia” se ve cuando la oferta puede innovar dentro de una estructura urbana consistente. La palanca repetida es habilitar creatividad mediante tiempos de trámite, flexibilidad de usos y densidades razonables, sin perder coherencia de traza y ambiente.

Martínez O’Daly sostiene que la lógica de “barrio primero” funciona; no hace falta transformar todo desde el inicio. Basta un distrito atractivo para irradiar plusvalía y reordenar demanda, como ocurrió alrededor de la Zona 4.

Elisabeth Maigler, directora para Centroamérica de la Fundación Friedrich Naumann para la Libertad, plantea medir una smart city con indicadores de movilidad, accesibilidad, resiliencia y transparencia, donde la velocidad de trámites, el uso de impuestos y la certeza jurídica se vuelven parte del hardware urbano.

La lección operativa para proyectos grandes es integración: accesos, transporte interno y conexión con colindancias deben planificarse desde temprano para que el desempeño urbano no dependa solo del discurso de ciudad inteligente.

Lectura recomendada: Quetzaltenango: auge vertical desarma el mito de “comprar aire”

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