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“Tenemos que pasar de ser países resignados a países posibles”: Bruce Mac Master

En esta conversación analiza la relación entre el sector empresarial y el gobierno de Gustavo Petro y los principales desafíos económicos e institucionales.

Jose Fernando Orellana
08 de agosto, 2026

Bruce Mac Master es economista, empresario y presidente de la Asociación Nacional de Empresarios de Colombia (ANDI) desde 2013. En esta conversación analiza la relación entre el sector empresarial y el gobierno de Gustavo Petro, así como los principales desafíos económicos e institucionales que enfrenta Colombia. Además, reflexiona sobre la necesidad de construir una visión de largo plazo para América Latina y el papel de los empresarios en el desarrollo, la integración regional y el fortalecimiento de la institucionalidad democrática.

Usted, a nivel personal, y la ANDI, a nivel institucional, fueron uno de los blancos favoritos del presidente Gustavo Petro. Desde el inicio de su gobierno, usted sostuvo que, independientemente de la ideología, los empresarios querían que al gobierno le fuera bien porque eso significaba que a Colombia le iría bien. Sin embargo, se produjo un desgaste constante. ¿Por qué esa estigmatización y cómo fue la dinámica entre los empresarios, los gremios y Gustavo Petro?

—Te agradezco por la pregunta, a pesar de que yo creo que a Colombia le llegó el momento de olvidarse de Gustavo Petro y de no pensar tanto en lo que él hizo y en los cuatro años que tuvimos, que además fueron en realidad cuatro años de pérdida de oportunidades y de una brecha que probablemente se aumentó frente a otros países.

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Pero sí, es verdad. Desde el principio le dijimos al gobierno: “Nosotros no somos ni de izquierda ni de derecha, nosotros somos empresarios; queremos que a Colombia le vaya bien y además tenemos la fórmula para que a Colombia le vaya bien, porque los empresarios son quienes producen el progreso, el desarrollo, la riqueza, el empleo y los recursos para el Estado”.

El gobierno, en una miopía grande, decidió que para él era más valioso el argumento populista y escoger el camino del populismo. Eso termina hablando de un gobierno que no estaba tan interesado en gobernar, sino mucho más interesado en construir una plataforma populista sobre la cual desarrollar un proyecto político.

A pesar de eso, hoy los colombianos consideran, entre un 63  % y un 68  %, que los empresarios y el sector productivo cumplen un papel positivo para la sociedad. En cierta forma, fue un fracaso de esa agenda de estigmatización porque no condujo absolutamente a nada.

Hace algunos meses publiqué un libro que denominé La agenda de la desestabilización, donde hago un recuento de cómo se construyó esa estrategia y cómo el objetivo final era desestabilizar a Colombia más que demostrar que una agenda ideológica o de política pública llevaría al país por el camino correcto.

Colombia resistió esos años y, aunque existen sectores afectados, es momento de mirar hacia delante. ¿Cuáles son los principales retos económicos y empresariales que deberán asumir el próximo gobierno y el sector privado para corregir los problemas generados durante ese período?

—Claramente, esa agenda incluyó varios frentes. Hubo un frente institucional con la discusión permanente con las cortes, la deslegitimación de la justicia, los ataques al Congreso y el desconocimiento de normas e incluso de la Constitución. Hay innumerables denuncias y demandas sobre políticas públicas que terminaron siendo inconstitucionales o contrarias a la ley.

En lo económico, aunque Colombia mantiene una situación robusta y sólida, hay sectores particularmente afectados. Uno de ellos son las finanzas públicas. Colombia nunca había tenido un déficit y un endeudamiento tan grandes como los actuales. Eso lo tendremos que pagar entre todos y debemos trabajar para reestabilizar esa variable.

Pasa lo mismo con el sector salud. Colombia había logrado una cobertura cercana al 100 % y un sistema que garantizaba atención tanto a colombianos como a extranjeros. Eso lo habíamos conseguido, pero terminamos poniendo en riesgo ese avance por razones ideológicas. Ahora tendremos que salvarlo entre todos, y lo vamos a hacer trabajando.

También están los retos en energía, seguridad, control territorial, minería e hidrocarburos. Tenemos muchísimas tareas pendientes y la decisión de sacarlas adelante entre todos los colombianos.

Ha dicho en otras ocasiones que uno de los problemas de la clase política es la falta de visión de largo plazo, algo que sí existe en el sector empresarial. ¿Percibe un cambio en la nueva agenda política del país hacia una visión estratégica de largo plazo y de trabajo conjunto con el empresariado?

—Es buenísimo que exista un gobierno planteando una agenda de largo plazo. Ayer tuvimos una reunión con el vicepresidente y él hablaba de pensar en la Colombia de 2050. Eso es muy bueno porque, en general, en nuestro continente somos muy malos para hacerlo.

Si voy a Guatemala y pregunto cuál es la agenda nacional de los próximos veinte años y cuáles son las metas del país, no estoy seguro de que mucha gente pueda responder. Lo mismo ocurriría si hablamos de 25, 30 o 50 años.

Eso es impensable en el mundo empresarial. Una empresa tiene que saber para dónde va, cuáles son sus estrategias, qué inversiones necesita y qué sacrificios debe hacer para alcanzar sus objetivos. Los hogares también se fijan metas de largo plazo, pero los gobiernos no, a pesar de que son la unidad económica más grande que existe.

Mi obsesión ha sido promover esa idea. Por eso publiqué otro libro y lancé el pódcast Un continente posible, donde converso con empresarios, académicos, economistas y políticos para responder una pregunta central: ¿cómo logramos que América Latina piense en el largo plazo?

Debemos aprender a ubicarnos en un mundo que cambia rápidamente. Nos gusten o no las nuevas reglas del comercio internacional, son reales y debemos actuar con inteligencia. La pregunta es qué decisiones tiene que tomar cada país para posicionarse mejor frente a fenómenos como la competencia entre China y Estados Unidos.

En su libro habla de los “países resignados”, mientras que su pódcast se llama Un continente posible. Hay una visión regional muy marcada en tu planteamiento. ¿Cree que América Latina debería pensar más como región y menos como una suma de países aislados?

—Cuando hablo de Un continente posible, hablo precisamente de eso: de observarnos como continente.

Somos países que viven al vaivén de sus discusiones políticas internas, moviéndose entre gobiernos de izquierda, de derecha, bien intencionados o corruptos. Además, permitimos que nuestras agendas sean definidas casi exclusivamente por la clase política.

Si el sector empresarial quiere impulsar procesos de integración, muchas veces los políticos terminan deshaciéndolos. Lo vimos en la Alianza del Pacífico. Hubo momentos en que era un proyecto potentísimo y luego estuvo cerca de desaparecer por diferencias personales y políticas entre mandatarios.

Eso es injusto y tremendamente torpe. América Latina debe entender que ninguno de nuestros países tiene, por sí solo, la masa crítica suficiente para ser verdaderamente relevante a escala global.

Cuando vemos reuniones del G7 o del G20, observamos cómo otros deciden asuntos que nos afectan directamente, mientras nosotros simplemente tomamos nota y nos adaptamos. Por eso hablo de “países resignados”.

Tenemos que pasar de ser países resignados a países posibles.

El ejemplo del sudeste asiático y de China es evidente. Hace pocas décadas estaban en condiciones similares a las nuestras y hoy están en una posición completamente distinta. Debemos preguntarnos por qué nosotros no logramos lo mismo.

Y hay un elemento adicional: México debe creer más en América Latina. Tiene una enorme relación comercial con Estados Unidos, pero también debe asumir un papel de liderazgo en la integración regional. Si lo hace, el escenario para todos nosotros será significativamente más positivo.

¿Cuál debería ser el papel de los empresarios en la discusión pública y en el liderazgo de los grandes temas nacionales y regionales?

—Creo que tenemos la misma responsabilidad que tiene cualquier sector de la sociedad. Los gobiernos no pueden transformar un país solos. No lo harán sin los ciudadanos, sin los académicos, sin los empresarios, sin el Congreso y sin la justicia.

Lo importante es que los empresarios se entiendan como ciudadanos. Claro que tienen herramientas especiales y una función particular, pero al final siguen siendo ciudadanos con un rol que cumplir.

En la ANDI decimos que somos “más país”. Nuestra tarea es construir más país. ¿Cómo? Haciendo empresa, generando desarrollo, pero también aportando todo lo que podamos aportar.

Los desafíos sociales, económicos, institucionales y democráticos son tan grandes que solo podremos enfrentarlos si lo hacemos unidos. Necesitamos un país remando hacia el mismo sitio.

Ojalá podamos ver gobiernos que piensen más allá de sus intereses personales. Esa es una de las grandes causas del subdesarrollo. Muchas veces hablamos de estar “en vías de desarrollo”, pero yo me pregunto si el camino que estamos recorriendo realmente nos lleva a desarrollarnos o si necesitamos decisiones mucho más valientes, estratégicas, inteligentes y prospectivas para alcanzar un destino distinto.

Para finalizar, el crimen organizado transnacional se ha convertido en una amenaza para el desarrollo, la institucionalidad y el crecimiento económico de toda la región. ¿Debe ser una prioridad dentro de esa agenda para dejar de ser un continente resignado?

—Sin duda alguna. Además, estoy convencido de que ningún país, por sí solo, será capaz de ganar esta lucha.

El crimen organizado es un fenómeno multinacional. Tiene una naturaleza internacional y está vinculado a redes de comercio ilegal que operan en múltiples países. Si nosotros no somos capaces de unirnos para construir un esfuerzo colectivo que nos dé una ventaja frente a esos grupos, no vamos a poder enfrentarlo adecuadamente.

Por supuesto, las grandes potencias y los países que se han declarado víctimas de estos fenómenos deben jugar un papel fundamental. Pero no pueden ser los únicos actores.

Lo que se necesita es una interacción mucho más potente, más efectiva y más visible entre los países para combatir este flagelo, que es, sin duda, uno de los grandes problemas que enfrenta hoy la humanidad.

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“Tenemos que pasar de ser países resignados a países posibles”: Bruce Mac Master

En esta conversación analiza la relación entre el sector empresarial y el gobierno de Gustavo Petro y los principales desafíos económicos e institucionales.

Jose Fernando Orellana
08 de agosto, 2026

Bruce Mac Master es economista, empresario y presidente de la Asociación Nacional de Empresarios de Colombia (ANDI) desde 2013. En esta conversación analiza la relación entre el sector empresarial y el gobierno de Gustavo Petro, así como los principales desafíos económicos e institucionales que enfrenta Colombia. Además, reflexiona sobre la necesidad de construir una visión de largo plazo para América Latina y el papel de los empresarios en el desarrollo, la integración regional y el fortalecimiento de la institucionalidad democrática.

Usted, a nivel personal, y la ANDI, a nivel institucional, fueron uno de los blancos favoritos del presidente Gustavo Petro. Desde el inicio de su gobierno, usted sostuvo que, independientemente de la ideología, los empresarios querían que al gobierno le fuera bien porque eso significaba que a Colombia le iría bien. Sin embargo, se produjo un desgaste constante. ¿Por qué esa estigmatización y cómo fue la dinámica entre los empresarios, los gremios y Gustavo Petro?

—Te agradezco por la pregunta, a pesar de que yo creo que a Colombia le llegó el momento de olvidarse de Gustavo Petro y de no pensar tanto en lo que él hizo y en los cuatro años que tuvimos, que además fueron en realidad cuatro años de pérdida de oportunidades y de una brecha que probablemente se aumentó frente a otros países.

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Pero sí, es verdad. Desde el principio le dijimos al gobierno: “Nosotros no somos ni de izquierda ni de derecha, nosotros somos empresarios; queremos que a Colombia le vaya bien y además tenemos la fórmula para que a Colombia le vaya bien, porque los empresarios son quienes producen el progreso, el desarrollo, la riqueza, el empleo y los recursos para el Estado”.

El gobierno, en una miopía grande, decidió que para él era más valioso el argumento populista y escoger el camino del populismo. Eso termina hablando de un gobierno que no estaba tan interesado en gobernar, sino mucho más interesado en construir una plataforma populista sobre la cual desarrollar un proyecto político.

A pesar de eso, hoy los colombianos consideran, entre un 63  % y un 68  %, que los empresarios y el sector productivo cumplen un papel positivo para la sociedad. En cierta forma, fue un fracaso de esa agenda de estigmatización porque no condujo absolutamente a nada.

Hace algunos meses publiqué un libro que denominé La agenda de la desestabilización, donde hago un recuento de cómo se construyó esa estrategia y cómo el objetivo final era desestabilizar a Colombia más que demostrar que una agenda ideológica o de política pública llevaría al país por el camino correcto.

Colombia resistió esos años y, aunque existen sectores afectados, es momento de mirar hacia delante. ¿Cuáles son los principales retos económicos y empresariales que deberán asumir el próximo gobierno y el sector privado para corregir los problemas generados durante ese período?

—Claramente, esa agenda incluyó varios frentes. Hubo un frente institucional con la discusión permanente con las cortes, la deslegitimación de la justicia, los ataques al Congreso y el desconocimiento de normas e incluso de la Constitución. Hay innumerables denuncias y demandas sobre políticas públicas que terminaron siendo inconstitucionales o contrarias a la ley.

En lo económico, aunque Colombia mantiene una situación robusta y sólida, hay sectores particularmente afectados. Uno de ellos son las finanzas públicas. Colombia nunca había tenido un déficit y un endeudamiento tan grandes como los actuales. Eso lo tendremos que pagar entre todos y debemos trabajar para reestabilizar esa variable.

Pasa lo mismo con el sector salud. Colombia había logrado una cobertura cercana al 100 % y un sistema que garantizaba atención tanto a colombianos como a extranjeros. Eso lo habíamos conseguido, pero terminamos poniendo en riesgo ese avance por razones ideológicas. Ahora tendremos que salvarlo entre todos, y lo vamos a hacer trabajando.

También están los retos en energía, seguridad, control territorial, minería e hidrocarburos. Tenemos muchísimas tareas pendientes y la decisión de sacarlas adelante entre todos los colombianos.

Ha dicho en otras ocasiones que uno de los problemas de la clase política es la falta de visión de largo plazo, algo que sí existe en el sector empresarial. ¿Percibe un cambio en la nueva agenda política del país hacia una visión estratégica de largo plazo y de trabajo conjunto con el empresariado?

—Es buenísimo que exista un gobierno planteando una agenda de largo plazo. Ayer tuvimos una reunión con el vicepresidente y él hablaba de pensar en la Colombia de 2050. Eso es muy bueno porque, en general, en nuestro continente somos muy malos para hacerlo.

Si voy a Guatemala y pregunto cuál es la agenda nacional de los próximos veinte años y cuáles son las metas del país, no estoy seguro de que mucha gente pueda responder. Lo mismo ocurriría si hablamos de 25, 30 o 50 años.

Eso es impensable en el mundo empresarial. Una empresa tiene que saber para dónde va, cuáles son sus estrategias, qué inversiones necesita y qué sacrificios debe hacer para alcanzar sus objetivos. Los hogares también se fijan metas de largo plazo, pero los gobiernos no, a pesar de que son la unidad económica más grande que existe.

Mi obsesión ha sido promover esa idea. Por eso publiqué otro libro y lancé el pódcast Un continente posible, donde converso con empresarios, académicos, economistas y políticos para responder una pregunta central: ¿cómo logramos que América Latina piense en el largo plazo?

Debemos aprender a ubicarnos en un mundo que cambia rápidamente. Nos gusten o no las nuevas reglas del comercio internacional, son reales y debemos actuar con inteligencia. La pregunta es qué decisiones tiene que tomar cada país para posicionarse mejor frente a fenómenos como la competencia entre China y Estados Unidos.

En su libro habla de los “países resignados”, mientras que su pódcast se llama Un continente posible. Hay una visión regional muy marcada en tu planteamiento. ¿Cree que América Latina debería pensar más como región y menos como una suma de países aislados?

—Cuando hablo de Un continente posible, hablo precisamente de eso: de observarnos como continente.

Somos países que viven al vaivén de sus discusiones políticas internas, moviéndose entre gobiernos de izquierda, de derecha, bien intencionados o corruptos. Además, permitimos que nuestras agendas sean definidas casi exclusivamente por la clase política.

Si el sector empresarial quiere impulsar procesos de integración, muchas veces los políticos terminan deshaciéndolos. Lo vimos en la Alianza del Pacífico. Hubo momentos en que era un proyecto potentísimo y luego estuvo cerca de desaparecer por diferencias personales y políticas entre mandatarios.

Eso es injusto y tremendamente torpe. América Latina debe entender que ninguno de nuestros países tiene, por sí solo, la masa crítica suficiente para ser verdaderamente relevante a escala global.

Cuando vemos reuniones del G7 o del G20, observamos cómo otros deciden asuntos que nos afectan directamente, mientras nosotros simplemente tomamos nota y nos adaptamos. Por eso hablo de “países resignados”.

Tenemos que pasar de ser países resignados a países posibles.

El ejemplo del sudeste asiático y de China es evidente. Hace pocas décadas estaban en condiciones similares a las nuestras y hoy están en una posición completamente distinta. Debemos preguntarnos por qué nosotros no logramos lo mismo.

Y hay un elemento adicional: México debe creer más en América Latina. Tiene una enorme relación comercial con Estados Unidos, pero también debe asumir un papel de liderazgo en la integración regional. Si lo hace, el escenario para todos nosotros será significativamente más positivo.

¿Cuál debería ser el papel de los empresarios en la discusión pública y en el liderazgo de los grandes temas nacionales y regionales?

—Creo que tenemos la misma responsabilidad que tiene cualquier sector de la sociedad. Los gobiernos no pueden transformar un país solos. No lo harán sin los ciudadanos, sin los académicos, sin los empresarios, sin el Congreso y sin la justicia.

Lo importante es que los empresarios se entiendan como ciudadanos. Claro que tienen herramientas especiales y una función particular, pero al final siguen siendo ciudadanos con un rol que cumplir.

En la ANDI decimos que somos “más país”. Nuestra tarea es construir más país. ¿Cómo? Haciendo empresa, generando desarrollo, pero también aportando todo lo que podamos aportar.

Los desafíos sociales, económicos, institucionales y democráticos son tan grandes que solo podremos enfrentarlos si lo hacemos unidos. Necesitamos un país remando hacia el mismo sitio.

Ojalá podamos ver gobiernos que piensen más allá de sus intereses personales. Esa es una de las grandes causas del subdesarrollo. Muchas veces hablamos de estar “en vías de desarrollo”, pero yo me pregunto si el camino que estamos recorriendo realmente nos lleva a desarrollarnos o si necesitamos decisiones mucho más valientes, estratégicas, inteligentes y prospectivas para alcanzar un destino distinto.

Para finalizar, el crimen organizado transnacional se ha convertido en una amenaza para el desarrollo, la institucionalidad y el crecimiento económico de toda la región. ¿Debe ser una prioridad dentro de esa agenda para dejar de ser un continente resignado?

—Sin duda alguna. Además, estoy convencido de que ningún país, por sí solo, será capaz de ganar esta lucha.

El crimen organizado es un fenómeno multinacional. Tiene una naturaleza internacional y está vinculado a redes de comercio ilegal que operan en múltiples países. Si nosotros no somos capaces de unirnos para construir un esfuerzo colectivo que nos dé una ventaja frente a esos grupos, no vamos a poder enfrentarlo adecuadamente.

Por supuesto, las grandes potencias y los países que se han declarado víctimas de estos fenómenos deben jugar un papel fundamental. Pero no pueden ser los únicos actores.

Lo que se necesita es una interacción mucho más potente, más efectiva y más visible entre los países para combatir este flagelo, que es, sin duda, uno de los grandes problemas que enfrenta hoy la humanidad.

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