Los accidentes de tránsito le cuestan al país el 5.56 % de su PIB, lo que se traduce en GTQ 39 365M anuales, según la Asociación Guatemalteca de Instituciones de Seguros (AGIS). Los siniestros no solo afectan la vida de los guatemaltecos, sino la productividad de toda una nación.
Por qué importa. La cifra no es abstracta: el impacto se cuela en hospitales y se filtra hasta llegar a las empresas y cadenas logísticas. Detrás de la siniestralidad vial hay horas perdidas, mercancía que no llega y capital humano que sale —definitiva o parcialmente— del mercado laboral.
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En 2024, el Hospital General de Accidentes Ceibal reportó que más de GTQ 297M fueron destinados para la atención de incidentes relacionados con motocicletas. El costo no es solo médico, sino de país.
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La pérdida no es solo de quien sufre el accidente. Cada choque genera cuellos de botella que atrasan entregas, encarecen fletes y reducen la confiabilidad del sistema productivo.
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Los accidentes de tránsito provocan principalmente la muerte de hombres jóvenes entre los 15 y 35 años. “Se trata de personas en edad productiva”, afirma Carmen Salguero, coordinadora de la comisión de salud de FUNDESA.
Datos clave. El costo de una vida humana se traduce en años de trabajo no producidos, inventario destruido y tiempo muerto atrapado en congestiones. Las tasas de mortalidad vial exponen brechas de productividad que dejan a Guatemala fuera de la carrera.
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En Guatemala, por cada 100 000 habitantes, se registran en promedio 15 fallecidos a causa de un accidente vial.
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En contraste, Suecia registra menos de dos y España poco más de tres, según Juan Emilio Rodríguez, consultor internacional en infraestructura y movilidad segura.
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La diferencia es sustancial: se traduce en más capital humano perdido. “Se pierden décadas de trabajo, oportunidades, aportes a la comunidad y economía”, argumenta Salguero.
Entre líneas. Que Guatemala tenga seguridad vial no es solo prevención: es mejorar la eficiencia económica doméstica. Cuando un camión se accidenta, se pierde —entre otros— tiempo. Si la mercadería llega sin percances, la liquidez sigue fluyendo.
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“Un camión que se choca es inventario perdido”, plantea Juan Carlos Botrán, director de Movilidad y Seguridad Vial del Automóvil Club de Guatemala. A eso se suma el retraso en rutas clave.
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Un trayecto que se estira de una a tres horas encarece la operación y erosiona la competitividad. Además, el 8.6 % de los vehículos involucrados son camiones, un dato que demuestra el impacto logístico y productivo en cada percance.
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Cada siniestro afecta a terceros que no estuvieron involucrados: trabajadores que llegan tarde, mercancía que no arriba, contratos que se incumplen.
Ahora qué. Reducir los siniestros y, por ende, el costo país, requiere de infraestructura segura y formación del conductor. Menos choques significan más vida protegida y más libertad económica.
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La evidencia internacional apunta a sistemas integrados de movilidad: señalización efectiva y un control que funcione. Rodríguez lo resume así: “un sistema seguro hace más eficiente al país”.
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Invertir en seguridad vial protege propiedad privada, reduce gasto forzoso y libera productividad.
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Para Salguero, la conclusión es tomar decisiones clave en materia de seguridad vial. “Falta voluntad y compromiso sostenido”, concluye.
Los accidentes de tránsito le cuestan al país el 5.56 % de su PIB, lo que se traduce en GTQ 39 365M anuales, según la Asociación Guatemalteca de Instituciones de Seguros (AGIS). Los siniestros no solo afectan la vida de los guatemaltecos, sino la productividad de toda una nación.
Por qué importa. La cifra no es abstracta: el impacto se cuela en hospitales y se filtra hasta llegar a las empresas y cadenas logísticas. Detrás de la siniestralidad vial hay horas perdidas, mercancía que no llega y capital humano que sale —definitiva o parcialmente— del mercado laboral.
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En 2024, el Hospital General de Accidentes Ceibal reportó que más de GTQ 297M fueron destinados para la atención de incidentes relacionados con motocicletas. El costo no es solo médico, sino de país.
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La pérdida no es solo de quien sufre el accidente. Cada choque genera cuellos de botella que atrasan entregas, encarecen fletes y reducen la confiabilidad del sistema productivo.
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Los accidentes de tránsito provocan principalmente la muerte de hombres jóvenes entre los 15 y 35 años. “Se trata de personas en edad productiva”, afirma Carmen Salguero, coordinadora de la comisión de salud de FUNDESA.
Datos clave. El costo de una vida humana se traduce en años de trabajo no producidos, inventario destruido y tiempo muerto atrapado en congestiones. Las tasas de mortalidad vial exponen brechas de productividad que dejan a Guatemala fuera de la carrera.
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En Guatemala, por cada 100 000 habitantes, se registran en promedio 15 fallecidos a causa de un accidente vial.
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En contraste, Suecia registra menos de dos y España poco más de tres, según Juan Emilio Rodríguez, consultor internacional en infraestructura y movilidad segura.
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La diferencia es sustancial: se traduce en más capital humano perdido. “Se pierden décadas de trabajo, oportunidades, aportes a la comunidad y economía”, argumenta Salguero.
Entre líneas. Que Guatemala tenga seguridad vial no es solo prevención: es mejorar la eficiencia económica doméstica. Cuando un camión se accidenta, se pierde —entre otros— tiempo. Si la mercadería llega sin percances, la liquidez sigue fluyendo.
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“Un camión que se choca es inventario perdido”, plantea Juan Carlos Botrán, director de Movilidad y Seguridad Vial del Automóvil Club de Guatemala. A eso se suma el retraso en rutas clave.
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Un trayecto que se estira de una a tres horas encarece la operación y erosiona la competitividad. Además, el 8.6 % de los vehículos involucrados son camiones, un dato que demuestra el impacto logístico y productivo en cada percance.
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Cada siniestro afecta a terceros que no estuvieron involucrados: trabajadores que llegan tarde, mercancía que no arriba, contratos que se incumplen.
Ahora qué. Reducir los siniestros y, por ende, el costo país, requiere de infraestructura segura y formación del conductor. Menos choques significan más vida protegida y más libertad económica.
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La evidencia internacional apunta a sistemas integrados de movilidad: señalización efectiva y un control que funcione. Rodríguez lo resume así: “un sistema seguro hace más eficiente al país”.
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Invertir en seguridad vial protege propiedad privada, reduce gasto forzoso y libera productividad.
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Para Salguero, la conclusión es tomar decisiones clave en materia de seguridad vial. “Falta voluntad y compromiso sostenido”, concluye.