Actualidad
Actualidad
Política
Política
Empresa
Empresa
Opinión
Opinión
Webinars
Webinars
Inmobiliaria
Inmobiliaria
Eventos
Eventos
Agenda Empresarial
Agenda Empresarial
Descubre
Descubre

“La fintech es una herramienta de inclusión financiera”: Erica Jensen

.
María José Aresti
25 de junio, 2026

El sector fintech vive un momento de plena expansión y deja de ser una promesa para volverse un ecosistema con peso propio. Erica Jensen, directora ejecutiva de la Asociación Fintech de Honduras, explica que ese crecimiento se debe a su alcance. 

Son empresas que atienden a los segmentos que la banca descarta, desde la base de la pirámide hasta los rincones más alejados del territorio. Durante el Fintech Day 2026, habló con República sobre cómo las fintech ensanchan la inclusión financiera, se complementan con banca y tienen una gran oportunidad. 

¿Cómo puede una fintech convertir las remesas en ahorro, crédito o pagos seguros? 

SUSCRÍBASE A NUESTRO NEWSLETTER DE EMPRESA

—En Honduras, las remesas son uno de los principales ingresos de la población, por las condiciones del país y las costumbres de su gente. Actualmente, hay fintechs que buscan especializarse en ese nicho. La propia fintech debe tener la capacidad para enseñarle a la gente que recibir la remesa no tiene por qué terminar en retirar el dinero y gastarlo. 

Con otra línea de productos, esa misma empresa puede acompañar a la persona hacia la inversión u otras soluciones. Ese es el negocio real, porque ese público desemboca de forma natural en el mercado fintech.

A diferencia de la banca, la fintech atiende a la base de la pirámide: a quienes, por sus condiciones, no acceden a una cuenta ni al crédito tradicional. Llegan precisamente al segmento que más remesas recibe.

¿En qué segmentos está la oportunidad de las fintechs?

—Es una herramienta de inclusión financiera. Su dinamismo, ADN y forma de operar le permiten alcanzar a segmentos que la bancarización tradicional nunca toca. Aunque la persona no tenga una cuenta, puede ofrecerle los mismos servicios a los que aspiraría en un banco: tarjetas, crédito y más.

Con el crédito ocurre algo parecido, sobre todo frente al microempresario: para el banco es costoso y poco rentable. Una ejecutiva de cuenta carga con metas mensuales, y un préstamo de USD 200 le exige el mismo esfuerzo que uno grande, o más, porque debe levantar más información y gestionar más. Aun así, esa cifra no la acerca a su objetivo. Bajo esas reglas, la banca termina descartando, directa o indirectamente, a una porción del mercado que la fintech sí abraza, porque para ella resulta sencillo.

Foto: Braulio Palacios / República.

¿La banca y fintech forman un ecosistema que se complementa? 

—Sí, son dos caras de una misma moneda, pero viajamos en el mismo auto. En Honduras, una fintech difícilmente existe sin un banco detrás, porque así lo dispone la Ley del Sistema de Pagos (1980), cuando estas empresas ni siquiera figuraban en el horizonte. No debería persistir la idea de que la banca las vea como rivales, cuando en realidad no compiten: cada una trabaja un nicho distinto. 

La fintech apoya al banco. En el crédito, construye el historial de quienes nunca recibirían un préstamo bancario: presta USD 200, la persona cumple y hace récord, y más adelante puede aspirar a USD 2000 con una información que el banco hereda sin haber movido un dedo. No son enemigos. Lo que falta es dar a conocer esa diferencia, para que deje de leerse como una amenaza que no es.

¿Qué nos debería llamar la atención del sector fintech hondureño? 

—Honduras es un país de condiciones particulares, sobre todo en lo regulatorio, y eso no se repite igual en el resto de la región. Aun así, el sector crece: en dos años hemos duplicado la membresía, un termómetro claro de que cada vez hay más fintech operando en el país.  Ese mismo crecimiento nos lleva como asociación a fortalecer el ecosistema. 

El sector cooperativo voltea cada vez más hacia nosotros, porque somos los proveedores de la tecnología y la digitalización que necesita. En lo regulatorio existe una intención clara de introducir cambios que jugarán a favor de las fintech. 

Además, aparecen modelos decididos a llegar al interior: en las grandes ciudades el terreno es relativamente sencillo, pero el interior es el verdadero reto, y justo ahí se abre la mayor oportunidad. 

¿Esos segmentos son un mercado atractivo o solo responden a una agenda social? 

—En estos mercados lo que manda es la transaccionalidad: cada ticket es pequeño, pero se cuentan por miles. Sí existe un componente social, porque mejoran la vida de la gente. En el interior, muchas personas toman un bus hasta la cabecera de su municipio solo para consultar cuánto dinero tienen en su banco y, si deciden retirar, vuelven con el efectivo durante dos horas de camino de regreso a su pueblo.

Foto: Braulio Palacios / República.

Una fintech desactiva ese viaje: le da a la persona una mejor calidad de vida, más seguridad y la puerta a otros servicios. Por el volumen posible de operaciones, la oportunidad es real. El peso social es innegable, pero conviene no idealizarlo: la fintech, como cualquier empresa privada, no está aquí por beneficencia, sino por utilidades. Hay un equilibrio perfectamente manejable.

¿Dónde ve la mayor oportunidad: pagos, créditos, remesas, seguros o soluciones combinadas? 

—Los pagos serán siempre el terreno más grande, porque son la primera puerta de entrada: ya está instalada la costumbre de usar la tarjeta y de comprar por internet. Detrás viene el crédito, o lending digital, que va ganando espacio a medida que afloran nichos muy específicos, desatendidos por la banca, donde la fintech encuentra una oportunidad genuina. 

Dentro de los pagos conviven varias modalidades, y todas traen margen para crecer. Las apuestas más sólidas siguen siendo las de siempre: los pagos y ese "buy now, pay later", que ya se volvió costumbre. 

¿Cuál es el principal error de una empresa que quiere entrar al sector? 

—Cada país tiene sus propias reglas y su propia regulación: unas habilitan más que otras, y donde algunas ni siquiera existen, otras ya están en firme. Ese es el punto de partida. Entrar a un mercado sin entender cómo lo van a regular, ni qué requisitos deberá cumplir, es la vía más rápida al tropiezo.  

Lo segundo es ‘tomarle la temperatura’ al mercado, ya que abundan las soluciones excelentes para las que, sencillamente, todavía no se esté listo. La pregunta de fondo es si esa innovación encontrará respuesta del otro lado. 

En países como Honduras, la adopción de nuevas tecnologías avanza más despacio que en otros lugares, y eso pesa. La infraestructura tiene un rol: de nada sirve lanzar una fintech que vive del acceso a la información si la cobertura de internet no llega a todo el territorio. Se trata de leer bien el contexto; no para desanimar a nadie, porque las oportunidades sobran, sino para decidir con información.

¿Qué necesita una fintech para ganarse la confianza de esos segmentos? 

—Es un punto interesante. La educación financiera es la base, y no es solo una bandera de la fintech, sino del país entero, de la banca y de todos los actores. 

La fintech vive de la tecnología y de lo virtual. En países como Honduras, la confianza todavía se gana con trato humano. De ahí que algo tan concreto como tener puntos físicos pueda marcar la diferencia. Un lugar al que la persona sepa que puede llegar y encontrar a alguien que la atienda y la guíe es necesario. Más en ese segmento. Por eso insisto, en que el acompañamiento humano no es un detalle, es parte esencial de la ecuación.

Foto: Braulio Palacios / República.

¿Qué conversaciones deben tener los empresarios centroamericanos que ven la fintech como oportunidad? 

—Una fintech permite optimizar un sinfín de áreas en la operación de un negocio. Hemos visto a empresas de retail y de comercio empezar a otorgar crédito: un salto en su servicio que no les exige convertirse en banco.  

Hay mucho donde apoyarse y el saldo es siempre el mismo: se vuelven más eficientes y nos terminan dando, a los consumidores, un mejor servicio.

¿Quiere recibir notificaciones de alertas?