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Retratos donde la Amazonía se mira al espejo

Marcos Jacobo Suárez Sipmann
09 de julio, 2026

No todas las exposiciones hablan de un lugar. Algunas hablan desde él. Esa es la diferencia que convierte Shipibo-Konibo. Retratos de mi sangre, del fotógrafo peruano e indígena amazónico David Díaz, en una propuesta poco habitual dentro del calendario cultural guatemalteco.

La muestra, inaugurada este martes con el respaldo de la Embajada del Perú, la Municipalidad de Guatemala y la Fundación Paiz, reúne una serie de fotografías en blanco y negro que se apartan deliberadamente del exotismo con el que tantas veces se representa a los pueblos originarios. Aquí no hay distancia entre quien observa y quien es observado. Díaz pertenece al pueblo Shipibo-Konibo y retrata a su propia comunidad desde la intimidad, la memoria y el afecto, para convertir cada imagen en un ejercicio de identidad antes que en un documento etnográfico.

La exposición forma parte de las actividades organizadas con motivo de los 250 años del traslado de la ciudad de Guatemala y de la celebración del Mes del Perú, que durante julio de 2026 reúne diversas iniciativas orientadas a fortalecer los vínculos culturales entre ambos países.

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El resultado posee una fuerza silenciosa. Rostros, gestos cotidianos, escenas familiares y paisajes amazónicos construyen un relato donde la tradición convive con el presente sin necesidad de explicaciones.  

No resulta casual el escenario elegido. La Casa Ibargüen, uno de los inmuebles patrimoniales más emblemáticos del Centro Histórico, aporta una dimensión adicional al recorrido: el diálogo entre la arquitectura colonial guatemalteca y la memoria visual de la Amazonía peruana convierte la visita en un encuentro entre dos patrimonios culturales que, pese a la distancia geográfica, comparten una misma voluntad de preservar la memoria y la identidad.

Las fotografías dialogan además con la cosmovisión shipibo-konibo, especialmente con el universo simbólico del kené, el complejo sistema de trazados geométricos que expresa una manera de comprender el mundo y que ha convertido a esta cultura en una de las manifestaciones artísticas más reconocibles de la Amazonía peruana. Quizá por eso las fotografías parecen más escuchadas que tomadas: en ellas el silencio tiene tanto protagonismo como la luz.

La exposición llega a Guatemala después de recorrer diversos escenarios internacionales, entre ellos Singapur, Lisboa, Brasil, Polonia y Budapest, consolidándose como una de las muestras que mejor han contribuido a internacionalizar la fotografía indígena contemporánea del Perú. Ese itinerario confirma que la muestra trasciende el interés antropológico para situarse en el terreno de la fotografía de autor. Y recuerda, de paso, que la mejor fotografía documental no suele explicar una realidad: basta con hacer imposible olvidarla.

En tiempos en los que la fotografía parece rendida a la inmediatez de las pantallas, Shipibo-Konibo. Retratos de mi sangre propone justamente lo contrario: detenerse. Mirar despacio. Descubrir que un retrato puede ser también un acto de resistencia cultural y que, a veces, la mejor manera de conocer un país consiste en contemplar los rostros de quienes rara vez ocupan el centro del encuadre.  

Retratos donde la Amazonía se mira al espejo

Marcos Jacobo Suárez Sipmann
09 de julio, 2026

No todas las exposiciones hablan de un lugar. Algunas hablan desde él. Esa es la diferencia que convierte Shipibo-Konibo. Retratos de mi sangre, del fotógrafo peruano e indígena amazónico David Díaz, en una propuesta poco habitual dentro del calendario cultural guatemalteco.

La muestra, inaugurada este martes con el respaldo de la Embajada del Perú, la Municipalidad de Guatemala y la Fundación Paiz, reúne una serie de fotografías en blanco y negro que se apartan deliberadamente del exotismo con el que tantas veces se representa a los pueblos originarios. Aquí no hay distancia entre quien observa y quien es observado. Díaz pertenece al pueblo Shipibo-Konibo y retrata a su propia comunidad desde la intimidad, la memoria y el afecto, para convertir cada imagen en un ejercicio de identidad antes que en un documento etnográfico.

La exposición forma parte de las actividades organizadas con motivo de los 250 años del traslado de la ciudad de Guatemala y de la celebración del Mes del Perú, que durante julio de 2026 reúne diversas iniciativas orientadas a fortalecer los vínculos culturales entre ambos países.

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El resultado posee una fuerza silenciosa. Rostros, gestos cotidianos, escenas familiares y paisajes amazónicos construyen un relato donde la tradición convive con el presente sin necesidad de explicaciones.  

No resulta casual el escenario elegido. La Casa Ibargüen, uno de los inmuebles patrimoniales más emblemáticos del Centro Histórico, aporta una dimensión adicional al recorrido: el diálogo entre la arquitectura colonial guatemalteca y la memoria visual de la Amazonía peruana convierte la visita en un encuentro entre dos patrimonios culturales que, pese a la distancia geográfica, comparten una misma voluntad de preservar la memoria y la identidad.

Las fotografías dialogan además con la cosmovisión shipibo-konibo, especialmente con el universo simbólico del kené, el complejo sistema de trazados geométricos que expresa una manera de comprender el mundo y que ha convertido a esta cultura en una de las manifestaciones artísticas más reconocibles de la Amazonía peruana. Quizá por eso las fotografías parecen más escuchadas que tomadas: en ellas el silencio tiene tanto protagonismo como la luz.

La exposición llega a Guatemala después de recorrer diversos escenarios internacionales, entre ellos Singapur, Lisboa, Brasil, Polonia y Budapest, consolidándose como una de las muestras que mejor han contribuido a internacionalizar la fotografía indígena contemporánea del Perú. Ese itinerario confirma que la muestra trasciende el interés antropológico para situarse en el terreno de la fotografía de autor. Y recuerda, de paso, que la mejor fotografía documental no suele explicar una realidad: basta con hacer imposible olvidarla.

En tiempos en los que la fotografía parece rendida a la inmediatez de las pantallas, Shipibo-Konibo. Retratos de mi sangre propone justamente lo contrario: detenerse. Mirar despacio. Descubrir que un retrato puede ser también un acto de resistencia cultural y que, a veces, la mejor manera de conocer un país consiste en contemplar los rostros de quienes rara vez ocupan el centro del encuadre.  

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