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Vivir al lado del coloso

Luis Diego Dávila | ldavila@unis.edu.gt |
05 de agosto, 2026

Los ciclos de la naturaleza se repiten; nuestra memoria se olvida. Estos días nos ha vuelto a sorprender la actividad volcánica del Volcán de Fuego. Es impresionante contemplar la magnitud de las erupciones de estos días. Evidentemente, en estos días los medios de comunicación ocupan sus titulares con las poderosas imágenes de este espectáculo natural. Sin embargo, debemos comprender el riesgo ante la amenaza volcánica y así reconocer qué es realmente lo peligroso de un volcán. 

Los volcanes se clasifican de tres maneras: la primera, según su actividad volcánica; la segunda, por su índice de explosividad volcánica; y, finalmente, por su forma. Por su actividad podemos destacar 3 tipos: activos, inactivos y extintos. En Guatemala tenemos tres volcanes activos: el Santiaguito, el Pacaya y el de Fuego. Para considerar que un volcán está extinto, los expertos consideran que deben pasar más de 25,000 años de inactividad y que no se registren flujos de lava en su interior ni ciertos signos de actividad, como la presencia de aguas termales. En ese sentido, son pocos los volcanes en Guatemala que cumplen con ese periodo de tiempo sin actividad. Por esa razón, el de Agua, el de Acatenango, entre otros, se consideran inactivos, pero pueden tener la capacidad para entrar en actividad. 

El índice de explosividad volcánica mide la magnitud de una erupción volcánica, en una escala de 0 a 8 grados. Para la clasificación de los volcanes en este índice se consideran diferentes indicadores: volumen de material expulsado (lava, piroclastos y ceniza volcánica), altura alcanzada por la nube, duración de la erupción, la inyección troposférica y estratosférica de productos expulsados y otros factores. Los volcanes en Guatemala con mayor clasificación son: el Santa María, que tras la erupción de 1902 se catalogó en escala 6 de clase ultrapliniana, al igual que el Krakatoa. Tras su erupción de 1883, el Santa María expulsó entre 10 y 1000 kilómetros cúbicos de material, llegando a alcanzar más de 28 kilómetros de altura la columna de ceniza y cubriendo más de 273,000 kilómetros cuadrados. Después, le sigue el de Fuego que, tras la erupción de 2018, fue catalogado como clase 4 de clase peleana. En esa ocasión, el Volcán de Fuego expulsó entre 0,1 y 1 kilómetro cúbico de material, alcanzando la columna de ceniza casi los 10 kilómetros de altura. 

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En cuanto a la forma, la gran mayoría de los volcanes en Guatemala, debido a su forma cónica casi perfecta de gran altura, se clasifican como volcanes de tipo estratovolcán. Existen otros tipos, como el Pacaya, que se considera un volcán complejo o compuesto porque tiene diversas cimas y chimeneas. 

Un volcán no genera un solo peligro, sino varios, y cada volcán tiene comportamientos, alcances y niveles de amenaza diferentes. La actividad volcánica conlleva varios peligros: lava, flujos piroclásticos, ceniza y lahares. La lava puede ser el fenómeno más conocido, pero en Guatemala, por la composición de la lava, los flujos suelen avanzar lentamente, siguen los cauces naturales y permiten mantener cierta distancia de seguridad. 

Lo que ocurre con los flujos piroclásticos es muy distinto: estas mezclas de gases extremadamente calientes, ceniza y fragmentos de roca pueden desplazarse a altísimas velocidades. En este caso se considera el fenómeno más destructivo, tal y como pasó en la violenta erupción de 2018. Otro peligro es la caída de ceniza; aunque puede parecer un inconveniente menor, el alcance es mucho mayor, pues depende de la dirección del viento. Puede afectar a la salud, reducir la visibilidad, interrumpir operaciones aéreas, dañar cultivos y, ser una sobrecarga para las estructuras y techos. Finalmente, están los lahares que pueden ocurrir tras meses o años de la erupción volcánica. Es el desplazamiento de ceniza y depósitos volcánicos acumulados en laderas, que con las lluvias pueden generar corrientes de lodo y rocas.

Cada uno de los fenómenos requiere medidas distintas. Mientras que los casos de flujos piroclásticos exigen evacuaciones inmediatas y preventivas, la caída de ceniza demanda medidas de protección para la población y la infraestructura, y, en cuanto a los lahares, requieren vigilancia permanente. Por esta razón, una alerta volcánica no significa siempre el mismo tipo de amenaza.

Desde años recientes, en Guatemala, contamos con instituciones que han fortalecido científicamente el monitoreo continuo de la actividad volcánica y han generado información técnica para apoyar la toma de decisiones. Sin embargo, ese esfuerzo es efectivo cuando la población comprende qué significa una alerta y cómo debe responder ante cada escenario. La reciente actividad del Volcán de Fuego nos recuerda que el conocimiento también forma parte de la gestión del riesgo. No basta con saber que un volcán está activo; es necesario comprender qué peligro representa, para quién y en qué condiciones. Solo así podremos transformar la información científica en acciones que protejan vidas e inversiones.

 

 

Vivir al lado del coloso

Luis Diego Dávila | ldavila@unis.edu.gt |
05 de agosto, 2026

Los ciclos de la naturaleza se repiten; nuestra memoria se olvida. Estos días nos ha vuelto a sorprender la actividad volcánica del Volcán de Fuego. Es impresionante contemplar la magnitud de las erupciones de estos días. Evidentemente, en estos días los medios de comunicación ocupan sus titulares con las poderosas imágenes de este espectáculo natural. Sin embargo, debemos comprender el riesgo ante la amenaza volcánica y así reconocer qué es realmente lo peligroso de un volcán. 

Los volcanes se clasifican de tres maneras: la primera, según su actividad volcánica; la segunda, por su índice de explosividad volcánica; y, finalmente, por su forma. Por su actividad podemos destacar 3 tipos: activos, inactivos y extintos. En Guatemala tenemos tres volcanes activos: el Santiaguito, el Pacaya y el de Fuego. Para considerar que un volcán está extinto, los expertos consideran que deben pasar más de 25,000 años de inactividad y que no se registren flujos de lava en su interior ni ciertos signos de actividad, como la presencia de aguas termales. En ese sentido, son pocos los volcanes en Guatemala que cumplen con ese periodo de tiempo sin actividad. Por esa razón, el de Agua, el de Acatenango, entre otros, se consideran inactivos, pero pueden tener la capacidad para entrar en actividad. 

El índice de explosividad volcánica mide la magnitud de una erupción volcánica, en una escala de 0 a 8 grados. Para la clasificación de los volcanes en este índice se consideran diferentes indicadores: volumen de material expulsado (lava, piroclastos y ceniza volcánica), altura alcanzada por la nube, duración de la erupción, la inyección troposférica y estratosférica de productos expulsados y otros factores. Los volcanes en Guatemala con mayor clasificación son: el Santa María, que tras la erupción de 1902 se catalogó en escala 6 de clase ultrapliniana, al igual que el Krakatoa. Tras su erupción de 1883, el Santa María expulsó entre 10 y 1000 kilómetros cúbicos de material, llegando a alcanzar más de 28 kilómetros de altura la columna de ceniza y cubriendo más de 273,000 kilómetros cuadrados. Después, le sigue el de Fuego que, tras la erupción de 2018, fue catalogado como clase 4 de clase peleana. En esa ocasión, el Volcán de Fuego expulsó entre 0,1 y 1 kilómetro cúbico de material, alcanzando la columna de ceniza casi los 10 kilómetros de altura. 

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En cuanto a la forma, la gran mayoría de los volcanes en Guatemala, debido a su forma cónica casi perfecta de gran altura, se clasifican como volcanes de tipo estratovolcán. Existen otros tipos, como el Pacaya, que se considera un volcán complejo o compuesto porque tiene diversas cimas y chimeneas. 

Un volcán no genera un solo peligro, sino varios, y cada volcán tiene comportamientos, alcances y niveles de amenaza diferentes. La actividad volcánica conlleva varios peligros: lava, flujos piroclásticos, ceniza y lahares. La lava puede ser el fenómeno más conocido, pero en Guatemala, por la composición de la lava, los flujos suelen avanzar lentamente, siguen los cauces naturales y permiten mantener cierta distancia de seguridad. 

Lo que ocurre con los flujos piroclásticos es muy distinto: estas mezclas de gases extremadamente calientes, ceniza y fragmentos de roca pueden desplazarse a altísimas velocidades. En este caso se considera el fenómeno más destructivo, tal y como pasó en la violenta erupción de 2018. Otro peligro es la caída de ceniza; aunque puede parecer un inconveniente menor, el alcance es mucho mayor, pues depende de la dirección del viento. Puede afectar a la salud, reducir la visibilidad, interrumpir operaciones aéreas, dañar cultivos y, ser una sobrecarga para las estructuras y techos. Finalmente, están los lahares que pueden ocurrir tras meses o años de la erupción volcánica. Es el desplazamiento de ceniza y depósitos volcánicos acumulados en laderas, que con las lluvias pueden generar corrientes de lodo y rocas.

Cada uno de los fenómenos requiere medidas distintas. Mientras que los casos de flujos piroclásticos exigen evacuaciones inmediatas y preventivas, la caída de ceniza demanda medidas de protección para la población y la infraestructura, y, en cuanto a los lahares, requieren vigilancia permanente. Por esta razón, una alerta volcánica no significa siempre el mismo tipo de amenaza.

Desde años recientes, en Guatemala, contamos con instituciones que han fortalecido científicamente el monitoreo continuo de la actividad volcánica y han generado información técnica para apoyar la toma de decisiones. Sin embargo, ese esfuerzo es efectivo cuando la población comprende qué significa una alerta y cómo debe responder ante cada escenario. La reciente actividad del Volcán de Fuego nos recuerda que el conocimiento también forma parte de la gestión del riesgo. No basta con saber que un volcán está activo; es necesario comprender qué peligro representa, para quién y en qué condiciones. Solo así podremos transformar la información científica en acciones que protejan vidas e inversiones.

 

 

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