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¿Vamos a creer en las elecciones del 2027?

"¿Vamos a creer en los resultados cuando termine la próxima elección? La pregunta puede parecer exagerada pero no lo es."

Melanie Müllers |
02 de septiembre, 2026

Las elecciones del 2027 todavía parecen lejanas, pero no lo son y todos los guatemaltecos ya deberíamos estar haciéndonos una pregunta: ¿Vamos a creer en los resultados cuando termine la próxima elección? La pregunta puede parecer exagerada pero no lo es.

Una democracia no depende únicamente de que existan urnas, papeletas, candidatos y un Tribunal Supremo Electoral. Depende, sobre todo, de algo mucho más frágil: que la mayoría de los ciudadanos considere legítimo el resultado, incluso cuando el candidato que apoyaron perdió.

Guatemala enfrenta un problema que no puede resolverse en los últimos días de una campaña: la desconfianza hacia las instituciones no apareció ayer. Se acumuló durante años y alcanzó también al sistema electoral. Por eso, cualquier error, demora, inconsistencia o explicación deficiente durante las elecciones del 2027 puede convertirse en combustible para una crisis de credibilidad.

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El Tribunal Supremo Electoral prepara cambios para el próximo proceso, incluido un nuevo sistema para transmitir los resultados preliminares. La modernización tecnológica es necesaria y puede contribuir a mejorar la seguridad y la transparencia.

Pero conviene no engañarnos: un nuevo sistema informático no produce confianza por sí mismo, la confianza se construye antes.

Se construye explicando cómo se cuentan los votos, se construye permitiendo que fiscales y observadores puedan verificar cada etapa, se construye respondiendo rápidamente a las dudas, se construye reconociendo los errores cuando ocurren, en lugar de intentar esconderlos y sobre todo, se construye demostrando que el TSE no responde a intereses partidarios.

Porque el verdadero peligro no es que alguien cuestione una elección, en una democracia, cuestionar es legítimo. El verdadero peligro aparece cuando las dudas se convierten en una convicción colectiva de que las elecciones fueron manipuladas. Entonces el problema deja de ser electoral y se convierte en un problema de gobernabilidad.

Un presidente puede ganar legalmente y comenzar su mandato con una parte importante del país convencida de que hubo fraude. Un Congreso puede asumir sus funciones y enfrentar desde el primer día una crisis de legitimidad. Una sociedad puede dividirse todavía más entre quienes creen en el resultado y quienes consideran que todo estuvo arreglado.

Por eso resulta preocupante que el debate sobre 2027 pueda terminar reducido a nombres, alianzas, candidaturas y campañas publicitarias. Antes de preguntarnos quién quiere gobernar Guatemala, deberíamos preguntarnos si estamos construyendo las condiciones para que Guatemala pueda confiar en quien resulte electo.

Las redes sociales ya permiten que una mentira viaje mucho más rápido que una aclaración oficial. Para 2027, la inteligencia artificial hará todavía más difícil distinguir entre una información auténtica y una falsificación convincente. Un video manipulado, una fotografía falsa o una supuesta acta electoral pueden generar indignación antes de que una autoridad tenga siquiera tiempo de responder.

Pero la solución tampoco consiste simplemente en decirle a la población qué información es falsa. La mejor defensa contra la desinformación es una institución que goce de suficiente credibilidad para ser escuchada y esa credibilidad no se decreta, se gana.

Guatemala todavía tiene meses para hacerlo, tenemos tiempo para explicar las reformas, probar los sistemas, fortalecer los mecanismos de fiscalización, actualizar los procedimientos y comunicar de manera transparente cada etapa del proceso.

La transparencia no puede ser una conferencia de prensa después del problema, tiene que ser una práctica cotidiana antes de que aparezca.

Quizá esa sea la elección más importante, porque una democracia puede sobrevivir a un candidato derrotado, puede sobrevivir a una oposición incómoda, puede sobrevivir incluso a un gobierno impopular. Lo que difícilmente puede sobrevivir es una sociedad convencida de que su voto ya no importa, ese es el desafío que Guatemala debería empezar a enfrentar desde hoy.

¿Vamos a creer en las elecciones del 2027?

"¿Vamos a creer en los resultados cuando termine la próxima elección? La pregunta puede parecer exagerada pero no lo es."

Melanie Müllers |
02 de septiembre, 2026

Las elecciones del 2027 todavía parecen lejanas, pero no lo son y todos los guatemaltecos ya deberíamos estar haciéndonos una pregunta: ¿Vamos a creer en los resultados cuando termine la próxima elección? La pregunta puede parecer exagerada pero no lo es.

Una democracia no depende únicamente de que existan urnas, papeletas, candidatos y un Tribunal Supremo Electoral. Depende, sobre todo, de algo mucho más frágil: que la mayoría de los ciudadanos considere legítimo el resultado, incluso cuando el candidato que apoyaron perdió.

Guatemala enfrenta un problema que no puede resolverse en los últimos días de una campaña: la desconfianza hacia las instituciones no apareció ayer. Se acumuló durante años y alcanzó también al sistema electoral. Por eso, cualquier error, demora, inconsistencia o explicación deficiente durante las elecciones del 2027 puede convertirse en combustible para una crisis de credibilidad.

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Se construye explicando cómo se cuentan los votos, se construye permitiendo que fiscales y observadores puedan verificar cada etapa, se construye respondiendo rápidamente a las dudas, se construye reconociendo los errores cuando ocurren, en lugar de intentar esconderlos y sobre todo, se construye demostrando que el TSE no responde a intereses partidarios.

Porque el verdadero peligro no es que alguien cuestione una elección, en una democracia, cuestionar es legítimo. El verdadero peligro aparece cuando las dudas se convierten en una convicción colectiva de que las elecciones fueron manipuladas. Entonces el problema deja de ser electoral y se convierte en un problema de gobernabilidad.

Un presidente puede ganar legalmente y comenzar su mandato con una parte importante del país convencida de que hubo fraude. Un Congreso puede asumir sus funciones y enfrentar desde el primer día una crisis de legitimidad. Una sociedad puede dividirse todavía más entre quienes creen en el resultado y quienes consideran que todo estuvo arreglado.

Por eso resulta preocupante que el debate sobre 2027 pueda terminar reducido a nombres, alianzas, candidaturas y campañas publicitarias. Antes de preguntarnos quién quiere gobernar Guatemala, deberíamos preguntarnos si estamos construyendo las condiciones para que Guatemala pueda confiar en quien resulte electo.

Las redes sociales ya permiten que una mentira viaje mucho más rápido que una aclaración oficial. Para 2027, la inteligencia artificial hará todavía más difícil distinguir entre una información auténtica y una falsificación convincente. Un video manipulado, una fotografía falsa o una supuesta acta electoral pueden generar indignación antes de que una autoridad tenga siquiera tiempo de responder.

Pero la solución tampoco consiste simplemente en decirle a la población qué información es falsa. La mejor defensa contra la desinformación es una institución que goce de suficiente credibilidad para ser escuchada y esa credibilidad no se decreta, se gana.

Guatemala todavía tiene meses para hacerlo, tenemos tiempo para explicar las reformas, probar los sistemas, fortalecer los mecanismos de fiscalización, actualizar los procedimientos y comunicar de manera transparente cada etapa del proceso.

La transparencia no puede ser una conferencia de prensa después del problema, tiene que ser una práctica cotidiana antes de que aparezca.

Quizá esa sea la elección más importante, porque una democracia puede sobrevivir a un candidato derrotado, puede sobrevivir a una oposición incómoda, puede sobrevivir incluso a un gobierno impopular. Lo que difícilmente puede sobrevivir es una sociedad convencida de que su voto ya no importa, ese es el desafío que Guatemala debería empezar a enfrentar desde hoy.

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