Una lengua contra el mapa
Una mirada personal a la Rumanía de 1998, entre la pobreza, los mineros, los vestigios del comunismo y el deseo de empezar de nuevo.
Mi primer recuerdo de Rumanía es… chino. Volaba desde España hacia Bucarest en un avión de Tarom, la compañía de bandera rumana, que por entonces no era precisamente sinónimo de glamour, y leía Cisnes salvajes, de Jung Chang, la historia de tres generaciones de mujeres chinas. La primera de ellas había sufrido de niña el suplicio de los pies vendados, una costumbre que convirtió unos pies diminutos en un atributo de belleza.
Yo soy muy delicado de pies —no sé si tendrá algo que ver con que soy Piscis— y la descripción del espantoso dolor que provocaba retirar los vendajes estuvo a punto de dejarme fuera de combate. Una azafata me vio blanco, se acercó con un vaso de agua y me preguntó qué me pasaba. No era el avión. Era China.
Quizá no sea la mejor manera de empezar una historia sobre Rumanía. Pero las patrias prestadas rara vez comienzan donde uno espera.
Un país que todavía caminaba con dificultad
Llegué a finales de 1998 y permanecí allí hasta la primavera de 1999. Rumanía llevaba nueve años intentando salir del comunismo y todavía era un país a medio camino entre lo que había dejado atrás y lo que quería ser.
En Bucarest hacía mucho frío. Había nieve, manifestaciones, edificios deteriorados, perros sueltos y una pobreza muy visible. El país había recuperado la libertad, pero esta no venía acompañada de un manual de instrucciones. Los gobiernos se sucedían, la economía se resistía y las calles tenían esa mezcla de resignación y esperanza que suele acompañar a los cambios de época.
Yo estaba allí por trabajo. Entrevisté a responsables políticos y económicos y, entre ellos, a Mugur Isărescu, gobernador del Banco Nacional de Rumanía. Un nombre importante: Isărescu llevaba desde 1990 al frente del banco central y, meses después de mi marcha, se convertiría en primer ministro, el 22 de diciembre de 1999.
También entrevisté al primer ministro, Radu Vasile, que ocupaba el cargo desde abril de 1998. Lo recuerdo como un hombre llano, muy alejado de la imagen que uno podría esperar de un jefe de Gobierno europeo. Parecía más un minero o un hombre llegado del campo que alguien instalado en un despacho del poder.
Aquello me gustó.
Había algo profundamente rumano en aquella contradicción: un país que trataba de convertirse en una democracia occidental mientras seguía llevando encima las huellas de su pasado rural, industrial y comunista.
Y aquel invierno la política se hacía sentir de una manera muy poco abstracta.
Pero había otra institución invisible cuya sombra seguía recorriendo Rumanía: la Securitate, la policía secreta de Nicolae Ceaușescu. Había sido disuelta tras la revolución, pero no todo desapareció con ella. Personas, archivos, métodos y, sobre todo, una cultura de la sospecha seguían formando parte de la transición.
Los mineros toman el camino
En enero de 1999, miles de mineros del valle del Jiu marcharon hacia Bucarest para protestar contra los cierres de minas, los bajos salarios y la reestructuración de una industria que el nuevo sistema ya no sabía cómo sostener. En Costești rompieron el dispositivo de seguridad y continuaron hacia la capital. Vasile acabó negociando con el líder minero Miron Cozma en el monasterio de Cozia. Fue la llamada Paz de Cozia.
Pero habría otra marcha.
En febrero, unos 2 000 mineros volvieron a dirigirse hacia Bucarest. Fueron detenidos en Stoenești, donde se produjeron violentos enfrentamientos con la policía y la gendarmería. Esa sexta y última mineriada provocó cientos de heridos, una muerte oficialmente confirmada y más de quinientas detenciones.
En esos días se llegó a hablar incluso de un intento de golpe de Estado. Fuera como fuese, resultaba difícil imaginar una escena más extraña para una democracia que acababa de salir del comunismo. Mineros avanzando hacia Bucarest, fuerzas de seguridad movilizadas y gobiernos negociando a la carrera.
La transición podía aparecer de pronto con casco, botas y un pico.
La pequeña París y el gran palacio
Bucarest había sido otra cosa. Durante la Belle Époque recibió el sobrenombre de “Pequeña París del Este”, y la comparación tenía fundamentos: la influencia francesa sobre las élites, la arquitectura, los bulevares, la cultura y las costumbres había dejado una huella profunda en la capital.
Cuando yo llegué, aquella París había pasado por una guerra que no había sucedido.
No porque la ciudad careciera de belleza. Unos pocos edificios y rincones elegantes recordaban lo que había sido. Pero predominaban bloques grises, fachadas deterioradas, solares y enormes cicatrices urbanas.
El dictador Ceaușescu había decidido que la ciudad necesitaba un cambio drástico.
Para construir su nuevo centro político y administrativo se demolieron barrios enteros. La zona de Uranus quedó sepultada en buena parte bajo el nuevo proyecto, junto con miles de viviendas y numerosos edificios históricos. La Casa del Pueblo —hoy Palacio del Parlamento— se convirtió en el epicentro de la transformación.
Por supuesto, fui a verlo.
Recuerdo un edificio vacío y pretencioso. Una construcción concebida para que el poder pudiera contemplarse a sí mismo a una escala absurda. El Palacio del Parlamento ocupa el primer puesto mundial entre los edificios administrativos civiles más grandes y es uno de los mayores del planeta por volumen.
Pero las cifras eran lo de menos.
Lo impresionante era la desproporción.
Un país que sufría escasez había levantado una construcción administrativa gigantesca. Ceaușescu quería dejar una huella colosal. La dictadura había querido fabricar eternidad.
La historia, que suele tener bastante sentido del humor, le dio otro uso.
Y mientras el país todavía trataba de salir de aquel pasado, el Ministerio de Turismo buscaba una manera de vender otro futuro. Entrevisté a Sorin Frunzăverde, responsable por esas fechas de la promoción turística, y recuerdo que uno de los grandes argumentos era un acontecimiento extraordinario: el eclipse total de sol del 11 de agosto de 1999. Rumanía quería que el mundo mirase hacia ella, aunque fuera durante unos minutos y con gafas especiales.
Los perros de Bucarest
Una de las imágenes que más conservo de Rumanía son los perros.
Había perros por todas partes. Sueltos, callejeros, algunos prácticamente asilvestrados. Formaban parte del paisaje urbano con una naturalidad inquietante, como si llevaran allí tanto tiempo que no necesitaran explicación.
Quizá porque los monumentos contaban lo que Rumanía había querido ser y los perros contaban cómo estaba.
Alguien me dijo una frase que no he olvidado: “Aquí solo funcionan los casinos y la prostitución”.
Tal vez era una exageración, una de esas frases brutales con las que un país intenta resumirse cuando atraviesa una mala época. Pero decía mucho del estado de ánimo de aquellos años.
Rumanía quería privatizar, atraer inversiones, modernizarse y convertirse en una economía de mercado. Mientras tanto, las minas seguían sin saber si tenían futuro, muchas empresas estatales eran inviables y la pobreza estaba a la vista.
El capitalismo había llegado.
La prosperidad todavía estaba buscando la dirección.
Para sobrevivir al frío descubrí los mici —salchichas a la parrilla— y los sarmale —rollitos de carne y arroz en hojas de col—, además de unas sopas que parecían hechas a propósito para aquel invierno.
Más allá de Bucarest me esperaba una Rumanía mucho más difícil de resumir. Viajé en un Dacia antiguo por carreteras rurales. Era ruidoso, incómodo y lleno de baches, pero tenía algo auténtico, resistente y sin demasiados adornos.
Y estaban los millones. Pagar con billetes de grandes sumas de lei tenía algo de comedia involuntaria: uno se sentía rico hasta que descubría que apenas alcanzaban para una cena.
Tras pasar por Pitești y Ploiești me adentré en Transilvania. Llegué hasta Brașov (Kronstadt), en los Cárpatos, una ciudad que recuerdo por la montaña, la nieve y las huellas de varias culturas.
En alemán, Transilvania es Siebenbürgen, y en Brașov todavía quedaba la impronta de los sajones, la antigua comunidad germánica que durante siglos había formado parte de la región. Estaba en los nombres, las iglesias y la arquitectura.
También conocí el Delta del Danubio. Navegar por sus canales, rodeado de pelícanos salvajes, fue como entrar en un territorio intacto, casi fuera del tiempo.
Después regresé a los Cárpatos, cubiertos de nieve, y visité el castillo de Bran, el que la imaginación universal convirtió en la morada de Drácula. En todo caso, Rumanía tenía entonces problemas más urgentes que convertir a un vampiro literario en una industria turística.
Nosotros llegábamos pensando en Drácula y encontrábamos mineros.
Esperábamos castillos y hallábamos pobreza.
Esperábamos el Este y descubríamos un país latino.
Un latín inesperado
Una de las cosas que más me gustaron de Rumanía fue su idioma.
El rumano me producía una sensación extraña: lo entendía sin entenderlo. Había palabras que reconocía al instante y otras que parecían haber viajado desde muy lejos. No es una lengua eslava, como podría hacer pensar su entorno: es una lengua romance, descendiente del latín, aunque desarrollada en contacto intenso con las lenguas eslavas y con otras lenguas balcánicas.
El latín había viajado hasta el extremo oriental de Europa y, en lugar de regresar, decidió quedarse allí. Una pequeña extravagancia geográfica.
Quizá por eso me gustaba tanto escucharlo. Era una especie de parentesco lejano. Uno reconocía algo de sí mismo, transformado por una historia muy distinta.
Un país latino rodeado de eslavos. Europeo y balcánico. Había pasado por Roma, Bizancio, los principados medievales, el Imperio otomano, la influencia rusa y el comunismo. Una frontera que terminó mezclando los mundos que debía separar.
Aprender a andar
Cuando pienso en la Rumanía de finales de 1998 y principios de 1999, veo sobre todo un país a medio hacer.
Todavía no era el que sería después, cuando su integración europea y atlántica terminara de modificar su lugar en el continente. Estaba dejando atrás una dictadura, intentando construir una economía y aprendiendo, con bastante dificultad, a caminar de nuevo.
Las patrias prestadas tienen algo de fotografía: uno llega en un momento concreto y se lleva una imagen que ya no existe.
Mi primera imagen de Rumanía había sido China, unos pies vendados y una azafata preguntándome qué me pasaba.
La última no fue Drácula, ni Ceaușescu, ni siquiera Bucarest. Fue un país intentando quitarse sus propios vendajes.
Y aprendiendo a andar.
Una lengua contra el mapa
Una mirada personal a la Rumanía de 1998, entre la pobreza, los mineros, los vestigios del comunismo y el deseo de empezar de nuevo.
Mi primer recuerdo de Rumanía es… chino. Volaba desde España hacia Bucarest en un avión de Tarom, la compañía de bandera rumana, que por entonces no era precisamente sinónimo de glamour, y leía Cisnes salvajes, de Jung Chang, la historia de tres generaciones de mujeres chinas. La primera de ellas había sufrido de niña el suplicio de los pies vendados, una costumbre que convirtió unos pies diminutos en un atributo de belleza.
Yo soy muy delicado de pies —no sé si tendrá algo que ver con que soy Piscis— y la descripción del espantoso dolor que provocaba retirar los vendajes estuvo a punto de dejarme fuera de combate. Una azafata me vio blanco, se acercó con un vaso de agua y me preguntó qué me pasaba. No era el avión. Era China.
Quizá no sea la mejor manera de empezar una historia sobre Rumanía. Pero las patrias prestadas rara vez comienzan donde uno espera.
Un país que todavía caminaba con dificultad
Llegué a finales de 1998 y permanecí allí hasta la primavera de 1999. Rumanía llevaba nueve años intentando salir del comunismo y todavía era un país a medio camino entre lo que había dejado atrás y lo que quería ser.
En Bucarest hacía mucho frío. Había nieve, manifestaciones, edificios deteriorados, perros sueltos y una pobreza muy visible. El país había recuperado la libertad, pero esta no venía acompañada de un manual de instrucciones. Los gobiernos se sucedían, la economía se resistía y las calles tenían esa mezcla de resignación y esperanza que suele acompañar a los cambios de época.
Yo estaba allí por trabajo. Entrevisté a responsables políticos y económicos y, entre ellos, a Mugur Isărescu, gobernador del Banco Nacional de Rumanía. Un nombre importante: Isărescu llevaba desde 1990 al frente del banco central y, meses después de mi marcha, se convertiría en primer ministro, el 22 de diciembre de 1999.
También entrevisté al primer ministro, Radu Vasile, que ocupaba el cargo desde abril de 1998. Lo recuerdo como un hombre llano, muy alejado de la imagen que uno podría esperar de un jefe de Gobierno europeo. Parecía más un minero o un hombre llegado del campo que alguien instalado en un despacho del poder.
Aquello me gustó.
Había algo profundamente rumano en aquella contradicción: un país que trataba de convertirse en una democracia occidental mientras seguía llevando encima las huellas de su pasado rural, industrial y comunista.
Y aquel invierno la política se hacía sentir de una manera muy poco abstracta.
Pero había otra institución invisible cuya sombra seguía recorriendo Rumanía: la Securitate, la policía secreta de Nicolae Ceaușescu. Había sido disuelta tras la revolución, pero no todo desapareció con ella. Personas, archivos, métodos y, sobre todo, una cultura de la sospecha seguían formando parte de la transición.
Los mineros toman el camino
En enero de 1999, miles de mineros del valle del Jiu marcharon hacia Bucarest para protestar contra los cierres de minas, los bajos salarios y la reestructuración de una industria que el nuevo sistema ya no sabía cómo sostener. En Costești rompieron el dispositivo de seguridad y continuaron hacia la capital. Vasile acabó negociando con el líder minero Miron Cozma en el monasterio de Cozia. Fue la llamada Paz de Cozia.
Pero habría otra marcha.
En febrero, unos 2 000 mineros volvieron a dirigirse hacia Bucarest. Fueron detenidos en Stoenești, donde se produjeron violentos enfrentamientos con la policía y la gendarmería. Esa sexta y última mineriada provocó cientos de heridos, una muerte oficialmente confirmada y más de quinientas detenciones.
En esos días se llegó a hablar incluso de un intento de golpe de Estado. Fuera como fuese, resultaba difícil imaginar una escena más extraña para una democracia que acababa de salir del comunismo. Mineros avanzando hacia Bucarest, fuerzas de seguridad movilizadas y gobiernos negociando a la carrera.
La transición podía aparecer de pronto con casco, botas y un pico.
La pequeña París y el gran palacio
Bucarest había sido otra cosa. Durante la Belle Époque recibió el sobrenombre de “Pequeña París del Este”, y la comparación tenía fundamentos: la influencia francesa sobre las élites, la arquitectura, los bulevares, la cultura y las costumbres había dejado una huella profunda en la capital.
Cuando yo llegué, aquella París había pasado por una guerra que no había sucedido.
No porque la ciudad careciera de belleza. Unos pocos edificios y rincones elegantes recordaban lo que había sido. Pero predominaban bloques grises, fachadas deterioradas, solares y enormes cicatrices urbanas.
El dictador Ceaușescu había decidido que la ciudad necesitaba un cambio drástico.
Para construir su nuevo centro político y administrativo se demolieron barrios enteros. La zona de Uranus quedó sepultada en buena parte bajo el nuevo proyecto, junto con miles de viviendas y numerosos edificios históricos. La Casa del Pueblo —hoy Palacio del Parlamento— se convirtió en el epicentro de la transformación.
Por supuesto, fui a verlo.
Recuerdo un edificio vacío y pretencioso. Una construcción concebida para que el poder pudiera contemplarse a sí mismo a una escala absurda. El Palacio del Parlamento ocupa el primer puesto mundial entre los edificios administrativos civiles más grandes y es uno de los mayores del planeta por volumen.
Pero las cifras eran lo de menos.
Lo impresionante era la desproporción.
Un país que sufría escasez había levantado una construcción administrativa gigantesca. Ceaușescu quería dejar una huella colosal. La dictadura había querido fabricar eternidad.
La historia, que suele tener bastante sentido del humor, le dio otro uso.
Y mientras el país todavía trataba de salir de aquel pasado, el Ministerio de Turismo buscaba una manera de vender otro futuro. Entrevisté a Sorin Frunzăverde, responsable por esas fechas de la promoción turística, y recuerdo que uno de los grandes argumentos era un acontecimiento extraordinario: el eclipse total de sol del 11 de agosto de 1999. Rumanía quería que el mundo mirase hacia ella, aunque fuera durante unos minutos y con gafas especiales.
Los perros de Bucarest
Una de las imágenes que más conservo de Rumanía son los perros.
Había perros por todas partes. Sueltos, callejeros, algunos prácticamente asilvestrados. Formaban parte del paisaje urbano con una naturalidad inquietante, como si llevaran allí tanto tiempo que no necesitaran explicación.
Quizá porque los monumentos contaban lo que Rumanía había querido ser y los perros contaban cómo estaba.
Alguien me dijo una frase que no he olvidado: “Aquí solo funcionan los casinos y la prostitución”.
Tal vez era una exageración, una de esas frases brutales con las que un país intenta resumirse cuando atraviesa una mala época. Pero decía mucho del estado de ánimo de aquellos años.
Rumanía quería privatizar, atraer inversiones, modernizarse y convertirse en una economía de mercado. Mientras tanto, las minas seguían sin saber si tenían futuro, muchas empresas estatales eran inviables y la pobreza estaba a la vista.
El capitalismo había llegado.
La prosperidad todavía estaba buscando la dirección.
Para sobrevivir al frío descubrí los mici —salchichas a la parrilla— y los sarmale —rollitos de carne y arroz en hojas de col—, además de unas sopas que parecían hechas a propósito para aquel invierno.
Más allá de Bucarest me esperaba una Rumanía mucho más difícil de resumir. Viajé en un Dacia antiguo por carreteras rurales. Era ruidoso, incómodo y lleno de baches, pero tenía algo auténtico, resistente y sin demasiados adornos.
Y estaban los millones. Pagar con billetes de grandes sumas de lei tenía algo de comedia involuntaria: uno se sentía rico hasta que descubría que apenas alcanzaban para una cena.
Tras pasar por Pitești y Ploiești me adentré en Transilvania. Llegué hasta Brașov (Kronstadt), en los Cárpatos, una ciudad que recuerdo por la montaña, la nieve y las huellas de varias culturas.
En alemán, Transilvania es Siebenbürgen, y en Brașov todavía quedaba la impronta de los sajones, la antigua comunidad germánica que durante siglos había formado parte de la región. Estaba en los nombres, las iglesias y la arquitectura.
También conocí el Delta del Danubio. Navegar por sus canales, rodeado de pelícanos salvajes, fue como entrar en un territorio intacto, casi fuera del tiempo.
Después regresé a los Cárpatos, cubiertos de nieve, y visité el castillo de Bran, el que la imaginación universal convirtió en la morada de Drácula. En todo caso, Rumanía tenía entonces problemas más urgentes que convertir a un vampiro literario en una industria turística.
Nosotros llegábamos pensando en Drácula y encontrábamos mineros.
Esperábamos castillos y hallábamos pobreza.
Esperábamos el Este y descubríamos un país latino.
Un latín inesperado
Una de las cosas que más me gustaron de Rumanía fue su idioma.
El rumano me producía una sensación extraña: lo entendía sin entenderlo. Había palabras que reconocía al instante y otras que parecían haber viajado desde muy lejos. No es una lengua eslava, como podría hacer pensar su entorno: es una lengua romance, descendiente del latín, aunque desarrollada en contacto intenso con las lenguas eslavas y con otras lenguas balcánicas.
El latín había viajado hasta el extremo oriental de Europa y, en lugar de regresar, decidió quedarse allí. Una pequeña extravagancia geográfica.
Quizá por eso me gustaba tanto escucharlo. Era una especie de parentesco lejano. Uno reconocía algo de sí mismo, transformado por una historia muy distinta.
Un país latino rodeado de eslavos. Europeo y balcánico. Había pasado por Roma, Bizancio, los principados medievales, el Imperio otomano, la influencia rusa y el comunismo. Una frontera que terminó mezclando los mundos que debía separar.
Aprender a andar
Cuando pienso en la Rumanía de finales de 1998 y principios de 1999, veo sobre todo un país a medio hacer.
Todavía no era el que sería después, cuando su integración europea y atlántica terminara de modificar su lugar en el continente. Estaba dejando atrás una dictadura, intentando construir una economía y aprendiendo, con bastante dificultad, a caminar de nuevo.
Las patrias prestadas tienen algo de fotografía: uno llega en un momento concreto y se lleva una imagen que ya no existe.
Mi primera imagen de Rumanía había sido China, unos pies vendados y una azafata preguntándome qué me pasaba.
La última no fue Drácula, ni Ceaușescu, ni siquiera Bucarest. Fue un país intentando quitarse sus propios vendajes.
Y aprendiendo a andar.
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