Miguel de Unamuno fue mucho más que novelista, poeta, dramaturgo, pensador y rector universitario: hizo de su propia existencia el escenario de una búsqueda incansable de la verdad. Desde la infancia en Bilbao hasta sus años de madurez en Salamanca, vivió asediado por los grandes interrogantes acerca de Dios, la muerte, la inmortalidad, la identidad personal y el destino de España. En lugar de refugiarse en un sistema filosófico cerrado, convirtió la duda en una expresión de honestidad intelectual y situó la tensión entre la razón y la fe en el corazón de su pensamiento. Obras como Niebla, Del sentimiento trágico de la vida y Vida de don Quijote y Sancho revelan su preocupación por el «hombre de carne y hueso»: aquel que ama, padece, espera y se rebela contra la posibilidad de desaparecer.
Su vida fue también una afirmación de independencia y valentía. Unamuno se negó a subordinar su conciencia a las conveniencias del poder y no guardó silencio ante aquello que consideraba injusto, aunque su firmeza le costara la destitución, el destierro y la soledad. Su célebre advertencia —«Venceréis, pero no convenceréis»— continúa recordándonos que la fuerza puede imponerse sobre los cuerpos, pero jamás obtener el consentimiento legítimo de las conciencias.
Fue, en palabras que bien podrían definirlo, una «contradicción andante». Sin embargo, detrás de sus aparentes cambios permaneció una fidelidad profunda a sí mismo y a su deber de pensar con libertad. Amó a España con un afecto doloroso y exigente, semejante al de Antonio Machado: ambos contemplaron sus heridas, denunciaron sus miserias y se resistieron a confundir el patriotismo con la obediencia ciega. No les dolía solamente el territorio, sino el alma de una nación dividida, empobrecida y extraviada entre la violencia y la razón.
Su itinerario espiritual estuvo atravesado por idéntica intensidad. Unamuno no fue sencillamente un creyente ni un descreído, sino un peregrino del misterio. Buscó a Dios con la angustia de quien necesita creer, pero se niega a aceptar una fe superficial o heredada sin combate. En los claustros de San Esteban, en Salamanca, encontró silencio, hospitalidad y compañía para continuar aquella lucha interior. Su agonía cristiana no significaba resignación ante la muerte, sino un combate permanente por la vida, la conciencia y la esperanza de no morir del todo.
Su epitafio condensa admirablemente el cansancio y la esperanza de esa existencia apasionada: «Méteme, Padre eterno, en tu pecho, / misterioso hogar. / Dormiré allí, / pues vengo deshecho / del duro bregar». No son las palabras de quien alcanzó una certidumbre serena, sino la plegaria de un hombre agotado por buscar respuestas sin haber renunciado jamás a formular preguntas incómodas. Después de batallar con el tiempo, con España, consigo mismo y con el misterio divino, anhelaba descansar en el pecho de aquel Dios cuya presencia persiguió entre dudas, silencios y desgarros.
Regresar hoy a Unamuno significa entrar en diálogo con una voz que conserva intacta su capacidad de interpelarnos. En una época dominada por la inmediatez, la polarización ideológica y la seducción de las respuestas fáciles, su pensamiento nos invita a recuperar la profundidad, la libertad interior y el valor de las preguntas esenciales. Leerlo no exige compartir todas sus conclusiones, sino acompañarlo en su itinerario y comprender que una vida auténtica no es la que elude sus contradicciones, sino aquella que se atreve a afrontarlas con integridad, responsabilidad y coraje.
Junto con el notable poeta y filósofo Amable Sánchez Torres hemos escrito Tras las huellas de Unamuno, una obra en cuyas páginas el pensador avanza entre Bilbao y Salamanca, entre la fe y la incertidumbre, entre el fervor de pensar y el temblor de morir. Este recorrido traza un sendero en el que la biografía se transforma en meditación y la palabra se vuelve destino. Leer el libro es seguir las huellas de aquel hombre que quiso vencer al olvido mediante las ideas, la poesía y el coraje. Quien se acerque a sus páginas no encontrará solamente al escritor y al filósofo, sino también el espejo inquietante de su propia conciencia y una invitación a buscar la verdad entre las contradicciones, la esperanza y el misterio de la condición humana.
Ha sido un verdadero honor escribir esta obra junto a don Amable Sánchez Torres, persona respetable, intelectual riguroso y, sobre todo, entrañable amante de la vida, del soneto y de la poesía. En su sensibilidad creadora y en su hondura humana encontré no solamente a un compañero de escritura, sino a un caminante dispuesto a internarse conmigo en los laberintos del alma unamuniana. Así nació este libro: del encuentro entre dos voces que siguieron las huellas de un hombre deshecho por el duro bregar y que, al final del camino, descubrieron que algunas huellas no se borran con el tiempo, porque han sido grabadas en esa tierra profunda donde la palabra se vuelve memoria, la duda se convierte en llama y el espíritu comienza a rozar la eternidad.
Tras las huellas de Unamuno
«Venceréis, pero no convenceréis»
Miguel de Unamuno fue mucho más que novelista, poeta, dramaturgo, pensador y rector universitario: hizo de su propia existencia el escenario de una búsqueda incansable de la verdad. Desde la infancia en Bilbao hasta sus años de madurez en Salamanca, vivió asediado por los grandes interrogantes acerca de Dios, la muerte, la inmortalidad, la identidad personal y el destino de España. En lugar de refugiarse en un sistema filosófico cerrado, convirtió la duda en una expresión de honestidad intelectual y situó la tensión entre la razón y la fe en el corazón de su pensamiento. Obras como Niebla, Del sentimiento trágico de la vida y Vida de don Quijote y Sancho revelan su preocupación por el «hombre de carne y hueso»: aquel que ama, padece, espera y se rebela contra la posibilidad de desaparecer.
Su vida fue también una afirmación de independencia y valentía. Unamuno se negó a subordinar su conciencia a las conveniencias del poder y no guardó silencio ante aquello que consideraba injusto, aunque su firmeza le costara la destitución, el destierro y la soledad. Su célebre advertencia —«Venceréis, pero no convenceréis»— continúa recordándonos que la fuerza puede imponerse sobre los cuerpos, pero jamás obtener el consentimiento legítimo de las conciencias.
Fue, en palabras que bien podrían definirlo, una «contradicción andante». Sin embargo, detrás de sus aparentes cambios permaneció una fidelidad profunda a sí mismo y a su deber de pensar con libertad. Amó a España con un afecto doloroso y exigente, semejante al de Antonio Machado: ambos contemplaron sus heridas, denunciaron sus miserias y se resistieron a confundir el patriotismo con la obediencia ciega. No les dolía solamente el territorio, sino el alma de una nación dividida, empobrecida y extraviada entre la violencia y la razón.
Su itinerario espiritual estuvo atravesado por idéntica intensidad. Unamuno no fue sencillamente un creyente ni un descreído, sino un peregrino del misterio. Buscó a Dios con la angustia de quien necesita creer, pero se niega a aceptar una fe superficial o heredada sin combate. En los claustros de San Esteban, en Salamanca, encontró silencio, hospitalidad y compañía para continuar aquella lucha interior. Su agonía cristiana no significaba resignación ante la muerte, sino un combate permanente por la vida, la conciencia y la esperanza de no morir del todo.
Su epitafio condensa admirablemente el cansancio y la esperanza de esa existencia apasionada: «Méteme, Padre eterno, en tu pecho, / misterioso hogar. / Dormiré allí, / pues vengo deshecho / del duro bregar». No son las palabras de quien alcanzó una certidumbre serena, sino la plegaria de un hombre agotado por buscar respuestas sin haber renunciado jamás a formular preguntas incómodas. Después de batallar con el tiempo, con España, consigo mismo y con el misterio divino, anhelaba descansar en el pecho de aquel Dios cuya presencia persiguió entre dudas, silencios y desgarros.
Regresar hoy a Unamuno significa entrar en diálogo con una voz que conserva intacta su capacidad de interpelarnos. En una época dominada por la inmediatez, la polarización ideológica y la seducción de las respuestas fáciles, su pensamiento nos invita a recuperar la profundidad, la libertad interior y el valor de las preguntas esenciales. Leerlo no exige compartir todas sus conclusiones, sino acompañarlo en su itinerario y comprender que una vida auténtica no es la que elude sus contradicciones, sino aquella que se atreve a afrontarlas con integridad, responsabilidad y coraje.
Junto con el notable poeta y filósofo Amable Sánchez Torres hemos escrito Tras las huellas de Unamuno, una obra en cuyas páginas el pensador avanza entre Bilbao y Salamanca, entre la fe y la incertidumbre, entre el fervor de pensar y el temblor de morir. Este recorrido traza un sendero en el que la biografía se transforma en meditación y la palabra se vuelve destino. Leer el libro es seguir las huellas de aquel hombre que quiso vencer al olvido mediante las ideas, la poesía y el coraje. Quien se acerque a sus páginas no encontrará solamente al escritor y al filósofo, sino también el espejo inquietante de su propia conciencia y una invitación a buscar la verdad entre las contradicciones, la esperanza y el misterio de la condición humana.
Ha sido un verdadero honor escribir esta obra junto a don Amable Sánchez Torres, persona respetable, intelectual riguroso y, sobre todo, entrañable amante de la vida, del soneto y de la poesía. En su sensibilidad creadora y en su hondura humana encontré no solamente a un compañero de escritura, sino a un caminante dispuesto a internarse conmigo en los laberintos del alma unamuniana. Así nació este libro: del encuentro entre dos voces que siguieron las huellas de un hombre deshecho por el duro bregar y que, al final del camino, descubrieron que algunas huellas no se borran con el tiempo, porque han sido grabadas en esa tierra profunda donde la palabra se vuelve memoria, la duda se convierte en llama y el espíritu comienza a rozar la eternidad.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: