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Terremotos y memoria: lo que aún no aprendemos del riesgo sísmico

“¿El próximo sismo nos encontrará con una memoria convertida en acción o como una sociedad que solo recuerda la tragedia cuando se repite?”

Luis Diego Dávila | ldavila@unis.edu.gt |
02 de septiembre, 2026

Eran las tres de la madrugada del 4 de febrero de 1976. En segundos, la vida de miles de guatemaltecos cambió para siempre. Esa mañana más de 23,000 guatemaltecos perdieron la vida y más de 1,2 millones de personas quedaron sin hogar. El terremoto tuvo una magnitud de 7.5 y con intensidades de hasta 9 en algunas partes del país y más de un tercio sintió el terremoto con una intensidad de 6.

Lamentablemente, no es la primera vez que Guatemala sufre un terremoto devastador. Más o menos 60 años antes, habían ocurrido los terremotos de 1917 y 1918; años antes, en 1902, el terremoto de San Perfecto; y así, innumerables veces, la historia se ha repetido. Guatemala se ubica en una de las regiones con mayor actividad sísmica del continente americano. El sismo del pasado 17 de julio de 7.4 nos volvió a sorprender; la noticia volvió a ocupar conversaciones, medios de comunicación y redes sociales. Recordamos el valor de las mochilas de emergencia y los simulacros. Cuestionamos la seguridad de los edificios modernos y observamos con inquietud las casas de adobe y las casas en las laderas. Sin embargo, cuando pasa el tiempo y el desastre, olvidamos esta realidad.

La historia de los terremotos en este país ha dejado una memoria colectiva, canciones de marimba, poemas, cuentos y ruinas. El problema es que hemos convertido esa memoria en recuerdos de museo. Por eso, con el paso de los meses, la percepción del riesgo disminuye, nuestras prioridades cambian y aquellas lecciones aprendidas se pierden en el tiempo. El país vuelve gradualmente a una “normalidad”, hasta que nos vuelve a sorprender un nuevo sismo y nos obliga a recordar lo que ya sabíamos.

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Esta situación nos tiene que obligar a preguntarnos: ¿realmente aprendemos de los terremotos o sólo los recordamos? La diferencia no es menor. Recordar podría ser conservar una imagen, un recuerdo o una anécdota familiar de la tragedia. Aprender significa transformar e implica aplicar normativas sísmicas, reglamentos de construcción y certificaciones de materiales. También implica que escuelas e instituciones realicen simulacros, que se cuente con hospitales diseñados para funcionar después de un terremoto, que se realice investigación científica para mejorar el conocimiento de las fallas y que municipalidades incorporen el riesgo como criterio esencial de planificación.

Podemos aprender de otros países, algunos lejanos como Japón o Nueva Zelanda y otros más cercanos como Chile. En esos países, la memoria sísmica y su historia forman parte de una cultura nacional, donde las instituciones y la técnica aportan para prevenir el riesgo. En estos países, cada terremoto es una escuela de aprendizaje que impulsa normas más exigentes, mejoras en los sistemas de monitoreo, mayor educación ciudadana y una inversión constante en la reducción de vulnerabilidades.

En Guatemala enfrentamos un gran desafío. Nuestra ubicación, en la interacción entre las placas de Norteamérica, Caribe y Cocos, hace que los temblores y terremotos sean una condición permanente. No podemos eliminar o ignorar esa amenaza, pero podemos aprender a convivir con ella. Por tanto, lo que sí está en nuestras manos es reducir la vulnerabilidad mediante mejores construcciones, una planificación territorial responsable a nivel nacional, el fortalecimiento de la investigación científica, la inversión en prevención y, sobre todo, una cultura de prevención en la población general.

El riesgo sísmico no aumenta cuando ocurren más terremotos, sino porque olvidamos demasiado rápido las lecciones aprendidas. En definitiva, nos descuidamos y nos acostumbramos a la vulnerabilidad. Los terremotos seguirán ocurriendo; es cuestión de probabilidad. La gran pregunta es si el próximo gran sismo nos encontrará con una memoria convertida en acción o, una vez más, con una sociedad que solo recuerda la tragedia cuando se repite. La auténtica lección no consiste en recordar el pasado, sino en construir un futuro más seguro a partir de él.

Terremotos y memoria: lo que aún no aprendemos del riesgo sísmico

“¿El próximo sismo nos encontrará con una memoria convertida en acción o como una sociedad que solo recuerda la tragedia cuando se repite?”

Luis Diego Dávila | ldavila@unis.edu.gt |
02 de septiembre, 2026

Eran las tres de la madrugada del 4 de febrero de 1976. En segundos, la vida de miles de guatemaltecos cambió para siempre. Esa mañana más de 23,000 guatemaltecos perdieron la vida y más de 1,2 millones de personas quedaron sin hogar. El terremoto tuvo una magnitud de 7.5 y con intensidades de hasta 9 en algunas partes del país y más de un tercio sintió el terremoto con una intensidad de 6.

Lamentablemente, no es la primera vez que Guatemala sufre un terremoto devastador. Más o menos 60 años antes, habían ocurrido los terremotos de 1917 y 1918; años antes, en 1902, el terremoto de San Perfecto; y así, innumerables veces, la historia se ha repetido. Guatemala se ubica en una de las regiones con mayor actividad sísmica del continente americano. El sismo del pasado 17 de julio de 7.4 nos volvió a sorprender; la noticia volvió a ocupar conversaciones, medios de comunicación y redes sociales. Recordamos el valor de las mochilas de emergencia y los simulacros. Cuestionamos la seguridad de los edificios modernos y observamos con inquietud las casas de adobe y las casas en las laderas. Sin embargo, cuando pasa el tiempo y el desastre, olvidamos esta realidad.

La historia de los terremotos en este país ha dejado una memoria colectiva, canciones de marimba, poemas, cuentos y ruinas. El problema es que hemos convertido esa memoria en recuerdos de museo. Por eso, con el paso de los meses, la percepción del riesgo disminuye, nuestras prioridades cambian y aquellas lecciones aprendidas se pierden en el tiempo. El país vuelve gradualmente a una “normalidad”, hasta que nos vuelve a sorprender un nuevo sismo y nos obliga a recordar lo que ya sabíamos.

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Podemos aprender de otros países, algunos lejanos como Japón o Nueva Zelanda y otros más cercanos como Chile. En esos países, la memoria sísmica y su historia forman parte de una cultura nacional, donde las instituciones y la técnica aportan para prevenir el riesgo. En estos países, cada terremoto es una escuela de aprendizaje que impulsa normas más exigentes, mejoras en los sistemas de monitoreo, mayor educación ciudadana y una inversión constante en la reducción de vulnerabilidades.

En Guatemala enfrentamos un gran desafío. Nuestra ubicación, en la interacción entre las placas de Norteamérica, Caribe y Cocos, hace que los temblores y terremotos sean una condición permanente. No podemos eliminar o ignorar esa amenaza, pero podemos aprender a convivir con ella. Por tanto, lo que sí está en nuestras manos es reducir la vulnerabilidad mediante mejores construcciones, una planificación territorial responsable a nivel nacional, el fortalecimiento de la investigación científica, la inversión en prevención y, sobre todo, una cultura de prevención en la población general.

El riesgo sísmico no aumenta cuando ocurren más terremotos, sino porque olvidamos demasiado rápido las lecciones aprendidas. En definitiva, nos descuidamos y nos acostumbramos a la vulnerabilidad. Los terremotos seguirán ocurriendo; es cuestión de probabilidad. La gran pregunta es si el próximo gran sismo nos encontrará con una memoria convertida en acción o, una vez más, con una sociedad que solo recuerda la tragedia cuando se repite. La auténtica lección no consiste en recordar el pasado, sino en construir un futuro más seguro a partir de él.

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