Lo primero que es importante comprender es que esto no es un fenómeno nuevo. Desde 1980, este será el cuarto "Super Niño" que impacta en América Latina, así que ya tenemos experiencia en ello. Lo vivimos en 1982-83, en 1997-98, en 2015-16 y ahora, en donde no sólo experimentamos mayores temperaturas sino también variación climática extrema.
La historia nos permite calcular el potencial impacto y los sectores más expuestos.
El número de muertos directos creció de 1 mil a 6 mil entre 1980 y 1997. Pero desde entonces empezó a disminuir. En el 2015 fueron menos de 500. Eso es una buena noticia en términos de la gestión de desastres.
El costo ha sido entre 1% y 3.5% del PIB, tanto si nos enfocamos en América Latina. El impacto debe entenderse, y este ha sido un análisis importante de CEPAL, dividido en dos partes. Por una parte, la destrucción que ocurre, por el fenómeno climático. Y, por otra, la productividad que se ve reducida en los años subsiguientes durante el proceso que toma la reconstrucción de la infraestructura y de las empresas que fueron afectadas.
El impacto ha sido similar para el caso de Guatemala. Para un país que crece su ingreso por persona, en promedio, 1.1% por año, esto significa que uno de estos eventos puede representar hasta un retroceso. El monto suena poco, pero muchas empresas pueden tardar hasta 5 años en recuperar sus niveles de ingreso que tenían antes del evento climático.
Si lo vemos en sectores, preocupa desde la pesca en las costas de Perú hasta los granos en Centroamérica. Y, en general, preocupa el movimiento de cargas y personas a lo largo de la costa pacífica, por mar y por tierra.
Incluso en lugares donde se espera sequía, se pueden esperar impactos negativos en la infraestructura y el transporte, dado que es posible que ocurran inundaciones repentinas que pueden comprometer taludes y puentes. Y, aún sin estas inundaciones repentinas, las sequías pueden tener consecuencias negativas, como ocurre cuando se reduce el nivel del agua en el Canal de Panamá.
Un impacto adicional para considerar es el que supone la exposición a la producción de energía eléctrica que depende de hidroeléctricas. El riesgo es quedarnos con un reservorio que no permite cubrir las necesidades de energía, especialmente si se carece de una política energética favorable a diversificar la generación. Y, como ya lo vivimos hace unos pocos años en Guatemala, le problema puede ser doble, porque podemos sufrir de sequía y luego tener inundaciones repentinas que pueden llevar a comprometer la integridad física de las hidroeléctricas.
Por último, no todo es negativo en toda América Latina: en el pasado, estos eventos han tenido un impacto positivo que se ha detectado en algunos sectores agrícolas que se beneficia de más lluvias, especialmente en el cono sur.
¿Qué podemos hacer en Guatemala?
Este es un ciclo que estamos viviendo cada 10 a 15 años. Así que tener una visión de largo plazo, que trascienda tres o cuatro gobiernos, es esencial. Esto es educarnos como ciudadanos, pero también es educarnos en nuestra demanda de lo que esperamos de los políticos.
El elemento principal es que debemos decidirnos, como sociedades, a invertir, entre otros aspectos, en infraestructura más resiliente, que nos ayude a mitigar la doble carga de vivir en territorios expuestos a sequías e inundaciones. Esto pasa desde invertir en infraestructura para agua, como invertir en infraestructura de transporte que es resiliente a estos cambios.
El problema estaría muy mal planteado si el enfoque se centra en gestionar la escasez durante el Super Niño, como si ese fuera la situación permanente del país. El problema debe plantearse en la construcción de capacidad durante las épocas de abundancia para afrontar las épocas de escasez. Así como el Faraón egipcio acepta la interpretación de José, en Génesis, que es importante guardar granos durante los años de abundancia, para lo cual necesita construir graneros, así nosotros debiéramos interpretar que nuestro énfasis debe ser generar los mecanismos que nos permita construir la infraestructura de agua. Lo escaso, en Guatemala, no es el agua; es la capacidad de construir y gestionar infraestructura para captar
Hoy, invertir en agua, de cara a los siguientes Super Niños, es un gran problema por varias razones:
- Primero, no es posible implementar proyectos de agua mediante Alianzas Público-Privadas y hacerlo mediante la Ley de Contrataciones es un gran problema porque no está pensada para este tipo de proyectos.
- Segundo, el problema no tiene escala municipal: no hay fuentes de agua suficientes en cada municipio y por lo tanto debe pensarse en términos de áreas con alta capacidad de captación de agua y el proceso de transporte de agua.
- Tercero, no tenemos experiencia amplia para gestionar el diseño, construcción, operación, mantenimiento de infraestructura de agua.
- Cuarto, el derecho de vía para comunicar esas áreas de alta capacidad de captación de agua y las áreas de alto consumo es algo difícil de conseguir.
- Quinto, las asignaciones para agua, vía los Consejos de Desarrollo, resulta un sinsentido porque la ejecución no es multianual ni existen mecanismos claros de planificación de gran escala.
Super Niño
"¿Qué potencial impacto va a tener el Super Niño en América Latina?".
Lo primero que es importante comprender es que esto no es un fenómeno nuevo. Desde 1980, este será el cuarto "Super Niño" que impacta en América Latina, así que ya tenemos experiencia en ello. Lo vivimos en 1982-83, en 1997-98, en 2015-16 y ahora, en donde no sólo experimentamos mayores temperaturas sino también variación climática extrema.
La historia nos permite calcular el potencial impacto y los sectores más expuestos.
El número de muertos directos creció de 1 mil a 6 mil entre 1980 y 1997. Pero desde entonces empezó a disminuir. En el 2015 fueron menos de 500. Eso es una buena noticia en términos de la gestión de desastres.
El costo ha sido entre 1% y 3.5% del PIB, tanto si nos enfocamos en América Latina. El impacto debe entenderse, y este ha sido un análisis importante de CEPAL, dividido en dos partes. Por una parte, la destrucción que ocurre, por el fenómeno climático. Y, por otra, la productividad que se ve reducida en los años subsiguientes durante el proceso que toma la reconstrucción de la infraestructura y de las empresas que fueron afectadas.
El impacto ha sido similar para el caso de Guatemala. Para un país que crece su ingreso por persona, en promedio, 1.1% por año, esto significa que uno de estos eventos puede representar hasta un retroceso. El monto suena poco, pero muchas empresas pueden tardar hasta 5 años en recuperar sus niveles de ingreso que tenían antes del evento climático.
Si lo vemos en sectores, preocupa desde la pesca en las costas de Perú hasta los granos en Centroamérica. Y, en general, preocupa el movimiento de cargas y personas a lo largo de la costa pacífica, por mar y por tierra.
Incluso en lugares donde se espera sequía, se pueden esperar impactos negativos en la infraestructura y el transporte, dado que es posible que ocurran inundaciones repentinas que pueden comprometer taludes y puentes. Y, aún sin estas inundaciones repentinas, las sequías pueden tener consecuencias negativas, como ocurre cuando se reduce el nivel del agua en el Canal de Panamá.
Un impacto adicional para considerar es el que supone la exposición a la producción de energía eléctrica que depende de hidroeléctricas. El riesgo es quedarnos con un reservorio que no permite cubrir las necesidades de energía, especialmente si se carece de una política energética favorable a diversificar la generación. Y, como ya lo vivimos hace unos pocos años en Guatemala, le problema puede ser doble, porque podemos sufrir de sequía y luego tener inundaciones repentinas que pueden llevar a comprometer la integridad física de las hidroeléctricas.
Por último, no todo es negativo en toda América Latina: en el pasado, estos eventos han tenido un impacto positivo que se ha detectado en algunos sectores agrícolas que se beneficia de más lluvias, especialmente en el cono sur.
¿Qué podemos hacer en Guatemala?
Este es un ciclo que estamos viviendo cada 10 a 15 años. Así que tener una visión de largo plazo, que trascienda tres o cuatro gobiernos, es esencial. Esto es educarnos como ciudadanos, pero también es educarnos en nuestra demanda de lo que esperamos de los políticos.
El elemento principal es que debemos decidirnos, como sociedades, a invertir, entre otros aspectos, en infraestructura más resiliente, que nos ayude a mitigar la doble carga de vivir en territorios expuestos a sequías e inundaciones. Esto pasa desde invertir en infraestructura para agua, como invertir en infraestructura de transporte que es resiliente a estos cambios.
El problema estaría muy mal planteado si el enfoque se centra en gestionar la escasez durante el Super Niño, como si ese fuera la situación permanente del país. El problema debe plantearse en la construcción de capacidad durante las épocas de abundancia para afrontar las épocas de escasez. Así como el Faraón egipcio acepta la interpretación de José, en Génesis, que es importante guardar granos durante los años de abundancia, para lo cual necesita construir graneros, así nosotros debiéramos interpretar que nuestro énfasis debe ser generar los mecanismos que nos permita construir la infraestructura de agua. Lo escaso, en Guatemala, no es el agua; es la capacidad de construir y gestionar infraestructura para captar
Hoy, invertir en agua, de cara a los siguientes Super Niños, es un gran problema por varias razones:
- Primero, no es posible implementar proyectos de agua mediante Alianzas Público-Privadas y hacerlo mediante la Ley de Contrataciones es un gran problema porque no está pensada para este tipo de proyectos.
- Segundo, el problema no tiene escala municipal: no hay fuentes de agua suficientes en cada municipio y por lo tanto debe pensarse en términos de áreas con alta capacidad de captación de agua y el proceso de transporte de agua.
- Tercero, no tenemos experiencia amplia para gestionar el diseño, construcción, operación, mantenimiento de infraestructura de agua.
- Cuarto, el derecho de vía para comunicar esas áreas de alta capacidad de captación de agua y las áreas de alto consumo es algo difícil de conseguir.
- Quinto, las asignaciones para agua, vía los Consejos de Desarrollo, resulta un sinsentido porque la ejecución no es multianual ni existen mecanismos claros de planificación de gran escala.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: