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Suiza no era eso

Marcos Jacobo Suárez Sipmann
26 de julio, 2026

Creía conocer Suiza antes de poner un pie en ella. Llegaba cargado de certezas: bancos, relojes, chocolate, neutralidad, montañas y una puntualidad casi patológica. Me bastaron unos días para descubrir que aquel pequeño territorio tenía una habilidad extraordinaria para desmentir a quien cree entenderlo. Detrás de cada tópico aparecía una excepción; detrás de cada excepción, una historia. Y fueron precisamente esas historias —mucho más que los paisajes— las que terminaron convirtiendo a Suiza en una de mis patrias prestadas.

Los que cuentan el país

Aquí nació una costumbre que ya nunca abandonaría: antes de intentar comprender, hablar con quienes lo cuentan cada mañana. Políticos, empresarios o académicos pueden explicar una parte de la realidad; los periodistas suelen conocer también las contradicciones, las dudas y las preguntas que una sociedad se hace. Por eso busqué al director de la Neue Zürcher Zeitung (NZZ), el diario de mayor prestigio e influencia. Hablamos de la neutralidad helvética, del aislamiento voluntario, de la relación siempre incómoda con Europa y de las razones por las que los suizos preferían seguir un camino propio. No siempre compartí sus conclusiones, pero me transmitió que para entender una comunidad también hay que leer sus periódicos y escuchar a quienes los escriben. La prensa es el cuarto poder y cuando ejerce bien su labor, también es uno de los mejores mapas para orientarse en terreno desconocido.

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Con mi compañera de proyecto, María José, en el lago Lemán en Ginebra

Aprender el oficio

Suiza era, además, el mejor lugar posible para que un periodista económico dejara de ser un novato. Llegué sabiendo formular preguntas; me marché entendiendo a quién debía hacérselas. Aprendí que un banco central no habla el mismo idioma que un banco comercial, y que uno de los muchos bancos privados de Ginebra habla un tercer idioma; que un reaseguro no es un seguro con esteroides; que entrevistar a la bolsa exige más paciencia que brillantez y que, en un país donde las finanzas forman parte del paisaje, hasta los silencios cotizan al alza. Un aprendizaje exigente, a veces agotador, pero extraordinariamente útil para todo lo que vino después.

Entonces decidí salirme del guion. Fui a buscar a Jean Ziegler, profesor de Sociología en la Universidad de Ginebra y una de las voces más incómodas de la Suiza de entonces. Sus críticas al papel desempeñado por la banca suiza durante la Segunda Guerra Mundial le habían granjeado tantos detractores como lectores. No compartía buena parte de sus posiciones políticas, mas nunca he creído que entrevistar consista en buscar a quienes piensan como uno. Aquella conversación me enseñó otra lección fundamental: una sociedad también se entiende escuchando a quienes incomodan a sus compatriotas.

Un país que sabe recibir

La Confederación Helvética ha convertido el paisaje en excelencia. Lo comprobé al entrevistar al responsable nacional de promoción turística, que defendía aquella forma de vivir con la misma precisión con la que un relojero ajusta un mecanismo. Sus argumentos eran sencillos: los Alpes, los lagos, ciudades impecables y una tradición hotelera que sigue marcando el estándar mundial. Lausana, con escuelas de hostelería convertidas en referencia mundial, lleva décadas formando a quienes después enseñan al mundo cómo se recibe a un huésped.

Entendí que la fondue, la raclette o un buen rösti no son simples platos, sino parte de una manera de entender la hospitalidad.

Esa misma obsesión por hacer bien las cosas la encontré al entrevistar al responsable de los Ferrocarriles Federales Suizos (SBB). Salvo imprevistos, los trenes llegaban a su hora con una puntualidad que rozaba la descortesía hacia quienes disfrutamos llegando un minuto tarde. Hasta los retrasos pedían disculpas.

Durante buena parte de nuestra estancia en Zúrich tuvimos el improbable privilegio de residir en el hotel Baur au Lac. Desde mediados del siglo XIX sus salones han recibido a jefes de Estado, artistas, escritores y músicos. Representaba la elegancia discreta de Zúrich. En Lausana, el Beau-Rivage Palace añadía otra virtud muy suiza: conseguir que el paisaje formara parte del servicio.

El lujo nunca levantaba la voz. Consistía en hacer que todo funcione con perfección casi invisible.

Con mi compañera de proyecto en Berna.

La montaña también puede ser una invitación

No todas las entrevistas terminan con un apretón de manos. Tras conversar con el creador Andy Stutz, el “Rey de la Seda” nos anunció con una sonrisa que tenía una sorpresa. Minutos después estábamos subiendo a un helicóptero. Sobrevolamos los Alpes todavía cubiertos de nieve, un paisaje inolvidable. El destino era una solitaria Almhütte, una cabaña de montaña convertida en restaurante. Allí almorzamos rodeados de silencio, picos blancos y un horizonte infinito. A veces un país se conoce caminándolo; otras, basta con contemplarlo desde el cielo.

Donde el tiempo aprendió a medirse

Descubrí que un reloj nunca es solo un reloj. Entrevisté a los máximos responsables de firmas como Baume & Mercier, Ebel, Piaget o TAG Heuer, además del presidente de la asociación de fabricantes de relojes. Según me explicó —y la Historia le da bastante la razón—, cuando Calvino prohibió en la Ginebra del siglo XVI el uso de joyas y adornos considerados frívolos, los orfebres se quedaron sin oficio. En lugar de rendirse, aplicaron su talento a un objeto tan útil como discreto: el reloj. Así nació una industria que acabó convirtiendo la exactitud en arte. Desde entonces, hasta los segundos parecen estar mejor construidos en Suiza que en ningún otro lugar.

Entrevistando a Jean-Pascal Delamuraz, presidente de turno de Suiza

Mucho más que chocolate

El prestigio del chocolate suizo no descansa únicamente en una receta, sino en una cultura de la excelencia llevada casi al extremo. Tuve la oportunidad de conversar con responsables de Lindt. En la sede de la empresa confirmé una sospecha que llevaba días rondándome: los suizos desconfiaban de la chapuza como otros desconfían del pecado. La excelencia no era una meta; era el punto de partida.



Después llegaron los viñedos escalonados del cantón de Vaud, el mayor y más poblado de la Suiza francófona; allí variedades como la uva blanca Chasselas forman parte del paisaje con la misma naturalidad que los Alpes al fondo. Hasta el vino se diría afinado por un relojero.

La democracia sin héroes

Suiza nunca ha sentido fascinación por los grandes líderes. Mientras otros países buscan hombres providenciales, los suizos prefieren repartir el poder para que nadie se acostumbre demasiado a él. Cuando llegué en 1996 me sorprendió descubrir que el Gobierno estaba formado por siete consejeros federales y que la Presidencia iba rotando cada año entre ellos. Berna, la discreta capital federal, era el mejor lugar para entender aquel sistema. En Suiza el poder no se concentra; se reparte hasta que deja de parecer poder.

A ello se suma la democracia directa. Referendos e iniciativas populares convierten al ciudadano en protagonista habitual de las decisiones públicas. Un mecanismo admirable, aunque también puede ralentizar reformas necesarias y, como cualquier otro, no está a salvo de la simplificación ni de la manipulación.

Entrevisté al presidente de turno, Jean-Pascal Delamuraz, un hombre afable cuya salud ya comenzaba a resentirse, y al ministro de Asuntos Exteriores, Flavio Cotti, procedente del Tesino. Mostraba otra Suiza: la italiana, la que prefería el consenso a la victoria. Aquella arquitectura política me pareció tan extraña como eficaz. Quizá por eso ha sobrevivido durante más de un siglo.

Con el “Rey de la Seda”, Andy Stutz (segundo por la izquierda) comiendo en una cabaña alpina

El vecino que nunca quiso mudarse

Conocí a Christoph Blocher, todavía no en su faceta política activa, sino como multimillonario presidente de EMS-Chemie. No obstante, era ya el gran defensor del excepcionalismo, convencido de que la Confederación tenía mucho más que perder que ganar acercándose a la Unión Europea. En 1996 ni siquiera pertenecía a las Naciones Unidas. Desde fuera resultaba desconcertante: uno de los países más prósperos y estables del planeta prefería mantenerse al margen de muchas organizaciones internacionales. Su política exterior siempre me sonó a un educadísimo “gracias, pero preferimos cenar en casa”. Y, contra casi todos los pronósticos, no le ha ido precisamente mal. Con el paso de los años, muchos suizos pensaron que Blocher no estaba tan equivocado.

La neutralidad armada

Durante siglos, los mercenarios suizos fueron considerados los mejores soldados de Europa. Reyes, emperadores y papas competían por contratar a aquellos infantes disciplinados cuya fama en el campo de batalla era legendaria. La Guardia Suiza Pontificia es quizá el último recordatorio visible de aquella antigua tradición militar.

Solo mucho después la Confederación convirtió la neutralidad en una de sus principales señas de identidad. No deja de ser una deliciosa paradoja histórica: uno de los pueblos que mejor supo hacer la guerra terminó convirtiéndose en el símbolo de no querer librarla. La neutralidad suiza nunca fue ingenuidad; fue estrategia con buenos modales.

La neutralidad tampoco significaba desarme. Al contrario. El servicio militar seguía siendo una pieza esencial de la identidad nacional. Los ciudadanos realizaban la instrucción básica y, durante años, regresaban periódicamente para completar ejercicios y maniobras, manteniendo una reserva ampliamente preparada. Muchos conservaban incluso su equipo militar durante largo tiempo. Para quien llegaba desde una Europa donde el servicio militar empezaba a desaparecer, aquello resultaba llamativo. Enviaba un mensaje muy suizo: preferimos no participar en las guerras de los demás, pero procuraremos que a nadie se le ocurra traernos una a casa.

En el salto de agua del Rin (Rheinfall) muy cerca de la frontera con Alemania

Los libros también tienen montañas

Además de paisajes inolvidables, Suiza me regaló una biblioteca inesperada. En sus librerías me esperaban Friedrich Dürrenmatt, cuya mirada implacable sobre la justicia y el poder desmontaba cualquier idea ingenua del mundo; Conrad Ferdinand Meyer y Gottfried Keller, pilares de la literatura en lengua alemana, y Carl Spitteler, el único escritor suizo galardonado con el Premio Nobel de Literatura. La gran revelación, sin embargo, fue Eveline Hasler. A través de su novela biográfica sobre Henri Dunant comprendí que una idea capaz de cambiar el mundo puede nacer en medio del horror. Dunant llegó al campo de batalla de Solferino y encontró cientos de heridos abandonados a su suerte. De aquella conmoción surgió la semilla de la Cruz Roja y, años después, el reconocimiento con el primer Premio Nobel de la Paz. Descubrí así otra Suiza: la que, además de fabricar relojes, ha sabido medir el tiempo moral de Europa.

Lo que me llevé de Suiza

Cuando abandoné Suiza seguía sin terminar de descifrarla. Y quizá esa fuera precisamente la mejor manera de conocerla. Había llegado buscando bancos y relojes; me marché hablando de novelistas, de presidentes que apenas lo eran durante un año, de empresarios capaces de convertir una entrevista en un vuelo sobre los Alpes y de una neutralidad mucho menos simple de lo que proclamaba. Tardé cuatro meses en descubrirlo. Desde entonces, cada vez que alguien resume Suiza en chocolate, relojes y bancos, sonrío. Yo también lo creía.



 

Suiza no era eso

Marcos Jacobo Suárez Sipmann
26 de julio, 2026

Creía conocer Suiza antes de poner un pie en ella. Llegaba cargado de certezas: bancos, relojes, chocolate, neutralidad, montañas y una puntualidad casi patológica. Me bastaron unos días para descubrir que aquel pequeño territorio tenía una habilidad extraordinaria para desmentir a quien cree entenderlo. Detrás de cada tópico aparecía una excepción; detrás de cada excepción, una historia. Y fueron precisamente esas historias —mucho más que los paisajes— las que terminaron convirtiendo a Suiza en una de mis patrias prestadas.

Los que cuentan el país

Aquí nació una costumbre que ya nunca abandonaría: antes de intentar comprender, hablar con quienes lo cuentan cada mañana. Políticos, empresarios o académicos pueden explicar una parte de la realidad; los periodistas suelen conocer también las contradicciones, las dudas y las preguntas que una sociedad se hace. Por eso busqué al director de la Neue Zürcher Zeitung (NZZ), el diario de mayor prestigio e influencia. Hablamos de la neutralidad helvética, del aislamiento voluntario, de la relación siempre incómoda con Europa y de las razones por las que los suizos preferían seguir un camino propio. No siempre compartí sus conclusiones, pero me transmitió que para entender una comunidad también hay que leer sus periódicos y escuchar a quienes los escriben. La prensa es el cuarto poder y cuando ejerce bien su labor, también es uno de los mejores mapas para orientarse en terreno desconocido.

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Con mi compañera de proyecto, María José, en el lago Lemán en Ginebra

Aprender el oficio

Suiza era, además, el mejor lugar posible para que un periodista económico dejara de ser un novato. Llegué sabiendo formular preguntas; me marché entendiendo a quién debía hacérselas. Aprendí que un banco central no habla el mismo idioma que un banco comercial, y que uno de los muchos bancos privados de Ginebra habla un tercer idioma; que un reaseguro no es un seguro con esteroides; que entrevistar a la bolsa exige más paciencia que brillantez y que, en un país donde las finanzas forman parte del paisaje, hasta los silencios cotizan al alza. Un aprendizaje exigente, a veces agotador, pero extraordinariamente útil para todo lo que vino después.

Entonces decidí salirme del guion. Fui a buscar a Jean Ziegler, profesor de Sociología en la Universidad de Ginebra y una de las voces más incómodas de la Suiza de entonces. Sus críticas al papel desempeñado por la banca suiza durante la Segunda Guerra Mundial le habían granjeado tantos detractores como lectores. No compartía buena parte de sus posiciones políticas, mas nunca he creído que entrevistar consista en buscar a quienes piensan como uno. Aquella conversación me enseñó otra lección fundamental: una sociedad también se entiende escuchando a quienes incomodan a sus compatriotas.

Un país que sabe recibir

La Confederación Helvética ha convertido el paisaje en excelencia. Lo comprobé al entrevistar al responsable nacional de promoción turística, que defendía aquella forma de vivir con la misma precisión con la que un relojero ajusta un mecanismo. Sus argumentos eran sencillos: los Alpes, los lagos, ciudades impecables y una tradición hotelera que sigue marcando el estándar mundial. Lausana, con escuelas de hostelería convertidas en referencia mundial, lleva décadas formando a quienes después enseñan al mundo cómo se recibe a un huésped.

Entendí que la fondue, la raclette o un buen rösti no son simples platos, sino parte de una manera de entender la hospitalidad.

Esa misma obsesión por hacer bien las cosas la encontré al entrevistar al responsable de los Ferrocarriles Federales Suizos (SBB). Salvo imprevistos, los trenes llegaban a su hora con una puntualidad que rozaba la descortesía hacia quienes disfrutamos llegando un minuto tarde. Hasta los retrasos pedían disculpas.

Durante buena parte de nuestra estancia en Zúrich tuvimos el improbable privilegio de residir en el hotel Baur au Lac. Desde mediados del siglo XIX sus salones han recibido a jefes de Estado, artistas, escritores y músicos. Representaba la elegancia discreta de Zúrich. En Lausana, el Beau-Rivage Palace añadía otra virtud muy suiza: conseguir que el paisaje formara parte del servicio.

El lujo nunca levantaba la voz. Consistía en hacer que todo funcione con perfección casi invisible.

Con mi compañera de proyecto en Berna.

La montaña también puede ser una invitación

No todas las entrevistas terminan con un apretón de manos. Tras conversar con el creador Andy Stutz, el “Rey de la Seda” nos anunció con una sonrisa que tenía una sorpresa. Minutos después estábamos subiendo a un helicóptero. Sobrevolamos los Alpes todavía cubiertos de nieve, un paisaje inolvidable. El destino era una solitaria Almhütte, una cabaña de montaña convertida en restaurante. Allí almorzamos rodeados de silencio, picos blancos y un horizonte infinito. A veces un país se conoce caminándolo; otras, basta con contemplarlo desde el cielo.

Donde el tiempo aprendió a medirse

Descubrí que un reloj nunca es solo un reloj. Entrevisté a los máximos responsables de firmas como Baume & Mercier, Ebel, Piaget o TAG Heuer, además del presidente de la asociación de fabricantes de relojes. Según me explicó —y la Historia le da bastante la razón—, cuando Calvino prohibió en la Ginebra del siglo XVI el uso de joyas y adornos considerados frívolos, los orfebres se quedaron sin oficio. En lugar de rendirse, aplicaron su talento a un objeto tan útil como discreto: el reloj. Así nació una industria que acabó convirtiendo la exactitud en arte. Desde entonces, hasta los segundos parecen estar mejor construidos en Suiza que en ningún otro lugar.

Entrevistando a Jean-Pascal Delamuraz, presidente de turno de Suiza

Mucho más que chocolate

El prestigio del chocolate suizo no descansa únicamente en una receta, sino en una cultura de la excelencia llevada casi al extremo. Tuve la oportunidad de conversar con responsables de Lindt. En la sede de la empresa confirmé una sospecha que llevaba días rondándome: los suizos desconfiaban de la chapuza como otros desconfían del pecado. La excelencia no era una meta; era el punto de partida.



Después llegaron los viñedos escalonados del cantón de Vaud, el mayor y más poblado de la Suiza francófona; allí variedades como la uva blanca Chasselas forman parte del paisaje con la misma naturalidad que los Alpes al fondo. Hasta el vino se diría afinado por un relojero.

La democracia sin héroes

Suiza nunca ha sentido fascinación por los grandes líderes. Mientras otros países buscan hombres providenciales, los suizos prefieren repartir el poder para que nadie se acostumbre demasiado a él. Cuando llegué en 1996 me sorprendió descubrir que el Gobierno estaba formado por siete consejeros federales y que la Presidencia iba rotando cada año entre ellos. Berna, la discreta capital federal, era el mejor lugar para entender aquel sistema. En Suiza el poder no se concentra; se reparte hasta que deja de parecer poder.

A ello se suma la democracia directa. Referendos e iniciativas populares convierten al ciudadano en protagonista habitual de las decisiones públicas. Un mecanismo admirable, aunque también puede ralentizar reformas necesarias y, como cualquier otro, no está a salvo de la simplificación ni de la manipulación.

Entrevisté al presidente de turno, Jean-Pascal Delamuraz, un hombre afable cuya salud ya comenzaba a resentirse, y al ministro de Asuntos Exteriores, Flavio Cotti, procedente del Tesino. Mostraba otra Suiza: la italiana, la que prefería el consenso a la victoria. Aquella arquitectura política me pareció tan extraña como eficaz. Quizá por eso ha sobrevivido durante más de un siglo.

Con el “Rey de la Seda”, Andy Stutz (segundo por la izquierda) comiendo en una cabaña alpina

El vecino que nunca quiso mudarse

Conocí a Christoph Blocher, todavía no en su faceta política activa, sino como multimillonario presidente de EMS-Chemie. No obstante, era ya el gran defensor del excepcionalismo, convencido de que la Confederación tenía mucho más que perder que ganar acercándose a la Unión Europea. En 1996 ni siquiera pertenecía a las Naciones Unidas. Desde fuera resultaba desconcertante: uno de los países más prósperos y estables del planeta prefería mantenerse al margen de muchas organizaciones internacionales. Su política exterior siempre me sonó a un educadísimo “gracias, pero preferimos cenar en casa”. Y, contra casi todos los pronósticos, no le ha ido precisamente mal. Con el paso de los años, muchos suizos pensaron que Blocher no estaba tan equivocado.

La neutralidad armada

Durante siglos, los mercenarios suizos fueron considerados los mejores soldados de Europa. Reyes, emperadores y papas competían por contratar a aquellos infantes disciplinados cuya fama en el campo de batalla era legendaria. La Guardia Suiza Pontificia es quizá el último recordatorio visible de aquella antigua tradición militar.

Solo mucho después la Confederación convirtió la neutralidad en una de sus principales señas de identidad. No deja de ser una deliciosa paradoja histórica: uno de los pueblos que mejor supo hacer la guerra terminó convirtiéndose en el símbolo de no querer librarla. La neutralidad suiza nunca fue ingenuidad; fue estrategia con buenos modales.

La neutralidad tampoco significaba desarme. Al contrario. El servicio militar seguía siendo una pieza esencial de la identidad nacional. Los ciudadanos realizaban la instrucción básica y, durante años, regresaban periódicamente para completar ejercicios y maniobras, manteniendo una reserva ampliamente preparada. Muchos conservaban incluso su equipo militar durante largo tiempo. Para quien llegaba desde una Europa donde el servicio militar empezaba a desaparecer, aquello resultaba llamativo. Enviaba un mensaje muy suizo: preferimos no participar en las guerras de los demás, pero procuraremos que a nadie se le ocurra traernos una a casa.

En el salto de agua del Rin (Rheinfall) muy cerca de la frontera con Alemania

Los libros también tienen montañas

Además de paisajes inolvidables, Suiza me regaló una biblioteca inesperada. En sus librerías me esperaban Friedrich Dürrenmatt, cuya mirada implacable sobre la justicia y el poder desmontaba cualquier idea ingenua del mundo; Conrad Ferdinand Meyer y Gottfried Keller, pilares de la literatura en lengua alemana, y Carl Spitteler, el único escritor suizo galardonado con el Premio Nobel de Literatura. La gran revelación, sin embargo, fue Eveline Hasler. A través de su novela biográfica sobre Henri Dunant comprendí que una idea capaz de cambiar el mundo puede nacer en medio del horror. Dunant llegó al campo de batalla de Solferino y encontró cientos de heridos abandonados a su suerte. De aquella conmoción surgió la semilla de la Cruz Roja y, años después, el reconocimiento con el primer Premio Nobel de la Paz. Descubrí así otra Suiza: la que, además de fabricar relojes, ha sabido medir el tiempo moral de Europa.

Lo que me llevé de Suiza

Cuando abandoné Suiza seguía sin terminar de descifrarla. Y quizá esa fuera precisamente la mejor manera de conocerla. Había llegado buscando bancos y relojes; me marché hablando de novelistas, de presidentes que apenas lo eran durante un año, de empresarios capaces de convertir una entrevista en un vuelo sobre los Alpes y de una neutralidad mucho menos simple de lo que proclamaba. Tardé cuatro meses en descubrirlo. Desde entonces, cada vez que alguien resume Suiza en chocolate, relojes y bancos, sonrío. Yo también lo creía.



 

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