Durante las últimas semanas, el foco de atención internacional ha estado puesto sobre el Medio Oriente, ya que, a raíz de la incursión americana-israelí sobre el territorio de Irán, en represalia, toda la región se ha convertido en una zona de conflicto. Como la historia lo ha registrado, esta no es la primera vez que los Estados Unidos e Israel se han visto inmersos en un conflicto de este tipo, la situación más parecida siendo Irak en el 2003. No obstante, dado el contexto actual, los aprendizajes de experiencias pasadas y la evolución del concepto de la guerra, es fácil encontrar las diferencias. En este sentido, este conflicto permite detectar una paradoja, ya que, pese a los avances que se han dado en el ámbito de la guerra, como el surgimiento de las guerras asimétricas y las híbridas, elementos tradicionales como la geografía siguen teniendo un papel protagónico. Por ello, esta combinación de factores hace aún más complejo el panorama.
Uno de los principales recursos en una situación de guerra, independientemente de su tipo, es la geografía, la cual, aunque no determina, sí condiciona las probabilidades de victoria. Por esta razón, el control territorial podría ser el punto de inflexión que garantice la victoria de uno de los bandos. En el caso de Irán, como era de esperarse, el punto geográfico que ha ganado mayor relevancia es el estrecho de Ormuz, uno de los cuellos de botella del comercio y las relaciones internacionales. Previo a la guerra, por el estrecho transitaban cerca de 20 millones de barriles de petróleo por día, por lo que su interrupción afecta significativamente los precios del mercado. Adicionalmente, al ser uno de los pasos más angostos del mundo, alrededor de 33 km, su obstrucción lo convierte en un blanco fácil para el enemigo. Así pues, Irán, consciente de la relevancia de este territorio, entiende que, al mantenerlo cerrado, esto podría generar efectos económicos y militares negativos para sus adversarios, lo cual proporciona una ventaja y mayor margen de maniobra en el caso de una futura negociación. Consecuentemente, este caso demuestra cómo la geografía sigue siendo un factor clave en los conflictos.
Ahora bien, por otro lado, aunque la geografía forma parte de los elementos tradicionales de un conflicto, al mismo tiempo es el que ha dado paso a una forma moderna de combate, la guerra híbrida. En términos generales, esta se define como un conflicto que combina métodos convencionales (fuerza armada) con métodos no convencionales, como la tecnología o la guerra económica. Por lo tanto, Irán, sabiendo que posee una desventaja en términos militares, ha buscado explotar el estrangulamiento económico, mediante el bloqueo del paso del petróleo, y el abaratamiento de las represalias, mediante el empleo de tecnología avanzadas como los drones. Consecuentemente, esto demuestra cómo las guerras actuales ya no dependen exclusivamente del tamaño de los ejércitos o la capacidad militar. En cambio, el factor determinante será la habilidad para combinar estos métodos no convencionales, a fin de sobrepasar las desventajas tradicionales.
Esta situación deja a Donald Trump en una encrucijada, dado que, contrario a su percepción inicial, esta guerra no se va a limitar al enfrentamiento directo con Irán. En realidad, la combinación de factores expuestos previamente aumentará el número de frentes de combate, desde los físicos, hasta los más abstractos, como la economía y la tecnología. Bajo esta lógica, la decisión más importante será si, a fin de mantener el control en el territorio, la “colocación de las botas en el territorio” será necesario. En este sentido, el punto clave será la disposición o no a asumir los altos costos políticos que podría representar a lo interno de Estados Unidos. De lo contrario, esta guerra no convencional rápidamente se podría transformar en otra guerra eterna y de desgaste para los americanos.
Sobre la geografía y la guerra híbrida
Durante las últimas semanas, el foco de atención internacional ha estado puesto sobre el Medio Oriente, ya que, a raíz de la incursión americana-israelí sobre el territorio de Irán, en represalia, toda la región se ha convertido en una zona de conflicto. Como la historia lo ha registrado, esta no es la primera vez que los Estados Unidos e Israel se han visto inmersos en un conflicto de este tipo, la situación más parecida siendo Irak en el 2003. No obstante, dado el contexto actual, los aprendizajes de experiencias pasadas y la evolución del concepto de la guerra, es fácil encontrar las diferencias. En este sentido, este conflicto permite detectar una paradoja, ya que, pese a los avances que se han dado en el ámbito de la guerra, como el surgimiento de las guerras asimétricas y las híbridas, elementos tradicionales como la geografía siguen teniendo un papel protagónico. Por ello, esta combinación de factores hace aún más complejo el panorama.
Uno de los principales recursos en una situación de guerra, independientemente de su tipo, es la geografía, la cual, aunque no determina, sí condiciona las probabilidades de victoria. Por esta razón, el control territorial podría ser el punto de inflexión que garantice la victoria de uno de los bandos. En el caso de Irán, como era de esperarse, el punto geográfico que ha ganado mayor relevancia es el estrecho de Ormuz, uno de los cuellos de botella del comercio y las relaciones internacionales. Previo a la guerra, por el estrecho transitaban cerca de 20 millones de barriles de petróleo por día, por lo que su interrupción afecta significativamente los precios del mercado. Adicionalmente, al ser uno de los pasos más angostos del mundo, alrededor de 33 km, su obstrucción lo convierte en un blanco fácil para el enemigo. Así pues, Irán, consciente de la relevancia de este territorio, entiende que, al mantenerlo cerrado, esto podría generar efectos económicos y militares negativos para sus adversarios, lo cual proporciona una ventaja y mayor margen de maniobra en el caso de una futura negociación. Consecuentemente, este caso demuestra cómo la geografía sigue siendo un factor clave en los conflictos.
Ahora bien, por otro lado, aunque la geografía forma parte de los elementos tradicionales de un conflicto, al mismo tiempo es el que ha dado paso a una forma moderna de combate, la guerra híbrida. En términos generales, esta se define como un conflicto que combina métodos convencionales (fuerza armada) con métodos no convencionales, como la tecnología o la guerra económica. Por lo tanto, Irán, sabiendo que posee una desventaja en términos militares, ha buscado explotar el estrangulamiento económico, mediante el bloqueo del paso del petróleo, y el abaratamiento de las represalias, mediante el empleo de tecnología avanzadas como los drones. Consecuentemente, esto demuestra cómo las guerras actuales ya no dependen exclusivamente del tamaño de los ejércitos o la capacidad militar. En cambio, el factor determinante será la habilidad para combinar estos métodos no convencionales, a fin de sobrepasar las desventajas tradicionales.
Esta situación deja a Donald Trump en una encrucijada, dado que, contrario a su percepción inicial, esta guerra no se va a limitar al enfrentamiento directo con Irán. En realidad, la combinación de factores expuestos previamente aumentará el número de frentes de combate, desde los físicos, hasta los más abstractos, como la economía y la tecnología. Bajo esta lógica, la decisión más importante será si, a fin de mantener el control en el territorio, la “colocación de las botas en el territorio” será necesario. En este sentido, el punto clave será la disposición o no a asumir los altos costos políticos que podría representar a lo interno de Estados Unidos. De lo contrario, esta guerra no convencional rápidamente se podría transformar en otra guerra eterna y de desgaste para los americanos.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: