Los bochornosos eventos que han marcado la elección de magistrados a la Corte de Constitucionalidad (CC) y los magistrados del Tribunal Supremo Electoral (TSE) ponen en evidencia que el actual sistema institucional guatemalteco está en crisis. Ahora bien, más allá de los problemas de fondo de los que sufren estas instituciones, como su politización o captura por diferentes sectores del país, en realidad se trata de una perversión en la naturaleza propia de estas instancias. Esto se debe a que, en teoría, estas debieran de ser espacios en donde el personalismo no debería ser un punto de discusión. Sin embargo, independientemente de los mecanismos de elección, todo proceso se ha resumido en las personalidades de los diferentes candidatos. Es decir, estas elecciones o designaciones, en vez de interesarse por el futuro institucional, únicamente se han concentrado en quién ocupará los puestos de liderazgo.
De forma simple, una elección de segundo grado tendría que centrarse en la evaluación de los planes de mejora institucional, no en las características personales de cada candidato. No obstante, como lo demuestran, tanto los procesos de decisión, como los análisis que se han hecho de ellos, en realidad, sabemos más sobre las conexiones y redes de influencia de cada actor, que sobre sus planes de mejora para la gestión institucional. Por esta razón, al margen de la discusión sobre la discrecionalidad de las tablas de gradación, este no debería de ser el enfoque de la discusión, sino que esta debería ser en torno a las propuestas de mejora y reforma institucional. De lo contrario, únicamente se está perpetuando el círculo de personalización institucional y no el fortalecimiento de las mismas.
Esto refleja una clara perversión de la naturaleza institucional, ya que estas, en vez de contar con la fortaleza y los mecanismos necesarios para sostenerse por sí solas sin importar quién esté a cargo, han quedado sometidas al carácter personal. Desde una perspectiva teórica, esto se debe a que, el diseño institucional parte de una premisa que es errónea: el creer que un individuo, al ingresar a un puesto público, dejará de comportarse guiado por sus intereses individuales y optará por actuar de manera completamente altruista y guiado por el bien público. Por ello, desde un punto de vista más realista, si aceptamos la idea de que el individuo es propenso a cometer errores, es evidente que los seguirá cometiendo incluso como un funcionario público; la diferencia es que los costos de estos errores, en vez de internalizarse, se dispersarán al resto de la población.
El verdadero problema no está en la elección como tal; esta únicamente es resultado de un mal diseño y manejo institucional. Sin embargo, esta excesiva concentración en las características individuales de los candidatos únicamente alimenta este fenómeno. Por ello, las verdaderas propuestas de reformas deberían concentrarse en separar la gestión institucional del carácter personal de los funcionarios. De lo contrario, este círculo vicioso continuará y en el próximo ciclo de elección, el país se insertará, una vez más, en una profunda inestabilidad que, como consecuencia, genera mayor polarización social y profundiza en la incertidumbre entre los ciudadanos.
Los bochornosos eventos que han marcado la elección de magistrados a la Corte de Constitucionalidad (CC) y los magistrados del Tribunal Supremo Electoral (TSE) ponen en evidencia que el actual sistema institucional guatemalteco está en crisis. Ahora bien, más allá de los problemas de fondo de los que sufren estas instituciones, como su politización o captura por diferentes sectores del país, en realidad se trata de una perversión en la naturaleza propia de estas instancias. Esto se debe a que, en teoría, estas debieran de ser espacios en donde el personalismo no debería ser un punto de discusión. Sin embargo, independientemente de los mecanismos de elección, todo proceso se ha resumido en las personalidades de los diferentes candidatos. Es decir, estas elecciones o designaciones, en vez de interesarse por el futuro institucional, únicamente se han concentrado en quién ocupará los puestos de liderazgo.
De forma simple, una elección de segundo grado tendría que centrarse en la evaluación de los planes de mejora institucional, no en las características personales de cada candidato. No obstante, como lo demuestran, tanto los procesos de decisión, como los análisis que se han hecho de ellos, en realidad, sabemos más sobre las conexiones y redes de influencia de cada actor, que sobre sus planes de mejora para la gestión institucional. Por esta razón, al margen de la discusión sobre la discrecionalidad de las tablas de gradación, este no debería de ser el enfoque de la discusión, sino que esta debería ser en torno a las propuestas de mejora y reforma institucional. De lo contrario, únicamente se está perpetuando el círculo de personalización institucional y no el fortalecimiento de las mismas.
Esto refleja una clara perversión de la naturaleza institucional, ya que estas, en vez de contar con la fortaleza y los mecanismos necesarios para sostenerse por sí solas sin importar quién esté a cargo, han quedado sometidas al carácter personal. Desde una perspectiva teórica, esto se debe a que, el diseño institucional parte de una premisa que es errónea: el creer que un individuo, al ingresar a un puesto público, dejará de comportarse guiado por sus intereses individuales y optará por actuar de manera completamente altruista y guiado por el bien público. Por ello, desde un punto de vista más realista, si aceptamos la idea de que el individuo es propenso a cometer errores, es evidente que los seguirá cometiendo incluso como un funcionario público; la diferencia es que los costos de estos errores, en vez de internalizarse, se dispersarán al resto de la población.
El verdadero problema no está en la elección como tal; esta únicamente es resultado de un mal diseño y manejo institucional. Sin embargo, esta excesiva concentración en las características individuales de los candidatos únicamente alimenta este fenómeno. Por ello, las verdaderas propuestas de reformas deberían concentrarse en separar la gestión institucional del carácter personal de los funcionarios. De lo contrario, este círculo vicioso continuará y en el próximo ciclo de elección, el país se insertará, una vez más, en una profunda inestabilidad que, como consecuencia, genera mayor polarización social y profundiza en la incertidumbre entre los ciudadanos.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: