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Reducir el riesgo sísmico también es una decisión

Luis Diego Dávila |
29 de julio, 2026

Es pura coincidencia. Hace un año, en julio, tuvimos un fenómeno sísmico en Guatemala que nos recordó nuestra realidad. Esta vez, el terremoto del 17 de julio sorprendió a muchos, pero la verdadera pregunta no es cuándo volverá a temblar, sino qué tan vulnerables somos. Es posible que las imágenes de los terremotos en Venezuela nos recuerden que los sismos forman parte de la dinámica natural de la Tierra; por eso, debemos estar preparados. No es posible prevenir la ocurrencia de terremotos, pero sí reducir sus impactos. Para ello, es necesario comprender que el riesgo sísmico no depende únicamente de la amenaza natural, sino también de nuestro nivel de exposición y, sobre todo, de nuestra vulnerabilidad.

En Guatemala, la amenaza sísmica es elevada debido a la interacción entre las placas tectónicas. En las últimas décadas, instituciones como la Asociación Guatemalteca de Ingeniería Estructural y Sísmica (AGIES), el Centro de Estudios Superiores de Energía y Minas (CESEM) y el Instituto Nacional de Sismología, Vulcanología, Meteorología e Hidrología (INSIVUMEH) han realizado importantes esfuerzos para fortalecer el conocimiento sobre la sismología nacional mediante investigaciones y la elaboración de mapas de amenaza. Sin el trabajo de los profesionales de estas instituciones, el país tendría un enorme vacío en el conocimiento de su comportamiento sísmico.

Sin embargo, el trabajo continúa; es necesario y urgente. Guatemala aún carece de modelos sísmicos avanzados y actualizados que incorporen todas las fallas consideradas activas. Aunque contamos con décadas de historia sísmica, nuestro catálogo instrumental sigue siendo relativamente joven y presenta limitaciones en cuanto a estabilidad y homogeneidad. Además, el país necesita avanzar en la elaboración de mapas de microzonificación, en estudios geológicos a escala municipal y en el análisis de los desplazamientos y deformaciones superficiales de los grabenes a lo largo del altiplano central.

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La exposición está directamente relacionada con la población y la infraestructura ubicadas en zonas de amenaza sísmica. Un gran terremoto en una región poco poblada puede ocasionar menos daños que un sismo de menor magnitud en una ciudad densamente urbanizada. Guatemala aún carece de estudios integrales sobre la exposición de infraestructura estratégica, como centros educativos, hospitales, redes eléctricas o instalaciones financieras, así como de la población asentada en áreas de riesgo como laderas, barrancos e inmediaciones de cuerpos de agua.

La vulnerabilidad, por su parte, depende de la capacidad de las construcciones para resistir un terremoto. En este ámbito, las normas de seguridad estructural impulsadas por AGIES en las últimas décadas representan una contribución de enorme valor para reducir el riesgo sísmico. No obstante, su implementación no siempre ha contado con el respaldo necesario de los tomadores de decisiones a lo largo del país. A ello se suma que, en gran parte del país, predominan las construcciones informales o autoconstruidas, lo que incrementa considerablemente la vulnerabilidad. Asimismo, Guatemala aún carece de un código nacional o de estándares de calidad para los materiales de construcción.

Aunque algunas instituciones, principalmente gremiales del sector, han impulsado iniciativas en esta dirección, diversos intereses han frenado su consolidación y puesta en marcha.

Lo sucedido en Venezuela y el sismo del 17 de julio nos recuerdan que los terremotos son inevitables, pero sus consecuencias no dependen únicamente de la naturaleza. Reducir el riesgo sísmico requiere fortalecer el conocimiento científico, impulsar el cumplimiento de las normas de construcción sismorresistente y consolidar una gestión integral del riesgo basada en la investigación, el monitoreo permanente y una adecuada planificación del territorio.

Reducir el riesgo sísmico también es una decisión

Luis Diego Dávila |
29 de julio, 2026

Es pura coincidencia. Hace un año, en julio, tuvimos un fenómeno sísmico en Guatemala que nos recordó nuestra realidad. Esta vez, el terremoto del 17 de julio sorprendió a muchos, pero la verdadera pregunta no es cuándo volverá a temblar, sino qué tan vulnerables somos. Es posible que las imágenes de los terremotos en Venezuela nos recuerden que los sismos forman parte de la dinámica natural de la Tierra; por eso, debemos estar preparados. No es posible prevenir la ocurrencia de terremotos, pero sí reducir sus impactos. Para ello, es necesario comprender que el riesgo sísmico no depende únicamente de la amenaza natural, sino también de nuestro nivel de exposición y, sobre todo, de nuestra vulnerabilidad.

En Guatemala, la amenaza sísmica es elevada debido a la interacción entre las placas tectónicas. En las últimas décadas, instituciones como la Asociación Guatemalteca de Ingeniería Estructural y Sísmica (AGIES), el Centro de Estudios Superiores de Energía y Minas (CESEM) y el Instituto Nacional de Sismología, Vulcanología, Meteorología e Hidrología (INSIVUMEH) han realizado importantes esfuerzos para fortalecer el conocimiento sobre la sismología nacional mediante investigaciones y la elaboración de mapas de amenaza. Sin el trabajo de los profesionales de estas instituciones, el país tendría un enorme vacío en el conocimiento de su comportamiento sísmico.

Sin embargo, el trabajo continúa; es necesario y urgente. Guatemala aún carece de modelos sísmicos avanzados y actualizados que incorporen todas las fallas consideradas activas. Aunque contamos con décadas de historia sísmica, nuestro catálogo instrumental sigue siendo relativamente joven y presenta limitaciones en cuanto a estabilidad y homogeneidad. Además, el país necesita avanzar en la elaboración de mapas de microzonificación, en estudios geológicos a escala municipal y en el análisis de los desplazamientos y deformaciones superficiales de los grabenes a lo largo del altiplano central.

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La exposición está directamente relacionada con la población y la infraestructura ubicadas en zonas de amenaza sísmica. Un gran terremoto en una región poco poblada puede ocasionar menos daños que un sismo de menor magnitud en una ciudad densamente urbanizada. Guatemala aún carece de estudios integrales sobre la exposición de infraestructura estratégica, como centros educativos, hospitales, redes eléctricas o instalaciones financieras, así como de la población asentada en áreas de riesgo como laderas, barrancos e inmediaciones de cuerpos de agua.

La vulnerabilidad, por su parte, depende de la capacidad de las construcciones para resistir un terremoto. En este ámbito, las normas de seguridad estructural impulsadas por AGIES en las últimas décadas representan una contribución de enorme valor para reducir el riesgo sísmico. No obstante, su implementación no siempre ha contado con el respaldo necesario de los tomadores de decisiones a lo largo del país. A ello se suma que, en gran parte del país, predominan las construcciones informales o autoconstruidas, lo que incrementa considerablemente la vulnerabilidad. Asimismo, Guatemala aún carece de un código nacional o de estándares de calidad para los materiales de construcción.

Aunque algunas instituciones, principalmente gremiales del sector, han impulsado iniciativas en esta dirección, diversos intereses han frenado su consolidación y puesta en marcha.

Lo sucedido en Venezuela y el sismo del 17 de julio nos recuerdan que los terremotos son inevitables, pero sus consecuencias no dependen únicamente de la naturaleza. Reducir el riesgo sísmico requiere fortalecer el conocimiento científico, impulsar el cumplimiento de las normas de construcción sismorresistente y consolidar una gestión integral del riesgo basada en la investigación, el monitoreo permanente y una adecuada planificación del territorio.

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