Empieza con el vaso de agua en la mesa de noche. Uno lo oye antes de entender qué pasa: el vidrio golpeando contra la madera, la cabecera moviéndose sola, la lámpara describiendo un círculo que nadie le pidió. Alguien grita «¡está temblando!» y la casa entera se enciende, un foco tras otro. Todos caminan rápido hacia el comedor o hacia el marco de una puerta. Nadie corre: correr sería admitir que da miedo. Se quedan ahí, en piyama, contando los segundos sin decirlos en voz alta. Y pasa. Siempre pasa. Alguien hace un chiste y todos vuelven a la cama. Antes de apagar la luz, la única medida de prevención que tomará esa familia: «no dejen las puertas con llave, no vaya a ser que se repita». Esa frase es, para la mayoría de nosotros, todo el protocolo sísmico que conocemos. Dura hasta el desayuno.
El 4 de febrero de este año se cumplieron cincuenta años exactos del terremoto de 1976, el peor desastre de nuestra historia. Pasó sin ceremonia, sin minuto de silencio, sin una conversación que durara más de un noticiero. Medio siglo del día en que murieron veintitrés mil guatemaltecos, y el país lo dejó pasar como se deja pasar un martes. ¿Le parece un dato menor? Es el dato central.
En 1774, un año después de que la ciudad se derrumbara, salió en Mixco un impreso anónimo: el catálogo de todos los terremotos. Ahí están anotados, con su recuento de muertos y de edificios caídos, los sismos de 1565, 1575, 1607, 1651, 1689, 1717 y 1751. Y antes de todos, el desastre de 1541, cuando el agua y el lodo bajaron del Volcán de Agua y borraron la primera capital, la que hoy llamamos Ciudad Vieja, junto con doña Beatriz de la Cueva y sus trece damas de compañía, soterradas bajo la pared de la capilla donde se habían refugiado.
En julio de 1773 había temblado y en diciembre volvió a temblar. Santiago de Guatemala —la ciudad que hoy es La Antigua— quedó inservible. El oidor González Bustillo describió los edificios en estado «deplorable». La Corona ordenó el traslado al Valle de la Virgen, el valle donde usted y yo vivimos hoy. Nueve años después el cabildo todavía escribía pidiendo con qué reconstruir.
Volvió a pasar. Entre la Navidad de 1917 y enero de 1918, la nueva capital se sacudió durante dos meses: cayeron el Palacio Nacional, la Aduana y casi todo lo público que el siglo XIX había construido, y hubo catorce campamentos de refugiados dentro de la ciudad. Aquel desastre, sumado al desplome del precio del café, terminó de erosionar a Estrada Cabrera, que cayó en 1920. Un terremoto hizo lo que los veintidós años de política no habían logrado.
Y volvió a pasar. El 4 de febrero de 1976, a las tres y un minuto de la madrugada, se rompió la falla del Motagua con epicentro en Los Amates, Izabal: magnitud 7,5. Veintitrés mil muertos y cerca de un millón de guatemaltecos durmiendo a la intemperie la noche siguiente.
Yo tenía seis años y dormía todavía en una cuna, en una casa de la zona 2 construida sobre un acantilado con una vista increíble. Me despertó el movimiento y lo primero que sentí fue enojo: quién me zarandea así. Me paré, salté, y el muro se fue al barranco. Salimos los cuatro por una ventana, saltando sobre el cimiento partido. Todos menos Chica, la señora mayor que trabajaba en la casa, que quiso volver adentro por sus cosas. Entró, vino una réplica y la tierra se abrió y se la tragó. Al día siguiente llegaron los bomberos y el ejército. Nunca la encontraron.
Cuento esto porque nuestra casa no era de adobe. La de al lado tampoco. La había diseñado un ingeniero de prestigio; se vino abajo igual y mató a uno de los hijos de esa familia. Ahí no falló el material ni el cálculo: falló la tierra. El terreno se partió justo donde estaban los cimientos, y fue ese diseño el que nos dio los segundos para salir. Y Chica no murió por el material de las paredes. Murió porque volvió a entrar, y porque nadie le había explicado que lo más peligroso de un terremoto son las réplicas.
La palabra que falta en toda esta historia es preparación. La naturaleza es tremenda y no negocia; contra eso no hay diseño perfecto ni suelo garantizado. Lo único que podemos decidir es cuánto nos protegemos antes, y en un terremoto el menos protegido es el que no lo cuenta.
A la mañana siguiente amaneció con neblina. Había gente llorando, gente sentada con la cabeza entre las manos, gente ya caminando en busca de dónde ayudar. Eso era un barrio de clase media alta de la capital. Imagínese lo que fue esa misma mañana en los barrios donde todo estaba hecho de adobe: el noventa por ciento de lo que se destruyó en 1976 era tierra apisonada sin refuerzo. La geología repartió el golpe parejo. La preparación repartió los muertos.
¿Y sabe cuál es el terremoto más fuerte registrado en Guatemala? No es el del 76. Es el del 6 de agosto de 1942, frente a Escuintla, donde la placa de Cocos se hunde bajo la del Caribe: cerca de magnitud 8, más grande que el de 1976. Provocó miles de derrumbes sobre seis mil quinientos kilómetros cuadrados y mató a treinta y ocho personas, porque ocurrió lejos, hondo, de tarde, y en un país que no llegaba a tres millones de habitantes. Hoy somos más de dieciocho millones y esa costa está llena de gente, de carretera y de industria. Nadie está haciendo la pregunta obvia: si ese mismo sismo ocurriera mañana, ¿serían trescientos muertos, tres mil o treinta mil? No lo sabemos. Y no saberlo es, exactamente, el problema.
¿Historia antigua? El 24 de junio de este año Venezuela recibió dos terremotos con treinta y nueve segundos de diferencia; el mayor fue de magnitud 7,5, la misma del nuestro de 1976 y sobre el mismo tipo de falla. Van más de seis mil trescientos muertos. El 10 de agosto, un sismo de 7,4 golpeó el Chocó colombiano: doscientos ochenta y cinco muertos. No es que vaya a temblar aquí porque tembló allá; son fallas distintas y no hay causalidad. Es que acabamos de ver, a dos horas de vuelo, lo que hace un sismo del tamaño exacto del nuestro.
Y aquí hay dos máquinas trabajando a la vez: por el Pacífico, la placa de Cocos metiéndose bajo la del Caribe, de donde salió 1942; por el norte, el sistema Motagua-Polochic, de donde salió 1976. Para ver la primera no hace falta un sismógrafo: el Fuego, el Pacaya y el Santiaguito existen porque esa placa se está hundiendo. Los vemos todos los días por la ventana y hemos decidido que son paisaje.
Alguien dirá que un terremoto peor es improbable. Japón creía lo mismo, con cuatrocientos cincuenta años de registro respaldando la cifra, hasta que en 2011 llegó un 9,0. Que algo no esté en el archivo no prueba que no pueda ocurrir: prueba que el archivo es corto. El nuestro tiene casi quinientos años y está lleno. Lo que falta no es información, sino usarla.
Y seamos justos: no es que no tengamos normas. Hay ley desde 1996, cuando nació la CONRED. Hay normas de reducción de desastres obligatorias desde 2011 y una Política Nacional de Reducción del Riesgo aprobada el año pasado, con horizonte a 2034. Papel hay. El problema es dónde aplica. Esas normas rigen las edificaciones de uso público —escuelas, oficinas, centros comerciales—, y en 1976 la gente no murió en la oficina. Murió en su casa, a las tres de la madrugada. El censo de 2018 mostró que una proporción muy alta de viviendas guatemaltecas tiene piso de tierra y materiales precarios en paredes y techos; además, más de 600 mil viviendas están construidas con adobe. El adobe de 1976 no es historia: es donde duerme hoy una parte enorme del país.
Así que la tarea no es escribir otra política. Es que la CONRED tenga presupuesto de institución seria y no de oficina de emergencia; que los cuerpos de rescate no dependan de rifas; que las municipalidades dejen de autorizar vivienda al filo de un barranco y acompañen técnicamente a quien construye su casa por su cuenta, como se construye una buena parte de este país.
Y que la escuela enseñe qué hacer en un temblor con la misma seriedad con que enseña las fechas cívicas: de eso dependía que Chica no volviera a entrar.
De aquel febrero quedó una estampilla aérea de veinticinco centavos. La fotografía, de R. Mata, muestra una casa partida en dos, con el techo caído sobre lo que fue una sala. Es la mía. Debajo está impresa la frase que el presidente Kjell Laugerud dijo esa misma madrugada, en el único canal que seguía transmitiendo: «Guatemala está herida, pero no de muerte». Y al final, un agradecimiento: «Gracias, amigos del mundo».
Medio siglo después, la pregunta ya no es si estamos heridos. Es cuánto nos costaría la próxima herida —en vidas, no en quetzales— y si de verdad queremos volver a depender de que los amigos del mundo se acuerden de nosotros.
La próxima vez que tiemble, y va a temblar, alguien en su casa va a decir que no dejen las puertas con llave. Llevamos cuatrocientos ochenta y cinco años tomando apuntes. Falta empezar a leerlos.
Ramiro Bolaños, PhD. / Presidente del Centro de Pensamiento y Acción Factoría Libertatis
Referencias
Anónimo, Razón puntual de los sucesos más memorables, y de los estragos, y daños que ha padecido la Ciudad de Guatemala y su vecindario (Mixco: Oficina de Antonio Sánchez Cubillas, 1774).
Arévalo, Rafael (comp.), Colección de documentos antiguos del archivo del ayuntamiento de la ciudad de Guatemala (Guatemala: Edición del Museo Guatemalteco, 1857), documento núm. 60.
Batres Villagrán, Ariel, Los terremotos de 1917-1918 en Guatemala: recopilación y notas (Guatemala, 2018).
«Falta de vivienda y unidades sin servicios básicos empujan déficit habitacional a 2.2 millones», Prensa Libre.
CONRED, Política Nacional para la Reducción del Riesgo de Desastres 2024-2034; Ley de la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres, Decreto 109-96; Normas para la Reducción de Desastres NRD-1 a NRD-4.
Correos de Guatemala, estampilla aérea de Q0.25 «Terremoto 4 de febrero de 1976», fotografía de R. Mata, impresión de Litorama, S.A.
Galicia Díaz, Julio, Destrucción y traslado de la Ciudad de Santiago de Guatemala (Guatemala, 1976).
«50 años: el liderazgo del general Kjell Laugerud y Guatemala», El Siglo.
Herrera, M., «¿Por qué tiembla en Guatemala? La explicación detrás de la placa de Cocos y la zona de subducción», La Hora, 18 de julio de 2026.
Peña, Y., «Memoria sísmica de Guatemala: cronología de los principales terremotos del siglo XX y XXI», La Hora, 10 de julio de 2025.
«Sismos y terremotos de los siglos XX y XXI en Guatemala», Agencia Ocote, 12 de julio de 2025.
«Volcanes activos en Guatemala: Volcán de Fuego, Pacaya y Santiaguito mantienen actividad eruptiva normal, según Insivumeh», Prensa Libre.
«M6.8 Guatemala Megathrust Earthquake Highlights the Region's Seismic Potential», Temblor.net.
«A Look Back at the 2011 Great East Japan (Tohoku) Earthquake», Moody's.
«Venezuela elevó a 6.301 la cifra de muertos por el doble terremoto», Infobae, 10 de agosto de 2026.
«Terremoto en Colombia: ya son 285 muertos, más de 3.970 heridos y 379 desaparecidos», El Colombiano, 14 de agosto de 2026.
¿Por qué se nos olvida que tiembla en Guatemala?
Empieza con el vaso de agua en la mesa de noche. Uno lo oye antes de entender qué pasa: el vidrio golpeando contra la madera, la cabecera moviéndose sola, la lámpara describiendo un círculo que nadie le pidió. Alguien grita «¡está temblando!» y la casa entera se enciende, un foco tras otro. Todos caminan rápido hacia el comedor o hacia el marco de una puerta. Nadie corre: correr sería admitir que da miedo. Se quedan ahí, en piyama, contando los segundos sin decirlos en voz alta. Y pasa. Siempre pasa. Alguien hace un chiste y todos vuelven a la cama. Antes de apagar la luz, la única medida de prevención que tomará esa familia: «no dejen las puertas con llave, no vaya a ser que se repita». Esa frase es, para la mayoría de nosotros, todo el protocolo sísmico que conocemos. Dura hasta el desayuno.
El 4 de febrero de este año se cumplieron cincuenta años exactos del terremoto de 1976, el peor desastre de nuestra historia. Pasó sin ceremonia, sin minuto de silencio, sin una conversación que durara más de un noticiero. Medio siglo del día en que murieron veintitrés mil guatemaltecos, y el país lo dejó pasar como se deja pasar un martes. ¿Le parece un dato menor? Es el dato central.
En 1774, un año después de que la ciudad se derrumbara, salió en Mixco un impreso anónimo: el catálogo de todos los terremotos. Ahí están anotados, con su recuento de muertos y de edificios caídos, los sismos de 1565, 1575, 1607, 1651, 1689, 1717 y 1751. Y antes de todos, el desastre de 1541, cuando el agua y el lodo bajaron del Volcán de Agua y borraron la primera capital, la que hoy llamamos Ciudad Vieja, junto con doña Beatriz de la Cueva y sus trece damas de compañía, soterradas bajo la pared de la capilla donde se habían refugiado.
En julio de 1773 había temblado y en diciembre volvió a temblar. Santiago de Guatemala —la ciudad que hoy es La Antigua— quedó inservible. El oidor González Bustillo describió los edificios en estado «deplorable». La Corona ordenó el traslado al Valle de la Virgen, el valle donde usted y yo vivimos hoy. Nueve años después el cabildo todavía escribía pidiendo con qué reconstruir.
Volvió a pasar. Entre la Navidad de 1917 y enero de 1918, la nueva capital se sacudió durante dos meses: cayeron el Palacio Nacional, la Aduana y casi todo lo público que el siglo XIX había construido, y hubo catorce campamentos de refugiados dentro de la ciudad. Aquel desastre, sumado al desplome del precio del café, terminó de erosionar a Estrada Cabrera, que cayó en 1920. Un terremoto hizo lo que los veintidós años de política no habían logrado.
Y volvió a pasar. El 4 de febrero de 1976, a las tres y un minuto de la madrugada, se rompió la falla del Motagua con epicentro en Los Amates, Izabal: magnitud 7,5. Veintitrés mil muertos y cerca de un millón de guatemaltecos durmiendo a la intemperie la noche siguiente.
Yo tenía seis años y dormía todavía en una cuna, en una casa de la zona 2 construida sobre un acantilado con una vista increíble. Me despertó el movimiento y lo primero que sentí fue enojo: quién me zarandea así. Me paré, salté, y el muro se fue al barranco. Salimos los cuatro por una ventana, saltando sobre el cimiento partido. Todos menos Chica, la señora mayor que trabajaba en la casa, que quiso volver adentro por sus cosas. Entró, vino una réplica y la tierra se abrió y se la tragó. Al día siguiente llegaron los bomberos y el ejército. Nunca la encontraron.
Cuento esto porque nuestra casa no era de adobe. La de al lado tampoco. La había diseñado un ingeniero de prestigio; se vino abajo igual y mató a uno de los hijos de esa familia. Ahí no falló el material ni el cálculo: falló la tierra. El terreno se partió justo donde estaban los cimientos, y fue ese diseño el que nos dio los segundos para salir. Y Chica no murió por el material de las paredes. Murió porque volvió a entrar, y porque nadie le había explicado que lo más peligroso de un terremoto son las réplicas.
La palabra que falta en toda esta historia es preparación. La naturaleza es tremenda y no negocia; contra eso no hay diseño perfecto ni suelo garantizado. Lo único que podemos decidir es cuánto nos protegemos antes, y en un terremoto el menos protegido es el que no lo cuenta.
A la mañana siguiente amaneció con neblina. Había gente llorando, gente sentada con la cabeza entre las manos, gente ya caminando en busca de dónde ayudar. Eso era un barrio de clase media alta de la capital. Imagínese lo que fue esa misma mañana en los barrios donde todo estaba hecho de adobe: el noventa por ciento de lo que se destruyó en 1976 era tierra apisonada sin refuerzo. La geología repartió el golpe parejo. La preparación repartió los muertos.
¿Y sabe cuál es el terremoto más fuerte registrado en Guatemala? No es el del 76. Es el del 6 de agosto de 1942, frente a Escuintla, donde la placa de Cocos se hunde bajo la del Caribe: cerca de magnitud 8, más grande que el de 1976. Provocó miles de derrumbes sobre seis mil quinientos kilómetros cuadrados y mató a treinta y ocho personas, porque ocurrió lejos, hondo, de tarde, y en un país que no llegaba a tres millones de habitantes. Hoy somos más de dieciocho millones y esa costa está llena de gente, de carretera y de industria. Nadie está haciendo la pregunta obvia: si ese mismo sismo ocurriera mañana, ¿serían trescientos muertos, tres mil o treinta mil? No lo sabemos. Y no saberlo es, exactamente, el problema.
¿Historia antigua? El 24 de junio de este año Venezuela recibió dos terremotos con treinta y nueve segundos de diferencia; el mayor fue de magnitud 7,5, la misma del nuestro de 1976 y sobre el mismo tipo de falla. Van más de seis mil trescientos muertos. El 10 de agosto, un sismo de 7,4 golpeó el Chocó colombiano: doscientos ochenta y cinco muertos. No es que vaya a temblar aquí porque tembló allá; son fallas distintas y no hay causalidad. Es que acabamos de ver, a dos horas de vuelo, lo que hace un sismo del tamaño exacto del nuestro.
Y aquí hay dos máquinas trabajando a la vez: por el Pacífico, la placa de Cocos metiéndose bajo la del Caribe, de donde salió 1942; por el norte, el sistema Motagua-Polochic, de donde salió 1976. Para ver la primera no hace falta un sismógrafo: el Fuego, el Pacaya y el Santiaguito existen porque esa placa se está hundiendo. Los vemos todos los días por la ventana y hemos decidido que son paisaje.
Alguien dirá que un terremoto peor es improbable. Japón creía lo mismo, con cuatrocientos cincuenta años de registro respaldando la cifra, hasta que en 2011 llegó un 9,0. Que algo no esté en el archivo no prueba que no pueda ocurrir: prueba que el archivo es corto. El nuestro tiene casi quinientos años y está lleno. Lo que falta no es información, sino usarla.
Y seamos justos: no es que no tengamos normas. Hay ley desde 1996, cuando nació la CONRED. Hay normas de reducción de desastres obligatorias desde 2011 y una Política Nacional de Reducción del Riesgo aprobada el año pasado, con horizonte a 2034. Papel hay. El problema es dónde aplica. Esas normas rigen las edificaciones de uso público —escuelas, oficinas, centros comerciales—, y en 1976 la gente no murió en la oficina. Murió en su casa, a las tres de la madrugada. El censo de 2018 mostró que una proporción muy alta de viviendas guatemaltecas tiene piso de tierra y materiales precarios en paredes y techos; además, más de 600 mil viviendas están construidas con adobe. El adobe de 1976 no es historia: es donde duerme hoy una parte enorme del país.
Así que la tarea no es escribir otra política. Es que la CONRED tenga presupuesto de institución seria y no de oficina de emergencia; que los cuerpos de rescate no dependan de rifas; que las municipalidades dejen de autorizar vivienda al filo de un barranco y acompañen técnicamente a quien construye su casa por su cuenta, como se construye una buena parte de este país.
Y que la escuela enseñe qué hacer en un temblor con la misma seriedad con que enseña las fechas cívicas: de eso dependía que Chica no volviera a entrar.
De aquel febrero quedó una estampilla aérea de veinticinco centavos. La fotografía, de R. Mata, muestra una casa partida en dos, con el techo caído sobre lo que fue una sala. Es la mía. Debajo está impresa la frase que el presidente Kjell Laugerud dijo esa misma madrugada, en el único canal que seguía transmitiendo: «Guatemala está herida, pero no de muerte». Y al final, un agradecimiento: «Gracias, amigos del mundo».
Medio siglo después, la pregunta ya no es si estamos heridos. Es cuánto nos costaría la próxima herida —en vidas, no en quetzales— y si de verdad queremos volver a depender de que los amigos del mundo se acuerden de nosotros.
La próxima vez que tiemble, y va a temblar, alguien en su casa va a decir que no dejen las puertas con llave. Llevamos cuatrocientos ochenta y cinco años tomando apuntes. Falta empezar a leerlos.
Ramiro Bolaños, PhD. / Presidente del Centro de Pensamiento y Acción Factoría Libertatis
Referencias
Anónimo, Razón puntual de los sucesos más memorables, y de los estragos, y daños que ha padecido la Ciudad de Guatemala y su vecindario (Mixco: Oficina de Antonio Sánchez Cubillas, 1774).
Arévalo, Rafael (comp.), Colección de documentos antiguos del archivo del ayuntamiento de la ciudad de Guatemala (Guatemala: Edición del Museo Guatemalteco, 1857), documento núm. 60.
Batres Villagrán, Ariel, Los terremotos de 1917-1918 en Guatemala: recopilación y notas (Guatemala, 2018).
«Falta de vivienda y unidades sin servicios básicos empujan déficit habitacional a 2.2 millones», Prensa Libre.
CONRED, Política Nacional para la Reducción del Riesgo de Desastres 2024-2034; Ley de la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres, Decreto 109-96; Normas para la Reducción de Desastres NRD-1 a NRD-4.
Correos de Guatemala, estampilla aérea de Q0.25 «Terremoto 4 de febrero de 1976», fotografía de R. Mata, impresión de Litorama, S.A.
Galicia Díaz, Julio, Destrucción y traslado de la Ciudad de Santiago de Guatemala (Guatemala, 1976).
«50 años: el liderazgo del general Kjell Laugerud y Guatemala», El Siglo.
Herrera, M., «¿Por qué tiembla en Guatemala? La explicación detrás de la placa de Cocos y la zona de subducción», La Hora, 18 de julio de 2026.
Peña, Y., «Memoria sísmica de Guatemala: cronología de los principales terremotos del siglo XX y XXI», La Hora, 10 de julio de 2025.
«Sismos y terremotos de los siglos XX y XXI en Guatemala», Agencia Ocote, 12 de julio de 2025.
«Volcanes activos en Guatemala: Volcán de Fuego, Pacaya y Santiaguito mantienen actividad eruptiva normal, según Insivumeh», Prensa Libre.
«M6.8 Guatemala Megathrust Earthquake Highlights the Region's Seismic Potential», Temblor.net.
«A Look Back at the 2011 Great East Japan (Tohoku) Earthquake», Moody's.
«Venezuela elevó a 6.301 la cifra de muertos por el doble terremoto», Infobae, 10 de agosto de 2026.
«Terremoto en Colombia: ya son 285 muertos, más de 3.970 heridos y 379 desaparecidos», El Colombiano, 14 de agosto de 2026.
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