¿Por qué debería importarnos la denuncia de Rodrigo Arenas?
"Cuando amenazan a un periodista, no solo callan una voz, nos niegan el derecho a saber lo que alguien quiere ocultar."
En 1992, cuando quise entrar a la universidad para estudiar periodismo, mi papá se negó rotundamente.
Él nació en 1944, se dedicó a la docencia, vivió los años más duros de la guerra interna y la desaparición de algunos de sus alumnos. Por eso, cuando me dijo que en Guatemala los periodistas corrían peligro, su negativa no nacía del prejuicio, sino de su instinto de protección.
Al final me gradué como comunicadora, aunque no con el enfoque periodístico que yo quería, pude aprender sobre géneros periodísticos. Con los años llegué a pensar que mi papá se había equivocado. Sin embargo, reconozco que el periodismo sigue siendo una labor de alto riesgo que exige un compromiso ético con la verdad, especialmente en un país donde la libertad suele tambalearse.
Por eso, la reciente denuncia de Rodrigo Arenas, presidente editor de República, sobre un supuesto plan para atentar contra su vida y la de su equipo editorial, no debe pasar inadvertida. La libertad de prensa no se defiende únicamente cuando los amenazados piensan como nosotros.
Esta situación debería importarnos a los ciudadanos comunes y silvestres porque, cuando se amenaza a un periodista, no solo se intenta callar una voz, se pretende impedir que la sociedad conozca aquello que alguien necesita mantener oculto.
En otras palabras, un periodista amenazado puede representar una investigación que no se publica, un nombre que no se menciona o un abuso de poder que nunca llega a conocerse.
Y el efecto no se detiene ahí. Cada vez que un periodista calla por estar amedrentado, el silencio se normaliza un poco más; es así como la ola de temor se cuela en las salas de redacción. El siguiente reportero lo piensa dos veces, el próximo editor suaviza un titular, la próxima fuente decide no hablar. Así es como una sociedad deja de saber, no de golpe, sino poco a poco, hasta que la autocensura se vuelve costumbre y nadie recuerda cuándo empezó.
Fuera de las paredes del medio, la situación trasciende a nuestro propio círculo. Un padre de familia jamás se entera de que el hospital de su comunidad no tiene medicinas porque nadie investigó el desvío de fondos. ¿Y qué sucede con el vecino que es víctima de extorsión o con la familia que sufre un secuestro? Si el medio calla, ellos pierden la oportunidad de ser escuchados y sus dolores pasan desapercibidos.
La prensa existe para ser la voz de una nación. Por eso, una amenaza de esta naturaleza no es un problema entre un medio y sus opositores, es una apuesta contra el derecho de todos los ciudadanos a estar informados.
Guardar silencio frente a una denuncia como esta sería aceptar que el miedo vuelva a decidir qué puede publicarse. Es tarea de los ciudadanos alzar la voz para que esa indignación colectiva provoque que el hecho se investigue y no se sume a la lista de casos que se acumulan.
Tal vez mi papá no estaba equivocado. Tal vez lo verdaderamente doloroso es que, 34 años después, su advertencia siga teniendo sentido.
¿Por qué debería importarnos la denuncia de Rodrigo Arenas?
"Cuando amenazan a un periodista, no solo callan una voz, nos niegan el derecho a saber lo que alguien quiere ocultar."
En 1992, cuando quise entrar a la universidad para estudiar periodismo, mi papá se negó rotundamente.
Él nació en 1944, se dedicó a la docencia, vivió los años más duros de la guerra interna y la desaparición de algunos de sus alumnos. Por eso, cuando me dijo que en Guatemala los periodistas corrían peligro, su negativa no nacía del prejuicio, sino de su instinto de protección.
Al final me gradué como comunicadora, aunque no con el enfoque periodístico que yo quería, pude aprender sobre géneros periodísticos. Con los años llegué a pensar que mi papá se había equivocado. Sin embargo, reconozco que el periodismo sigue siendo una labor de alto riesgo que exige un compromiso ético con la verdad, especialmente en un país donde la libertad suele tambalearse.
Por eso, la reciente denuncia de Rodrigo Arenas, presidente editor de República, sobre un supuesto plan para atentar contra su vida y la de su equipo editorial, no debe pasar inadvertida. La libertad de prensa no se defiende únicamente cuando los amenazados piensan como nosotros.
Esta situación debería importarnos a los ciudadanos comunes y silvestres porque, cuando se amenaza a un periodista, no solo se intenta callar una voz, se pretende impedir que la sociedad conozca aquello que alguien necesita mantener oculto.
En otras palabras, un periodista amenazado puede representar una investigación que no se publica, un nombre que no se menciona o un abuso de poder que nunca llega a conocerse.
Y el efecto no se detiene ahí. Cada vez que un periodista calla por estar amedrentado, el silencio se normaliza un poco más; es así como la ola de temor se cuela en las salas de redacción. El siguiente reportero lo piensa dos veces, el próximo editor suaviza un titular, la próxima fuente decide no hablar. Así es como una sociedad deja de saber, no de golpe, sino poco a poco, hasta que la autocensura se vuelve costumbre y nadie recuerda cuándo empezó.
Fuera de las paredes del medio, la situación trasciende a nuestro propio círculo. Un padre de familia jamás se entera de que el hospital de su comunidad no tiene medicinas porque nadie investigó el desvío de fondos. ¿Y qué sucede con el vecino que es víctima de extorsión o con la familia que sufre un secuestro? Si el medio calla, ellos pierden la oportunidad de ser escuchados y sus dolores pasan desapercibidos.
La prensa existe para ser la voz de una nación. Por eso, una amenaza de esta naturaleza no es un problema entre un medio y sus opositores, es una apuesta contra el derecho de todos los ciudadanos a estar informados.
Guardar silencio frente a una denuncia como esta sería aceptar que el miedo vuelva a decidir qué puede publicarse. Es tarea de los ciudadanos alzar la voz para que esa indignación colectiva provoque que el hecho se investigue y no se sume a la lista de casos que se acumulan.
Tal vez mi papá no estaba equivocado. Tal vez lo verdaderamente doloroso es que, 34 años después, su advertencia siga teniendo sentido.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: