Ya han pasado dos años desde aquel turbulento 14 de enero de 2024. En un ambiente de incertidumbre, debate político y, especialmente, esperanza por el cambio, tomó posesión el actual presidente, Bernardo Arévalo. Su partido, ahora cancelado, consiguió ganar las elecciones de la mano de un discurso político plagado de promesas, un rechazo por la política tradicional y una agenda que suponía traer grandes “cosechas” para el país. No obstante, después de dos años de gobierno, parece que el oficialismo fue incapaz de salir de la victimización de la oposición y ha sumido al país en un período de sequía que no rinde frutos.
Ahora bien, aunque es cierto que las condiciones en las que Arévalo asumió la Presidencia no eran las mejores, también es válido señalar que el oficialismo no ha hecho nada por cambiarlas. Es más, en algunos casos, la situación ha empeorado, particularmente porque este gobierno ha caído en las mismas prácticas negativas que en el pasado rechazaron. Aunque es posible subrayar de forma individual los casos que han conducido al gobierno a la inoperatividad, de forma general, el fracaso de la “nueva primavera” se debe a la miopía institucional de la que sufre esta administración. Esto se debe a que, similar al problema de visión, el oficialismo se ha enfocado en la solución de situaciones que producen victorias inmediatas, pero han pasado por alto las consecuencias negativas futuras y la construcción de una agenda a largo plazo.
Los problemas empiezan en casa
En primer lugar, es cierto que el partido oficial inició su administración en una posición debilitada. Sin embargo, en vez de cerrar filas y aprovechar el gran margen de decisión que les proporcionaba su posición, optaron por la división. Aunque uno de los principales culpables de esta situación es el bloque oficialista en el Congreso por no saber explotar esta ventaja, gran parte del problema se debe a la falta de liderazgo por parte del presidente, lo cual, en última instancia, generó un vacío de poder. Como consecuencia, la falta de decisión y la presión de los sectores más “duros” del partido favoreció las disputas y la posterior ruptura a lo interno del oficialismo. Esta situación dificultó el consenso y el avance de una agenda compartida que, no solo permitiera el avance de los objetivos del gobierno, sino que también la mejora de las condiciones del país.
De forma contraria, esta falta de alineación entre las diferentes entidades del Ejecutivo y el Legislativo, abrió un espacio para que la oposición impulsara su propia agenda. Consecuentemente, a fin de evitar una paralización total de la administración pública, la miopía institucional condujo al oficialismo a pactar “con quien fuera” a fin de garantizar mínimas victorias claves para ellos, aunque fueran en el corto plazo y cambio de concesiones importantes. Este es el caso de las negociaciones para el Presupuesto General de la Nación, la aprobación de la Ley de Competencia, la reforma de la Ley Contra la Delincuencia Organizada, entre otros. No obstante, a lo externo, estas “marufias” desgastaron el apoyo y legitimidad inicial del que gozaba el partido de gobierno, dado que la población lo percibió como una traición a sus promesas de campaña.
Finalmente, no es un misterio que uno de los grandes problemas que Guatemala ha arrastrado por años se refiere a la creciente debilidad institucional. Por ello, las propuestas de reforma anunciadas por el Ejecutivo al inicio de su período representaban una primera luz de esperanza. En este caso, nuevamente, su miopía institucional les impidió ver que estos cambios no llegarían de la noche a la mañana, sino que requerían grandes procesos de negociación y conciliación de intereses, incluso con sectores contrarios. Por ende, el híper enfoque en las victorias inmediatas opacó el hecho de que la imposición de instituciones que no son congruentes con el contexto político y económico local únicamente conducen al desastre.
Los meses seguirán pasando y la tan esperada Semilla que se nos prometió no terminará de germinar. Mientras que la población continuará estancada, los gobernantes abandonarán el poder y, una vez más, el país quedará atrapado entre las promesas vacías y la voluntad discrecional.
Miopía institucional: la Semilla que no termina de germinar
Ya han pasado dos años desde aquel turbulento 14 de enero de 2024. En un ambiente de incertidumbre, debate político y, especialmente, esperanza por el cambio, tomó posesión el actual presidente, Bernardo Arévalo. Su partido, ahora cancelado, consiguió ganar las elecciones de la mano de un discurso político plagado de promesas, un rechazo por la política tradicional y una agenda que suponía traer grandes “cosechas” para el país. No obstante, después de dos años de gobierno, parece que el oficialismo fue incapaz de salir de la victimización de la oposición y ha sumido al país en un período de sequía que no rinde frutos.
Ahora bien, aunque es cierto que las condiciones en las que Arévalo asumió la Presidencia no eran las mejores, también es válido señalar que el oficialismo no ha hecho nada por cambiarlas. Es más, en algunos casos, la situación ha empeorado, particularmente porque este gobierno ha caído en las mismas prácticas negativas que en el pasado rechazaron. Aunque es posible subrayar de forma individual los casos que han conducido al gobierno a la inoperatividad, de forma general, el fracaso de la “nueva primavera” se debe a la miopía institucional de la que sufre esta administración. Esto se debe a que, similar al problema de visión, el oficialismo se ha enfocado en la solución de situaciones que producen victorias inmediatas, pero han pasado por alto las consecuencias negativas futuras y la construcción de una agenda a largo plazo.
Los problemas empiezan en casa
En primer lugar, es cierto que el partido oficial inició su administración en una posición debilitada. Sin embargo, en vez de cerrar filas y aprovechar el gran margen de decisión que les proporcionaba su posición, optaron por la división. Aunque uno de los principales culpables de esta situación es el bloque oficialista en el Congreso por no saber explotar esta ventaja, gran parte del problema se debe a la falta de liderazgo por parte del presidente, lo cual, en última instancia, generó un vacío de poder. Como consecuencia, la falta de decisión y la presión de los sectores más “duros” del partido favoreció las disputas y la posterior ruptura a lo interno del oficialismo. Esta situación dificultó el consenso y el avance de una agenda compartida que, no solo permitiera el avance de los objetivos del gobierno, sino que también la mejora de las condiciones del país.
De forma contraria, esta falta de alineación entre las diferentes entidades del Ejecutivo y el Legislativo, abrió un espacio para que la oposición impulsara su propia agenda. Consecuentemente, a fin de evitar una paralización total de la administración pública, la miopía institucional condujo al oficialismo a pactar “con quien fuera” a fin de garantizar mínimas victorias claves para ellos, aunque fueran en el corto plazo y cambio de concesiones importantes. Este es el caso de las negociaciones para el Presupuesto General de la Nación, la aprobación de la Ley de Competencia, la reforma de la Ley Contra la Delincuencia Organizada, entre otros. No obstante, a lo externo, estas “marufias” desgastaron el apoyo y legitimidad inicial del que gozaba el partido de gobierno, dado que la población lo percibió como una traición a sus promesas de campaña.
Finalmente, no es un misterio que uno de los grandes problemas que Guatemala ha arrastrado por años se refiere a la creciente debilidad institucional. Por ello, las propuestas de reforma anunciadas por el Ejecutivo al inicio de su período representaban una primera luz de esperanza. En este caso, nuevamente, su miopía institucional les impidió ver que estos cambios no llegarían de la noche a la mañana, sino que requerían grandes procesos de negociación y conciliación de intereses, incluso con sectores contrarios. Por ende, el híper enfoque en las victorias inmediatas opacó el hecho de que la imposición de instituciones que no son congruentes con el contexto político y económico local únicamente conducen al desastre.
Los meses seguirán pasando y la tan esperada Semilla que se nos prometió no terminará de germinar. Mientras que la población continuará estancada, los gobernantes abandonarán el poder y, una vez más, el país quedará atrapado entre las promesas vacías y la voluntad discrecional.