Más allá de la estructura: la importancia de los sistemas no estructurales
“El próximo terremoto no solo pondrá a prueba nuestras estructuras, sino también todo aquello que hace posible que nuestras ciudades funcionen”.
Normalmente, tras un terremoto devastador, nos impresiona la cantidad de edificios colapsados y los distintos grados de destrucción. En las últimas semanas se ha repetido la siguiente pregunta: ¿se caerá o aguantará este o aquel edificio?
Esta pregunta es fundamental, pero no es suficiente.
Uno de los principios básicos del diseño sismorresistente, al calcular las estructuras de un edificio, fábrica o vivienda, es proteger la vida de las personas y evitar el colapso de las estructuras. Sin embargo, la experiencia de los últimos meses nos advierte de otro peligro. Un edificio puede permanecer estructuralmente seguro después de un terremoto y, aun así, quedar temporalmente inoperable. La razón radica en todo aquello que existe dentro del edificio y alrededor de la estructura, lo que constituye un riesgo potencial para la integridad de la persona.
Un edificio no está compuesto únicamente por los elementos estructurales: columnas, vigas, losas y muros. También un edificio tiene: fachadas, divisiones interiores, cielos falsos, puertas, ventanas, instalaciones eléctricas, tuberías, equipos (aire acondicionado, calentadores, etc.), mobiliario y una extensa cantidad de elementos que hacen posible que el edificio funcione y sea posible habitar. A todos estos elementos se les conoce como elementos no estructurales.
La función principal de los elementos no estructurales corresponde directamente al servicio que prestan: electricidad, agua, ventilación, confort, etc. Son indispensables para la correcta operación y uso normal de un edificio. Sin embargo, no comparten función estructural durante un terremoto.
Esto nos lleva a hablar de la diferencia entre la seguridad estructural y la funcionalidad. La primera se centra en que la estructura tenga un comportamiento adecuado frente a un terremoto y en la reducción implícita del riesgo de pérdidas de vidas. Sin embargo, la segunda incorpora un término adicional: la resiliencia. En los terremotos recientes a nivel mundial se ha demostrado que los elementos no estructurales son una causa importante de heridos y fallecidos.
En Guatemala, tras la secuencia sísmica del mes de julio de 2025, muchos complejos industriales e incluso algún centro de salud sufrieron daños importantes en los elementos no estructurales. Es decir, en una fábrica o industria, tras un sismo, la estructura permanece estable, pero se dañan las instalaciones eléctricas, los
sistemas de agua, las tuberías, los equipos especializados. Bajo esas condiciones, ¿es posible producir con normalidad? Lo mismo puede ocurrir en una universidad, una oficina, un centro comercial, un hospital, un aeropuerto o incluso en nuestra propia casa. Un edificio puede no colapsar y, sin embargo, sufrir daños suficientes como para que sus ocupantes tengan que abandonarlo durante días, semanas o incluso meses.
Normalmente, cuando ingresamos a nuestro lugar de trabajo, probablemente no pensamos en cómo están sujetas las tuberías, las fachadas de nuestro edificio, cómo se encuentran anclados los equipos, qué sistemas podrán seguir funcionando durante un corte de energía o qué elementos podrían desprenderse durante un movimiento fuerte. Todas estas preguntas forman parte de nuestro riesgo sísmico.
Por eso, la gestión del riesgo sísmico y nuestra estrategia de resiliencia no deberían concentrarse únicamente en evitar que los edificios colapsen. También debemos prestar especial atención a qué elementos pueden dañarse, cuánto costaría repararlos y cuánto tiempo necesitaríamos para recuperar la operación normal.
En Guatemala, donde los terremotos forman parte de nuestra realidad, esta aproximación al riesgo es particularmente importante. Tenemos que avanzar hacia una visión del riesgo que considere no solo la resistencia de las estructuras, sino también la continuidad de los servicios.
Más allá de la estructura: la importancia de los sistemas no estructurales
“El próximo terremoto no solo pondrá a prueba nuestras estructuras, sino también todo aquello que hace posible que nuestras ciudades funcionen”.
Normalmente, tras un terremoto devastador, nos impresiona la cantidad de edificios colapsados y los distintos grados de destrucción. En las últimas semanas se ha repetido la siguiente pregunta: ¿se caerá o aguantará este o aquel edificio?
Esta pregunta es fundamental, pero no es suficiente.
Uno de los principios básicos del diseño sismorresistente, al calcular las estructuras de un edificio, fábrica o vivienda, es proteger la vida de las personas y evitar el colapso de las estructuras. Sin embargo, la experiencia de los últimos meses nos advierte de otro peligro. Un edificio puede permanecer estructuralmente seguro después de un terremoto y, aun así, quedar temporalmente inoperable. La razón radica en todo aquello que existe dentro del edificio y alrededor de la estructura, lo que constituye un riesgo potencial para la integridad de la persona.
Un edificio no está compuesto únicamente por los elementos estructurales: columnas, vigas, losas y muros. También un edificio tiene: fachadas, divisiones interiores, cielos falsos, puertas, ventanas, instalaciones eléctricas, tuberías, equipos (aire acondicionado, calentadores, etc.), mobiliario y una extensa cantidad de elementos que hacen posible que el edificio funcione y sea posible habitar. A todos estos elementos se les conoce como elementos no estructurales.
La función principal de los elementos no estructurales corresponde directamente al servicio que prestan: electricidad, agua, ventilación, confort, etc. Son indispensables para la correcta operación y uso normal de un edificio. Sin embargo, no comparten función estructural durante un terremoto.
Esto nos lleva a hablar de la diferencia entre la seguridad estructural y la funcionalidad. La primera se centra en que la estructura tenga un comportamiento adecuado frente a un terremoto y en la reducción implícita del riesgo de pérdidas de vidas. Sin embargo, la segunda incorpora un término adicional: la resiliencia. En los terremotos recientes a nivel mundial se ha demostrado que los elementos no estructurales son una causa importante de heridos y fallecidos.
En Guatemala, tras la secuencia sísmica del mes de julio de 2025, muchos complejos industriales e incluso algún centro de salud sufrieron daños importantes en los elementos no estructurales. Es decir, en una fábrica o industria, tras un sismo, la estructura permanece estable, pero se dañan las instalaciones eléctricas, los
sistemas de agua, las tuberías, los equipos especializados. Bajo esas condiciones, ¿es posible producir con normalidad? Lo mismo puede ocurrir en una universidad, una oficina, un centro comercial, un hospital, un aeropuerto o incluso en nuestra propia casa. Un edificio puede no colapsar y, sin embargo, sufrir daños suficientes como para que sus ocupantes tengan que abandonarlo durante días, semanas o incluso meses.
Normalmente, cuando ingresamos a nuestro lugar de trabajo, probablemente no pensamos en cómo están sujetas las tuberías, las fachadas de nuestro edificio, cómo se encuentran anclados los equipos, qué sistemas podrán seguir funcionando durante un corte de energía o qué elementos podrían desprenderse durante un movimiento fuerte. Todas estas preguntas forman parte de nuestro riesgo sísmico.
Por eso, la gestión del riesgo sísmico y nuestra estrategia de resiliencia no deberían concentrarse únicamente en evitar que los edificios colapsen. También debemos prestar especial atención a qué elementos pueden dañarse, cuánto costaría repararlos y cuánto tiempo necesitaríamos para recuperar la operación normal.
En Guatemala, donde los terremotos forman parte de nuestra realidad, esta aproximación al riesgo es particularmente importante. Tenemos que avanzar hacia una visión del riesgo que considere no solo la resistencia de las estructuras, sino también la continuidad de los servicios.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: