Calculábamos que nuestra estancia periodística en este inmenso país duraría al menos medio año. Al final fueron apenas cuatro meses, entre enero y abril de 2002, durante los cuales nos limitamos a recorrer fragmentos de Ontario y Quebec. Dos provincias gigantescas.
Canadá fue, para mí, un ensayo. Imaginaba un proyecto de futuro; terminé acumulando recuerdos. Sin embargo, las patrias prestadas no se miden solo por el tiempo. A veces basta una temporada invernal, unas cuantas conversaciones, algunas lecturas y largas caminatas por ciudades y paisajes para encontrar un rincón permanente en la memoria.
Nunca fue una patria ruidosa. Quizá por eso, cuando intento reconstruir aquellos meses, no aparecen grandes acontecimientos, sino escenas sueltas: una calle helada, una frase escrita en una matrícula, el sabor de un vino imposible o el rumor constante de un gran río.
La ciudad invisible
Toronto no era exactamente una ciudad que se dejara conquistar de inmediato. No seducía con estridencias. Lo hacía lentamente, casi con educación británica. Durante días uno tenía la impresión de estar contemplando una ciudad eficiente; solo más tarde comprendía que también tenía carácter.
El invierno ayudaba poco a la épica. Aprendí pronto una expresión: chill factor (factor frío). No bastaba con conocer la temperatura. Existía otra, más imaginativa y mucho más cruel, que calculaba cómo el viento multiplicaba la sensación de frío. Era como si los canadienses hubieran decidido medir no el clima, sino el sufrimiento.
Comprendí por qué una parte importante de la vida transcurría bajo tierra. Pasillos interminables unían edificios, oficinas, comercios, restaurantes y estaciones. Se podía caminar durante horas sin volver a ver el cielo. Aquella ciudad subterránea representaba un pacto razonable entre los ciudadanos y el invierno. El frío dominaba la superficie; la vida negociaba elegantemente en el subsuelo.
El día que Irlanda conquistó Canadá
Uno de los recuerdos más vivos sigue siendo el desfile de San Patricio. Resultaba curioso comprobar cómo una celebración profundamente irlandesa adquiría naturalidad en una ciudad donde casi todas las comunidades parecían sentirse representadas.
En Canadá se practicaba una convivencia tranquila entre identidades distintas. Nadie se sentía obligado a olvidar de dónde venía para sentirse canadiense. Tal vez esa sea una de las mayores fortalezas del país: la discreción con la que administra su diversidad.
El desfile tenía música, color —con predominio del verde— y familias enteras sonriendo bajo un frío que habría vaciado cualquier avenida española. Allí descubrí otra diferencia nacional: los canadienses parecen haber firmado hace tiempo un armisticio con la meteorología. No luchan contra ella; simplemente la incorporan a su rutina.
Toronto a vista de pájaro
Subimos a la CN Tower. Una obligación iniciática para cualquier recién llegado. Desde aquella altura, Toronto parecía todavía más ordenada. El lago Ontario se confundía con el horizonte y los rascacielos adquirían el aspecto de una maqueta perfectamente diseñada.
Siempre he desconfiado un poco de los miradores. Uno contempla mucho, pero entiende poco. Las ciudades terminan revelándose al caminar por ellas, perdiéndose en sus calles, entrando en una librería cualquiera o sentándose en un café a observar conversaciones ajenas. No obstante, confieso que aquella panorámica servía para comprender la escala canadiense. Todo parecía construido con espacio suficiente para varias generaciones futuras.
En Ontario entrevisté a George Heller, presidente ejecutivo de la Hudson’s Bay Company. Durante el encuentro afirmó, sin vacilar, que habían sido los fundadores de Canadá. La frase podía sonar arrogante hasta que uno recordaba que aquella empresa, nacida en 1670 para comerciar con pieles a través de la inmensa bahía de Hudson, había contribuido a moldear buena parte del mapa del país. Pocas compañías pueden presumir de que su historia se confunda, durante siglos, con el devenir de una nación.
La península y el vino nacido del hielo
A los pocos días recorrimos la península de Ontario, uno de cuyos extremos se extiende hacia el estado de Nueva York, del que está separada por el río Niágara.
Basta acercarse a las cataratas para darse cuenta de que ninguna fotografía consigue transmitir el estruendo continuo del agua. Allí el paisaje deja de ser una vista para convertirse en una experiencia física.
Muy cerca descubrimos otra sorpresa menos conocida: las bodegas donde se produce el ice wine (vino de hielo). Confieso que entonces me costaba creer que unas uvas pudieran esperar pacientemente a congelarse sobre la cepa para ofrecer después un vino extraordinariamente delicado.
Mientras lo probábamos, alguien nos explicaba el milagro agrícola que hacía posible aquel producto. Ha sobrevivido mejor la conversación que el nombre de la bodega. La memoria tiene estas extravagancias: olvida los datos y conserva intactas las sensaciones.
La cortesía como paisaje
La capital federal terminó asociándose en mi memoria a una mezcla poco frecuente de cortesía y optimismo. Bob Chiarelli, su alcalde, había jugado al hockey en su juventud y me hablaba del crecimiento de la ciudad con el entusiasmo sereno de quien cree estar construyendo algo duradero. Repetía con orgullo que Ottawa comenzaba a ser conocida como el "Silicon Valley del Norte". No sé si la historia terminó dándole toda la razón, pero aquella confianza resultaba contagiosa.
Chiarelli me recibió con una cordialidad poco frecuente. Conversamos largamente y, al despedirnos, me regaló un libro con una dedicatoria manuscrita. Un gesto pequeño, probablemente rutinario para él, pero suficiente para humanizar una ciudad muchas veces eclipsada entre Toronto y Montreal.
Al caer la tarde paseábamos por el festival invernal Winterlude, en torno al Canal Rideau y al parque de la Confederación. Por la noche admirábamos las esculturas de hielo iluminadas con colores que hacían olvidar el rigor del invierno. Nos aficionamos a la queue de castor —BeaverTail en inglés—. La cola de castor es ese dulce tan canadiense como el jarabe de arce.
A veces pienso que el verdadero sabor de Ottawa era precisamente ese: una masa caliente entre las manos mientras el termómetro insistía en recordarte dónde estabas.
Je me souviens
Montreal era distinta desde el primer paso. Más europea, más latina, más dada a la conversación que a la prisa. Me fascinaba esa convivencia casi teatral entre dos lenguas que no parecían resignarse a ignorarse. Cambiaban el idioma de las calles, el sonido de las conversaciones e incluso el ritmo de las aceras.
Entrevisté a Dominic Taddeo, presidente y director ejecutivo de la Autoridad Portuaria de Montreal. Pude asomarme a un Canadá menos visible: el de las mercancías, la logística y las rutas comerciales. Explicaba con naturalidad cómo aquel puerto, unido al Atlántico por el San Lorenzo, constituía una puerta de entrada decisiva para Canadá y para buena parte del noreste de EE. UU.
Advertí que los puertos tienen algo de paradoja: parecen inmóviles, pero viven del movimiento constante. Desde los muelles de Montreal se entendía que buena parte de la economía mundial continúa escribiéndose, silenciosamente, sobre la cubierta de los barcos.
Me quedó una pequeña obsesión.
En todas las matrículas de los vehículos aparecía la inscripción Je me souviens.
"Yo me acuerdo."
¿Qué debía recordar exactamente Quebec? ¿Una derrota? ¿Una victoria? ¿Un origen? ¿Una lengua? ¿Una identidad? ¿O era simplemente un reclamo para turistas?
No buscamos la explicación de inmediato. Preferimos mantener abierta la incógnita. Hay preguntas que resultan más sugerentes mientras permanecen sin respuesta. Aquella frase resumía bastante bien el alma quebequesa: recordar como forma de existir.
Quebec y el San Lorenzo
Quebec fue, probablemente, el lugar de Canadá que más me sorprendió. Había algo europeo en sus calles empedradas, en las fachadas de piedra y en los tejados inclinados. Fundada en 1608, su casco histórico es el único al norte de México que conserva murallas.
También la mesa tenía acento francés. En restaurantes y pequeñas tabernas descubríamos una gastronomía contundente, concebida para reconciliarse con el invierno antes que con la báscula. Todo parecía invitar a demorarse un poco más, como si aquella ciudad hubiese aprendido, hace siglos, que la prisa rara vez mejora una conversación.
Y luego estaba el San Lorenzo.
En Quebec comprendí que algunos ríos no son simples accidentes geográficos, sino auténticos arquitectos de un país. Más que atravesar un territorio, el San Lorenzo lo organiza todo a su alrededor: ciudades, puertos, exploradores, comerciantes e inmigrantes.
Contemplándolo desde la ribera, uno entiende por qué Canadá no puede explicarse sin ese inmenso corredor de agua que comunica el corazón del continente con el océano.
Permanecí largo rato observándolo sin necesidad de hacer nada más. Hay paisajes que impresionan por su belleza; el San Lorenzo lo hace por su escala. Frente a él, la naturaleza sigue teniendo la última palabra.
Un país que habla en voz baja
Canadá nunca intentó impresionarme. Quizá por eso terminó dejando una huella tan persistente.
Es un país poco dado a la grandilocuencia. Incluso sus ciudades prefieren rehuir el exhibicionismo. Todo funciona con una normalidad que, para un periodista acostumbrado a sitios donde la actualidad siempre parece vivir al borde del sobresalto, resultaba casi desconcertante.
Si alguna vez existió una noticia urgente durante aquellos meses, seguramente el país hizo todo lo posible por disimularla. Mucha educación. También bastante eficacia. Y una convivencia que, sin ser perfecta, semejaba haberse construido sobre un principio extraordinariamente simple: dejar espacio al otro.
Un mapa deliberadamente incompleto
Al final, mi experiencia canadiense duró menos de lo previsto y bastante más de lo que algunos inviernos permiten soportar. No conocí todo el país, ni mucho menos. Me moví entre Ontario y Quebec, entre el inglés y el francés, entre los planes y la realidad. Pero aprendí algo útil: algunas patrias prestadas se recuerdan precisamente porque quedaron incompletas.
Con el paso de los años he llegado a pensar que quizá terminé conociendo el Canadá que me correspondía. No el inmenso país que ocupaba los mapas, sino el territorio que cabe en la memoria: unas calles heladas de Toronto, un alcalde cortés en Ottawa, la inscripción de una matrícula en Quebec, el estruendo de Niágara, una copa de vino nacida del hielo y el lento discurrir del San Lorenzo.
Canadá fue la única de mis patrias prestadas que quedó inevitablemente inacabada. Quizá por eso nunca ha terminado de marcharse.
Calculábamos que nuestra estancia periodística en este inmenso país duraría al menos medio año. Al final fueron apenas cuatro meses, entre enero y abril de 2002, durante los cuales nos limitamos a recorrer fragmentos de Ontario y Quebec. Dos provincias gigantescas.
Canadá fue, para mí, un ensayo. Imaginaba un proyecto de futuro; terminé acumulando recuerdos. Sin embargo, las patrias prestadas no se miden solo por el tiempo. A veces basta una temporada invernal, unas cuantas conversaciones, algunas lecturas y largas caminatas por ciudades y paisajes para encontrar un rincón permanente en la memoria.
Nunca fue una patria ruidosa. Quizá por eso, cuando intento reconstruir aquellos meses, no aparecen grandes acontecimientos, sino escenas sueltas: una calle helada, una frase escrita en una matrícula, el sabor de un vino imposible o el rumor constante de un gran río.
La ciudad invisible
Toronto no era exactamente una ciudad que se dejara conquistar de inmediato. No seducía con estridencias. Lo hacía lentamente, casi con educación británica. Durante días uno tenía la impresión de estar contemplando una ciudad eficiente; solo más tarde comprendía que también tenía carácter.
El invierno ayudaba poco a la épica. Aprendí pronto una expresión: chill factor (factor frío). No bastaba con conocer la temperatura. Existía otra, más imaginativa y mucho más cruel, que calculaba cómo el viento multiplicaba la sensación de frío. Era como si los canadienses hubieran decidido medir no el clima, sino el sufrimiento.
Comprendí por qué una parte importante de la vida transcurría bajo tierra. Pasillos interminables unían edificios, oficinas, comercios, restaurantes y estaciones. Se podía caminar durante horas sin volver a ver el cielo. Aquella ciudad subterránea representaba un pacto razonable entre los ciudadanos y el invierno. El frío dominaba la superficie; la vida negociaba elegantemente en el subsuelo.
El día que Irlanda conquistó Canadá
Uno de los recuerdos más vivos sigue siendo el desfile de San Patricio. Resultaba curioso comprobar cómo una celebración profundamente irlandesa adquiría naturalidad en una ciudad donde casi todas las comunidades parecían sentirse representadas.
En Canadá se practicaba una convivencia tranquila entre identidades distintas. Nadie se sentía obligado a olvidar de dónde venía para sentirse canadiense. Tal vez esa sea una de las mayores fortalezas del país: la discreción con la que administra su diversidad.
El desfile tenía música, color —con predominio del verde— y familias enteras sonriendo bajo un frío que habría vaciado cualquier avenida española. Allí descubrí otra diferencia nacional: los canadienses parecen haber firmado hace tiempo un armisticio con la meteorología. No luchan contra ella; simplemente la incorporan a su rutina.
Toronto a vista de pájaro
Subimos a la CN Tower. Una obligación iniciática para cualquier recién llegado. Desde aquella altura, Toronto parecía todavía más ordenada. El lago Ontario se confundía con el horizonte y los rascacielos adquirían el aspecto de una maqueta perfectamente diseñada.
Siempre he desconfiado un poco de los miradores. Uno contempla mucho, pero entiende poco. Las ciudades terminan revelándose al caminar por ellas, perdiéndose en sus calles, entrando en una librería cualquiera o sentándose en un café a observar conversaciones ajenas. No obstante, confieso que aquella panorámica servía para comprender la escala canadiense. Todo parecía construido con espacio suficiente para varias generaciones futuras.
En Ontario entrevisté a George Heller, presidente ejecutivo de la Hudson’s Bay Company. Durante el encuentro afirmó, sin vacilar, que habían sido los fundadores de Canadá. La frase podía sonar arrogante hasta que uno recordaba que aquella empresa, nacida en 1670 para comerciar con pieles a través de la inmensa bahía de Hudson, había contribuido a moldear buena parte del mapa del país. Pocas compañías pueden presumir de que su historia se confunda, durante siglos, con el devenir de una nación.
La península y el vino nacido del hielo
A los pocos días recorrimos la península de Ontario, uno de cuyos extremos se extiende hacia el estado de Nueva York, del que está separada por el río Niágara.
Basta acercarse a las cataratas para darse cuenta de que ninguna fotografía consigue transmitir el estruendo continuo del agua. Allí el paisaje deja de ser una vista para convertirse en una experiencia física.
Muy cerca descubrimos otra sorpresa menos conocida: las bodegas donde se produce el ice wine (vino de hielo). Confieso que entonces me costaba creer que unas uvas pudieran esperar pacientemente a congelarse sobre la cepa para ofrecer después un vino extraordinariamente delicado.
Mientras lo probábamos, alguien nos explicaba el milagro agrícola que hacía posible aquel producto. Ha sobrevivido mejor la conversación que el nombre de la bodega. La memoria tiene estas extravagancias: olvida los datos y conserva intactas las sensaciones.
La cortesía como paisaje
La capital federal terminó asociándose en mi memoria a una mezcla poco frecuente de cortesía y optimismo. Bob Chiarelli, su alcalde, había jugado al hockey en su juventud y me hablaba del crecimiento de la ciudad con el entusiasmo sereno de quien cree estar construyendo algo duradero. Repetía con orgullo que Ottawa comenzaba a ser conocida como el "Silicon Valley del Norte". No sé si la historia terminó dándole toda la razón, pero aquella confianza resultaba contagiosa.
Chiarelli me recibió con una cordialidad poco frecuente. Conversamos largamente y, al despedirnos, me regaló un libro con una dedicatoria manuscrita. Un gesto pequeño, probablemente rutinario para él, pero suficiente para humanizar una ciudad muchas veces eclipsada entre Toronto y Montreal.
Al caer la tarde paseábamos por el festival invernal Winterlude, en torno al Canal Rideau y al parque de la Confederación. Por la noche admirábamos las esculturas de hielo iluminadas con colores que hacían olvidar el rigor del invierno. Nos aficionamos a la queue de castor —BeaverTail en inglés—. La cola de castor es ese dulce tan canadiense como el jarabe de arce.
A veces pienso que el verdadero sabor de Ottawa era precisamente ese: una masa caliente entre las manos mientras el termómetro insistía en recordarte dónde estabas.
Je me souviens
Montreal era distinta desde el primer paso. Más europea, más latina, más dada a la conversación que a la prisa. Me fascinaba esa convivencia casi teatral entre dos lenguas que no parecían resignarse a ignorarse. Cambiaban el idioma de las calles, el sonido de las conversaciones e incluso el ritmo de las aceras.
Entrevisté a Dominic Taddeo, presidente y director ejecutivo de la Autoridad Portuaria de Montreal. Pude asomarme a un Canadá menos visible: el de las mercancías, la logística y las rutas comerciales. Explicaba con naturalidad cómo aquel puerto, unido al Atlántico por el San Lorenzo, constituía una puerta de entrada decisiva para Canadá y para buena parte del noreste de EE. UU.
Advertí que los puertos tienen algo de paradoja: parecen inmóviles, pero viven del movimiento constante. Desde los muelles de Montreal se entendía que buena parte de la economía mundial continúa escribiéndose, silenciosamente, sobre la cubierta de los barcos.
Me quedó una pequeña obsesión.
En todas las matrículas de los vehículos aparecía la inscripción Je me souviens.
"Yo me acuerdo."
¿Qué debía recordar exactamente Quebec? ¿Una derrota? ¿Una victoria? ¿Un origen? ¿Una lengua? ¿Una identidad? ¿O era simplemente un reclamo para turistas?
No buscamos la explicación de inmediato. Preferimos mantener abierta la incógnita. Hay preguntas que resultan más sugerentes mientras permanecen sin respuesta. Aquella frase resumía bastante bien el alma quebequesa: recordar como forma de existir.
Quebec y el San Lorenzo
Quebec fue, probablemente, el lugar de Canadá que más me sorprendió. Había algo europeo en sus calles empedradas, en las fachadas de piedra y en los tejados inclinados. Fundada en 1608, su casco histórico es el único al norte de México que conserva murallas.
También la mesa tenía acento francés. En restaurantes y pequeñas tabernas descubríamos una gastronomía contundente, concebida para reconciliarse con el invierno antes que con la báscula. Todo parecía invitar a demorarse un poco más, como si aquella ciudad hubiese aprendido, hace siglos, que la prisa rara vez mejora una conversación.
Y luego estaba el San Lorenzo.
En Quebec comprendí que algunos ríos no son simples accidentes geográficos, sino auténticos arquitectos de un país. Más que atravesar un territorio, el San Lorenzo lo organiza todo a su alrededor: ciudades, puertos, exploradores, comerciantes e inmigrantes.
Contemplándolo desde la ribera, uno entiende por qué Canadá no puede explicarse sin ese inmenso corredor de agua que comunica el corazón del continente con el océano.
Permanecí largo rato observándolo sin necesidad de hacer nada más. Hay paisajes que impresionan por su belleza; el San Lorenzo lo hace por su escala. Frente a él, la naturaleza sigue teniendo la última palabra.
Un país que habla en voz baja
Canadá nunca intentó impresionarme. Quizá por eso terminó dejando una huella tan persistente.
Es un país poco dado a la grandilocuencia. Incluso sus ciudades prefieren rehuir el exhibicionismo. Todo funciona con una normalidad que, para un periodista acostumbrado a sitios donde la actualidad siempre parece vivir al borde del sobresalto, resultaba casi desconcertante.
Si alguna vez existió una noticia urgente durante aquellos meses, seguramente el país hizo todo lo posible por disimularla. Mucha educación. También bastante eficacia. Y una convivencia que, sin ser perfecta, semejaba haberse construido sobre un principio extraordinariamente simple: dejar espacio al otro.
Un mapa deliberadamente incompleto
Al final, mi experiencia canadiense duró menos de lo previsto y bastante más de lo que algunos inviernos permiten soportar. No conocí todo el país, ni mucho menos. Me moví entre Ontario y Quebec, entre el inglés y el francés, entre los planes y la realidad. Pero aprendí algo útil: algunas patrias prestadas se recuerdan precisamente porque quedaron incompletas.
Con el paso de los años he llegado a pensar que quizá terminé conociendo el Canadá que me correspondía. No el inmenso país que ocupaba los mapas, sino el territorio que cabe en la memoria: unas calles heladas de Toronto, un alcalde cortés en Ottawa, la inscripción de una matrícula en Quebec, el estruendo de Niágara, una copa de vino nacida del hielo y el lento discurrir del San Lorenzo.
Canadá fue la única de mis patrias prestadas que quedó inevitablemente inacabada. Quizá por eso nunca ha terminado de marcharse.
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