Los Vampiros de la Política
"Cambian de partido como quien cambia de pantalón. Van hacia donde sople el viento, siempre y cuando los lleve a otro período en el cargo."
En la política actual, nuestra energía colectiva y nuestra paciencia se están agotando a un ritmo nunca antes visto. ¿Quiénes son los responsables? Los vampiros. No los divertidos vampiros de aquella caricatura del hotel, sino los transeros que chupan sangre, como muchos políticos de nuestro país.
La definición popular de un vampiro energético es sencilla: alguien que absorbe más energía de la que aporta. Y existe una especie particularmente peligrosa: el que nunca está satisfecho, siempre pide más y todo lo critica. Los hay en todos los ámbitos y suelen ser fáciles de identificar y evitar. En la política también son fáciles de reconocer; el problema es que son mucho más difíciles de erradicar y el daño que causan es mucho mayor.
Los vampiros del gobierno adoptan distintas formas. Están los que no creen realmente en la visión de construir un país mejor y llegan simplemente a hacer negocios y resolver sus problemas económicos. Algunos parecen vivir bajo el lema: “la vergüenza pasa, pero el dinero queda”. Otros harán lo que sea necesario para conservar sus puestos. El récord lo ostenta un diputado que acumuló ocho períodos en el Congreso, según una investigación del Centro para el Análisis de las Decisiones Públicas (CADEP).
Son capaces de cambiar de partido como quien se cambia de pantalón. Van hacia donde sople el viento, siempre y cuando ese viento los lleve a otro período en el cargo. También están los que se especializan en criticar. Hacen transmisiones en redes sociales, cuestionan todo lo que puedan cuestionar y no tienen reparo en poner en evidencia su propia ignorancia. Pero todo sea por conseguir seguidores y votos para la siguiente elección.
En campaña ofrecen grandes proyectos e ideas audaces, pero no explican cómo las llevarían a cabo ni ofrecen soluciones significativas y realistas. Terminan convertidos en payasos del circo político, en lugar de buscar avances concretos y medibles. Guatemala no necesita personas que nos quiten vitalidad, sino personas que aporten. Necesita líderes que lleven energía a los problemas más difíciles y que los resuelvan. Que sueñen, que crean y, sobre todo, que sean capaces de convertir grandes ideas en grandes soluciones.
Aparentemente, la solución es sencilla: elegir funcionarios públicos que aporten más de lo que absorben. El problema es que la calidad de la oferta política actual deja mucho que desear. Entonces, quizá ya no se trata solamente de elegir mejor, sino de empezar a participar.
Es de admirar a las personas que realmente creen en un mejor país y dedican su tiempo, esfuerzo y recursos a una campaña con la intención de llegar a un cargo y provocar un cambio. Lo hacen aun dispuestas a perderlo todo: tiempo, relaciones, esfuerzo y dinero, sin
ninguna garantía de resultar electas. Si realmente queremos sacar a los políticos mediocres, es tiempo de que participe la gente capaz. Personas con principios morales altos, conocimiento en distintas ramas profesionales, experiencia en producir y que no lleguen al Estado como simples parásitos dispuestos a servirse de él.
Porque el Estado no genera riqueza. Es un enorme aparato que se sostiene gracias al sector productivo del país, que lo financia con sus impuestos. Y resulta indignante que esos recursos terminen sirviendo para que algunos funcionarios públicos se den una vida que, fuera de la política, serían incapaces de alcanzar.
La única forma de sacar a los mediocres chupasangre es reemplazarlos por gente capaz. Pero, lamentablemente, muchos de los que podrían hacerlo hoy no quieren participar. Los vampiros prosperan en la política porque lograron convertirla en una profesión, cuando se suponía que debía ser un servicio público de duración limitada. Por eso, no más reelecciones ilimitadas. Aunque hay un pequeño problema: ¿cómo esperamos que los diputados voten a favor de quedarse sin trabajo?
Los desafíos que enfrenta Guatemala, como la deuda pública, la desigualdad económica, la educación, la salud pública y la seguridad nacional, son demasiado urgentes para dejarlos en manos de líderes mediocres o, peor aún, del crimen organizado. Guatemala no necesita líderes perfectos. Necesita líderes enérgicos, comprometidos y capaces de aportar, no de quitar. Personas que nos inspiren a pensar en grande y, más importante todavía, a actuar, aun cuando hacerlo tenga un costo político alto.
Los vampiros no pueden seguir dirigiendo el país. A veces Guatemala llora sangre. Y los vampiros de la política se la chupan.
Los Vampiros de la Política
"Cambian de partido como quien cambia de pantalón. Van hacia donde sople el viento, siempre y cuando los lleve a otro período en el cargo."
En la política actual, nuestra energía colectiva y nuestra paciencia se están agotando a un ritmo nunca antes visto. ¿Quiénes son los responsables? Los vampiros. No los divertidos vampiros de aquella caricatura del hotel, sino los transeros que chupan sangre, como muchos políticos de nuestro país.
La definición popular de un vampiro energético es sencilla: alguien que absorbe más energía de la que aporta. Y existe una especie particularmente peligrosa: el que nunca está satisfecho, siempre pide más y todo lo critica. Los hay en todos los ámbitos y suelen ser fáciles de identificar y evitar. En la política también son fáciles de reconocer; el problema es que son mucho más difíciles de erradicar y el daño que causan es mucho mayor.
Los vampiros del gobierno adoptan distintas formas. Están los que no creen realmente en la visión de construir un país mejor y llegan simplemente a hacer negocios y resolver sus problemas económicos. Algunos parecen vivir bajo el lema: “la vergüenza pasa, pero el dinero queda”. Otros harán lo que sea necesario para conservar sus puestos. El récord lo ostenta un diputado que acumuló ocho períodos en el Congreso, según una investigación del Centro para el Análisis de las Decisiones Públicas (CADEP).
Son capaces de cambiar de partido como quien se cambia de pantalón. Van hacia donde sople el viento, siempre y cuando ese viento los lleve a otro período en el cargo. También están los que se especializan en criticar. Hacen transmisiones en redes sociales, cuestionan todo lo que puedan cuestionar y no tienen reparo en poner en evidencia su propia ignorancia. Pero todo sea por conseguir seguidores y votos para la siguiente elección.
En campaña ofrecen grandes proyectos e ideas audaces, pero no explican cómo las llevarían a cabo ni ofrecen soluciones significativas y realistas. Terminan convertidos en payasos del circo político, en lugar de buscar avances concretos y medibles. Guatemala no necesita personas que nos quiten vitalidad, sino personas que aporten. Necesita líderes que lleven energía a los problemas más difíciles y que los resuelvan. Que sueñen, que crean y, sobre todo, que sean capaces de convertir grandes ideas en grandes soluciones.
Aparentemente, la solución es sencilla: elegir funcionarios públicos que aporten más de lo que absorben. El problema es que la calidad de la oferta política actual deja mucho que desear. Entonces, quizá ya no se trata solamente de elegir mejor, sino de empezar a participar.
Es de admirar a las personas que realmente creen en un mejor país y dedican su tiempo, esfuerzo y recursos a una campaña con la intención de llegar a un cargo y provocar un cambio. Lo hacen aun dispuestas a perderlo todo: tiempo, relaciones, esfuerzo y dinero, sin
ninguna garantía de resultar electas. Si realmente queremos sacar a los políticos mediocres, es tiempo de que participe la gente capaz. Personas con principios morales altos, conocimiento en distintas ramas profesionales, experiencia en producir y que no lleguen al Estado como simples parásitos dispuestos a servirse de él.
Porque el Estado no genera riqueza. Es un enorme aparato que se sostiene gracias al sector productivo del país, que lo financia con sus impuestos. Y resulta indignante que esos recursos terminen sirviendo para que algunos funcionarios públicos se den una vida que, fuera de la política, serían incapaces de alcanzar.
La única forma de sacar a los mediocres chupasangre es reemplazarlos por gente capaz. Pero, lamentablemente, muchos de los que podrían hacerlo hoy no quieren participar. Los vampiros prosperan en la política porque lograron convertirla en una profesión, cuando se suponía que debía ser un servicio público de duración limitada. Por eso, no más reelecciones ilimitadas. Aunque hay un pequeño problema: ¿cómo esperamos que los diputados voten a favor de quedarse sin trabajo?
Los desafíos que enfrenta Guatemala, como la deuda pública, la desigualdad económica, la educación, la salud pública y la seguridad nacional, son demasiado urgentes para dejarlos en manos de líderes mediocres o, peor aún, del crimen organizado. Guatemala no necesita líderes perfectos. Necesita líderes enérgicos, comprometidos y capaces de aportar, no de quitar. Personas que nos inspiren a pensar en grande y, más importante todavía, a actuar, aun cuando hacerlo tenga un costo político alto.
Los vampiros no pueden seguir dirigiendo el país. A veces Guatemala llora sangre. Y los vampiros de la política se la chupan.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: