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Los sacos de arena de Nicosia

Un viaje a una capital partida y a las historias que las fronteras no consiguen borrar.                                 

Marcos Jacobo Suárez Sipmann |
09 de septiembre, 2026

La primera sorpresa que me llevé en Chipre no tuvo que ver con la política. Fue con el carro. Había alquilado uno para recorrer la isla y, al sentarme al volante, descubrí que todo estaba donde no debía. El tráfico que venía de frente aparecía por la derecha. Tardé unos instantes en recordar que había sido colonia británica y que, como tantas herencias imperiales que sobreviven mucho más que los imperios, allí se conduce por la izquierda. Gran Bretaña administró la isla desde 1878 hasta la independencia de 1960.

Durante quince días en 2004 hice algunas entrevistas. Entre ellas, al ministro de Finanzas. No fue una estancia suficientemente larga para convertirme en experto en aquel país, pero sí para descubrir que poco tiempo puede ser suficiente cuando una historia lo espera a uno a la vuelta de una esquina. Y la historia estaba literalmente en las calles de Nicosia: sacos de arena, alambradas, puestos de vigilancia y una raya que atravesaba una capital europea como si alguien hubiera pasado un lápiz por el mapa y hubiese decidido que hasta aquí llegábamos.

Una ciudad partida

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Nicosia es hoy la última capital del mundo que permanece partida. La Línea Verde marca el límite entre la zona bajo control de la República de Chipre y la que queda fuera de su control, y atraviesa el corazón de una ciudad que durante siglos fue una sola. La raya recibió su nombre del color de la tinta con la que un oficial de la ONU la dibujó sobre un mapa en 1963, cuando la violencia entre grecochipriotas y turcochipriotas había convertido las diferencias políticas en enfrentamientos físicos. Después de la invasión turca de 1974, aquella separación se extendió por toda la isla.

Uno podía caminar por una calle y encontrarse de repente con una barricada. No hacía falta que nadie explicara que allí acababa una ciudad y nacía otra. Bastaban unos sacos, una alambrada y, detrás, el silencio de una división que llevaba demasiado tiempo allí.

Habíamos aprendido a imaginar las fronteras como grandes construcciones: muros, alambradas, puestos aduaneros, montañas. En Nicosia descubrí que también puede bastar algo mucho más modesto. Un montón de sacos de arena puede partir una capital en dos.

Berlín llevaba años aprendiendo a vivir sin muro. En Nicosia la historia había elegido otro camino: no había desaparecido; se había acostumbrado a vivir entre la gente.

Y quizá eso sea lo más inquietante de las fronteras duraderas. Al principio son una anomalía. Después se convierten en paisaje. Con el tiempo, alguien que nace junto a ellas puede llegar a pensar que siempre estuvieron allí.

Un territorio, demasiadas historias

El país tiene una capacidad casi excesiva para acumular historia. Griegos, romanos, bizantinos, otomanos y británicos dejaron allí algo más que monumentos. Durante siglos fue un lugar demasiado estratégico para que sus vecinos lo dejaran tranquilo. Los británicos llegaron en 1878, aunque la soberanía otomana se mantuvo formalmente hasta 1914, y la administración colonial dio nuevo impulso a una vieja aspiración de parte de la población grecochipriota: la enosis, la unión con Grecia. En 1950, un referéndum organizado por sectores grecochipriotas arrojó un 95,7% de votos favorables a esa unión, aunque Gran Bretaña no aceptó el resultado.

La independencia de 1960 intentó resolver el problema mediante un delicado equilibrio entre las comunidades griega y turca, con Grecia, Turquía y el Reino Unido como potencias garantes. Duró poco. La violencia intercomunitaria de 1963 llevó a Naciones Unidas a desplegar una fuerza de paz, y el golpe de Estado de 1974, respaldado por la junta militar griega y favorable a la enosis, precedió a la intervención militar turca. El resultado fue la separación que todavía permanece: el norte, bajo control turcochipriota, y el sur, bajo el Gobierno de la República de Chipre, internacionalmente reconocido.

 

En 2004, cuando yo estaba allí, aquello tenía una actualidad extraordinaria. Kofi Annan había intentado conseguir lo que varias generaciones de diplomáticos no habían logrado: que la isla se reunificara. El 24 de abril, apenas unos días antes de su entrada en la Unión Europea, los habitantes de las dos comunidades votaron sobre su plan. Los turcochipriotas dijeron que sí. Los grecochipriotas dijeron que no. El plan murió y el país ingresó en la UE el 1 de mayo como un territorio de facto separado.

Yo entrevistaba al ministro de Finanzas mientras alrededor se discutía una pregunta que tenía algo de paradoja: ¿cómo puede entrar un nuevo Estado en una Europa sin fronteras mientras mantiene una barrera en el centro de su capital?

La burocracia europea encontraría una solución. La geografía, no tanto.

Latinoamérica vigila el Mediterráneo

Durante aquellos días recorrimos la parte del territorio bajo control de la República de Chipre. Con mi compañera nos acostumbramos poco a poco a conducir por el lado equivocado —que, claro, era el correcto para los locales—. Pasamos por Limassol, Pafos, Lárnaca y otros lugares; vimos el mar, pueblos, montañas y esa combinación tan mediterránea de vida tranquila y pasado turbulento.

Lo que más me había interesado, sin embargo, estaba en Nicosia y en la Línea Verde.

Allí encontramos a los cascos azules argentinos. Y detrás de ellos había una pequeña presencia latinoamericana, casi absurda por su distancia: en 2004, el contingente argentino de la ONU incluía militares de Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay, Perú y Uruguay. Argentina aportaba entonces 403 militares a la misión.

Me gustó aquella ironía. Para vigilar una división en el Mediterráneo había soldados llegados desde el otro extremo del mundo. Latinoamericanos vigilando un statu quo europeo que no terminaba de convertirse en paz. Argentinos custodiando una raya que los habitantes del lugar habían aprendido a considerar parte del paisaje.

Argentina llevaba décadas participando en UNFICYP. La misión había nacido en 1964, antes incluso de la división definitiva de 1974, para evitar nuevos enfrentamientos entre las dos comunidades.

Pensé que Latinoamérica conoce bien ese extraño oficio de intervenir en conflictos que no son propios. El sistema Internacional convierte la distancia en una cuestión secundaria. Un soldado argentino puede acabar vigilando una línea del Mediterráneo del mismo modo que un guatemalteco puede formar parte de una misión de paz en algún lugar del mundo. La distancia no siempre decide dónde nos necesita la historia.

Y allí estaba, de algún modo, Guatemala, aunque yo todavía no supiera que acabaría escribiendo estas líneas desde este lado del Atlántico. Allí aprendí que una división puede ser local y, al mismo tiempo, pertenecer al mundo entero.

La cocina que no entiende de muros

Había, por supuesto, otra manera de entender el país: sentarse a comer.

La cocina chipriota tiene algo que la política no consiguió destruir. El meze reúne en la misma mesa una cantidad casi diplomática de platos: carnes, ensaladas, aceitunas, verduras, quesos, pescado, koupepia... El halloumi, convertido con el tiempo en embajador gastronómico de la isla, puede servirse a la parrilla, acompañado de verduras o incluso con sandía. La gastronomía local mezcla influencias griegas, turcas, levantinas y mediterráneas.

Me interesó esa convivencia culinaria. La política había levantado muros; la cocina se empeñaba en ignorarlos.

Siempre he pensado que un país se entiende mejor cuando uno descubre qué pone la gente en la mesa. Las constituciones explican cómo se organiza el poder. Una comida explica cómo se organiza la memoria.

Había allí una lección sencilla: se puede partir una ciudad, un ejército o una administración. Es mucho más complicado hacerlo por completo en una cultura que lleva siglos compartiendo ingredientes.

Por eso recuerdo tanto aquel lugar: por la mezcla. Por el tráfico británico, las iglesias ortodoxas, las mezquitas, el Mediterráneo, los hoteles de Limassol, las ruinas de Pafos, las montañas del interior y los soldados argentinos. Por una Europa que estaba a punto de incorporar a Chipre mientras el país seguía sin incorporarse a sí mismo.

Lo que queda

Han pasado más de veinte años desde aquel viaje. Los sacos de arena ya no son exactamente los mismos y algunos pasos de la Línea Verde han cambiado. Pero la separación permanece. En 2026, António Guterres ha vuelto a Nicosia para impulsar nuevos esfuerzos de negociación, más de medio siglo después de que la ONU llegara allí.

A veces pienso que ciertas heridas tienen una extraordinaria capacidad para sobrevivir a quienes las causaron.

Quizá por eso, cuando recuerdo aquel viaje, no veo primero las playas ni las ruinas ni siquiera aquella entrevista con el ministro de Finanzas. Veo una calle de Nicosia que se corta de repente. Veo unos sacos de arena. Y veo, detrás de ellos, a unos soldados argentinos custodiando una raya que estaba a miles de kilómetros de su casa.

Entonces comprendo que tal vez las fronteras más difíciles de borrar no sean las que aparecen en los mapas, sino las que terminamos aceptando como parte del paisaje.

Los sacos de arena de Nicosia

Un viaje a una capital partida y a las historias que las fronteras no consiguen borrar.                                 

Marcos Jacobo Suárez Sipmann |
09 de septiembre, 2026

La primera sorpresa que me llevé en Chipre no tuvo que ver con la política. Fue con el carro. Había alquilado uno para recorrer la isla y, al sentarme al volante, descubrí que todo estaba donde no debía. El tráfico que venía de frente aparecía por la derecha. Tardé unos instantes en recordar que había sido colonia británica y que, como tantas herencias imperiales que sobreviven mucho más que los imperios, allí se conduce por la izquierda. Gran Bretaña administró la isla desde 1878 hasta la independencia de 1960.

Durante quince días en 2004 hice algunas entrevistas. Entre ellas, al ministro de Finanzas. No fue una estancia suficientemente larga para convertirme en experto en aquel país, pero sí para descubrir que poco tiempo puede ser suficiente cuando una historia lo espera a uno a la vuelta de una esquina. Y la historia estaba literalmente en las calles de Nicosia: sacos de arena, alambradas, puestos de vigilancia y una raya que atravesaba una capital europea como si alguien hubiera pasado un lápiz por el mapa y hubiese decidido que hasta aquí llegábamos.

Una ciudad partida

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Nicosia es hoy la última capital del mundo que permanece partida. La Línea Verde marca el límite entre la zona bajo control de la República de Chipre y la que queda fuera de su control, y atraviesa el corazón de una ciudad que durante siglos fue una sola. La raya recibió su nombre del color de la tinta con la que un oficial de la ONU la dibujó sobre un mapa en 1963, cuando la violencia entre grecochipriotas y turcochipriotas había convertido las diferencias políticas en enfrentamientos físicos. Después de la invasión turca de 1974, aquella separación se extendió por toda la isla.

Uno podía caminar por una calle y encontrarse de repente con una barricada. No hacía falta que nadie explicara que allí acababa una ciudad y nacía otra. Bastaban unos sacos, una alambrada y, detrás, el silencio de una división que llevaba demasiado tiempo allí.

Habíamos aprendido a imaginar las fronteras como grandes construcciones: muros, alambradas, puestos aduaneros, montañas. En Nicosia descubrí que también puede bastar algo mucho más modesto. Un montón de sacos de arena puede partir una capital en dos.

Berlín llevaba años aprendiendo a vivir sin muro. En Nicosia la historia había elegido otro camino: no había desaparecido; se había acostumbrado a vivir entre la gente.

Y quizá eso sea lo más inquietante de las fronteras duraderas. Al principio son una anomalía. Después se convierten en paisaje. Con el tiempo, alguien que nace junto a ellas puede llegar a pensar que siempre estuvieron allí.

Un territorio, demasiadas historias

El país tiene una capacidad casi excesiva para acumular historia. Griegos, romanos, bizantinos, otomanos y británicos dejaron allí algo más que monumentos. Durante siglos fue un lugar demasiado estratégico para que sus vecinos lo dejaran tranquilo. Los británicos llegaron en 1878, aunque la soberanía otomana se mantuvo formalmente hasta 1914, y la administración colonial dio nuevo impulso a una vieja aspiración de parte de la población grecochipriota: la enosis, la unión con Grecia. En 1950, un referéndum organizado por sectores grecochipriotas arrojó un 95,7% de votos favorables a esa unión, aunque Gran Bretaña no aceptó el resultado.

La independencia de 1960 intentó resolver el problema mediante un delicado equilibrio entre las comunidades griega y turca, con Grecia, Turquía y el Reino Unido como potencias garantes. Duró poco. La violencia intercomunitaria de 1963 llevó a Naciones Unidas a desplegar una fuerza de paz, y el golpe de Estado de 1974, respaldado por la junta militar griega y favorable a la enosis, precedió a la intervención militar turca. El resultado fue la separación que todavía permanece: el norte, bajo control turcochipriota, y el sur, bajo el Gobierno de la República de Chipre, internacionalmente reconocido.

 

En 2004, cuando yo estaba allí, aquello tenía una actualidad extraordinaria. Kofi Annan había intentado conseguir lo que varias generaciones de diplomáticos no habían logrado: que la isla se reunificara. El 24 de abril, apenas unos días antes de su entrada en la Unión Europea, los habitantes de las dos comunidades votaron sobre su plan. Los turcochipriotas dijeron que sí. Los grecochipriotas dijeron que no. El plan murió y el país ingresó en la UE el 1 de mayo como un territorio de facto separado.

Yo entrevistaba al ministro de Finanzas mientras alrededor se discutía una pregunta que tenía algo de paradoja: ¿cómo puede entrar un nuevo Estado en una Europa sin fronteras mientras mantiene una barrera en el centro de su capital?

La burocracia europea encontraría una solución. La geografía, no tanto.

Latinoamérica vigila el Mediterráneo

Durante aquellos días recorrimos la parte del territorio bajo control de la República de Chipre. Con mi compañera nos acostumbramos poco a poco a conducir por el lado equivocado —que, claro, era el correcto para los locales—. Pasamos por Limassol, Pafos, Lárnaca y otros lugares; vimos el mar, pueblos, montañas y esa combinación tan mediterránea de vida tranquila y pasado turbulento.

Lo que más me había interesado, sin embargo, estaba en Nicosia y en la Línea Verde.

Allí encontramos a los cascos azules argentinos. Y detrás de ellos había una pequeña presencia latinoamericana, casi absurda por su distancia: en 2004, el contingente argentino de la ONU incluía militares de Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay, Perú y Uruguay. Argentina aportaba entonces 403 militares a la misión.

Me gustó aquella ironía. Para vigilar una división en el Mediterráneo había soldados llegados desde el otro extremo del mundo. Latinoamericanos vigilando un statu quo europeo que no terminaba de convertirse en paz. Argentinos custodiando una raya que los habitantes del lugar habían aprendido a considerar parte del paisaje.

Argentina llevaba décadas participando en UNFICYP. La misión había nacido en 1964, antes incluso de la división definitiva de 1974, para evitar nuevos enfrentamientos entre las dos comunidades.

Pensé que Latinoamérica conoce bien ese extraño oficio de intervenir en conflictos que no son propios. El sistema Internacional convierte la distancia en una cuestión secundaria. Un soldado argentino puede acabar vigilando una línea del Mediterráneo del mismo modo que un guatemalteco puede formar parte de una misión de paz en algún lugar del mundo. La distancia no siempre decide dónde nos necesita la historia.

Y allí estaba, de algún modo, Guatemala, aunque yo todavía no supiera que acabaría escribiendo estas líneas desde este lado del Atlántico. Allí aprendí que una división puede ser local y, al mismo tiempo, pertenecer al mundo entero.

La cocina que no entiende de muros

Había, por supuesto, otra manera de entender el país: sentarse a comer.

La cocina chipriota tiene algo que la política no consiguió destruir. El meze reúne en la misma mesa una cantidad casi diplomática de platos: carnes, ensaladas, aceitunas, verduras, quesos, pescado, koupepia... El halloumi, convertido con el tiempo en embajador gastronómico de la isla, puede servirse a la parrilla, acompañado de verduras o incluso con sandía. La gastronomía local mezcla influencias griegas, turcas, levantinas y mediterráneas.

Me interesó esa convivencia culinaria. La política había levantado muros; la cocina se empeñaba en ignorarlos.

Siempre he pensado que un país se entiende mejor cuando uno descubre qué pone la gente en la mesa. Las constituciones explican cómo se organiza el poder. Una comida explica cómo se organiza la memoria.

Había allí una lección sencilla: se puede partir una ciudad, un ejército o una administración. Es mucho más complicado hacerlo por completo en una cultura que lleva siglos compartiendo ingredientes.

Por eso recuerdo tanto aquel lugar: por la mezcla. Por el tráfico británico, las iglesias ortodoxas, las mezquitas, el Mediterráneo, los hoteles de Limassol, las ruinas de Pafos, las montañas del interior y los soldados argentinos. Por una Europa que estaba a punto de incorporar a Chipre mientras el país seguía sin incorporarse a sí mismo.

Lo que queda

Han pasado más de veinte años desde aquel viaje. Los sacos de arena ya no son exactamente los mismos y algunos pasos de la Línea Verde han cambiado. Pero la separación permanece. En 2026, António Guterres ha vuelto a Nicosia para impulsar nuevos esfuerzos de negociación, más de medio siglo después de que la ONU llegara allí.

A veces pienso que ciertas heridas tienen una extraordinaria capacidad para sobrevivir a quienes las causaron.

Quizá por eso, cuando recuerdo aquel viaje, no veo primero las playas ni las ruinas ni siquiera aquella entrevista con el ministro de Finanzas. Veo una calle de Nicosia que se corta de repente. Veo unos sacos de arena. Y veo, detrás de ellos, a unos soldados argentinos custodiando una raya que estaba a miles de kilómetros de su casa.

Entonces comprendo que tal vez las fronteras más difíciles de borrar no sean las que aparecen en los mapas, sino las que terminamos aceptando como parte del paisaje.

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