Así como los médicos hablan de salud y de enfermedad, en Ética y Compliance debemos hablar tanto de integridad como de corrupción. En medicina, comprender la enfermedad ayuda a generar medicamentos y también a identificar estrategias de cuidado de la salud. En nuestro campo, comprender cómo surge la corrupción nos ayudará a diseñar mejores estrategias de prevención.
Puestos a esta tarea, lo primero que debemos comprender es que la corrupción en nuestros países tiene dos tipos de causas, unas que podemos llamar externas o contextuales y otras a las que llamaremos internas o antropológicas.
De acuerdo con varios estudios, las causas externas de la corrupción en los países en vías de desarrollo son: 1) carencias o debilidades de los sistemas normativos gubernamentales y/o institucionales; 2) bajo nivel educativo de la población; 3) pobreza y pobreza extrema; 4) presión del crimen organizado sobre los operadores de justicia o sobre las administraciones en general.
Y no cabe duda de que estas causas actúan para generar el triste panorama de corrupción que nos rodea. Sin embargo, quiero llamar la atención sobre un aspecto. Es evidente que muchos actos de corrupción en nuestra región son cometidos por personas con alto nivel académico, con alto nivel socioeconómico y en contextos que no tienen nada que ver con el crimen organizado. Es más, cabe recordar que también existe corrupción en países del primer mundo donde las causas externas o contextuales antes mencionadas no existen o tienen poca relevancia.
Esta observación básica nos lleva a la conclusión de que debe existir otro orden de causas que actúa como verdadero caldo de cultivo, un tipo de causas que es capaz de generar corrupción aún en contextos de riqueza y alto nivel educativo. Es entonces cuando toca hablar de las causas internas o antropológicas.
Por causas internas o antropológicas nos referimos a un conjunto de procesos meramente humanos, de orden psicológico-emocional, que condicionan el proceso de toma de decisiones de una persona, conduciendo a conductas que calificamos como corruptas. Entre estos procesos humanos podemos citar: 1) Racionalización o justificación, que ocurre cuando una personas vislumbra la falta de ética y/o ilegalidad de lo que hará, pero acaba racionalizando que es algo necesario para este o aquel fin o en beneficio de esta o aquella causa; 2) Sentido de rol en la sociedad, que se describe como un punto en un espectro que va desde la avaricia y el individualismo hasta la generosidad y el altruismo. Por supuesto, la conducta corrupta está sustancialmente orientada a la avaricia y al individualismo, por oposición a la conducta íntegra que, por tener una base altruista, siempre está vinculada al sentido de búsqueda del bien común y al aporte positivo a la comunidad; 3) Visión de corto plazo; 4) Materialismo: el peso mayor de la decisión lo tienen los aspectos meramente monetarios en detrimento de otros aspectos como la reputación y la honorabilidad.
Con respecto a las racionalizaciones o justificaciones, algunos expertos han desgranado algunos patrones en la toma de decisiones corruptas: 1) se comienza restando gravedad o importancia al acto no ético o ilegal que se va a cometer; 2) se argumenta (propiamente racionalizar) que se hará por el bien de una persona, grupo, causa o institución; 3) se entra en el autoengaño afirmando que lo que se haga nunca va a ser descubierto porque se hará “muy bien”; y, finalmente, pasados todos los anestésicos de conciencia antes mencionados, 4) se acaba restando gravedad a la sanción posible por el acto que se va a cometer.
Por el fin y la extensión del presente artículo de divulgación, no puedo extenderme más en este análisis. Pero a estas alturas el lector ya habrá concluido que, si bien las causas contextuales o externas tienen su peso específico, de lo que se trata en realidad en la lucha contra la corrupción es identificar las estrategias de formación que conduzcan a quienes tienen poder o lo llegarán a tener (estudiantes universitarios de los diferentes grados y posgrados) a autodiagnosticarse en cuanto a las causas internas mencionadas. Y dejo, para terminar, unas preguntas detonadoras de ese autodiagnóstico: ¿Tiendo a racionalizar o justificar conductas no éticas y/o ilegales? ¿Resto importancia a los aspectos éticos de una decisión, centrándome en las consecuencias económicas? ¿Priorizo el bien a corto plazo sin considerar el largo plazo de mi decisión? ¿Mis decisiones ponderan el beneficio económico versus el impacto reputacional de las mismas? ¿Mi sentido de rol en la sociedad es equilibrado o tiende hacia el lado avaro e individualista del espectro?
Nos vemos en la siguiente columna.
Las causas antropológicas de la corrupción
Así como los médicos hablan de salud y de enfermedad, en Ética y Compliance debemos hablar tanto de integridad como de corrupción. En medicina, comprender la enfermedad ayuda a generar medicamentos y también a identificar estrategias de cuidado de la salud. En nuestro campo, comprender cómo surge la corrupción nos ayudará a diseñar mejores estrategias de prevención.
Puestos a esta tarea, lo primero que debemos comprender es que la corrupción en nuestros países tiene dos tipos de causas, unas que podemos llamar externas o contextuales y otras a las que llamaremos internas o antropológicas.
De acuerdo con varios estudios, las causas externas de la corrupción en los países en vías de desarrollo son: 1) carencias o debilidades de los sistemas normativos gubernamentales y/o institucionales; 2) bajo nivel educativo de la población; 3) pobreza y pobreza extrema; 4) presión del crimen organizado sobre los operadores de justicia o sobre las administraciones en general.
Y no cabe duda de que estas causas actúan para generar el triste panorama de corrupción que nos rodea. Sin embargo, quiero llamar la atención sobre un aspecto. Es evidente que muchos actos de corrupción en nuestra región son cometidos por personas con alto nivel académico, con alto nivel socioeconómico y en contextos que no tienen nada que ver con el crimen organizado. Es más, cabe recordar que también existe corrupción en países del primer mundo donde las causas externas o contextuales antes mencionadas no existen o tienen poca relevancia.
Esta observación básica nos lleva a la conclusión de que debe existir otro orden de causas que actúa como verdadero caldo de cultivo, un tipo de causas que es capaz de generar corrupción aún en contextos de riqueza y alto nivel educativo. Es entonces cuando toca hablar de las causas internas o antropológicas.
Por causas internas o antropológicas nos referimos a un conjunto de procesos meramente humanos, de orden psicológico-emocional, que condicionan el proceso de toma de decisiones de una persona, conduciendo a conductas que calificamos como corruptas. Entre estos procesos humanos podemos citar: 1) Racionalización o justificación, que ocurre cuando una personas vislumbra la falta de ética y/o ilegalidad de lo que hará, pero acaba racionalizando que es algo necesario para este o aquel fin o en beneficio de esta o aquella causa; 2) Sentido de rol en la sociedad, que se describe como un punto en un espectro que va desde la avaricia y el individualismo hasta la generosidad y el altruismo. Por supuesto, la conducta corrupta está sustancialmente orientada a la avaricia y al individualismo, por oposición a la conducta íntegra que, por tener una base altruista, siempre está vinculada al sentido de búsqueda del bien común y al aporte positivo a la comunidad; 3) Visión de corto plazo; 4) Materialismo: el peso mayor de la decisión lo tienen los aspectos meramente monetarios en detrimento de otros aspectos como la reputación y la honorabilidad.
Con respecto a las racionalizaciones o justificaciones, algunos expertos han desgranado algunos patrones en la toma de decisiones corruptas: 1) se comienza restando gravedad o importancia al acto no ético o ilegal que se va a cometer; 2) se argumenta (propiamente racionalizar) que se hará por el bien de una persona, grupo, causa o institución; 3) se entra en el autoengaño afirmando que lo que se haga nunca va a ser descubierto porque se hará “muy bien”; y, finalmente, pasados todos los anestésicos de conciencia antes mencionados, 4) se acaba restando gravedad a la sanción posible por el acto que se va a cometer.
Por el fin y la extensión del presente artículo de divulgación, no puedo extenderme más en este análisis. Pero a estas alturas el lector ya habrá concluido que, si bien las causas contextuales o externas tienen su peso específico, de lo que se trata en realidad en la lucha contra la corrupción es identificar las estrategias de formación que conduzcan a quienes tienen poder o lo llegarán a tener (estudiantes universitarios de los diferentes grados y posgrados) a autodiagnosticarse en cuanto a las causas internas mencionadas. Y dejo, para terminar, unas preguntas detonadoras de ese autodiagnóstico: ¿Tiendo a racionalizar o justificar conductas no éticas y/o ilegales? ¿Resto importancia a los aspectos éticos de una decisión, centrándome en las consecuencias económicas? ¿Priorizo el bien a corto plazo sin considerar el largo plazo de mi decisión? ¿Mis decisiones ponderan el beneficio económico versus el impacto reputacional de las mismas? ¿Mi sentido de rol en la sociedad es equilibrado o tiende hacia el lado avaro e individualista del espectro?
Nos vemos en la siguiente columna.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: