Actualidad
Actualidad
Política
Política
Empresa
Empresa
Opinión
Opinión
Webinars
Webinars
Inmobiliaria
Inmobiliaria
Eventos
Eventos
Agenda Empresarial
Agenda Empresarial
Descubre
Descubre

La vulnerabilidad que construimos todos los días

“Invertir en reducir la vulnerabilidad y apostar por la prevención hoy, es invertir en el futuro de una manera sostenible y rentable.”

Luis Diego Dávila | ldavila@unis.edu.gt |
26 de agosto, 2026

Todos tenemos en la familia a alguien que le teme profundamente a los temblores. No importa si es pequeño o grande, siempre se asusta. Y es comprensible. Un sismo, además de los sustos, puede generar daños materiales e incluso pérdidas humanas. Si produce daños a nuestra casa, empresa o fábrica, solemos atribuir las pérdidas a la fuerza del terremoto. Sin embargo, la vulnerabilidad de la casa, de la empresa o de la fábrica no aparece el día del terremoto como por arte de magia. Se construye lentamente durante años y, lo peor de todo, se manifiesta en apenas unos segundos. Esta manifestación puede ser leve o mortal; todo dependerá de las decisiones que se tomaron previamente.

La vulnerabilidad tiene un alto componente económico. Normalmente solo pensamos en los costos de reparación, rehabilitación o reconstrucción. Este costo es solo el primero y superficial. Podríamos clasificar en cuatro las posibles pérdidas económicas tras un sismo.

En primer lugar, las más visibles y directas, por ejemplo, edificios colapsados, hospitales dañados, infraestructura vial destruida, escuelas dañadas y miles de viviendas perdidas. Este es el costo más evidente; aparece en las noticias con imágenes que pueden causar un gran impacto. En este sentido, solo los terremotos y las guerras generan escenarios tan destructivos y desoladores.

SUSCRÍBASE A NUESTRO NEWSLETTER

En segundo lugar, están las pérdidas indirectas que son menos visibles y mucho mayores que las anteriores. Estas pérdidas pueden durar meses o incluso años según la magnitud del desastre. Empresas que dejan de producir, comercios incapaces de reabrir, trabajadores que no pueden llegar o incluso regresar a sus empleos, interrupción del turismo nacional e internacional, cadenas logísticas interrumpidas o afectadas y pérdidas de inversión. Veamos un ejemplo: una industria que permanece cerrada durante varios meses por reparaciones. No solo pierde su edificio, sino que pierde producción, clientes, contratos y empleos. Este impacto rara vez se da a conocer. Sin embargo, suele representar una parte importante del costo económico tras el terremoto.

En tercer lugar, podemos considerar el costo de oportunidad. Últimamente, en Guatemala hablamos del “boom” demográfico, de nuestra transformación urbana y de nuestra estabilidad macroeconómica. ¿Qué pasaría si volviera a ocurrir un terremoto de elevada magnitud? El costo de oportunidad para Guatemala sería grandísimo.

Podemos hablar de varios años, incluso llegar a la decena. Esta pérdida de oportunidad se manifiesta principalmente en el destino de la inversión, en lugar de impulsar el desarrollo, se debe reconstruir y reparar. Cada quetzal destinado a reconstruir hospitales, escuelas, carreteras es un quetzal menos que se deja invertir en nuevas oportunidades.

Y, en cuarto lugar, impacta al sistema financiero y de seguros. Esta relación se ve afectada según el grado de daño y la destrucción masiva de los activos fijos, que se puede traducir en reclamos masivos para las aseguradoras y posiblemente en una cadena de incumplimientos en los créditos bancarios. En estos escenarios, el riesgo del impago por destrucción de viviendas y negocios afecta directamente al deterioro del capital bancario. La interrupción de servicios y cadenas de suministro genera incertidumbre. Puede ocurrir una desaceleración económica, desviación de fondos públicos para emergencia y una caída o contracción del PIB nacional y de los ingresos fiscales. En resumen, un escenario nada alentador.

Estos desastres no solo destruyen riqueza, sino también retrasan el crecimiento y las oportunidades. La vulnerabilidad no surge porque un edificio sea viejo. Se construye en el tiempo cuando se permite construir donde no debería, no se cumplen las normas, no se invierte en mantenimiento, se desconoce el riesgo, entre muchas cosas más. Por tanto, invertir en reducir la vulnerabilidad, en definitiva, apostar por la prevención es invertir en el futuro de una manera sostenible y con mayor rentabilidad.

La vulnerabilidad que construimos todos los días

“Invertir en reducir la vulnerabilidad y apostar por la prevención hoy, es invertir en el futuro de una manera sostenible y rentable.”

Luis Diego Dávila | ldavila@unis.edu.gt |
26 de agosto, 2026

Todos tenemos en la familia a alguien que le teme profundamente a los temblores. No importa si es pequeño o grande, siempre se asusta. Y es comprensible. Un sismo, además de los sustos, puede generar daños materiales e incluso pérdidas humanas. Si produce daños a nuestra casa, empresa o fábrica, solemos atribuir las pérdidas a la fuerza del terremoto. Sin embargo, la vulnerabilidad de la casa, de la empresa o de la fábrica no aparece el día del terremoto como por arte de magia. Se construye lentamente durante años y, lo peor de todo, se manifiesta en apenas unos segundos. Esta manifestación puede ser leve o mortal; todo dependerá de las decisiones que se tomaron previamente.

La vulnerabilidad tiene un alto componente económico. Normalmente solo pensamos en los costos de reparación, rehabilitación o reconstrucción. Este costo es solo el primero y superficial. Podríamos clasificar en cuatro las posibles pérdidas económicas tras un sismo.

En primer lugar, las más visibles y directas, por ejemplo, edificios colapsados, hospitales dañados, infraestructura vial destruida, escuelas dañadas y miles de viviendas perdidas. Este es el costo más evidente; aparece en las noticias con imágenes que pueden causar un gran impacto. En este sentido, solo los terremotos y las guerras generan escenarios tan destructivos y desoladores.

SUSCRÍBASE A NUESTRO NEWSLETTER

En segundo lugar, están las pérdidas indirectas que son menos visibles y mucho mayores que las anteriores. Estas pérdidas pueden durar meses o incluso años según la magnitud del desastre. Empresas que dejan de producir, comercios incapaces de reabrir, trabajadores que no pueden llegar o incluso regresar a sus empleos, interrupción del turismo nacional e internacional, cadenas logísticas interrumpidas o afectadas y pérdidas de inversión. Veamos un ejemplo: una industria que permanece cerrada durante varios meses por reparaciones. No solo pierde su edificio, sino que pierde producción, clientes, contratos y empleos. Este impacto rara vez se da a conocer. Sin embargo, suele representar una parte importante del costo económico tras el terremoto.

En tercer lugar, podemos considerar el costo de oportunidad. Últimamente, en Guatemala hablamos del “boom” demográfico, de nuestra transformación urbana y de nuestra estabilidad macroeconómica. ¿Qué pasaría si volviera a ocurrir un terremoto de elevada magnitud? El costo de oportunidad para Guatemala sería grandísimo.

Podemos hablar de varios años, incluso llegar a la decena. Esta pérdida de oportunidad se manifiesta principalmente en el destino de la inversión, en lugar de impulsar el desarrollo, se debe reconstruir y reparar. Cada quetzal destinado a reconstruir hospitales, escuelas, carreteras es un quetzal menos que se deja invertir en nuevas oportunidades.

Y, en cuarto lugar, impacta al sistema financiero y de seguros. Esta relación se ve afectada según el grado de daño y la destrucción masiva de los activos fijos, que se puede traducir en reclamos masivos para las aseguradoras y posiblemente en una cadena de incumplimientos en los créditos bancarios. En estos escenarios, el riesgo del impago por destrucción de viviendas y negocios afecta directamente al deterioro del capital bancario. La interrupción de servicios y cadenas de suministro genera incertidumbre. Puede ocurrir una desaceleración económica, desviación de fondos públicos para emergencia y una caída o contracción del PIB nacional y de los ingresos fiscales. En resumen, un escenario nada alentador.

Estos desastres no solo destruyen riqueza, sino también retrasan el crecimiento y las oportunidades. La vulnerabilidad no surge porque un edificio sea viejo. Se construye en el tiempo cuando se permite construir donde no debería, no se cumplen las normas, no se invierte en mantenimiento, se desconoce el riesgo, entre muchas cosas más. Por tanto, invertir en reducir la vulnerabilidad, en definitiva, apostar por la prevención es invertir en el futuro de una manera sostenible y con mayor rentabilidad.

¿Quiere recibir notificaciones de alertas?