La Última Partida
“Mientras queden piezas sobre el tablero, siempre existe la posibilidad de que la siguiente partida sea mejor”.
Hace seis años, en plena pandemia, un amigo y yo nos contagiamos de COVID. Para evitar contagiar a mis hijos, decidí irme a su casa y terminamos pasando juntos casi dos meses de cuarentena, mientras el país permanecía prácticamente cerrado. En aquel entonces yo tenía una calcomanía de Agexport que me permitía circular por ser productor agrícola, así que mi encierro era solo parcial. Recuerdo salir y encontrar una ciudad que parecía abandonada. Podía recorrer toda la Roosevelt sin tráfico, algo que, en Guatemala, en circunstancias normales, habría parecido imposible.
Durante esos días tampoco había demasiado que hacer. Pedíamos comida, yo tocaba el piano que había en su casa y, sobre todo, jugábamos ajedrez. Todos los días había partidas. Muchas partidas. Y la rivalidad era seria. Karpov y Kasparov no eran nada comparados con nosotros. Finalmente llegó el momento de volver a la realidad. Antes de despedirnos le propuse una última partida. “Esta es la definitiva”, le dije “El que gane será el campeón absoluto del encierro 2020”.
Saqué las piezas de madera y las coloqué sobre el tablero profesional. Tomé un peón blanco en una mano y uno negro en la otra. Mi amigo escogió una mano y el azar decidió que jugaría con negras. “Tengo la ventaja”, le dije. Y empecé el juego con mi mejor apertura. Pero algo extraño pasó ese día. No entendía qué estaba haciendo diferente ni qué estaba ocurriendo en el tablero. Mi amigo me ganó con una facilidad que no era normal.
No podía dejar aquello así. ¡Juguemos otra!, le dije. Jugamos de nuevo. Me volvió a ganar. Jugamos una tercera. También me ganó. Y luego una cuarta. Cuatro partidas seguidas. Cuatro derrotas. Y no solo me había ganado: me había ganado con una facilidad que nunca antes le había visto. Entonces, después de la última partida, me confesó: “La verdad es que no eres tan bueno jugando ajedrez. Lo que pasa es que, si yo hubiera jugado siempre a mi nivel, habría sido muy aburrido ganarte tan fácil. Y después de un tiempo ya no habrías querido jugar conmigo”
De pronto entendí todo. Durante casi dos meses yo había creído que teníamos una de las grandes rivalidades ajedrecísticas de la historia. Resultó que mi amigo llevaba dos meses dejándome ganar lo suficiente para que siguiera jugando. Fue un golpe de realidad. Y así terminó el encierro de 2020, dándome cuenta que muchas veces no conocemos el límite de nuestras capacidades y nuestras limitaciones.
Y en la vida sucede algo todavía más extraño. A veces creemos que vamos ganando porque tenemos el trabajo que queríamos, las personas que amamos a nuestro lado o la vida que imaginamos, hasta que un día el tablero cambia sin pedirnos permiso. Algo termina, alguien se va, perdemos aquello que queríamos conservar y nos preguntamos qué hicimos mal o por qué tenía que suceder. Quizá no siempre exista una respuesta inmediata. Pero perder una partida no significa haber perdido el juego. Con el tiempo podemos descubrir que aquello que parecía una derrota nos obligó a conocernos mejor, a aprender movimientos que nunca habríamos intentado y a dejar espacio para personas y oportunidades que todavía no conocemos. Después de todo, mientras queden piezas sobre el tablero, siempre existe la posibilidad de que la siguiente partida sea mejor, pero al final, el rey y el peón, vuelven a la misma caja.
La Última Partida
“Mientras queden piezas sobre el tablero, siempre existe la posibilidad de que la siguiente partida sea mejor”.
Hace seis años, en plena pandemia, un amigo y yo nos contagiamos de COVID. Para evitar contagiar a mis hijos, decidí irme a su casa y terminamos pasando juntos casi dos meses de cuarentena, mientras el país permanecía prácticamente cerrado. En aquel entonces yo tenía una calcomanía de Agexport que me permitía circular por ser productor agrícola, así que mi encierro era solo parcial. Recuerdo salir y encontrar una ciudad que parecía abandonada. Podía recorrer toda la Roosevelt sin tráfico, algo que, en Guatemala, en circunstancias normales, habría parecido imposible.
Durante esos días tampoco había demasiado que hacer. Pedíamos comida, yo tocaba el piano que había en su casa y, sobre todo, jugábamos ajedrez. Todos los días había partidas. Muchas partidas. Y la rivalidad era seria. Karpov y Kasparov no eran nada comparados con nosotros. Finalmente llegó el momento de volver a la realidad. Antes de despedirnos le propuse una última partida. “Esta es la definitiva”, le dije “El que gane será el campeón absoluto del encierro 2020”.
Saqué las piezas de madera y las coloqué sobre el tablero profesional. Tomé un peón blanco en una mano y uno negro en la otra. Mi amigo escogió una mano y el azar decidió que jugaría con negras. “Tengo la ventaja”, le dije. Y empecé el juego con mi mejor apertura. Pero algo extraño pasó ese día. No entendía qué estaba haciendo diferente ni qué estaba ocurriendo en el tablero. Mi amigo me ganó con una facilidad que no era normal.
No podía dejar aquello así. ¡Juguemos otra!, le dije. Jugamos de nuevo. Me volvió a ganar. Jugamos una tercera. También me ganó. Y luego una cuarta. Cuatro partidas seguidas. Cuatro derrotas. Y no solo me había ganado: me había ganado con una facilidad que nunca antes le había visto. Entonces, después de la última partida, me confesó: “La verdad es que no eres tan bueno jugando ajedrez. Lo que pasa es que, si yo hubiera jugado siempre a mi nivel, habría sido muy aburrido ganarte tan fácil. Y después de un tiempo ya no habrías querido jugar conmigo”
De pronto entendí todo. Durante casi dos meses yo había creído que teníamos una de las grandes rivalidades ajedrecísticas de la historia. Resultó que mi amigo llevaba dos meses dejándome ganar lo suficiente para que siguiera jugando. Fue un golpe de realidad. Y así terminó el encierro de 2020, dándome cuenta que muchas veces no conocemos el límite de nuestras capacidades y nuestras limitaciones.
Y en la vida sucede algo todavía más extraño. A veces creemos que vamos ganando porque tenemos el trabajo que queríamos, las personas que amamos a nuestro lado o la vida que imaginamos, hasta que un día el tablero cambia sin pedirnos permiso. Algo termina, alguien se va, perdemos aquello que queríamos conservar y nos preguntamos qué hicimos mal o por qué tenía que suceder. Quizá no siempre exista una respuesta inmediata. Pero perder una partida no significa haber perdido el juego. Con el tiempo podemos descubrir que aquello que parecía una derrota nos obligó a conocernos mejor, a aprender movimientos que nunca habríamos intentado y a dejar espacio para personas y oportunidades que todavía no conocemos. Después de todo, mientras queden piezas sobre el tablero, siempre existe la posibilidad de que la siguiente partida sea mejor, pero al final, el rey y el peón, vuelven a la misma caja.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: