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La sociedad transposmoderna

.
Gonzalo Chamorro |
25 de marzo, 2026

Aunque el término transposmodernidad no es de uso habitual en la filosofía contemporánea ni en las ciencias sociales, resulta innegable que un número creciente de autores lo emplea para describir un cambio de paradigma acelerado por la cuarta revolución digital y por la redefinición del concepto de inteligencia, particularmente en su dimensión artificial.

Desde esa perspectiva, puede sostenerse que en buena medida la posmodernidad no logró cumplir su cometido filosófico. Lejos de ello, ha impulsado a la sociedad hacia la renuncia de premisas teleológicas, ha fomentado un relativismo exacerbado que deriva en un escepticismo incoherente y ha contribuido a la consolidación de una cultura obsesionada —e incluso en extremo dogmática— con el posestructuralismo y con ciertos conceptos crípticos asociados a autores como Jean-François Lyotard, Michel Foucault y Jacques Derrida.

Dichos enfoques pretendían configurar el imaginario social sin el respaldo de una evidencia empírica sólida, lo que generó una notable falta de coherencia teórica. A esto se sumó, en ciertos ámbitos, el progresivo abandono del pensamiento crítico como fundamento del debate intelectual y, finalmente, el fracaso del proyecto de conformar comunidades verdaderamente libres. Y todo ello, sustituido por el avance de una auténtica sociedad de la vigilancia.

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En ese contexto, el filósofo alemán de origen surcoreano Byung-Chul Han ha caracterizado a la cultura contemporánea como un conglomerado de infómatas, es decir, “actores que solo procesan información”[1], inmersos en una prisión inteligente en la que el ser humano es condicionado por una infoesfera de naturaleza ambivalente. Esta infoesfera, comparable a la figura mitológica de Jano —divinidad representada con dos rostros orientados en direcciones opuestas—, promete mayores márgenes de libertad mientras, simultáneamente, somete a los individuos a una vigilancia y a un control creciente.[2]

La posmodernidad, al demoler los “grandes relatos” que durante siglos otorgaron sentido y cohesión a Occidente, no logró erigir en su lugar un fundamento sólido alternativo. En su estela, ha dejado una sociedad fragmentada, atravesada por la apatía y la disonancia, donde las certezas se diluyen sin ser reemplazadas por convicciones igualmente estables. Más que consolidarse como una filosofía de rigor argumentativo o como una crítica implacable a las pretensiones de la modernidad, terminó por convertirse —paradójicamente— en una prolongación de aquello que pretendía superar.

Lejos de abrir un horizonte más amplio de libertad, la posmodernidad —afirman no pocos críticos— se limitó a reemplazar antiguos dogmas por otros nuevos, más sutiles en su apariencia, pero no por ello menos restrictivos.

Ante el evidente agotamiento de la posmodernidad, se impone una serie de interrogantes que no pueden eludirse: ¿cómo interpretar a una sociedad que ha visto desvanecerse el fulgor que alguna vez prometieron sus albores? ¿De qué modo comprender este desencanto que, lejos de liberar, parece haber dejado un vacío difícil de colmar? ¿Qué tipo de cultura ha emergido de este fenómeno filosófico, marcado por la sospecha, la fragmentación y la renuncia a toda pretensión de verdad?

Asimismo, ¿cuáles son hoy los rasgos que configuran al ser humano en la era de la información, donde la sobreabundancia de datos no siempre se traduce en mayor comprensión de la realidad? ¿Qué formas de identidad, de vínculo y de sentido se han erosionado o transformado en este contexto? ¿Y qué patologías —individuales y colectivas— ha sedimentado en el imaginario social una crítica llevada al extremo, que deconstruye sin reconstruir, que disuelve sin ofrecer nuevas formas de cohesión?

En última instancia, la cuestión de fondo persiste: ¿nos encontramos ante una etapa de tránsito hacia un nuevo horizonte cultural, o más bien frente a una prolongada crisis de sentido cuya salida aún no logramos vislumbrar?

El presente artículo se propone abrir, a lo largo de varias entregas, un espacio de reflexión destinado a esbozar —siquiera en sus líneas más generales— los rasgos constitutivos de esta sociedad transposmoderna. Su derrotero, no exento de ambigüedades, podría traducirse en un progresivo deterioro del horizonte cultural de Occidente y en la eventual profundización de una crisis de carácter civilizatorio, si no se asienta sobre fundamentos sólidos en materia de ética y libertad, así como sobre un renovado y profundo sentido de trascendencia.

 

 

 

 

 

[1] Byung-Chul Han, No cosas: quiebras del mundo de hoy (Madrid: Taurus, 2021), 15

[2] Ibid., 17.

La sociedad transposmoderna

Gonzalo Chamorro |
25 de marzo, 2026
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Aunque el término transposmodernidad no es de uso habitual en la filosofía contemporánea ni en las ciencias sociales, resulta innegable que un número creciente de autores lo emplea para describir un cambio de paradigma acelerado por la cuarta revolución digital y por la redefinición del concepto de inteligencia, particularmente en su dimensión artificial.

Desde esa perspectiva, puede sostenerse que en buena medida la posmodernidad no logró cumplir su cometido filosófico. Lejos de ello, ha impulsado a la sociedad hacia la renuncia de premisas teleológicas, ha fomentado un relativismo exacerbado que deriva en un escepticismo incoherente y ha contribuido a la consolidación de una cultura obsesionada —e incluso en extremo dogmática— con el posestructuralismo y con ciertos conceptos crípticos asociados a autores como Jean-François Lyotard, Michel Foucault y Jacques Derrida.

Dichos enfoques pretendían configurar el imaginario social sin el respaldo de una evidencia empírica sólida, lo que generó una notable falta de coherencia teórica. A esto se sumó, en ciertos ámbitos, el progresivo abandono del pensamiento crítico como fundamento del debate intelectual y, finalmente, el fracaso del proyecto de conformar comunidades verdaderamente libres. Y todo ello, sustituido por el avance de una auténtica sociedad de la vigilancia.

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En ese contexto, el filósofo alemán de origen surcoreano Byung-Chul Han ha caracterizado a la cultura contemporánea como un conglomerado de infómatas, es decir, “actores que solo procesan información”[1], inmersos en una prisión inteligente en la que el ser humano es condicionado por una infoesfera de naturaleza ambivalente. Esta infoesfera, comparable a la figura mitológica de Jano —divinidad representada con dos rostros orientados en direcciones opuestas—, promete mayores márgenes de libertad mientras, simultáneamente, somete a los individuos a una vigilancia y a un control creciente.[2]

La posmodernidad, al demoler los “grandes relatos” que durante siglos otorgaron sentido y cohesión a Occidente, no logró erigir en su lugar un fundamento sólido alternativo. En su estela, ha dejado una sociedad fragmentada, atravesada por la apatía y la disonancia, donde las certezas se diluyen sin ser reemplazadas por convicciones igualmente estables. Más que consolidarse como una filosofía de rigor argumentativo o como una crítica implacable a las pretensiones de la modernidad, terminó por convertirse —paradójicamente— en una prolongación de aquello que pretendía superar.

Lejos de abrir un horizonte más amplio de libertad, la posmodernidad —afirman no pocos críticos— se limitó a reemplazar antiguos dogmas por otros nuevos, más sutiles en su apariencia, pero no por ello menos restrictivos.

Ante el evidente agotamiento de la posmodernidad, se impone una serie de interrogantes que no pueden eludirse: ¿cómo interpretar a una sociedad que ha visto desvanecerse el fulgor que alguna vez prometieron sus albores? ¿De qué modo comprender este desencanto que, lejos de liberar, parece haber dejado un vacío difícil de colmar? ¿Qué tipo de cultura ha emergido de este fenómeno filosófico, marcado por la sospecha, la fragmentación y la renuncia a toda pretensión de verdad?

Asimismo, ¿cuáles son hoy los rasgos que configuran al ser humano en la era de la información, donde la sobreabundancia de datos no siempre se traduce en mayor comprensión de la realidad? ¿Qué formas de identidad, de vínculo y de sentido se han erosionado o transformado en este contexto? ¿Y qué patologías —individuales y colectivas— ha sedimentado en el imaginario social una crítica llevada al extremo, que deconstruye sin reconstruir, que disuelve sin ofrecer nuevas formas de cohesión?

En última instancia, la cuestión de fondo persiste: ¿nos encontramos ante una etapa de tránsito hacia un nuevo horizonte cultural, o más bien frente a una prolongada crisis de sentido cuya salida aún no logramos vislumbrar?

El presente artículo se propone abrir, a lo largo de varias entregas, un espacio de reflexión destinado a esbozar —siquiera en sus líneas más generales— los rasgos constitutivos de esta sociedad transposmoderna. Su derrotero, no exento de ambigüedades, podría traducirse en un progresivo deterioro del horizonte cultural de Occidente y en la eventual profundización de una crisis de carácter civilizatorio, si no se asienta sobre fundamentos sólidos en materia de ética y libertad, así como sobre un renovado y profundo sentido de trascendencia.

 

 

 

 

 

[1] Byung-Chul Han, No cosas: quiebras del mundo de hoy (Madrid: Taurus, 2021), 15

[2] Ibid., 17.

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