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La patria que hablaba alemán

Una madre alemana en España, dos idiomas en casa y una vida entre fronteras. Sin saberlo, ella fue el origen de mis patrias prestadas.

Marcos Jacobo Suárez Sipmann |
15 de septiembre, 2026

Mi madre me enseñó alemán, a leer y a mirar el mundo con una mezcla de curiosidad y cautela. Lo del alemán y los libros lo hizo a propósito. Lo de mirar con cautela lo comprendí mucho después.

Nació en Alemania, vivió buena parte de su vida en España y conservó siempre un pie en cada lugar. Yo nací en Alemania, crecí en España y después me dediqué a acumular países. Visto así, mis patrias prestadas comenzaron mucho antes de que yo empezara a viajar por trabajo. Comenzaron en casa.

Una alemana en España

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Mi madre, Karin, abandonó Alemania siendo una adolescente. Llegó a España en los años cincuenta, cuando una mujer como ella era, por definición, una anomalía.

Se instaló definitivamente con mi padre y nosotros en 1969. Llevaba pantalones cuando muy pocas mujeres españolas lo hacían, fumaba, conducía, hacía cuentas, se ocupaba de impuestos y negocios y ayudaba a mi padre en su consulta.

Jamás fue feminista, pero desde luego no esperaba a que los tiempos le dieran permiso.

Los cuentos y el alemán

Desde muy pequeños nos despertó el interés por los libros. Se empeñó en que mi hermano Fernando y yo disfrutáramos con la lectura. Nos leía cuentos de los hermanos Grimm, Andersen, leyendas nórdicas y todo aquello que pudiera ampliar nuestro horizonte más allá de la casa. Primero nos abrió la ventana de los libros; después se ocupó de que no cerráramos la del idioma.

No había muchas más opciones. Yo iba a un colegio donde ni siquiera se enseñaba inglés. En aquella España franquista apenas había extranjeros y, durante buena parte del año, la única posibilidad de hablar alemán era con ella. No cedió. Fue una de sus grandes insistencias domésticas, aunque ninguno de nosotros la considerase así.

Gracias a ella, el alemán no quedó convertido en una lengua de infancia que se oxida con los años. Y esa insistencia explica algo que entonces no podía entender: siempre hubo en mí un rincón que no era del todo español.

Una mujer de ideas firmes

Era afectuosa, pero también podía ser muy vehemente. Quizá era su manera de desenvolverse en una familia de hombres, en una España que limitaba mucho el papel de la mujer. Sus puntos de vista no eran negociables.

Yo solía aceptarlos con una confianza que tenía algo de método. Si aquello lo decía mi madre, debía de ser verdad. No necesitaba demasiadas pruebas. La autoridad materna tiene esa ventaja: llega instalada de fábrica.

En mi familia todos hemos sido y somos individuos bastante diferentes. Mis padres lo eran; mi hermano y yo, también. Nos ha unido el cariño, naturalmente, pero también algo menos solemne y más útil para convivir: el sentido del humor.

Nos han hecho gracia muchas de las mismas cosas. Y ninguno ha sido dado al rencor. En una familia en la que cuatro personas tienen carácter propio, poder reírse juntos y no llevar una contabilidad de agravios ayuda bastante. Más que muchas terapias familiares.

Había otra cosa que nos unía y que, con los años, recuerdo casi como un territorio familiar: la mesa. Nos gustaba comer bien, beber un buen vino y alargar la sobremesa hasta que la conversación encontraba su propio ritmo. En casa, además, las sobremesas tenían algo de frontera sin aduana: con mi padre hablábamos español y con mi madre, alemán. Cambiábamos de idioma con la misma naturalidad con la que pasábamos de un plato a otro, y quizá aquella mezcla era una de las formas en que aprendimos a convivir con dos mundos sin convertirlos en un problema.

Mi madre trasladaba esa misma facilidad a la cocina. Era una excelente cocinera, y sé que decirlo de una madre puede parecer poco objetivo. Por eso prefiero atenerme a los testimonios de quienes se sentaban a nuestra mesa. A algunos amigos españoles les entusiasmaban sus platos alemanes y le pedían recetas. Otros tenían especial debilidad por su tortilla española, la de patatas, y sostenían que era de las mejores que habían probado. La gracia estaba en el origen de la cocinera: aquella tortilla tan española, que despertaba elogios y hasta cierta devoción, la hacía una alemana. Y cuando preparaba recetas de su país eran los españoles quienes descubrían que la cocina alemana podía ser bastante más interesante de lo que probablemente imaginaban.

Karin no necesitaba discursos sobre integración, identidad o pertenencia. Le bastaba con poner un plato en la mesa. Cocinaba alemán como una alemana y español como si llevara toda la vida haciéndolo. Aquella era otra de sus especialidades: conseguir que dos mundos diferentes se sentaran juntos a comer y descubrieran que tenían bastante en común.

Incluso con el tabaco tenía una relación peculiar. Fumaba, pero sería exagerado llamarla fumadora. Encendía un cigarrillo cuando le apetecía y después podía pasar semanas sin acordarse de él. Hasta para fumar tenía sus propias reglas.

Dibujaba muy bien y era creativa. Cuando mis padres compraron un terreno y decidieron construir una casa, ella diseñó los planos. Prescindió del arquitecto y recurrió solo a un aparejador. Le gustaban los desafíos y, sobre todo, comprobar que podía resolverlos por sí misma.

Mis padres se quisieron mucho, aunque discutieron con frecuencia. Ambos tenían carácter. Eran muy distintos y, a la vez, demasiado parecidos en una cosa: ninguno estaba dispuesto a renunciar fácilmente a su punto de vista. En casa nunca faltaron opiniones, y tampoco quien las defendiera.

Cuando murió mi padre

Poco a poco, fueron muriendo también algunas de las personas que habían formado parte de la vida familiar. A la viudez se sumó otra pérdida menos visible: mi madre fue perdiendo buena parte de aquel círculo social.

Ella nunca había sido tan extrovertida como mi padre. Solía decir, con su mezcla de pragmatismo y humor, que con todas las amistades de su marido ya tenía bastante. Sin embargo, cuando él falleció desapareció también una parte de la vida que habían construido juntos.

En más de una ocasión alguien le dijo que ya podía volver a Alemania. Eso la entristeció. Debió de preguntarse qué significaba exactamente eso de “volver”. Llevaba más de la mitad de su vida en España.

Había hecho de España su casa, pero el idioma que conservó con nosotros mantenía abierta una puerta hacia el país donde había nacido. Esa era su paradoja: había vivido más de media vida en España sin desprenderse de Alemania.

Mis patrias, sus visitas

Muchos años después, ya viuda y con mi hermano formando su propia familia, empezó a visitarme allí donde la vida profesional me llevaba. Para entonces yo ya coleccionaba mis patrias prestadas.

Fue a Zimbabwe, a Chile, a Países Bajos, a Finlandia... Yo la recibía durante unas semanas, dentro del tiempo que yo mismo tenía para estar allí.

Cuando vino a verme a Chile aprovechamos para escapar unos días a Buenos Aires. Paseábamos por una calle cuando dos chicas se hicieron las encontradizas, chocaron conmigo y siguieron adelante. Mi madre me dijo en alemán:

—Cuidado. Esas dos te acaban de quitar la cartera.

Ellas, naturalmente, no entendieron una palabra. Yo sí. Me acerqué y les dije que me la devolvieran. Funcionó. Mi madre acababa de salvarme las vacaciones porteñas, y quizá algo más.

No sé qué me habría dicho si hubiera perdido la cartera. Probablemente que para eso había ido con ella.

A veces pienso que aquellos viajes invirtieron durante unos días nuestra relación de infancia. De niño era ella quien me llevaba hacia otro idioma, otros libros, otra cultura. Ahora era yo quien recorría con ella mis países prestados. Solo que, en Buenos Aires, quedó claro que los papeles no se habían intercambiado por completo.

Durante un tiempo yo podía mostrarle un país. Ella, en cambio, llevaba toda la vida enseñándome algo mucho más importante: que se puede vivir lejos del lugar donde uno nació sin dejar de pertenecerle.

La primera patria prestada

Porque antes de tener patrias prestadas tuve una madre que había aprendido a vivir fuera de la suya.

Cuando pienso en ella, veo a la mujer que llevaba pantalones cuando pocas los llevaban, que conducía, leía, dibujaba, hacía cuentas y diseñaba una casa. Pero, sobre todo, veo a quien nos abrió los libros, mantuvo vivo un idioma y convirtió las diferencias de aquella casa en una fuente de humor.

Mis patrias prestadas no comenzaron cuando empecé a viajar. Comenzaron mucho antes, en una casa española donde se hablaban dos idiomas, se discutía con convicción, se comía bien y nadie llevaba demasiado tiempo la cuenta de los agravios.

Ella cruzó una frontera y construyó allí su vida. Yo crucé muchas y seguí adelante. Los dos aprendimos, cada uno a su manera, que pertenecer no exige haber nacido en un lugar.

Mi madre nunca fue del todo española. Tampoco dejó de ser alemana. Tal vez por eso me enseñó, sin proponérselo, que no siempre hay que escoger.

Y quizá esa sea la primera patria que me prestó.

La patria que hablaba alemán

Una madre alemana en España, dos idiomas en casa y una vida entre fronteras. Sin saberlo, ella fue el origen de mis patrias prestadas.

Marcos Jacobo Suárez Sipmann |
15 de septiembre, 2026

Mi madre me enseñó alemán, a leer y a mirar el mundo con una mezcla de curiosidad y cautela. Lo del alemán y los libros lo hizo a propósito. Lo de mirar con cautela lo comprendí mucho después.

Nació en Alemania, vivió buena parte de su vida en España y conservó siempre un pie en cada lugar. Yo nací en Alemania, crecí en España y después me dediqué a acumular países. Visto así, mis patrias prestadas comenzaron mucho antes de que yo empezara a viajar por trabajo. Comenzaron en casa.

Una alemana en España

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Mi madre, Karin, abandonó Alemania siendo una adolescente. Llegó a España en los años cincuenta, cuando una mujer como ella era, por definición, una anomalía.

Se instaló definitivamente con mi padre y nosotros en 1969. Llevaba pantalones cuando muy pocas mujeres españolas lo hacían, fumaba, conducía, hacía cuentas, se ocupaba de impuestos y negocios y ayudaba a mi padre en su consulta.

Jamás fue feminista, pero desde luego no esperaba a que los tiempos le dieran permiso.

Los cuentos y el alemán

Desde muy pequeños nos despertó el interés por los libros. Se empeñó en que mi hermano Fernando y yo disfrutáramos con la lectura. Nos leía cuentos de los hermanos Grimm, Andersen, leyendas nórdicas y todo aquello que pudiera ampliar nuestro horizonte más allá de la casa. Primero nos abrió la ventana de los libros; después se ocupó de que no cerráramos la del idioma.

No había muchas más opciones. Yo iba a un colegio donde ni siquiera se enseñaba inglés. En aquella España franquista apenas había extranjeros y, durante buena parte del año, la única posibilidad de hablar alemán era con ella. No cedió. Fue una de sus grandes insistencias domésticas, aunque ninguno de nosotros la considerase así.

Gracias a ella, el alemán no quedó convertido en una lengua de infancia que se oxida con los años. Y esa insistencia explica algo que entonces no podía entender: siempre hubo en mí un rincón que no era del todo español.

Una mujer de ideas firmes

Era afectuosa, pero también podía ser muy vehemente. Quizá era su manera de desenvolverse en una familia de hombres, en una España que limitaba mucho el papel de la mujer. Sus puntos de vista no eran negociables.

Yo solía aceptarlos con una confianza que tenía algo de método. Si aquello lo decía mi madre, debía de ser verdad. No necesitaba demasiadas pruebas. La autoridad materna tiene esa ventaja: llega instalada de fábrica.

En mi familia todos hemos sido y somos individuos bastante diferentes. Mis padres lo eran; mi hermano y yo, también. Nos ha unido el cariño, naturalmente, pero también algo menos solemne y más útil para convivir: el sentido del humor.

Nos han hecho gracia muchas de las mismas cosas. Y ninguno ha sido dado al rencor. En una familia en la que cuatro personas tienen carácter propio, poder reírse juntos y no llevar una contabilidad de agravios ayuda bastante. Más que muchas terapias familiares.

Había otra cosa que nos unía y que, con los años, recuerdo casi como un territorio familiar: la mesa. Nos gustaba comer bien, beber un buen vino y alargar la sobremesa hasta que la conversación encontraba su propio ritmo. En casa, además, las sobremesas tenían algo de frontera sin aduana: con mi padre hablábamos español y con mi madre, alemán. Cambiábamos de idioma con la misma naturalidad con la que pasábamos de un plato a otro, y quizá aquella mezcla era una de las formas en que aprendimos a convivir con dos mundos sin convertirlos en un problema.

Mi madre trasladaba esa misma facilidad a la cocina. Era una excelente cocinera, y sé que decirlo de una madre puede parecer poco objetivo. Por eso prefiero atenerme a los testimonios de quienes se sentaban a nuestra mesa. A algunos amigos españoles les entusiasmaban sus platos alemanes y le pedían recetas. Otros tenían especial debilidad por su tortilla española, la de patatas, y sostenían que era de las mejores que habían probado. La gracia estaba en el origen de la cocinera: aquella tortilla tan española, que despertaba elogios y hasta cierta devoción, la hacía una alemana. Y cuando preparaba recetas de su país eran los españoles quienes descubrían que la cocina alemana podía ser bastante más interesante de lo que probablemente imaginaban.

Karin no necesitaba discursos sobre integración, identidad o pertenencia. Le bastaba con poner un plato en la mesa. Cocinaba alemán como una alemana y español como si llevara toda la vida haciéndolo. Aquella era otra de sus especialidades: conseguir que dos mundos diferentes se sentaran juntos a comer y descubrieran que tenían bastante en común.

Incluso con el tabaco tenía una relación peculiar. Fumaba, pero sería exagerado llamarla fumadora. Encendía un cigarrillo cuando le apetecía y después podía pasar semanas sin acordarse de él. Hasta para fumar tenía sus propias reglas.

Dibujaba muy bien y era creativa. Cuando mis padres compraron un terreno y decidieron construir una casa, ella diseñó los planos. Prescindió del arquitecto y recurrió solo a un aparejador. Le gustaban los desafíos y, sobre todo, comprobar que podía resolverlos por sí misma.

Mis padres se quisieron mucho, aunque discutieron con frecuencia. Ambos tenían carácter. Eran muy distintos y, a la vez, demasiado parecidos en una cosa: ninguno estaba dispuesto a renunciar fácilmente a su punto de vista. En casa nunca faltaron opiniones, y tampoco quien las defendiera.

Cuando murió mi padre

Poco a poco, fueron muriendo también algunas de las personas que habían formado parte de la vida familiar. A la viudez se sumó otra pérdida menos visible: mi madre fue perdiendo buena parte de aquel círculo social.

Ella nunca había sido tan extrovertida como mi padre. Solía decir, con su mezcla de pragmatismo y humor, que con todas las amistades de su marido ya tenía bastante. Sin embargo, cuando él falleció desapareció también una parte de la vida que habían construido juntos.

En más de una ocasión alguien le dijo que ya podía volver a Alemania. Eso la entristeció. Debió de preguntarse qué significaba exactamente eso de “volver”. Llevaba más de la mitad de su vida en España.

Había hecho de España su casa, pero el idioma que conservó con nosotros mantenía abierta una puerta hacia el país donde había nacido. Esa era su paradoja: había vivido más de media vida en España sin desprenderse de Alemania.

Mis patrias, sus visitas

Muchos años después, ya viuda y con mi hermano formando su propia familia, empezó a visitarme allí donde la vida profesional me llevaba. Para entonces yo ya coleccionaba mis patrias prestadas.

Fue a Zimbabwe, a Chile, a Países Bajos, a Finlandia... Yo la recibía durante unas semanas, dentro del tiempo que yo mismo tenía para estar allí.

Cuando vino a verme a Chile aprovechamos para escapar unos días a Buenos Aires. Paseábamos por una calle cuando dos chicas se hicieron las encontradizas, chocaron conmigo y siguieron adelante. Mi madre me dijo en alemán:

—Cuidado. Esas dos te acaban de quitar la cartera.

Ellas, naturalmente, no entendieron una palabra. Yo sí. Me acerqué y les dije que me la devolvieran. Funcionó. Mi madre acababa de salvarme las vacaciones porteñas, y quizá algo más.

No sé qué me habría dicho si hubiera perdido la cartera. Probablemente que para eso había ido con ella.

A veces pienso que aquellos viajes invirtieron durante unos días nuestra relación de infancia. De niño era ella quien me llevaba hacia otro idioma, otros libros, otra cultura. Ahora era yo quien recorría con ella mis países prestados. Solo que, en Buenos Aires, quedó claro que los papeles no se habían intercambiado por completo.

Durante un tiempo yo podía mostrarle un país. Ella, en cambio, llevaba toda la vida enseñándome algo mucho más importante: que se puede vivir lejos del lugar donde uno nació sin dejar de pertenecerle.

La primera patria prestada

Porque antes de tener patrias prestadas tuve una madre que había aprendido a vivir fuera de la suya.

Cuando pienso en ella, veo a la mujer que llevaba pantalones cuando pocas los llevaban, que conducía, leía, dibujaba, hacía cuentas y diseñaba una casa. Pero, sobre todo, veo a quien nos abrió los libros, mantuvo vivo un idioma y convirtió las diferencias de aquella casa en una fuente de humor.

Mis patrias prestadas no comenzaron cuando empecé a viajar. Comenzaron mucho antes, en una casa española donde se hablaban dos idiomas, se discutía con convicción, se comía bien y nadie llevaba demasiado tiempo la cuenta de los agravios.

Ella cruzó una frontera y construyó allí su vida. Yo crucé muchas y seguí adelante. Los dos aprendimos, cada uno a su manera, que pertenecer no exige haber nacido en un lugar.

Mi madre nunca fue del todo española. Tampoco dejó de ser alemana. Tal vez por eso me enseñó, sin proponérselo, que no siempre hay que escoger.

Y quizá esa sea la primera patria que me prestó.

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