En una entrevista reciente, la diputada española Cayetana Álvarez de Toledo hizo un llamado a evitar lo que denomina «necrofilia ideológica», una expresión tan provocadora como sugerente con la que se refiere al amor por las ideas fracasadas. La metáfora retrata una tentación recurrente de la política y del pensamiento: aferrarnos a doctrinas que ya han sido sometidas al juicio de la realidad y cuyos resultados han desmentido las promesas que las hicieron atractivas. Abandonar una idea en la que hemos creído durante años no es sencillo, porque supone reconocer que quizá estábamos equivocados. Sin embargo, cuando la fidelidad a una doctrina pesa más que la evidencia, las ideas dejan de servirnos para comprender la realidad y comienzan a servirnos para negarla.
La «necrofilia ideológica» aparece precisamente cuando nos empeñamos en resucitar aquello que la experiencia ya ha demostrado fallido, justificando cada fracaso con el argumento de que la idea era correcta, pero fue mal ejecutada, ocurrió en circunstancias adversas o simplemente «no se aplicó de verdad». Frente a esa obstinación, una sociedad intelectualmente madura debería cultivar la capacidad de confrontar sus convicciones con los hechos, aprender de sus errores y abandonar sin nostalgia aquellas fórmulas que no funcionan.
Guatemala también practica su propia «necrofilia ideológica»: seguimos enamorados de ideas, discursos y formas de hacer política que llevan décadas demostrando su fracaso. Cambian los partidos, cambian los rostros y cambian los eslóganes, pero sobreviven el caudillismo, el clientelismo, el oportunismo y esa cómoda costumbre de culpar siempre al anterior. Cada cuatro años aparecen candidatos prometiendo rescatar al país de «los mismos de siempre», aunque demasiadas veces terminan rodeados de los mismos operadores, negociando con los mismos intereses y administrando las mismas instituciones incapaces de garantizar carreteras dignas, escuelas funcionales, seguridad o servicios públicos elementales. No tenemos escasez de discursos renovadores; tenemos abundancia de viejas prácticas disfrazadas de cambio.
Pero nuestra decadencia política quizá sea consecuencia de una decadencia intelectual todavía más grave: hemos sustituido los principios por bandos. Defendemos la democracia cuando gana el nuestro, denunciamos los abusos cuando los comete el adversario y exigimos independencia institucional solamente cuando las instituciones deciden como queremos. Izquierda y derecha pueden caer exactamente en el mismo vicio: justificar el fracaso propio y convertir cualquier crítica en una traición. Guatemala no necesita otra generación de fanáticos defendiendo cadáveres ideológicos ni nuevos mesías ofreciendo resurrecciones políticas. Necesita algo mucho más incómodo: ciudadanos dispuestos a juzgar las ideas por sus resultados, a exigir coherencia incluso a los suyos y a admitir que una idea fracasada no se vuelve buena por repetirla durante cincuenta años. Hay ideas que merecen debate; otras merecen entierro. Y Guatemala lleva demasiado tiempo confundiendo el cementerio con el futuro.
La pregunta incómoda, entonces, no es solamente qué está mal con nuestros políticos, sino qué estamos dispuestos a cambiar nosotros. ¿Cuántas veces hemos votado por miedo, costumbre, simpatía o resentimiento en lugar de hacerlo después de examinar resultados? ¿Cuántas veces condenamos en el adversario lo que justificamos en los nuestros? ¿Cuántas veces compartimos una consigna sin verificarla, defendemos a un político como si fuera un
equipo de fútbol o aceptamos que nos dividan entre buenos y malos para evitar discutir lo verdaderamente importante? Quizá el deterioro de nuestra política no empiece únicamente en el Congreso, los partidos o los despachos públicos. Quizá también comience frente al espejo.
Cambiarlo exige más que indignación. Exige leer antes de repetir, verificar antes de compartir, preguntar antes de creer y recordar antes de votar. Exige conocer quiénes son nuestros diputados, alcaldes y funcionarios; revisar cómo votan, qué prometieron, qué resultados entregaron y a quiénes benefician sus decisiones. Exige dejar de premiar con nuestro voto al corrupto «porque roba, pero hace», al incompetente porque pertenece a nuestro bando y al demagogo porque dice exactamente lo que queremos escuchar. La ciudadanía no termina cuando deposita una papeleta: comienza allí. Fiscalizar, denunciar, organizarse, participar y exigir cuentas son verbos mucho menos emocionantes que «revolucionar», pero probablemente sean mucho más revolucionarios.
Guatemala no necesita cambiar de amo, sino dejar de buscarlos. No necesita otro caudillo que piense por nosotros, otro partido que nos diga a quién odiar ni otra ideología que convierta nuestras frustraciones en obediencia. Necesitamos recuperar el derecho —y asumir la obligación— de pensar. Que cada ciudadano se atreva a cuestionar incluso aquello que siempre ha defendido; que ninguna bandera valga más que la verdad, ningún líder más que la ley y ninguna doctrina más que sus resultados.
Porque los países no cambian cuando aparece un mesías político. Cambian cuando suficientes ciudadanos deciden que ya no necesitan uno; cuando dejan de entregar su destino a quienes prometen salvarlos y asumen, con todas sus consecuencias, la responsabilidad de construirlo por sí mismos. Ninguna nación puede llamarse libre mientras sus ciudadanos esperen de otros el permiso, la dirección o la promesa de un futuro mejor. Enterremos, entonces, las ideas que fracasaron, rompamos la lealtad con los viejos vicios y tengamos el valor de construir algo distinto. Guatemala lleva demasiado tiempo caminando entre los muertos. Ha llegado la hora de abandonar el cementerio.
En una entrevista reciente, la diputada española Cayetana Álvarez de Toledo hizo un llamado a evitar lo que denomina «necrofilia ideológica», una expresión tan provocadora como sugerente con la que se refiere al amor por las ideas fracasadas. La metáfora retrata una tentación recurrente de la política y del pensamiento: aferrarnos a doctrinas que ya han sido sometidas al juicio de la realidad y cuyos resultados han desmentido las promesas que las hicieron atractivas. Abandonar una idea en la que hemos creído durante años no es sencillo, porque supone reconocer que quizá estábamos equivocados. Sin embargo, cuando la fidelidad a una doctrina pesa más que la evidencia, las ideas dejan de servirnos para comprender la realidad y comienzan a servirnos para negarla.
La «necrofilia ideológica» aparece precisamente cuando nos empeñamos en resucitar aquello que la experiencia ya ha demostrado fallido, justificando cada fracaso con el argumento de que la idea era correcta, pero fue mal ejecutada, ocurrió en circunstancias adversas o simplemente «no se aplicó de verdad». Frente a esa obstinación, una sociedad intelectualmente madura debería cultivar la capacidad de confrontar sus convicciones con los hechos, aprender de sus errores y abandonar sin nostalgia aquellas fórmulas que no funcionan.
Guatemala también practica su propia «necrofilia ideológica»: seguimos enamorados de ideas, discursos y formas de hacer política que llevan décadas demostrando su fracaso. Cambian los partidos, cambian los rostros y cambian los eslóganes, pero sobreviven el caudillismo, el clientelismo, el oportunismo y esa cómoda costumbre de culpar siempre al anterior. Cada cuatro años aparecen candidatos prometiendo rescatar al país de «los mismos de siempre», aunque demasiadas veces terminan rodeados de los mismos operadores, negociando con los mismos intereses y administrando las mismas instituciones incapaces de garantizar carreteras dignas, escuelas funcionales, seguridad o servicios públicos elementales. No tenemos escasez de discursos renovadores; tenemos abundancia de viejas prácticas disfrazadas de cambio.
Pero nuestra decadencia política quizá sea consecuencia de una decadencia intelectual todavía más grave: hemos sustituido los principios por bandos. Defendemos la democracia cuando gana el nuestro, denunciamos los abusos cuando los comete el adversario y exigimos independencia institucional solamente cuando las instituciones deciden como queremos. Izquierda y derecha pueden caer exactamente en el mismo vicio: justificar el fracaso propio y convertir cualquier crítica en una traición. Guatemala no necesita otra generación de fanáticos defendiendo cadáveres ideológicos ni nuevos mesías ofreciendo resurrecciones políticas. Necesita algo mucho más incómodo: ciudadanos dispuestos a juzgar las ideas por sus resultados, a exigir coherencia incluso a los suyos y a admitir que una idea fracasada no se vuelve buena por repetirla durante cincuenta años. Hay ideas que merecen debate; otras merecen entierro. Y Guatemala lleva demasiado tiempo confundiendo el cementerio con el futuro.
La pregunta incómoda, entonces, no es solamente qué está mal con nuestros políticos, sino qué estamos dispuestos a cambiar nosotros. ¿Cuántas veces hemos votado por miedo, costumbre, simpatía o resentimiento en lugar de hacerlo después de examinar resultados? ¿Cuántas veces condenamos en el adversario lo que justificamos en los nuestros? ¿Cuántas veces compartimos una consigna sin verificarla, defendemos a un político como si fuera un
equipo de fútbol o aceptamos que nos dividan entre buenos y malos para evitar discutir lo verdaderamente importante? Quizá el deterioro de nuestra política no empiece únicamente en el Congreso, los partidos o los despachos públicos. Quizá también comience frente al espejo.
Cambiarlo exige más que indignación. Exige leer antes de repetir, verificar antes de compartir, preguntar antes de creer y recordar antes de votar. Exige conocer quiénes son nuestros diputados, alcaldes y funcionarios; revisar cómo votan, qué prometieron, qué resultados entregaron y a quiénes benefician sus decisiones. Exige dejar de premiar con nuestro voto al corrupto «porque roba, pero hace», al incompetente porque pertenece a nuestro bando y al demagogo porque dice exactamente lo que queremos escuchar. La ciudadanía no termina cuando deposita una papeleta: comienza allí. Fiscalizar, denunciar, organizarse, participar y exigir cuentas son verbos mucho menos emocionantes que «revolucionar», pero probablemente sean mucho más revolucionarios.
Guatemala no necesita cambiar de amo, sino dejar de buscarlos. No necesita otro caudillo que piense por nosotros, otro partido que nos diga a quién odiar ni otra ideología que convierta nuestras frustraciones en obediencia. Necesitamos recuperar el derecho —y asumir la obligación— de pensar. Que cada ciudadano se atreva a cuestionar incluso aquello que siempre ha defendido; que ninguna bandera valga más que la verdad, ningún líder más que la ley y ninguna doctrina más que sus resultados.
Porque los países no cambian cuando aparece un mesías político. Cambian cuando suficientes ciudadanos deciden que ya no necesitan uno; cuando dejan de entregar su destino a quienes prometen salvarlos y asumen, con todas sus consecuencias, la responsabilidad de construirlo por sí mismos. Ninguna nación puede llamarse libre mientras sus ciudadanos esperen de otros el permiso, la dirección o la promesa de un futuro mejor. Enterremos, entonces, las ideas que fracasaron, rompamos la lealtad con los viejos vicios y tengamos el valor de construir algo distinto. Guatemala lleva demasiado tiempo caminando entre los muertos. Ha llegado la hora de abandonar el cementerio.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: