La gran mentira
La sombra de un bosque no aparece en ninguna factura y el aire no tiene precio mientras podemos respirarlo.
El ex astronauta de la NASA Ron Garan, tras pasar 178 días en el espacio y recorrer más de 114 millones de kilómetros, sostiene que la humanidad vive bajo una falsa premisa. “Fui al espacio y descubrí una gran mentira… Cuando miré por la ventana de la Estación Espacial Internacional, vi los destellos de las tormentas eléctricas como en un mapa, vi auroras boreales danzantes que parecían tan cercanas que sentías que podías estirar la mano y tocarlas. Y vi la increíble delgadez de la atmósfera de nuestro planeta… no vi la economía.”
Lo que Garan plantea es un cambio radical en la manera en que entendemos aquello que sostiene nuestra vida. Durante siglos hemos dado por sentados el clima, el agua, los suelos, los bosques y los ecosistemas, como el escenario sobre el cual funciona la economía. Pero lejos de ser el escenario, son lo que hace posible que exista. La agricultura necesita agua y suelo; la industria necesita materias primas y energía; las ciudades necesitan agua y todos, absolutamente todos, necesitamos esa delgada capa de atmósfera que Garan contempló desde el espacio.
¿Cuánto vale un bosque antes de talarlo? Después de cortarlo sabemos perfectamente cuánto vale: tiene precio la madera, el terreno, la construcción y lo que se cultive allí. Pero mientras el bosque permanece en pie, produce agua, captura carbono, regula la temperatura, protege el suelo y la biodiversidad. Sin embargo, históricamente ese valor ha quedado fuera de las cuentas.
Hace algún tiempo escuché a Javier Milei explicar en una entrevista por qué el aire es gratis. Su respuesta fue: porque es superabundante; la oferta es tan superior a la demanda que su precio es cero. Su explicación me pareció interesante porque nos conduce a la siguiente pregunta: ¿qué pasa cuando lo que siempre creímos abundante, o dimos por sentado simplemente ya no está? El agua parece barata mientras sobra, un río parece gratuito mientras permanece limpio, la sombra de un bosque no aparece en ninguna factura y el aire no tiene precio mientras podemos respirarlo.
Esta semana circularon imágenes indignantes del Río Las Vacas teñido de rojo. Las autoridades deberán determinar exactamente qué ocurrió, establecer responsabilidades y aplicar las sanciones que correspondan. Pero más allá de la indignación que provoca una imagen semejante, la pregunta que nadie se hace es ¿cuánto vale un río limpio? Mientras el agua corre limpia pareciera que no cuesta nada; contaminémosla y rápidamente comenzaremos a descubrir su precio.
Garan necesitó salir de la Tierra para verlo. Nosotros podemos comprenderlo desde aquí. Quizá esa sea realmente la gran mentira: haber confundido durante demasiado tiempo que algo no tenga precio con que no tenga valor. Porque la pregunta nunca fue cuánto vale un bosque después de talarlo, cuánto cuesta limpiar un río después de contaminarlo o cuánto pagaremos por el agua cuando comience a faltar. La pregunta que deberíamos hacernos mientras todavía estamos a tiempo es mucho más sencilla: ¿cuánto valen todas esas cosas mientras todavía las tenemos?
La gran mentira
La sombra de un bosque no aparece en ninguna factura y el aire no tiene precio mientras podemos respirarlo.
El ex astronauta de la NASA Ron Garan, tras pasar 178 días en el espacio y recorrer más de 114 millones de kilómetros, sostiene que la humanidad vive bajo una falsa premisa. “Fui al espacio y descubrí una gran mentira… Cuando miré por la ventana de la Estación Espacial Internacional, vi los destellos de las tormentas eléctricas como en un mapa, vi auroras boreales danzantes que parecían tan cercanas que sentías que podías estirar la mano y tocarlas. Y vi la increíble delgadez de la atmósfera de nuestro planeta… no vi la economía.”
Lo que Garan plantea es un cambio radical en la manera en que entendemos aquello que sostiene nuestra vida. Durante siglos hemos dado por sentados el clima, el agua, los suelos, los bosques y los ecosistemas, como el escenario sobre el cual funciona la economía. Pero lejos de ser el escenario, son lo que hace posible que exista. La agricultura necesita agua y suelo; la industria necesita materias primas y energía; las ciudades necesitan agua y todos, absolutamente todos, necesitamos esa delgada capa de atmósfera que Garan contempló desde el espacio.
¿Cuánto vale un bosque antes de talarlo? Después de cortarlo sabemos perfectamente cuánto vale: tiene precio la madera, el terreno, la construcción y lo que se cultive allí. Pero mientras el bosque permanece en pie, produce agua, captura carbono, regula la temperatura, protege el suelo y la biodiversidad. Sin embargo, históricamente ese valor ha quedado fuera de las cuentas.
Hace algún tiempo escuché a Javier Milei explicar en una entrevista por qué el aire es gratis. Su respuesta fue: porque es superabundante; la oferta es tan superior a la demanda que su precio es cero. Su explicación me pareció interesante porque nos conduce a la siguiente pregunta: ¿qué pasa cuando lo que siempre creímos abundante, o dimos por sentado simplemente ya no está? El agua parece barata mientras sobra, un río parece gratuito mientras permanece limpio, la sombra de un bosque no aparece en ninguna factura y el aire no tiene precio mientras podemos respirarlo.
Esta semana circularon imágenes indignantes del Río Las Vacas teñido de rojo. Las autoridades deberán determinar exactamente qué ocurrió, establecer responsabilidades y aplicar las sanciones que correspondan. Pero más allá de la indignación que provoca una imagen semejante, la pregunta que nadie se hace es ¿cuánto vale un río limpio? Mientras el agua corre limpia pareciera que no cuesta nada; contaminémosla y rápidamente comenzaremos a descubrir su precio.
Garan necesitó salir de la Tierra para verlo. Nosotros podemos comprenderlo desde aquí. Quizá esa sea realmente la gran mentira: haber confundido durante demasiado tiempo que algo no tenga precio con que no tenga valor. Porque la pregunta nunca fue cuánto vale un bosque después de talarlo, cuánto cuesta limpiar un río después de contaminarlo o cuánto pagaremos por el agua cuando comience a faltar. La pregunta que deberíamos hacernos mientras todavía estamos a tiempo es mucho más sencilla: ¿cuánto valen todas esas cosas mientras todavía las tenemos?
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: