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La frontera empieza en Rabat

"En realidad, la frontera no es Ceuta, empieza mucho antes".

Marcos Jacobo Suárez Sipmann |
13 de agosto, 2026

Algunas conferencias terminan cuando llega el turno de las preguntas. La que pronuncié en Rabat en noviembre de 2015 todavía no ha terminado. 

Hablábamos entonces de inmigración como si fuera un fenómeno que Europa podía administrar con una combinación razonable de leyes, controles fronterizos y acuerdos entre gobiernos. Más de una década después, basta mirar las imágenes de Ceuta para comprender que aquello no era una crisis pasajera. 

La ocasión fue la I Semana Hispano-Marroquí de Amistad y Cooperación. Participábamos políticos, periodistas, académicos y estudiantes de ambas naciones. Los políticos tomaron el avión a Casablanca. Yo fui de los que eligieron hacer el viaje en autobús. 

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Siempre he creído que los traslados en avión restan autenticidad a los viajes. Conviene, cuando las circunstancias lo permiten, conservar la noción de espacio y tiempo. Hay lugares que empiezan a conocerse antes de llegar a ellos. 

Cruzar el Estrecho 

Tras unas horas llegamos a Algeciras. Es difícil atravesar el Estrecho sin pensar en cómo sus apenas catorce kilómetros de anchura han constituido durante siglos una invitación permanente. Encuentro, comercio, conquista y, ahora, migración. 

Al llegar a Tánger-Med, el gran puerto de la costa norte marroquí, rodeado de una extensa zona industrial y logística, comprobamos que Marruecos había apostado por las infraestructuras y la modernización. El traslado hasta Rabat, unos 290 kilómetros, transcurrió por una autopista excelente. Ya se hablaba del proyecto de tren de alta velocidad que terminaría conectando Tánger con la capital y Casablanca. 

A medida que avanzábamos, otro prejuicio se deshacía: en aquella parte del litoral no había ningún desierto. Había campos cultivados, pueblos, árboles y un paisaje mucho más verde de lo que solemos imaginar. 

Rabat nos recibió con elegancia, orden y prosperidad. Quedamos instalados en el emblemático hotel La Tour Hassan Palace. Teníamos cerca la Torre Hassan y el Mausoleo de Mohammed V, dos lugares que condensan buena parte de la historia reciente del país. 

Cuidadas avenidas, infraestructuras que funcionaban y una administración sorprendentemente eficaz. Marruecos había avanzado. Pero una cosa es el desarrollo económico y otra la libertad política. La modernización exhibida no podía confundirse con una democracia liberal. 

La prosperidad y la libertad no siempre viajan juntas. 

Justo enfrente de Rabat, en la otra orilla del río Bu Regreg, está Salé. Ambas forman hoy prácticamente una misma área urbana, comunicada por puentes y tranvía. 

Allí nos llevaron a una residencia de ancianos. Compartimos una cena con ellos. Fue una experiencia reveladora. Tradicionalmente, las familias marroquíes habían asumido el cuidado de sus mayores. Aquella institución era una señal de que algo estaba cambiando. La modernización modifica las relaciones familiares. 

Precisamente llevaba en el equipaje dos libros de Taha Ben Jelloun, uno de los escritores marroquíes que mejor han sabido explicar las contradicciones entre tradición y modernidad. Mi madre hablaba, desde la intimidad familiar, de ese mundo que envejece; La primavera árabe, desde otra perspectiva, de las aspiraciones de libertad, justicia y democracia que recorrieron buena parte del mundo árabe. 

Una frontera también humana 

Yo había ido a Rabat para hablar de inmigración. 

El título de mi conferencia era El mayor reto de Europa. La inmigración en la UE. Emergencia y oportunidad. La preparé a partir de varias columnas que había publicado en El Economista. Una de ellas, Macabras ‘agencias de viaje’ mediterráneas, denunciaba el negocio criminal de las mafias que traficaban con seres humanos. Advertía, asimismo, de una responsabilidad que no podía atribuirse exclusivamente a Europa: la desidia de la Unión Africana y otras organizaciones regionales ante el éxodo provocado por la miseria, los conflictos y las guerras. 

No era, por tanto, una defensa ingenua de las fronteras abiertas ni una acusación contra un único culpable. La realidad era —y sigue siendo— bastante más compleja. 

Europa envejecía, las tasas de natalidad estaban por debajo del nivel de reemplazo y el mercado laboral iba a necesitar nuevos trabajadores. Pero una política migratoria no puede reducirse a una operación matemática. Una persona no es una cifra que se incorpora a una hoja de cálculo. 

Nunca he estado en contra de la inmigración. Al contrario: las migraciones han acompañado siempre a la historia humana. Por persecuciones, guerras, hambre, comercio, necesidad o por el deseo legítimo de mejorar la propia vida. Pese a no ser muy original, suelo decir en mis conferencias que se parecen a la energía: ni se crean ni se destruyen, se transforman. Cambian las rutas, las causas y los destinos. La migración permanece. 

Lo que defendía —y sigo defendiendo— es que debe ser regular, ordenada y acordada. Europa necesita una política migratoria común capaz de combinar solidaridad con control de sus fronteras, integración con exigencia y humanidad con realismo. 

Mientras defendía sin ambages la españolidad de Ceuta y Melilla, no pude evitar mirar de reojo las cámaras marroquíes que grababan mi intervención. Hablar de inmigración en Europa es difícil. Hablar de ella desde Marruecos tiene además el inconveniente de que el otro lado de la frontera está sentado en la misma sala. 

Y hay algo más que tampoco ha cambiado: los populismos siempre encuentran en la inmigración un combustible formidable. Allí donde faltan políticas eficaces sobran consignas. El problema no se resuelve con eslóganes. 

La mesa también migra 

Durante aquella semana descubrimos la gastronomía. Para mí, la cocina forma parte de la cultura tanto como un libro, un museo o un monumento. Tajines, cuscús, pastela, especias, dulces, té… La cocina marroquí era excelente. Y nos decía algo sobre las migraciones. 

Los ingredientes viajan, las recetas se mezclan, las técnicas cambian de manos. El comercio y los desplazamientos humanos han hecho que ninguna gran cocina sea completamente autóctona. Una gastronomía encerrada dentro de sus fronteras sería, además de imposible, bastante aburrida. 

Marruecos, como cualquier país, es el resultado de muchos encuentros. La mesa suele contarlo mejor que los discursos

Cuando París entró en Rabat 

Estábamos todavía en Rabat cuando, el 13 de noviembre, comenzaron a llegar las noticias de los atentados de París. El Bataclan, las terrazas, el estadio. Las primeras informaciones eran confusas y, como sucede en estos casos, cada nueva noticia parecía más terrible que la anterior. 

Vivíamos desde la distancia una tragedia que, sin embargo, no parecía lejana. Francia estaba al otro lado del Mediterráneo. Marruecos también conocía el terrorismo yihadista. Europa y el mundo árabe podían discrepar en muchas cosas. Aquella noche compartieron miedo. 

Incluso entonces me pareció importante no perder la perspectiva. En un artículo que publiqué al año siguiente recordaba que cinco países —Irak, Pakistán, Afganistán, Nigeria y Siria— concentraban el 57 % de los atentados terroristas registrados desde comienzos de siglo. La tragedia de París era insoportable, como lo eran todas las demás. Las vidas no adquieren distinto valor según el lugar donde se pierden. 

No es una balanza en la que poner una vida junto a otra. Es precisamente lo contrario: todas pesan lo mismo. 

El Mediterráneo no solo separa geográficamente dos mundos. Los une en sus problemas. 

Las montañas y otro Marruecos 

Después viajamos hacia el interior, en dirección a las montañas del Atlas. He olvidado algunos nombres de localidades y personas que nos recibieron. Recuerdo, sin embargo, la hospitalidad con la que nos acogieron. Una generosidad que era una manera de entender las relaciones humanas. 

En una de aquellas jornadas, tras una exhibición de jinetes a caballo nos esperaba una comida en una jaima tradicional. Hubo regalos, conversación y excelentes viandas. 

El viaje dejaba de ser desplazamiento para convertirse en experiencia. 

He vuelto muchas veces a aquella intensa semana: una conferencia, un país que me sorprendió, una gastronomía extraordinaria, las montañas, conversaciones con personas que vivían de otra manera y, de pronto, la noticia de que París estaba siendo atacado. 

Aquella conferencia tenía algo de profecía involuntaria. 

La conferencia que continúa 

Cuando hoy veo las imágenes de la reciente crisis migratoria de Ceuta, recuerdo inevitablemente aquella sala de Rabat. La nueva oleada de entradas desde Marruecos ha vuelto a demostrar hasta qué punto la frontera entre ambos países es también una frontera europea. 

Europa ha discutido durante años sobre cuotas, fronteras, solidaridad, devoluciones, integración y competencias. Mientras tanto, millones de personas han seguido mirando hacia el norte. No porque conozcan nuestros tratados, sino porque conocen la diferencia entre la vida que tienen y la que creen posible. 

En 2015 sostenía que la inmigración era al mismo tiempo una emergencia y una oportunidad. Lo sigo creyendo. Se ha alterado la dimensión del problema y, sobre todo, el tiempo perdido. 

La migración no va a desaparecer porque Europa levante más vallas. Tampoco se resolverá ignorando las causas que empujan a millones de personas a abandonar sus hogares. Habrá que ordenar los flujos, proteger las fronteras, combatir a las mafias, integrar a quienes llegan legalmente y exigir responsabilidades a los países de origen y tránsito. Una tarea de Europa que inexcusablemente incluye a África: no solo sus gobiernos del norte, sino la Unión Africana y las organizaciones regionales del sur, demasiado a menudo ausentes ante las causas profundas del éxodo. 

Y hay otra responsabilidad que no puede soslayarse: ningún gobierno debería utilizar los movimientos migratorios como instrumento de presión geopolítica. Una forma particularmente cínica y cruel de hacer política. Las personas no son piezas de un tablero internacional. 

Por eso aquella conferencia todavía no ha terminado. 

En realidad, la frontera no es Ceuta. 

Empieza mucho antes: allí donde alguien decide que ya no puede seguir viviendo como vive y que, al otro lado del mar, quizá exista una oportunidad. 

La frontera empieza en Rabat

"En realidad, la frontera no es Ceuta, empieza mucho antes".

Marcos Jacobo Suárez Sipmann |
13 de agosto, 2026

Algunas conferencias terminan cuando llega el turno de las preguntas. La que pronuncié en Rabat en noviembre de 2015 todavía no ha terminado. 

Hablábamos entonces de inmigración como si fuera un fenómeno que Europa podía administrar con una combinación razonable de leyes, controles fronterizos y acuerdos entre gobiernos. Más de una década después, basta mirar las imágenes de Ceuta para comprender que aquello no era una crisis pasajera. 

La ocasión fue la I Semana Hispano-Marroquí de Amistad y Cooperación. Participábamos políticos, periodistas, académicos y estudiantes de ambas naciones. Los políticos tomaron el avión a Casablanca. Yo fui de los que eligieron hacer el viaje en autobús. 

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Siempre he creído que los traslados en avión restan autenticidad a los viajes. Conviene, cuando las circunstancias lo permiten, conservar la noción de espacio y tiempo. Hay lugares que empiezan a conocerse antes de llegar a ellos. 

Cruzar el Estrecho 

Tras unas horas llegamos a Algeciras. Es difícil atravesar el Estrecho sin pensar en cómo sus apenas catorce kilómetros de anchura han constituido durante siglos una invitación permanente. Encuentro, comercio, conquista y, ahora, migración. 

Al llegar a Tánger-Med, el gran puerto de la costa norte marroquí, rodeado de una extensa zona industrial y logística, comprobamos que Marruecos había apostado por las infraestructuras y la modernización. El traslado hasta Rabat, unos 290 kilómetros, transcurrió por una autopista excelente. Ya se hablaba del proyecto de tren de alta velocidad que terminaría conectando Tánger con la capital y Casablanca. 

A medida que avanzábamos, otro prejuicio se deshacía: en aquella parte del litoral no había ningún desierto. Había campos cultivados, pueblos, árboles y un paisaje mucho más verde de lo que solemos imaginar. 

Rabat nos recibió con elegancia, orden y prosperidad. Quedamos instalados en el emblemático hotel La Tour Hassan Palace. Teníamos cerca la Torre Hassan y el Mausoleo de Mohammed V, dos lugares que condensan buena parte de la historia reciente del país. 

Cuidadas avenidas, infraestructuras que funcionaban y una administración sorprendentemente eficaz. Marruecos había avanzado. Pero una cosa es el desarrollo económico y otra la libertad política. La modernización exhibida no podía confundirse con una democracia liberal. 

La prosperidad y la libertad no siempre viajan juntas. 

Justo enfrente de Rabat, en la otra orilla del río Bu Regreg, está Salé. Ambas forman hoy prácticamente una misma área urbana, comunicada por puentes y tranvía. 

Allí nos llevaron a una residencia de ancianos. Compartimos una cena con ellos. Fue una experiencia reveladora. Tradicionalmente, las familias marroquíes habían asumido el cuidado de sus mayores. Aquella institución era una señal de que algo estaba cambiando. La modernización modifica las relaciones familiares. 

Precisamente llevaba en el equipaje dos libros de Taha Ben Jelloun, uno de los escritores marroquíes que mejor han sabido explicar las contradicciones entre tradición y modernidad. Mi madre hablaba, desde la intimidad familiar, de ese mundo que envejece; La primavera árabe, desde otra perspectiva, de las aspiraciones de libertad, justicia y democracia que recorrieron buena parte del mundo árabe. 

Una frontera también humana 

Yo había ido a Rabat para hablar de inmigración. 

El título de mi conferencia era El mayor reto de Europa. La inmigración en la UE. Emergencia y oportunidad. La preparé a partir de varias columnas que había publicado en El Economista. Una de ellas, Macabras ‘agencias de viaje’ mediterráneas, denunciaba el negocio criminal de las mafias que traficaban con seres humanos. Advertía, asimismo, de una responsabilidad que no podía atribuirse exclusivamente a Europa: la desidia de la Unión Africana y otras organizaciones regionales ante el éxodo provocado por la miseria, los conflictos y las guerras. 

No era, por tanto, una defensa ingenua de las fronteras abiertas ni una acusación contra un único culpable. La realidad era —y sigue siendo— bastante más compleja. 

Europa envejecía, las tasas de natalidad estaban por debajo del nivel de reemplazo y el mercado laboral iba a necesitar nuevos trabajadores. Pero una política migratoria no puede reducirse a una operación matemática. Una persona no es una cifra que se incorpora a una hoja de cálculo. 

Nunca he estado en contra de la inmigración. Al contrario: las migraciones han acompañado siempre a la historia humana. Por persecuciones, guerras, hambre, comercio, necesidad o por el deseo legítimo de mejorar la propia vida. Pese a no ser muy original, suelo decir en mis conferencias que se parecen a la energía: ni se crean ni se destruyen, se transforman. Cambian las rutas, las causas y los destinos. La migración permanece. 

Lo que defendía —y sigo defendiendo— es que debe ser regular, ordenada y acordada. Europa necesita una política migratoria común capaz de combinar solidaridad con control de sus fronteras, integración con exigencia y humanidad con realismo. 

Mientras defendía sin ambages la españolidad de Ceuta y Melilla, no pude evitar mirar de reojo las cámaras marroquíes que grababan mi intervención. Hablar de inmigración en Europa es difícil. Hablar de ella desde Marruecos tiene además el inconveniente de que el otro lado de la frontera está sentado en la misma sala. 

Y hay algo más que tampoco ha cambiado: los populismos siempre encuentran en la inmigración un combustible formidable. Allí donde faltan políticas eficaces sobran consignas. El problema no se resuelve con eslóganes. 

La mesa también migra 

Durante aquella semana descubrimos la gastronomía. Para mí, la cocina forma parte de la cultura tanto como un libro, un museo o un monumento. Tajines, cuscús, pastela, especias, dulces, té… La cocina marroquí era excelente. Y nos decía algo sobre las migraciones. 

Los ingredientes viajan, las recetas se mezclan, las técnicas cambian de manos. El comercio y los desplazamientos humanos han hecho que ninguna gran cocina sea completamente autóctona. Una gastronomía encerrada dentro de sus fronteras sería, además de imposible, bastante aburrida. 

Marruecos, como cualquier país, es el resultado de muchos encuentros. La mesa suele contarlo mejor que los discursos

Cuando París entró en Rabat 

Estábamos todavía en Rabat cuando, el 13 de noviembre, comenzaron a llegar las noticias de los atentados de París. El Bataclan, las terrazas, el estadio. Las primeras informaciones eran confusas y, como sucede en estos casos, cada nueva noticia parecía más terrible que la anterior. 

Vivíamos desde la distancia una tragedia que, sin embargo, no parecía lejana. Francia estaba al otro lado del Mediterráneo. Marruecos también conocía el terrorismo yihadista. Europa y el mundo árabe podían discrepar en muchas cosas. Aquella noche compartieron miedo. 

Incluso entonces me pareció importante no perder la perspectiva. En un artículo que publiqué al año siguiente recordaba que cinco países —Irak, Pakistán, Afganistán, Nigeria y Siria— concentraban el 57 % de los atentados terroristas registrados desde comienzos de siglo. La tragedia de París era insoportable, como lo eran todas las demás. Las vidas no adquieren distinto valor según el lugar donde se pierden. 

No es una balanza en la que poner una vida junto a otra. Es precisamente lo contrario: todas pesan lo mismo. 

El Mediterráneo no solo separa geográficamente dos mundos. Los une en sus problemas. 

Las montañas y otro Marruecos 

Después viajamos hacia el interior, en dirección a las montañas del Atlas. He olvidado algunos nombres de localidades y personas que nos recibieron. Recuerdo, sin embargo, la hospitalidad con la que nos acogieron. Una generosidad que era una manera de entender las relaciones humanas. 

En una de aquellas jornadas, tras una exhibición de jinetes a caballo nos esperaba una comida en una jaima tradicional. Hubo regalos, conversación y excelentes viandas. 

El viaje dejaba de ser desplazamiento para convertirse en experiencia. 

He vuelto muchas veces a aquella intensa semana: una conferencia, un país que me sorprendió, una gastronomía extraordinaria, las montañas, conversaciones con personas que vivían de otra manera y, de pronto, la noticia de que París estaba siendo atacado. 

Aquella conferencia tenía algo de profecía involuntaria. 

La conferencia que continúa 

Cuando hoy veo las imágenes de la reciente crisis migratoria de Ceuta, recuerdo inevitablemente aquella sala de Rabat. La nueva oleada de entradas desde Marruecos ha vuelto a demostrar hasta qué punto la frontera entre ambos países es también una frontera europea. 

Europa ha discutido durante años sobre cuotas, fronteras, solidaridad, devoluciones, integración y competencias. Mientras tanto, millones de personas han seguido mirando hacia el norte. No porque conozcan nuestros tratados, sino porque conocen la diferencia entre la vida que tienen y la que creen posible. 

En 2015 sostenía que la inmigración era al mismo tiempo una emergencia y una oportunidad. Lo sigo creyendo. Se ha alterado la dimensión del problema y, sobre todo, el tiempo perdido. 

La migración no va a desaparecer porque Europa levante más vallas. Tampoco se resolverá ignorando las causas que empujan a millones de personas a abandonar sus hogares. Habrá que ordenar los flujos, proteger las fronteras, combatir a las mafias, integrar a quienes llegan legalmente y exigir responsabilidades a los países de origen y tránsito. Una tarea de Europa que inexcusablemente incluye a África: no solo sus gobiernos del norte, sino la Unión Africana y las organizaciones regionales del sur, demasiado a menudo ausentes ante las causas profundas del éxodo. 

Y hay otra responsabilidad que no puede soslayarse: ningún gobierno debería utilizar los movimientos migratorios como instrumento de presión geopolítica. Una forma particularmente cínica y cruel de hacer política. Las personas no son piezas de un tablero internacional. 

Por eso aquella conferencia todavía no ha terminado. 

En realidad, la frontera no es Ceuta. 

Empieza mucho antes: allí donde alguien decide que ya no puede seguir viviendo como vive y que, al otro lado del mar, quizá exista una oportunidad. 

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