¿La educación en crisis?
Lo inquietante es que el informe no describe únicamente una crisis de contenidos, sino una erosión de las condiciones mismas del aprendizaje
El informe PISA (Programme for International Student Assessment, o Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes) es una evaluación internacional impulsada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Su propósito es medir los conocimientos, habilidades y actitudes de estudiantes de 15 años, así como su capacidad para resolver problemas, pensar críticamente y enfrentar desafíos de la vida real. En la edición 2025, Guatemala se ubicó por debajo del promedio de la OCDE en matemáticas, lectura y ciencias, y registró uno de los desempeños más rezagados entre los países latinoamericanos participantes.¹
Los resultados son alarmantes: apenas el 8% de los estudiantes guatemaltecos alcanzó al menos el Nivel 2 de competencia en matemáticas; en lectura, la proporción fue de 17%, y en ciencias, de 21%. Dicho de otro modo, la mayoría de jóvenes evaluados no logró demostrar las habilidades básicas esperadas para su edad. La lectura, en particular, vuelve a aparecer como una de las grandes deudas del sistema educativo nacional, y sus resultados obligan a reabrir una discusión incómoda sobre la calidad, la equidad y el sentido mismo de la educación que reciben los niños y jóvenes del país.²
El Ministerio de Educación de Guatemala atribuyó esta caída histórica a una combinación de factores: el prolongado cierre de las escuelas durante la pandemia, las profundas brechas de conectividad en el sector público y las dificultades asociadas a la transición hacia un formato digital de evaluación. Sin embargo, reducir el problema a esas circunstancias sería una explicación insuficiente. La crisis educativa guatemalteca no nació con la pandemia ni puede atribuirse únicamente a un cambio de formato en la prueba. Es el resultado de un deterioro acumulado durante años, arrastrado bajo distintos periodos presidenciales y sostenido por decisiones postergadas, políticas discontinuas, baja inversión efectiva, desigualdad territorial y una débil cultura de exigencia académica. La pandemia no creó la herida; apenas la dejó al descubierto.
El fenómeno, además, no es exclusivamente guatemalteco. Durante años, Japón, Estonia, Corea, Singapur, Taipéi Chino y otros sistemas de alto rendimiento parecían ocupar una zona casi intocable del mapa educativo mundial. Sin embargo, los resultados de PISA 2025 muestran que incluso esas naciones han comenzado a sentir el desgaste. La OCDE advierte que, entre sus países miembros, el rendimiento promedio en lectura y matemáticas llegó a los niveles más bajos desde que existe la prueba; y Japón, pese a mantenerse entre los mejores, perdió 11 puntos en matemáticas y 13 en lectura respecto de la medición anterior.³
El retroceso no se limita a un país ni a una región. Noruega, durante años citada como ejemplo de prosperidad y bienestar, aparece ahora por debajo de España en matemáticas y ciencias, y apenas dos puntos por encima en lectura: 452 frente a 457 en matemáticas, 470 frente a 477 en ciencias, y 453 frente a 451 en lectura.⁴ En el conjunto de la OCDE, la caída de la última década resulta todavía más reveladora: entre 2015 y 2025, la lectura descendió 28 puntos y las matemáticas 22, una pérdida que la propia organización equipara aproximadamente con más de un año de aprendizaje escolar.⁵
Lo inquietante es que el informe no describe únicamente una crisis de contenidos, sino una erosión más profunda de las condiciones mismas del aprendizaje. La OCDE vincula el deterioro de la lectura con la digitalización creciente, el aumento del
tiempo frente a pantallas y la disminución del hábito de leer por placer. También advierte que el uso excesivo de dispositivos y las distracciones digitales dentro del aula se asocian con peores resultados.⁶ La imagen que queda no es solo la de estudiantes que saben menos, sino la de una generación a la que cada vez le cuesta más sostener la atención, habitar el esfuerzo y permanecer el tiempo suficiente dentro de una idea como para comprenderla de verdad.⁷
Por todo lo anterior, las preguntas ya no pueden formularse con tibieza. ¿Qué está debilitando la comprensión lectora, el pensamiento crítico y la voluntad de esfuerzo en nuestros estudiantes? ¿Estamos ante el efecto acumulado de una sociedad digital que, durante dos décadas, ha moldeado un nuevo ethos basado en la inmediatez de las plataformas, la lógica adictiva de las redes sociales, la promesa evasiva del metaverso y, ahora, la comodidad casi ilimitada de la inteligencia artificial generativa? ¿Ha fallado también la presencia formativa de los padres, esa transmisión cotidiana de principios, hábitos y valores sin la cual difícilmente germinan la curiosidad intelectual, la disciplina y el deseo de mejorar? Y, en el fondo, la pregunta más incómoda: ¿ha reemplazado la Revolución Digital la savia cognitiva que sostiene todo aprendizaje verdadero, es decir, nuestra capacidad de concentrarnos, perseverar, esforzarnos y encontrar sentido en aquello que exige tiempo, silencio y profundidad?
Creo, indefectiblemente, que tener información no equivale a comprenderla. Podemos conocer una conclusión, repetir una opinión o citar a un filósofo sin haber recorrido jamás el camino de sus razones. Por eso, ante esta realidad, la pregunta decisiva es otra: ¿cuánto de lo que creemos saber podríamos explicar sin refugiarnos en las palabras de alguien más? Elegir quién piensa por nosotros no es pensar; es apenas delegar la conciencia.
No debemos olvidar, estimado lector, que comprender también es una forma de libertad. Y esa libertad comienza, muchas veces, en el lenguaje. Si un joven egresa de la escuela dominando apenas 800 palabras, no estamos ante una simple pobreza de vocabulario, sino ante una limitación profunda del pensamiento. Una educación básica sólida debería permitirle manejar, como mínimo, entre 4,000 y 5,000 palabras activas, además de reconocer muchas más al leer. Porque quien dispone de pocas palabras no solo habla menos: comprende menos, argumenta peor y habita un mundo intelectual más estrecho.
Frente a este panorama, el lector podría preguntarse, con justa razón, qué caminos quedan abiertos. El primero es asumir que la educación no se rescata con consignas, sino con decisiones serias y sostenidas. Guatemala necesita profesionalizar de manera universitaria la carrera docente, elevar los requisitos de ingreso, fortalecer la formación pedagógica y dignificar al maestro no solo en el discurso, sino en su preparación, evaluación, acompañamiento y remuneración. Ningún sistema educativo puede superar la calidad de sus maestros; por eso, formar mejores docentes no es un lujo académico, sino una condición mínima para reconstruir el país desde sus aulas.
Pero la escuela no puede cargar sola con una tarea que también le pertenece a la familia. Urge fomentar hábitos de lectura diaria, conversación razonada y pensamiento crítico tanto en los alumnos como en los padres de familia. Leer no debería ser un castigo escolar, sino una práctica cotidiana del hogar: veinte o treinta minutos al día pueden abrir más mundo que horas enteras de consumo pasivo frente a una pantalla. Los padres deben recuperar su papel como primeros formadores: transmitir principios,
disciplina, respeto, responsabilidad, amor por el esfuerzo y sentido de propósito. Sin esa presencia moral y afectiva, la escuela llega tarde, corrige poco y muchas veces solo administra el deterioro.
También es indispensable reconstruir una cultura de exigencia. Hay que limitar el uso improductivo de dispositivos en las aulas, enseñar a usar la tecnología como herramienta y no como sustituto del pensamiento, fortalecer las bibliotecas escolares, medir con seriedad los avances en lectura y matemáticas, y acompañar especialmente a los estudiantes que llegan con mayores rezagos. La solución no vendrá de una sola reforma ni de un solo gobierno; exigirá continuidad, paciencia y carácter.
Porque educar no es simplemente llenar cuadernos o aprobar grados: es formar personas capaces de comprender, decidir, crear, trabajar y vivir con libertad responsable.
¹ Organisation for Economic Co-operation and Development (OECD), “PISA 2025 Results (Volume I): Guatemala,” OECD, accessed September 15, 2026, https://www.oecd.org/en/publications/pisa-2025-results-volume-i-country-notes_2d4ff9ea-en/guatemala_24049128-en.html.
² OECD, “PISA 2025 Results (Volume I): Guatemala.”
³ Organisation for Economic Co-operation and Development (OECD), “PISA 2025: Students’ Reading and Mathematics Performance Declined Sharply across the OECD,” OECD, September 8, 2026, https://www.oecd.org/en/about/news/press-releases/2026/09/pisa-2025-students-reading-and-mathematics-performance-declined-sharply-across-the-oecd.html; Nippon.com, “Japanese Students Earn Top Scores among OECD Countries in PISA,” September 8, 2026, https://www.nippon.com/en/news/yjj2026090800600/.
⁴ OECD, “Education GPS: Norway, Student Performance (PISA 2025),” accessed September 15, 2026, https://gpseducation.oecd.org/CountryProfile?primaryCountry=NOR&topic=PI&treshold=10; OECD, “Education GPS: Spain, Student Performance (PISA 2025),” accessed September 15, 2026, https://gpseducation.oecd.org/CountryProfile?primaryCountry=ESP&topic=PI&treshold=10.
⁵ OECD, “PISA 2025: Students’ Reading and Mathematics Performance Declined Sharply across the OECD.”
⁶ OECD, PISA 2025 Results (Volume I): Future-Ready Students, full report, accessed September 15, 2026, https://www.oecd.org/en/publications/pisa-2025-results-volume-i_73451bc5-en/full-report.html.
⁷ OECD, PISA 2025 Results (Volume I): Future-Ready Students.
¿La educación en crisis?
Lo inquietante es que el informe no describe únicamente una crisis de contenidos, sino una erosión de las condiciones mismas del aprendizaje
El informe PISA (Programme for International Student Assessment, o Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes) es una evaluación internacional impulsada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Su propósito es medir los conocimientos, habilidades y actitudes de estudiantes de 15 años, así como su capacidad para resolver problemas, pensar críticamente y enfrentar desafíos de la vida real. En la edición 2025, Guatemala se ubicó por debajo del promedio de la OCDE en matemáticas, lectura y ciencias, y registró uno de los desempeños más rezagados entre los países latinoamericanos participantes.¹
Los resultados son alarmantes: apenas el 8% de los estudiantes guatemaltecos alcanzó al menos el Nivel 2 de competencia en matemáticas; en lectura, la proporción fue de 17%, y en ciencias, de 21%. Dicho de otro modo, la mayoría de jóvenes evaluados no logró demostrar las habilidades básicas esperadas para su edad. La lectura, en particular, vuelve a aparecer como una de las grandes deudas del sistema educativo nacional, y sus resultados obligan a reabrir una discusión incómoda sobre la calidad, la equidad y el sentido mismo de la educación que reciben los niños y jóvenes del país.²
El Ministerio de Educación de Guatemala atribuyó esta caída histórica a una combinación de factores: el prolongado cierre de las escuelas durante la pandemia, las profundas brechas de conectividad en el sector público y las dificultades asociadas a la transición hacia un formato digital de evaluación. Sin embargo, reducir el problema a esas circunstancias sería una explicación insuficiente. La crisis educativa guatemalteca no nació con la pandemia ni puede atribuirse únicamente a un cambio de formato en la prueba. Es el resultado de un deterioro acumulado durante años, arrastrado bajo distintos periodos presidenciales y sostenido por decisiones postergadas, políticas discontinuas, baja inversión efectiva, desigualdad territorial y una débil cultura de exigencia académica. La pandemia no creó la herida; apenas la dejó al descubierto.
El fenómeno, además, no es exclusivamente guatemalteco. Durante años, Japón, Estonia, Corea, Singapur, Taipéi Chino y otros sistemas de alto rendimiento parecían ocupar una zona casi intocable del mapa educativo mundial. Sin embargo, los resultados de PISA 2025 muestran que incluso esas naciones han comenzado a sentir el desgaste. La OCDE advierte que, entre sus países miembros, el rendimiento promedio en lectura y matemáticas llegó a los niveles más bajos desde que existe la prueba; y Japón, pese a mantenerse entre los mejores, perdió 11 puntos en matemáticas y 13 en lectura respecto de la medición anterior.³
El retroceso no se limita a un país ni a una región. Noruega, durante años citada como ejemplo de prosperidad y bienestar, aparece ahora por debajo de España en matemáticas y ciencias, y apenas dos puntos por encima en lectura: 452 frente a 457 en matemáticas, 470 frente a 477 en ciencias, y 453 frente a 451 en lectura.⁴ En el conjunto de la OCDE, la caída de la última década resulta todavía más reveladora: entre 2015 y 2025, la lectura descendió 28 puntos y las matemáticas 22, una pérdida que la propia organización equipara aproximadamente con más de un año de aprendizaje escolar.⁵
Lo inquietante es que el informe no describe únicamente una crisis de contenidos, sino una erosión más profunda de las condiciones mismas del aprendizaje. La OCDE vincula el deterioro de la lectura con la digitalización creciente, el aumento del
tiempo frente a pantallas y la disminución del hábito de leer por placer. También advierte que el uso excesivo de dispositivos y las distracciones digitales dentro del aula se asocian con peores resultados.⁶ La imagen que queda no es solo la de estudiantes que saben menos, sino la de una generación a la que cada vez le cuesta más sostener la atención, habitar el esfuerzo y permanecer el tiempo suficiente dentro de una idea como para comprenderla de verdad.⁷
Por todo lo anterior, las preguntas ya no pueden formularse con tibieza. ¿Qué está debilitando la comprensión lectora, el pensamiento crítico y la voluntad de esfuerzo en nuestros estudiantes? ¿Estamos ante el efecto acumulado de una sociedad digital que, durante dos décadas, ha moldeado un nuevo ethos basado en la inmediatez de las plataformas, la lógica adictiva de las redes sociales, la promesa evasiva del metaverso y, ahora, la comodidad casi ilimitada de la inteligencia artificial generativa? ¿Ha fallado también la presencia formativa de los padres, esa transmisión cotidiana de principios, hábitos y valores sin la cual difícilmente germinan la curiosidad intelectual, la disciplina y el deseo de mejorar? Y, en el fondo, la pregunta más incómoda: ¿ha reemplazado la Revolución Digital la savia cognitiva que sostiene todo aprendizaje verdadero, es decir, nuestra capacidad de concentrarnos, perseverar, esforzarnos y encontrar sentido en aquello que exige tiempo, silencio y profundidad?
Creo, indefectiblemente, que tener información no equivale a comprenderla. Podemos conocer una conclusión, repetir una opinión o citar a un filósofo sin haber recorrido jamás el camino de sus razones. Por eso, ante esta realidad, la pregunta decisiva es otra: ¿cuánto de lo que creemos saber podríamos explicar sin refugiarnos en las palabras de alguien más? Elegir quién piensa por nosotros no es pensar; es apenas delegar la conciencia.
No debemos olvidar, estimado lector, que comprender también es una forma de libertad. Y esa libertad comienza, muchas veces, en el lenguaje. Si un joven egresa de la escuela dominando apenas 800 palabras, no estamos ante una simple pobreza de vocabulario, sino ante una limitación profunda del pensamiento. Una educación básica sólida debería permitirle manejar, como mínimo, entre 4,000 y 5,000 palabras activas, además de reconocer muchas más al leer. Porque quien dispone de pocas palabras no solo habla menos: comprende menos, argumenta peor y habita un mundo intelectual más estrecho.
Frente a este panorama, el lector podría preguntarse, con justa razón, qué caminos quedan abiertos. El primero es asumir que la educación no se rescata con consignas, sino con decisiones serias y sostenidas. Guatemala necesita profesionalizar de manera universitaria la carrera docente, elevar los requisitos de ingreso, fortalecer la formación pedagógica y dignificar al maestro no solo en el discurso, sino en su preparación, evaluación, acompañamiento y remuneración. Ningún sistema educativo puede superar la calidad de sus maestros; por eso, formar mejores docentes no es un lujo académico, sino una condición mínima para reconstruir el país desde sus aulas.
Pero la escuela no puede cargar sola con una tarea que también le pertenece a la familia. Urge fomentar hábitos de lectura diaria, conversación razonada y pensamiento crítico tanto en los alumnos como en los padres de familia. Leer no debería ser un castigo escolar, sino una práctica cotidiana del hogar: veinte o treinta minutos al día pueden abrir más mundo que horas enteras de consumo pasivo frente a una pantalla. Los padres deben recuperar su papel como primeros formadores: transmitir principios,
disciplina, respeto, responsabilidad, amor por el esfuerzo y sentido de propósito. Sin esa presencia moral y afectiva, la escuela llega tarde, corrige poco y muchas veces solo administra el deterioro.
También es indispensable reconstruir una cultura de exigencia. Hay que limitar el uso improductivo de dispositivos en las aulas, enseñar a usar la tecnología como herramienta y no como sustituto del pensamiento, fortalecer las bibliotecas escolares, medir con seriedad los avances en lectura y matemáticas, y acompañar especialmente a los estudiantes que llegan con mayores rezagos. La solución no vendrá de una sola reforma ni de un solo gobierno; exigirá continuidad, paciencia y carácter.
Porque educar no es simplemente llenar cuadernos o aprobar grados: es formar personas capaces de comprender, decidir, crear, trabajar y vivir con libertad responsable.
¹ Organisation for Economic Co-operation and Development (OECD), “PISA 2025 Results (Volume I): Guatemala,” OECD, accessed September 15, 2026, https://www.oecd.org/en/publications/pisa-2025-results-volume-i-country-notes_2d4ff9ea-en/guatemala_24049128-en.html.
² OECD, “PISA 2025 Results (Volume I): Guatemala.”
³ Organisation for Economic Co-operation and Development (OECD), “PISA 2025: Students’ Reading and Mathematics Performance Declined Sharply across the OECD,” OECD, September 8, 2026, https://www.oecd.org/en/about/news/press-releases/2026/09/pisa-2025-students-reading-and-mathematics-performance-declined-sharply-across-the-oecd.html; Nippon.com, “Japanese Students Earn Top Scores among OECD Countries in PISA,” September 8, 2026, https://www.nippon.com/en/news/yjj2026090800600/.
⁴ OECD, “Education GPS: Norway, Student Performance (PISA 2025),” accessed September 15, 2026, https://gpseducation.oecd.org/CountryProfile?primaryCountry=NOR&topic=PI&treshold=10; OECD, “Education GPS: Spain, Student Performance (PISA 2025),” accessed September 15, 2026, https://gpseducation.oecd.org/CountryProfile?primaryCountry=ESP&topic=PI&treshold=10.
⁵ OECD, “PISA 2025: Students’ Reading and Mathematics Performance Declined Sharply across the OECD.”
⁶ OECD, PISA 2025 Results (Volume I): Future-Ready Students, full report, accessed September 15, 2026, https://www.oecd.org/en/publications/pisa-2025-results-volume-i_73451bc5-en/full-report.html.
⁷ OECD, PISA 2025 Results (Volume I): Future-Ready Students.
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