Hay noticias que no se vuelven virales y contradicen una de las narrativas más cómodas de nuestro tiempo: que el mundo está cada vez peor.
En 1990, alrededor del 38% de la población mundial vivía en pobreza extrema. Décadas después, esa proporción había caído hasta alrededor del 8.5%, según las mediciones del Banco Mundial. Mientras la población mundial aumentaba, cientos de millones de seres humanos dejaron atrás una situación en la que sobrevivir dependía de conseguir lo mínimo para comer, vestirse y tener un techo. Países enteros que durante generaciones estuvieron atrapados en la pobreza comenzaron a crecer, a urbanizarse, a educar a sus poblaciones y a integrarse al comercio mundial.China es probablemente el ejemplo mejor ejemplo ¿Qué sacó a tanta gente de la pobreza? No fue una sola política pública, no fue exclusivamente la ayuda internacional, no fue redistribuir riqueza.Hubo una combinación de crecimiento económico, comercio, inversión, tecnología, infraestructura, educación, productividad y en muchos casos, la incorporación de millones de personas a mercados laborales y cadenas globales de producción. En otras palabras, la creación de riqueza importa.
Esto parece una afirmación obvia, pero en el debate político muchas veces actuamos como si la riqueza fuera una cantidad fija que simplemente debe repartirse mejor. Sin embargo, la historia reciente demostró que se puede producir mucho más y que cuando esa capacidad productiva llega a grandes sectores, la pobreza extrema puede caer de manera extraordinaria.
Pero no podemos dormirnos sobre estos resultados, el Banco Mundial estima que todavía cientos de millones de personas viven en pobreza extrema y que alrededor de 3,500 millones viven por debajo de una línea de US$6.85 diarios, un estándar más relevante para países de ingreso medio-alto.
Además, la pobreza extrema está cada vez más concentrada en países afectados por conflictos y con bajo crecimiento, particularmente en África. Y hay otra advertencia importante, en el 2025 el Banco Mundial actualizó la línea internacional de pobreza extrema de US$2.15 a US$3 diarios. Esto no significa que de repente el mundo se haya empobrecido, significa que se actualizó la vara con la que medimos la pobreza para reflejar nuevas diferencias en el costo de vida entre países.
Esto debería enseñarnos algo fundamental, las estadísticas importan, pero también importa entender qué estamos midiendo. Porque una persona que dejó de vivir con un dólar diario y ahora tiene ingresos suficientes para alimentarse mejor, enviar a sus hijos a la escuela, acceder a electricidad, teléfono, transporte y atención médica no necesariamente siente que vive en un paraíso.
Tenemos acceso a más información que nunca, pero también a más imágenes de tragedias que nunca. Podemos ver una guerra en tiempo real, una hambruna, un desastre natural o una crisis económica a miles de kilómetros de distancia. El resultado es una percepción permanente de catástrofe. Mientras tanto, los cambios positivos son lentos, silenciosos y acumulativos.
Una carretera que llega a una comunidad, un niño que puede ir a la escuela, una madre que tiene acceso a electricidad, un agricultor que puede vender su producción en otro mercado, una familia que consigue un empleo formal. Ninguno de esos acontecimientos se vuelve necesariamente noticia, pero juntos pueden transformar una sociedad. Por eso deberíamos discutir la pobreza con menos consignas y más evidencia.
Y aquí Guatemala tiene una conversación pendiente, porque si algo nos enseña la experiencia internacional es que la pobreza no se combate únicamente con discursos sobre pobreza. Se combate creando oportunidades para que las personas puedan dejar de ser pobres.
La gran historia de las últimas décadas no es que la pobreza haya desaparecido, es que demostramos que puede disminuir.
Hay noticias que no se vuelven virales y contradicen una de las narrativas más cómodas de nuestro tiempo: que el mundo está cada vez peor.
En 1990, alrededor del 38% de la población mundial vivía en pobreza extrema. Décadas después, esa proporción había caído hasta alrededor del 8.5%, según las mediciones del Banco Mundial. Mientras la población mundial aumentaba, cientos de millones de seres humanos dejaron atrás una situación en la que sobrevivir dependía de conseguir lo mínimo para comer, vestirse y tener un techo. Países enteros que durante generaciones estuvieron atrapados en la pobreza comenzaron a crecer, a urbanizarse, a educar a sus poblaciones y a integrarse al comercio mundial.China es probablemente el ejemplo mejor ejemplo ¿Qué sacó a tanta gente de la pobreza? No fue una sola política pública, no fue exclusivamente la ayuda internacional, no fue redistribuir riqueza.Hubo una combinación de crecimiento económico, comercio, inversión, tecnología, infraestructura, educación, productividad y en muchos casos, la incorporación de millones de personas a mercados laborales y cadenas globales de producción. En otras palabras, la creación de riqueza importa.
Esto parece una afirmación obvia, pero en el debate político muchas veces actuamos como si la riqueza fuera una cantidad fija que simplemente debe repartirse mejor. Sin embargo, la historia reciente demostró que se puede producir mucho más y que cuando esa capacidad productiva llega a grandes sectores, la pobreza extrema puede caer de manera extraordinaria.
Pero no podemos dormirnos sobre estos resultados, el Banco Mundial estima que todavía cientos de millones de personas viven en pobreza extrema y que alrededor de 3,500 millones viven por debajo de una línea de US$6.85 diarios, un estándar más relevante para países de ingreso medio-alto.
Además, la pobreza extrema está cada vez más concentrada en países afectados por conflictos y con bajo crecimiento, particularmente en África. Y hay otra advertencia importante, en el 2025 el Banco Mundial actualizó la línea internacional de pobreza extrema de US$2.15 a US$3 diarios. Esto no significa que de repente el mundo se haya empobrecido, significa que se actualizó la vara con la que medimos la pobreza para reflejar nuevas diferencias en el costo de vida entre países.
Esto debería enseñarnos algo fundamental, las estadísticas importan, pero también importa entender qué estamos midiendo. Porque una persona que dejó de vivir con un dólar diario y ahora tiene ingresos suficientes para alimentarse mejor, enviar a sus hijos a la escuela, acceder a electricidad, teléfono, transporte y atención médica no necesariamente siente que vive en un paraíso.
Tenemos acceso a más información que nunca, pero también a más imágenes de tragedias que nunca. Podemos ver una guerra en tiempo real, una hambruna, un desastre natural o una crisis económica a miles de kilómetros de distancia. El resultado es una percepción permanente de catástrofe. Mientras tanto, los cambios positivos son lentos, silenciosos y acumulativos.
Una carretera que llega a una comunidad, un niño que puede ir a la escuela, una madre que tiene acceso a electricidad, un agricultor que puede vender su producción en otro mercado, una familia que consigue un empleo formal. Ninguno de esos acontecimientos se vuelve necesariamente noticia, pero juntos pueden transformar una sociedad. Por eso deberíamos discutir la pobreza con menos consignas y más evidencia.
Y aquí Guatemala tiene una conversación pendiente, porque si algo nos enseña la experiencia internacional es que la pobreza no se combate únicamente con discursos sobre pobreza. Se combate creando oportunidades para que las personas puedan dejar de ser pobres.
La gran historia de las últimas décadas no es que la pobreza haya desaparecido, es que demostramos que puede disminuir.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: