Actualidad
Actualidad
Política
Política
Empresa
Empresa
Opinión
Opinión
Webinars
Webinars
Inmobiliaria
Inmobiliaria
Eventos
Eventos
Agenda Empresarial
Agenda Empresarial
Descubre
Descubre

Ganaste las elecciones, ¿y ahora qué?

David Mendoza de MAR |
05 de junio, 2026

Pensar el gobierno antes de pensar la elección

Faltan 18 meses para que sea el 14 a las 14. La lección que ningún candidato quiere oír, pero todos deberíamos saber.

Hay un fenómeno tan común en la política guatemalteca que ya dejó de llamar la atención. Un dirigente llega a un partido, se postula, gana o pierde, y dos años después ya está en otra agrupación. A los cuatro años milita en una tercera, muchas veces fundada a su medida. Las siglas cambian; la cara, los discursos, los socios y los favores que se deben se mantienen intactos.

SUSCRÍBASE A NUESTRO NEWSLETTER

El fenómeno no se limita a las candidaturas presidenciales, donde resalta más por el foco mediático. Es aún más agresivo entre diputados que migran de bancada según conveniencia, llevándose curules ganadas con votos de un proyecto que ya traicionaron. Ocurre igual con alcaldes y concejales que cambian de bando en cada ciclo, como si la corporación municipal fuera independiente de la bandera que los llevó al poder.

Los analistas lo llaman "nomadismo político". Los chapines le tenemos un nombre más directo: transfuguismo, o al carajo con el partido que te trajo. Describe a una casta que no está en la política para servir, sino para servirse. Que no pertenece a un proyecto, sino a sí misma, y que cambia de vehículo electoral con la facilidad con la que un pasajero se sube a otra camioneta dependiendo de cuál pase primero.

Hace unas semanas escribí en este espacio sobre el remanente: esa porción cada vez más pequeña de guatemaltecos preparados y dispuestos a meterse en política. La pregunta que dejé pendiente es la que toca responder ahora: si por algún milagro alguien del remanente decide postularse y gana, ¿cómo gobierna?

Las cuentas siguen sin cuadrar, pero ahora el escenario es más complejo.

El Tribunal Supremo Electoral proyecta que hasta 34 partidos políticos podrían competir en 2027. En 2011 hubo 10 binomios presidenciales; en 2023 fueron 22; en 2027 probablemente superen los 30. La oferta electoral se multiplica mientras el remanente se reduce. Rubén Hidalgo, del Instituto Centroamericano de Estudios Políticos, lo resumió con precisión: el próximo proceso tendrá "viejos y nuevos partidos políticos con los mismos vicios. Sin democracia interna, sin debate de ideas, sin planes programáticos". Más ruido, todavía menos señal.

Lo que en Guatemala llamamos partidos no lo son. Son franquicias electorales. El politólogo Giovanni Sartori definió que un partido serio requiere cuatro dimensiones: identidad ideológica, programa de gobierno articulado, una base social real y capacidad electoral. En Guatemala apenas sobrevive la última, y a duras penas. La edad promedio de un partido guatemalteco es de diez años y ninguno ha logrado ganar dos elecciones presidenciales consecutivas en la era democrática. Se montan para una contienda y se desarman después como carpas de feria. Por eso los liderazgos rotan sin cambiar nada sustantivo: no hay institución a la cual ser leal. Solo hay marcas.

Y esto trae la consecuencia que el ganador de 2027 va a vivir el 14 de enero de 2028, exactamente igual que la vivió su antecesor.

Cinco meses no le bastaron al Movimiento Semilla para conformar su equipo de gobierno. Bernardo Arévalo ganó la segunda vuelta el 20 de agosto de 2023 y tomó posesión el 14 de enero de 2024. En esos 147 días, el partido no logró llenar el gabinete. Varios ministros asumieron sus despachos sin viceministros nombrados, tal como se documentó en este espacio en su momento. Lo que vino después es historia pública: en menos de dos años y medio se registraron 21 relevos ministeriales y más de sesenta cambios en el gabinete ampliado. El Ministerio de Comunicaciones tuvo cinco titulares en dos años. El presupuesto vial de 2024 —una cifra récord— se ejecutó apenas al 70.67% en un país con la infraestructura colapsada. Paralelamente, su bancada en el Congreso se fracturó: de 23 diputados, una facción ya armó otro partido (Raíces) para 2027. Antes de cumplir dos años, el partido oficialista ya se había desmoronado.

Esto no es una crítica personal a Arévalo; es un diagnóstico estructural. Cualquier partido que llegue al poder con la lógica actual sufrirá los mismos síntomas. La pregunta seria es si en 2027 vamos a cometer la misma mulada, o si esta vez alguien entenderá que ganar una elección no es lo mismo que estar listo para gobernar.

En 2005, la historiadora Doris Kearns Goodwin publicó Team of Rivals: The Political Genius of Abraham Lincoln. El libro documenta una decisión que desconcertó a Washington: tras ganar la nominación republicana en 1860, Lincoln nombró a sus tres principales rivales —William Seward, Salmon Chase y Edward Bates— en las carteras más importantes de su gabinete. Lo que parecía un suicidio político fue el equipo que sostuvo a los Estados Unidos durante la Guerra Civil. Décadas después, Barack Obama aplicó el mismo principio en su transición al convocar a Hillary Clinton como secretaria de Estado y mantener a Robert Gates, republicano de la era Bush, en Defensa.

Hay un ejemplo regional reciente que vale la pena observar. Javier Milei llegó a la presidencia argentina con un partido joven, sin estructura nacional ni cuadros técnicos suficientes. Lo que hizo fue apalancar al remanente de su país: convocó a Luis Caputo (técnico del macrismo) a Economía; a Patricia Bullrich (su rival directa en primera vuelta) a Seguridad; y a Guillermo Francos (peronista de carrera) al Ministerio del Interior. La aritmética era simple: un partido minoritario no podía gobernar Argentina solo con militantes libertarios. Necesitaba el talento donde estuviera. Los resultados —imperfectos como cualquier proceso de transformación— marcaron un cambio de rumbo real para un país a la deriva.

El patrón común no es ideológico ni geográfico; es una decisión madura. Se gana con un proyecto, pero se gobierna con el talento de un país. No solo con el del propio partido —que por definición es insuficiente— ni con el del compadrazgo. Se gobierna con el talento disponible: en partidos contrarios, en equipos rivales, en sectores que en campaña pelearon con ferocidad. En el remanente, sobre todo. Esto exige algo que en la política guatemalteca escasea más que el talento: la madurez de abrir las puertas de Casa Presidencial a la capacidad, no al carné de afiliado.

Aquí conviene una advertencia regional. Nayib Bukele en El Salvador ofrece un paralelo que funciona a medias. Lo aplicable: construyó capacidad política a partir de un primer triunfo electoral. Lo peligroso: lo hizo concentrando el poder, excluyendo opositores y convirtiendo al partido en un vehículo personalista. Para Guatemala, donde el arquetipo caudillista lleva un siglo como tentación —desde Ubico para acá—, ese modelo no es novedad; es la receta autoritaria de siempre con mejor marketing.

A esto se suma un riesgo más sutil: el juego de los egos. El candidato que gana y se niega a compartir el poder porque no sabe trabajar con quien no fue parte de su grupo; el que se va a su casa con la pelota si los demás no juegan como él dice. Quien es reclutado por afinidad personal no sabe cogobernar con la disidencia. Es la inmadurez política que Guatemala arrastra desde hace décadas: el berrinche con traje y corbata.

En el corto plazo, lo que está en juego es la calidad del equipo técnico. No solo el Consejo de Ministros, sino los viceministerios, las secretarías y las direcciones desde donde realmente se ejecuta el Estado. Esa estructura no se improvisa en el hotel de campaña tras ganar la segunda vuelta. Se prepara antes, identificando perfiles y entendiendo que el remanente —los profesionales serios que hoy miran la política con asco— no se va a ofrecer solo. Hay que salir a buscarlos.

A mediano plazo el premio es mayor. Un gobierno que demuestre resultados con un equipo plural construye algo inédito en nuestra era democrática: legitimidad para perdurar. Lo que empieza como un gabinete de alto nivel puede consolidarse como una propuesta política con las cuatro dimensiones que hoy le faltan al sistema: ideología, programa, representación y capacidad electoral. Esa propuesta podría, por primera vez en cuarenta años, ganar la elección siguiente para dar continuidad al proyecto, no a la persona. Eso sería hacer historia.

La política no es algo que les pasa a otros. O te metés en ella, o ella se mete contigo. Te sientes o no a la mesa, la cuenta llega igual.

Arévalo llegó deslumbrado por la silla presidencial y nunca supo armar el equipo. El resultado: cuatro años de sillas musicales que pagamos todos, también los que miraban desde la ventana.

En 2027 alguien más ocupará ese lugar. A los candidatos: la presidencia se gana en las urnas; el país se gobierna con un equipazo. A los partidos: invitan, o se sientan a gobernar con sus cuates. Al remanente: estén listos, y si nadie los llama, exijan saber por qué. Al resto de ciudadanos: votar es necesario, pero ya quedó demostrado que no es suficiente.

Porque en Guatemala la cuenta del banquete siempre llega. La diferencia es si la pagamos por algo, o por nada.

 

David W. Mendoza vive en Guatemala desde hace veinte años. Empresario, emprendedor, Maestro Cervecero y motociclista. No puede votar — pero le importa.

Ganaste las elecciones, ¿y ahora qué?

David Mendoza de MAR |
05 de junio, 2026

Pensar el gobierno antes de pensar la elección

Faltan 18 meses para que sea el 14 a las 14. La lección que ningún candidato quiere oír, pero todos deberíamos saber.

Hay un fenómeno tan común en la política guatemalteca que ya dejó de llamar la atención. Un dirigente llega a un partido, se postula, gana o pierde, y dos años después ya está en otra agrupación. A los cuatro años milita en una tercera, muchas veces fundada a su medida. Las siglas cambian; la cara, los discursos, los socios y los favores que se deben se mantienen intactos.

SUSCRÍBASE A NUESTRO NEWSLETTER

El fenómeno no se limita a las candidaturas presidenciales, donde resalta más por el foco mediático. Es aún más agresivo entre diputados que migran de bancada según conveniencia, llevándose curules ganadas con votos de un proyecto que ya traicionaron. Ocurre igual con alcaldes y concejales que cambian de bando en cada ciclo, como si la corporación municipal fuera independiente de la bandera que los llevó al poder.

Los analistas lo llaman "nomadismo político". Los chapines le tenemos un nombre más directo: transfuguismo, o al carajo con el partido que te trajo. Describe a una casta que no está en la política para servir, sino para servirse. Que no pertenece a un proyecto, sino a sí misma, y que cambia de vehículo electoral con la facilidad con la que un pasajero se sube a otra camioneta dependiendo de cuál pase primero.

Hace unas semanas escribí en este espacio sobre el remanente: esa porción cada vez más pequeña de guatemaltecos preparados y dispuestos a meterse en política. La pregunta que dejé pendiente es la que toca responder ahora: si por algún milagro alguien del remanente decide postularse y gana, ¿cómo gobierna?

Las cuentas siguen sin cuadrar, pero ahora el escenario es más complejo.

El Tribunal Supremo Electoral proyecta que hasta 34 partidos políticos podrían competir en 2027. En 2011 hubo 10 binomios presidenciales; en 2023 fueron 22; en 2027 probablemente superen los 30. La oferta electoral se multiplica mientras el remanente se reduce. Rubén Hidalgo, del Instituto Centroamericano de Estudios Políticos, lo resumió con precisión: el próximo proceso tendrá "viejos y nuevos partidos políticos con los mismos vicios. Sin democracia interna, sin debate de ideas, sin planes programáticos". Más ruido, todavía menos señal.

Lo que en Guatemala llamamos partidos no lo son. Son franquicias electorales. El politólogo Giovanni Sartori definió que un partido serio requiere cuatro dimensiones: identidad ideológica, programa de gobierno articulado, una base social real y capacidad electoral. En Guatemala apenas sobrevive la última, y a duras penas. La edad promedio de un partido guatemalteco es de diez años y ninguno ha logrado ganar dos elecciones presidenciales consecutivas en la era democrática. Se montan para una contienda y se desarman después como carpas de feria. Por eso los liderazgos rotan sin cambiar nada sustantivo: no hay institución a la cual ser leal. Solo hay marcas.

Y esto trae la consecuencia que el ganador de 2027 va a vivir el 14 de enero de 2028, exactamente igual que la vivió su antecesor.

Cinco meses no le bastaron al Movimiento Semilla para conformar su equipo de gobierno. Bernardo Arévalo ganó la segunda vuelta el 20 de agosto de 2023 y tomó posesión el 14 de enero de 2024. En esos 147 días, el partido no logró llenar el gabinete. Varios ministros asumieron sus despachos sin viceministros nombrados, tal como se documentó en este espacio en su momento. Lo que vino después es historia pública: en menos de dos años y medio se registraron 21 relevos ministeriales y más de sesenta cambios en el gabinete ampliado. El Ministerio de Comunicaciones tuvo cinco titulares en dos años. El presupuesto vial de 2024 —una cifra récord— se ejecutó apenas al 70.67% en un país con la infraestructura colapsada. Paralelamente, su bancada en el Congreso se fracturó: de 23 diputados, una facción ya armó otro partido (Raíces) para 2027. Antes de cumplir dos años, el partido oficialista ya se había desmoronado.

Esto no es una crítica personal a Arévalo; es un diagnóstico estructural. Cualquier partido que llegue al poder con la lógica actual sufrirá los mismos síntomas. La pregunta seria es si en 2027 vamos a cometer la misma mulada, o si esta vez alguien entenderá que ganar una elección no es lo mismo que estar listo para gobernar.

En 2005, la historiadora Doris Kearns Goodwin publicó Team of Rivals: The Political Genius of Abraham Lincoln. El libro documenta una decisión que desconcertó a Washington: tras ganar la nominación republicana en 1860, Lincoln nombró a sus tres principales rivales —William Seward, Salmon Chase y Edward Bates— en las carteras más importantes de su gabinete. Lo que parecía un suicidio político fue el equipo que sostuvo a los Estados Unidos durante la Guerra Civil. Décadas después, Barack Obama aplicó el mismo principio en su transición al convocar a Hillary Clinton como secretaria de Estado y mantener a Robert Gates, republicano de la era Bush, en Defensa.

Hay un ejemplo regional reciente que vale la pena observar. Javier Milei llegó a la presidencia argentina con un partido joven, sin estructura nacional ni cuadros técnicos suficientes. Lo que hizo fue apalancar al remanente de su país: convocó a Luis Caputo (técnico del macrismo) a Economía; a Patricia Bullrich (su rival directa en primera vuelta) a Seguridad; y a Guillermo Francos (peronista de carrera) al Ministerio del Interior. La aritmética era simple: un partido minoritario no podía gobernar Argentina solo con militantes libertarios. Necesitaba el talento donde estuviera. Los resultados —imperfectos como cualquier proceso de transformación— marcaron un cambio de rumbo real para un país a la deriva.

El patrón común no es ideológico ni geográfico; es una decisión madura. Se gana con un proyecto, pero se gobierna con el talento de un país. No solo con el del propio partido —que por definición es insuficiente— ni con el del compadrazgo. Se gobierna con el talento disponible: en partidos contrarios, en equipos rivales, en sectores que en campaña pelearon con ferocidad. En el remanente, sobre todo. Esto exige algo que en la política guatemalteca escasea más que el talento: la madurez de abrir las puertas de Casa Presidencial a la capacidad, no al carné de afiliado.

Aquí conviene una advertencia regional. Nayib Bukele en El Salvador ofrece un paralelo que funciona a medias. Lo aplicable: construyó capacidad política a partir de un primer triunfo electoral. Lo peligroso: lo hizo concentrando el poder, excluyendo opositores y convirtiendo al partido en un vehículo personalista. Para Guatemala, donde el arquetipo caudillista lleva un siglo como tentación —desde Ubico para acá—, ese modelo no es novedad; es la receta autoritaria de siempre con mejor marketing.

A esto se suma un riesgo más sutil: el juego de los egos. El candidato que gana y se niega a compartir el poder porque no sabe trabajar con quien no fue parte de su grupo; el que se va a su casa con la pelota si los demás no juegan como él dice. Quien es reclutado por afinidad personal no sabe cogobernar con la disidencia. Es la inmadurez política que Guatemala arrastra desde hace décadas: el berrinche con traje y corbata.

En el corto plazo, lo que está en juego es la calidad del equipo técnico. No solo el Consejo de Ministros, sino los viceministerios, las secretarías y las direcciones desde donde realmente se ejecuta el Estado. Esa estructura no se improvisa en el hotel de campaña tras ganar la segunda vuelta. Se prepara antes, identificando perfiles y entendiendo que el remanente —los profesionales serios que hoy miran la política con asco— no se va a ofrecer solo. Hay que salir a buscarlos.

A mediano plazo el premio es mayor. Un gobierno que demuestre resultados con un equipo plural construye algo inédito en nuestra era democrática: legitimidad para perdurar. Lo que empieza como un gabinete de alto nivel puede consolidarse como una propuesta política con las cuatro dimensiones que hoy le faltan al sistema: ideología, programa, representación y capacidad electoral. Esa propuesta podría, por primera vez en cuarenta años, ganar la elección siguiente para dar continuidad al proyecto, no a la persona. Eso sería hacer historia.

La política no es algo que les pasa a otros. O te metés en ella, o ella se mete contigo. Te sientes o no a la mesa, la cuenta llega igual.

Arévalo llegó deslumbrado por la silla presidencial y nunca supo armar el equipo. El resultado: cuatro años de sillas musicales que pagamos todos, también los que miraban desde la ventana.

En 2027 alguien más ocupará ese lugar. A los candidatos: la presidencia se gana en las urnas; el país se gobierna con un equipazo. A los partidos: invitan, o se sientan a gobernar con sus cuates. Al remanente: estén listos, y si nadie los llama, exijan saber por qué. Al resto de ciudadanos: votar es necesario, pero ya quedó demostrado que no es suficiente.

Porque en Guatemala la cuenta del banquete siempre llega. La diferencia es si la pagamos por algo, o por nada.

 

David W. Mendoza vive en Guatemala desde hace veinte años. Empresario, emprendedor, Maestro Cervecero y motociclista. No puede votar — pero le importa.

¿Quiere recibir notificaciones de alertas?