“La gravedad tira con ferocidad el inmenso peso hacia él. Sus músculos luchan contra el hierro que le aplasta el pecho. Empuja y empuja y empuja. Poco a poco, la barra se mueve hacia arriba. La tensión en sus músculos parece anunciar que se están desgarrando. Pero no. La barra se mueve aún más, acelerando hasta la extensión completa de sus brazos. Ha establecido un récord de fuerza en banca: ¡trescientos sesenta kilogramos!
—¿Está segura de esto?
―Totalmente. Vamos.
Una joven y hermosa mujer, esbelta, de piel oscura y ojos azul claro y un caballero pálido, calvo, alto y desgarbado atravesaron el salón repleto de espectadores y se acercaron al corpulento hombre que descendía de la plataforma de levantamiento de pesas. Parece como si el Hércules del grupo escultórico Hércules y Licas, esculpido con precisión en mármol de carrara por Antonio Canova, hubiese cobrado vida y viniera hacia nosotros en carne y hueso, pensó el caballero. Notó la ligereza de sus pasos, su columna erguida, los hombros amplios y poderosos, redondos como melones. El cuello fuerte como el de un toro. Los pectorales cuadrados, la espalda de titán, musculada bajando gradualmente en forma trapezoidal hacia una cintura firme y esculpida. Los músculos de los muslos cual robles, bien definidos conectándose con pantorrillas en forma de diamantes bien redondeados. Los brazos y antebrazos robustos, nervudos, tan grandes que ni con ambas manos podían ceñirse. El hombre de tez blanca y de estatura media caminaba como si fuera un cuerpo plenamente consciente de su eficacia y de los alrededores, no como los hombres ordinarios que lo son sólo parcialmente. Como un ser sin excusas ni vergüenza por ser él, cuya felicidad la encuentra en el sabor de lo sano. Como si anunciara que era un fin en sí mismo y que no autorizaba a nadie dictar su vida. Aunado a su autoconfianza, irradiaba un autorrespeto que comunicaba gran nobleza.
—¡Buen levantamiento, Alcides! —dijo la mujer.
―Gracias... ¿Allison? ¡Allison Rosebush! ¡Qué gusto verte de nuevo! Hace tiempo que no sé de ti. Siempre tan guapa. Debes darme el secreto.
―Entreno, me mantengo en forma y cuido mi dieta, gracias por notarlo – dijo riendo la bella mulata.
―No sabía que también eras aficionada al levantamiento de pesas.
―En realidad, no lo soy ― dijo Allison con una sonrisa ―. Escuché que estabas en Las Vegas, compitiendo en el Campeonato Mundial de la WABDL, así que vinimos aquí, al Hotel Riviera, para verte. Este que me acompaña es míster Conrad Fitzhugh. Al no más llegar a Las Vegas lo busqué para traerlo aquí. Necesita tu ayuda.
―Encantado de conocerlo, míster Villagrán. ¡Impresionante levantamiento! ¡Caray, el equivalente al peso de seis o siete hombres! Pero permítame ir directo al grano: estamos aquí porque necesitamos su ayuda con un asunto muy delicado, y Allison me aseguró que usted es el único, si es que hay alguien, que puede resolver esto por nosotros.
—Bueno, míster Fitzhugh, ¿en qué puedo servirlo? ―preguntó el fortachón con una franca sonrisa.
Conrad estaba viendo la cara de un hombre que reflejaba un aspecto de serena determinación y certeza. Lo primero que pescó de Alcides eran sus ojos grises, fríos, fijos, penetrantes, intensamente perceptivos. Su sonrisa enmarcada por una barba negra, oscura como el azabache, finamente recortada, completaba la imagen de estar en presencia de un ser que era pura consciencia, una mente deliberadamente activa, que escudriñaba todo cuanto tenía a su alcance. Alguien que exudaba la convicción de que la vista es preferible a la ceguera, que respetar los hechos de la realidad produce más satisfacción que desafiarlos, que la evasión no hace que lo irreal sea real o lo real irreal.
― ¿No sé si se enteró de la desgracia de anoche en el Bonafortuna? – preguntó Fitzhugh.
―Sí, lo vi en las noticias de hoy en la mañana. Verdaderamente lamentable – dijo Alcides.
―Bueno, yo soy Conrad Fitzhugh, director ejecutivo de Liberty Fraternal Insurance Company, y resulta que Queen of Diamonds Center Corporation es una de nuestras aseguradas. Por eso nos interesa de sobremanera saber si está inesperada catástrofe fue un accidente, un caso de mala práctica o sabotaje.
― ¿Sospecha de alguien? ¿De algún motivo? ¿Tiene la empresa problemas con alguien que deseara perjudicarla? ¿Tienen problemas financieros?
―No lo sé. Por eso quiero que investigue. Deseo contratar sus servicios, míster Villagrán. Desearía que no repare ni en gastos ni en esfuerzos para llegar a la verdad.
Alcides se dirigió hacia la doctora Rosebush.
―Supongo, Allison, que no pondrás objeciones a que colabore con tu equipo.
―Por el contrario, Alcides, me sentiré muy honrada.
―Entonces está hecho. Visitaré el sitio después de almuerzo y te veré allí. Y usted míster Fitzhugh, no se preocupe. Llegaremos al fondo de este asunto.”
[Fragmento de mi novela Hágase justicia, así perezca el mundo, disponible en librerías de la ciudad.]
Fragmento de mi novela: Hágase justicia, así parezca en el mundo
“La gravedad tira con ferocidad el inmenso peso hacia él. Sus músculos luchan contra el hierro que le aplasta el pecho. Empuja y empuja y empuja. Poco a poco, la barra se mueve hacia arriba. La tensión en sus músculos parece anunciar que se están desgarrando. Pero no. La barra se mueve aún más, acelerando hasta la extensión completa de sus brazos. Ha establecido un récord de fuerza en banca: ¡trescientos sesenta kilogramos!
—¿Está segura de esto?
―Totalmente. Vamos.
Una joven y hermosa mujer, esbelta, de piel oscura y ojos azul claro y un caballero pálido, calvo, alto y desgarbado atravesaron el salón repleto de espectadores y se acercaron al corpulento hombre que descendía de la plataforma de levantamiento de pesas. Parece como si el Hércules del grupo escultórico Hércules y Licas, esculpido con precisión en mármol de carrara por Antonio Canova, hubiese cobrado vida y viniera hacia nosotros en carne y hueso, pensó el caballero. Notó la ligereza de sus pasos, su columna erguida, los hombros amplios y poderosos, redondos como melones. El cuello fuerte como el de un toro. Los pectorales cuadrados, la espalda de titán, musculada bajando gradualmente en forma trapezoidal hacia una cintura firme y esculpida. Los músculos de los muslos cual robles, bien definidos conectándose con pantorrillas en forma de diamantes bien redondeados. Los brazos y antebrazos robustos, nervudos, tan grandes que ni con ambas manos podían ceñirse. El hombre de tez blanca y de estatura media caminaba como si fuera un cuerpo plenamente consciente de su eficacia y de los alrededores, no como los hombres ordinarios que lo son sólo parcialmente. Como un ser sin excusas ni vergüenza por ser él, cuya felicidad la encuentra en el sabor de lo sano. Como si anunciara que era un fin en sí mismo y que no autorizaba a nadie dictar su vida. Aunado a su autoconfianza, irradiaba un autorrespeto que comunicaba gran nobleza.
—¡Buen levantamiento, Alcides! —dijo la mujer.
―Gracias... ¿Allison? ¡Allison Rosebush! ¡Qué gusto verte de nuevo! Hace tiempo que no sé de ti. Siempre tan guapa. Debes darme el secreto.
―Entreno, me mantengo en forma y cuido mi dieta, gracias por notarlo – dijo riendo la bella mulata.
―No sabía que también eras aficionada al levantamiento de pesas.
―En realidad, no lo soy ― dijo Allison con una sonrisa ―. Escuché que estabas en Las Vegas, compitiendo en el Campeonato Mundial de la WABDL, así que vinimos aquí, al Hotel Riviera, para verte. Este que me acompaña es míster Conrad Fitzhugh. Al no más llegar a Las Vegas lo busqué para traerlo aquí. Necesita tu ayuda.
―Encantado de conocerlo, míster Villagrán. ¡Impresionante levantamiento! ¡Caray, el equivalente al peso de seis o siete hombres! Pero permítame ir directo al grano: estamos aquí porque necesitamos su ayuda con un asunto muy delicado, y Allison me aseguró que usted es el único, si es que hay alguien, que puede resolver esto por nosotros.
—Bueno, míster Fitzhugh, ¿en qué puedo servirlo? ―preguntó el fortachón con una franca sonrisa.
Conrad estaba viendo la cara de un hombre que reflejaba un aspecto de serena determinación y certeza. Lo primero que pescó de Alcides eran sus ojos grises, fríos, fijos, penetrantes, intensamente perceptivos. Su sonrisa enmarcada por una barba negra, oscura como el azabache, finamente recortada, completaba la imagen de estar en presencia de un ser que era pura consciencia, una mente deliberadamente activa, que escudriñaba todo cuanto tenía a su alcance. Alguien que exudaba la convicción de que la vista es preferible a la ceguera, que respetar los hechos de la realidad produce más satisfacción que desafiarlos, que la evasión no hace que lo irreal sea real o lo real irreal.
― ¿No sé si se enteró de la desgracia de anoche en el Bonafortuna? – preguntó Fitzhugh.
―Sí, lo vi en las noticias de hoy en la mañana. Verdaderamente lamentable – dijo Alcides.
―Bueno, yo soy Conrad Fitzhugh, director ejecutivo de Liberty Fraternal Insurance Company, y resulta que Queen of Diamonds Center Corporation es una de nuestras aseguradas. Por eso nos interesa de sobremanera saber si está inesperada catástrofe fue un accidente, un caso de mala práctica o sabotaje.
― ¿Sospecha de alguien? ¿De algún motivo? ¿Tiene la empresa problemas con alguien que deseara perjudicarla? ¿Tienen problemas financieros?
―No lo sé. Por eso quiero que investigue. Deseo contratar sus servicios, míster Villagrán. Desearía que no repare ni en gastos ni en esfuerzos para llegar a la verdad.
Alcides se dirigió hacia la doctora Rosebush.
―Supongo, Allison, que no pondrás objeciones a que colabore con tu equipo.
―Por el contrario, Alcides, me sentiré muy honrada.
―Entonces está hecho. Visitaré el sitio después de almuerzo y te veré allí. Y usted míster Fitzhugh, no se preocupe. Llegaremos al fondo de este asunto.”
[Fragmento de mi novela Hágase justicia, así perezca el mundo, disponible en librerías de la ciudad.]
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: