Cuando pienso en las campañas políticas de los años ochenta y noventa, vienen a mi mente algunas de las canciones que teníamos que escuchar casi por obligación. Los canales nacionales transmitían esos anuncios en cada corte comercial y, con el tiempo, también comenzaron a aparecer en la televisión por cable. Todavía recuerdo algunos jingles: “Sí, hay un camino con Democracia Cristiana”; “Hombres de trabajo avanzan por el Centro UCN”; “Los mismos nos quieren engañar”, al ritmo de María Cristina de Serrano; “Cambia todo, cambia”, del PAN de Arzú, etc.
Fue tan grande la decepción que dejaron los gobiernos que llegaron al poder impulsados por esas campañas que las personas empezaron a decir que con "cancioncitas" ya no nos volverían a engañar. Y, de alguna manera, así pasó. No porque los partidos políticos hayan elevado la calidad de los candidatos, sino porque el Internet cambió la forma de hacer campaña. La televisión dejó de ser el principal medio para llegar a los electores y las redes sociales hoy ocupan ese lugar.
En realidad, el problema nunca fueron las canciones. El problema es cuando una campaña política deja de girar alrededor de las ideas y se convierte en un espectáculo que antes se vendía con un jingle y que hoy convierte al candidato en un personaje. Vemos campañas tan pobres como la de un candidato saltando de un avión; otro que, después de diez años, se le olvidó el funcionario que fue y hoy se proyecta como un tiktoker tatuado y de pelo largo; o cómo olvidar aquel famoso "Guacalazo" que se dio un candidato bañándose en un tonel con agua fría en la zona 18 a las 6 de la mañana, como parte de su estrategia de campaña para acercarse a sus electores.
Lo más preocupante es cuando un candidato en lugar de demostrar su capacidad, preparación y liderazgo para el puesto de presidente como un futuro gobernante, comienza a venderse como un producto de entretenimiento que busca más likes que presentar propuestas serias. No me extrañaría ver un TikTok de algún candidato disfrazado de Superman que llega volando a salvar Guatemala, ofreciendo hacer aquí lo mismo que hacen en la vecindad.
La popularidad nunca ha sido sinónimo de capacidad, y esa es la tragedia de nuestro país. Siempre gana el más popular y no el más capaz. Ser un excelente influencer no implica reunir las condiciones para gobernar un país. Ser presidente exige preparación académica, experiencia, tener una ideología definida y, sobre todo, liderazgo para tomar decisiones difíciles. Sería lamentable tener un presidente con una excelente preparación que no sea capaz de tomar decisiones y que parezca que son las cortes las que le dicen qué hacer.
Los grandes gobernantes no fueron recordados por sus campañas, sino por las decisiones que tomaron. Más allá de las ideologías, pienso en líderes como François Mitterrand, Margaret Thatcher, Ronald Reagan, Nelson Mandela o Mijaíl Gorbachov. Nadie puede negar que ejercieron liderazgo y que fueron estadistas. Más allá de que uno comparta o
no sus ideas, todos tenían una característica en común: gobernaban a partir de una visión de país y estaban dispuestos a asumir el costo político de sus decisiones.
No debería sorprendernos que cada vez más ciudadanos pierdan el interés por participar, y que el gran ganador sea el abstencionismo, lo cual también sería un mensaje. La frase atribuida a Joseph de Maistre, "cada pueblo tiene el gobierno que se merece", sigue siendo motivo de reflexión.
Facundo Cabral nos dejó una frase que también obliga a reflexionar: "Me preocupan los pendejos, porque son mayoría y eligen al presidente." La oferta electoral de cara a las próximas elecciones da pena. Entre quienes se perfilan como posibles candidatos que aspiran a dirigir Guatemala no veo a un verdadero líder, alguien que reúna la preparación, la experiencia y el carácter que exige la Presidencia de la República.
Quizá esa sea la tragedia más grande. Guatemala sí tiene hombres y mujeres preparados para gobernar, pero muchos han decidido mantenerse al margen por lo que se ha convertido la política al día de hoy. Mientras las campañas sigan premiando el espectáculo por encima del liderazgo, seguiremos eligiendo personajes que duran lo que dura una campaña. Los estadistas permanecen en la historia por las decisiones que toman.
¡Salve, cara parens, dulcis Guatemala, salve!
¿Estadistas o personajes?
Cuando pienso en las campañas políticas de los años ochenta y noventa, vienen a mi mente algunas de las canciones que teníamos que escuchar casi por obligación. Los canales nacionales transmitían esos anuncios en cada corte comercial y, con el tiempo, también comenzaron a aparecer en la televisión por cable. Todavía recuerdo algunos jingles: “Sí, hay un camino con Democracia Cristiana”; “Hombres de trabajo avanzan por el Centro UCN”; “Los mismos nos quieren engañar”, al ritmo de María Cristina de Serrano; “Cambia todo, cambia”, del PAN de Arzú, etc.
Fue tan grande la decepción que dejaron los gobiernos que llegaron al poder impulsados por esas campañas que las personas empezaron a decir que con "cancioncitas" ya no nos volverían a engañar. Y, de alguna manera, así pasó. No porque los partidos políticos hayan elevado la calidad de los candidatos, sino porque el Internet cambió la forma de hacer campaña. La televisión dejó de ser el principal medio para llegar a los electores y las redes sociales hoy ocupan ese lugar.
En realidad, el problema nunca fueron las canciones. El problema es cuando una campaña política deja de girar alrededor de las ideas y se convierte en un espectáculo que antes se vendía con un jingle y que hoy convierte al candidato en un personaje. Vemos campañas tan pobres como la de un candidato saltando de un avión; otro que, después de diez años, se le olvidó el funcionario que fue y hoy se proyecta como un tiktoker tatuado y de pelo largo; o cómo olvidar aquel famoso "Guacalazo" que se dio un candidato bañándose en un tonel con agua fría en la zona 18 a las 6 de la mañana, como parte de su estrategia de campaña para acercarse a sus electores.
Lo más preocupante es cuando un candidato en lugar de demostrar su capacidad, preparación y liderazgo para el puesto de presidente como un futuro gobernante, comienza a venderse como un producto de entretenimiento que busca más likes que presentar propuestas serias. No me extrañaría ver un TikTok de algún candidato disfrazado de Superman que llega volando a salvar Guatemala, ofreciendo hacer aquí lo mismo que hacen en la vecindad.
La popularidad nunca ha sido sinónimo de capacidad, y esa es la tragedia de nuestro país. Siempre gana el más popular y no el más capaz. Ser un excelente influencer no implica reunir las condiciones para gobernar un país. Ser presidente exige preparación académica, experiencia, tener una ideología definida y, sobre todo, liderazgo para tomar decisiones difíciles. Sería lamentable tener un presidente con una excelente preparación que no sea capaz de tomar decisiones y que parezca que son las cortes las que le dicen qué hacer.
Los grandes gobernantes no fueron recordados por sus campañas, sino por las decisiones que tomaron. Más allá de las ideologías, pienso en líderes como François Mitterrand, Margaret Thatcher, Ronald Reagan, Nelson Mandela o Mijaíl Gorbachov. Nadie puede negar que ejercieron liderazgo y que fueron estadistas. Más allá de que uno comparta o
no sus ideas, todos tenían una característica en común: gobernaban a partir de una visión de país y estaban dispuestos a asumir el costo político de sus decisiones.
No debería sorprendernos que cada vez más ciudadanos pierdan el interés por participar, y que el gran ganador sea el abstencionismo, lo cual también sería un mensaje. La frase atribuida a Joseph de Maistre, "cada pueblo tiene el gobierno que se merece", sigue siendo motivo de reflexión.
Facundo Cabral nos dejó una frase que también obliga a reflexionar: "Me preocupan los pendejos, porque son mayoría y eligen al presidente." La oferta electoral de cara a las próximas elecciones da pena. Entre quienes se perfilan como posibles candidatos que aspiran a dirigir Guatemala no veo a un verdadero líder, alguien que reúna la preparación, la experiencia y el carácter que exige la Presidencia de la República.
Quizá esa sea la tragedia más grande. Guatemala sí tiene hombres y mujeres preparados para gobernar, pero muchos han decidido mantenerse al margen por lo que se ha convertido la política al día de hoy. Mientras las campañas sigan premiando el espectáculo por encima del liderazgo, seguiremos eligiendo personajes que duran lo que dura una campaña. Los estadistas permanecen en la historia por las decisiones que toman.
¡Salve, cara parens, dulcis Guatemala, salve!
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: