En esta finca aún mandan los coches
Un ciudadano con cierto perfil en redes sociales decidió, hace unos meses, explorar la posibilidad de postularse a un cargo de elección popular. Sus publicaciones y sus críticas a la clase política habían encontrado eco considerable, y de allí surgió el llamado: que se postulara, que diera el paso. Tenía discurso, tenía coherencia, tenía un grupo creciente de seguidores que se lo pedían. Lo que no tenía era pertenencia a partido alguno. Así que empezó a reunirse con dirigentes partidarios para escucharlos y dejarse escuchar.
Varias docenas de reuniones después, con representantes de no menos de siete agrupaciones, podía hacer una observación tan simple como reveladora: en ninguna entrevista le habían preguntado por su plan de gobierno. Ni por su capacidad de ejecutar, ni por su trayectoria, ni por sus ideas para resolver los problemas concretos del país.
Lo que sí indagaron fue otra cosa. Quién lo recomienda. De qué círculo proviene. Quiénes son sus amigos. Si tiene dinero o sabe dónde conseguirlo. Y mientras lo entrevistaban, los dirigentes evaluaban en paralelo algo todavía más íntimo: si la química funcionaba, si encajaba en el grupo, si era de los suyos. Compadrazgo, no competencia. Pertenencia, no propuesta.
La anécdota no es un caso aislado. Es un censo en miniatura del estado de los partidos políticos en Guatemala, y revela el criterio real con el que se reclutan candidatos en este país.
Las cuentas explican el resto.
En 2023, los guatemaltecos eligieron a 4,336 funcionarios públicos. Para llenar esas plazas se postularon más de 45,000 candidaturas distribuidas entre 30 partidos. Después de la elección, el TSE canceló once de esos partidos por no haber alcanzado el mínimo legal de votos. Más de un tercio eran cascarones vacíos, montados para una contienda y desarmados después. Para 2027 el panorama será más fragmentado: el TSE ya reporta más de cincuenta agrupaciones políticas activas rumbo a la próxima contienda. Más ruido, menos señal.
Hagamos entonces la cuenta que importa. Por un lado, 4,336 cargos en cada elección general y cincuenta agrupaciones políticas que tienen que llenarlos. La aritmética del despropósito: hasta 216,800 candidaturas posibles para representar a un país que apenas alcanza a producir un puñado de personas verdaderamente idóneas. Por el otro lado, lo que la tradición bíblica llamaría el remanente: ese puñado de personas que aún conservan la capacidad, la honestidad y el sentido de servicio. Esas personas, sin embargo, saben perfectamente cómo opera el sistema, y precisamente por eso prefieren no acercarse. Los partidos, por su parte, no buscan al remanente. No lo necesitan, no lo quieren, no les sirve. Lo que sí necesitan es gente que financie campañas, que mueva votos por compadrazgo, que responda a las jerarquías sin hacer preguntas incómodas. Que se acomode, que aporte, que se alinee. Lo que le ocurrió al protagonista de nuestra anécdota no fue una falla del sistema. Fue el sistema funcionando exactamente como está diseñado.
George Orwell entendió este mecanismo en Rebelión en la granja. En la finca de Orwell los cerdos no terminaron quedándose con el poder por valientes ni por capaces. Se quedaron porque la silla estaba vacía. Los caballos estaban agotados de tanto trabajar, las ovejas no pensaban por sí mismas, las gallinas seguían poniendo huevos. Los cerdos simplemente fueron los únicos a quienes les interesó sentarse, porque olían perfectamente dónde estaba el comedero. Y para cuando los demás levantaron la cabeza, ya era tarde: la parcela era suya. Guatemala se parece a esa finca más de lo que nos gusta. Aquí también hay quienes se han instalado en la casa patronal, contemplando el cafetal y repartiéndoselo a puerta cerrada como el botín que solo a ellos les corresponde. En esta hacienda, hoy, mandan los coches. No porque sean los mejores, sino porque la silla estaba vacía y nadie más se sentó.
¿Quiénes son entonces los demás? El gremio empresarial, que anda correteando la chuleta —produciendo, exportando, sosteniendo nóminas— y que prefiere mil veces financiar candidatos a serlos. La academia, que escribe ensayos lúcidos para audiencias ya convencidas. La clase media profesional, que tiene la cabeza puesta donde tiene que tenerla: pagando cuentas, sacando a la familia adelante. Y los jóvenes, que son un caso aparte y particularmente doloroso. En 2023 los menores de 36 años fueron el 38% del padrón electoral, la fuerza demográfica más grande del país. Pero tres de cada cuatro personas que ni siquiera se molestaron en empadronarse eran menores de 26 años. Y los mejores entre ellos, los que tienen talento real, formación y opciones, no se quedan a pelear por puestos públicos en Guatemala. Se van. No de mojados, sino con becas, con visas de talento, con contratos en multinacionales. Fuga de cerebros de los mejores. El país que más necesita su capacidad es precisamente el que menos hace por retenerla.
Los coches que hoy mandan en la finca saben perfectamente que su sábado va a llegar. Pero ese sábado no se cae del cielo: lo provoca quien decide sentarse a la mesa. Si nadie se mete, el sábado llega igual, solo que se lo cobran a otro. Al empresario que prefirió no involucrarse. Al profesional que se encerró en su gremio. Al joven que solo se quedó viendo desde la barra. Y, sobre todo, a los millones que nunca tuvieron acceso ni a la mesa ni a la barra — la mayoría de este país, que termina pagando la cuenta más cara.
Hay dos tipos de coches en esta finca: los que se sientan a la mesa, y los que terminan en el plato. La diferencia entre uno y otro depende de una sola decisión, y se toma ahora, no en 2027.
David W. Mendoza vive en Guatemala desde hace veinte años. Empresario, emprendedor, Maestro Cervecero y motociclista. No puede votar — pero le importa.
En esta finca aún mandan los coches
Un ciudadano con cierto perfil en redes sociales decidió, hace unos meses, explorar la posibilidad de postularse a un cargo de elección popular. Sus publicaciones y sus críticas a la clase política habían encontrado eco considerable, y de allí surgió el llamado: que se postulara, que diera el paso. Tenía discurso, tenía coherencia, tenía un grupo creciente de seguidores que se lo pedían. Lo que no tenía era pertenencia a partido alguno. Así que empezó a reunirse con dirigentes partidarios para escucharlos y dejarse escuchar.
Varias docenas de reuniones después, con representantes de no menos de siete agrupaciones, podía hacer una observación tan simple como reveladora: en ninguna entrevista le habían preguntado por su plan de gobierno. Ni por su capacidad de ejecutar, ni por su trayectoria, ni por sus ideas para resolver los problemas concretos del país.
Lo que sí indagaron fue otra cosa. Quién lo recomienda. De qué círculo proviene. Quiénes son sus amigos. Si tiene dinero o sabe dónde conseguirlo. Y mientras lo entrevistaban, los dirigentes evaluaban en paralelo algo todavía más íntimo: si la química funcionaba, si encajaba en el grupo, si era de los suyos. Compadrazgo, no competencia. Pertenencia, no propuesta.
La anécdota no es un caso aislado. Es un censo en miniatura del estado de los partidos políticos en Guatemala, y revela el criterio real con el que se reclutan candidatos en este país.
Las cuentas explican el resto.
En 2023, los guatemaltecos eligieron a 4,336 funcionarios públicos. Para llenar esas plazas se postularon más de 45,000 candidaturas distribuidas entre 30 partidos. Después de la elección, el TSE canceló once de esos partidos por no haber alcanzado el mínimo legal de votos. Más de un tercio eran cascarones vacíos, montados para una contienda y desarmados después. Para 2027 el panorama será más fragmentado: el TSE ya reporta más de cincuenta agrupaciones políticas activas rumbo a la próxima contienda. Más ruido, menos señal.
Hagamos entonces la cuenta que importa. Por un lado, 4,336 cargos en cada elección general y cincuenta agrupaciones políticas que tienen que llenarlos. La aritmética del despropósito: hasta 216,800 candidaturas posibles para representar a un país que apenas alcanza a producir un puñado de personas verdaderamente idóneas. Por el otro lado, lo que la tradición bíblica llamaría el remanente: ese puñado de personas que aún conservan la capacidad, la honestidad y el sentido de servicio. Esas personas, sin embargo, saben perfectamente cómo opera el sistema, y precisamente por eso prefieren no acercarse. Los partidos, por su parte, no buscan al remanente. No lo necesitan, no lo quieren, no les sirve. Lo que sí necesitan es gente que financie campañas, que mueva votos por compadrazgo, que responda a las jerarquías sin hacer preguntas incómodas. Que se acomode, que aporte, que se alinee. Lo que le ocurrió al protagonista de nuestra anécdota no fue una falla del sistema. Fue el sistema funcionando exactamente como está diseñado.
George Orwell entendió este mecanismo en Rebelión en la granja. En la finca de Orwell los cerdos no terminaron quedándose con el poder por valientes ni por capaces. Se quedaron porque la silla estaba vacía. Los caballos estaban agotados de tanto trabajar, las ovejas no pensaban por sí mismas, las gallinas seguían poniendo huevos. Los cerdos simplemente fueron los únicos a quienes les interesó sentarse, porque olían perfectamente dónde estaba el comedero. Y para cuando los demás levantaron la cabeza, ya era tarde: la parcela era suya. Guatemala se parece a esa finca más de lo que nos gusta. Aquí también hay quienes se han instalado en la casa patronal, contemplando el cafetal y repartiéndoselo a puerta cerrada como el botín que solo a ellos les corresponde. En esta hacienda, hoy, mandan los coches. No porque sean los mejores, sino porque la silla estaba vacía y nadie más se sentó.
¿Quiénes son entonces los demás? El gremio empresarial, que anda correteando la chuleta —produciendo, exportando, sosteniendo nóminas— y que prefiere mil veces financiar candidatos a serlos. La academia, que escribe ensayos lúcidos para audiencias ya convencidas. La clase media profesional, que tiene la cabeza puesta donde tiene que tenerla: pagando cuentas, sacando a la familia adelante. Y los jóvenes, que son un caso aparte y particularmente doloroso. En 2023 los menores de 36 años fueron el 38% del padrón electoral, la fuerza demográfica más grande del país. Pero tres de cada cuatro personas que ni siquiera se molestaron en empadronarse eran menores de 26 años. Y los mejores entre ellos, los que tienen talento real, formación y opciones, no se quedan a pelear por puestos públicos en Guatemala. Se van. No de mojados, sino con becas, con visas de talento, con contratos en multinacionales. Fuga de cerebros de los mejores. El país que más necesita su capacidad es precisamente el que menos hace por retenerla.
Los coches que hoy mandan en la finca saben perfectamente que su sábado va a llegar. Pero ese sábado no se cae del cielo: lo provoca quien decide sentarse a la mesa. Si nadie se mete, el sábado llega igual, solo que se lo cobran a otro. Al empresario que prefirió no involucrarse. Al profesional que se encerró en su gremio. Al joven que solo se quedó viendo desde la barra. Y, sobre todo, a los millones que nunca tuvieron acceso ni a la mesa ni a la barra — la mayoría de este país, que termina pagando la cuenta más cara.
Hay dos tipos de coches en esta finca: los que se sientan a la mesa, y los que terminan en el plato. La diferencia entre uno y otro depende de una sola decisión, y se toma ahora, no en 2027.
David W. Mendoza vive en Guatemala desde hace veinte años. Empresario, emprendedor, Maestro Cervecero y motociclista. No puede votar — pero le importa.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: