Actualidad
Actualidad
Política
Política
Empresa
Empresa
Opinión
Opinión
Webinars
Webinars
Inmobiliaria
Inmobiliaria
Eventos
Eventos
Agenda Empresarial
Agenda Empresarial
Descubre
Descubre

¿Era de la información… o de la desinformación?

Amilcar R. Álvarez |
16 de julio, 2026

De toda la información que tenemos, ¿cuánta es verdadera?

En 1994, mi último año de colegio, fui a varias universidades a realizar mis exámenes de admisión. En la Universidad Francisco Marroquín había un rótulo que decía: "¿Sabías que estamos en la Era de la Información?" Apenas unos años antes, Internet se había abierto al uso civil, después de haber sido una tecnología de uso exclusivamente militar. En 1994 aparecieron Amazon y Yahoo!, en 1995 Microsoft lanzó Windows 95 y, el 31 de diciembre de 1999, millones de personas esperábamos con incertidumbre el famoso Y2K y la posibilidad de que las computadoras colapsaran al cambiar de milenio.

El sociólogo español Manuel Castells sostiene en su trilogía La era de la información que, desde la década de 1970, surgió una nueva forma de organización social basada en redes de información, tecnologías digitales y una economía sustentada en el conocimiento. Hoy, Yuval Noah Harari sostiene que la IA ya no es simplemente una herramienta informática, sino un nuevo tipo de agente capaz de generar contenido, influir en decisiones y transformar profundamente nuestras instituciones.

SUSCRÍBASE A NUESTRO NEWSLETTER

Sin embargo, toda revolución tecnológica tiene efectos secundarios. La Revolución Industrial impulsó el crecimiento económico, pero también produjo contaminación. La energía nuclear abrió enormes posibilidades, pero también hizo posible una capacidad de destrucción nunca antes vista. La Era de la Información nos permitió acceder al conocimiento como nunca antes en la historia, pero también abrió la puerta a una nueva forma de desinformación.

Vivimos en una época en la que cualquiera puede opinar de economía, política, medicina, geopolítica o deportes como si fueran especialistas en la materia. En cada Mundial de fútbol aparecen miles de expertos que nunca han pateado un balón ni puesto un pie en una cancha. Cuando estalla un conflicto internacional, todos se convierten en expertos en geopolítica. El problema no es que todos podamos opinar. Esa libertad es una conquista extraordinaria. El problema comienza cuando las opiniones sustituyen a los hechos y las emociones pesan más que la evidencia.

Las redes sociales ampliaron la libertad de expresión, pero también multiplicaron la capacidad de destruir reputaciones. Una noticia incompleta, una publicación malintencionada, un video sacado de contexto o una acusación sin fundamento bastan para destruir la reputación de una persona antes de que exista una investigación formal o una resolución judicial.

El juicio ya no ocurre únicamente en los tribunales. También ocurre en las redes sociales, donde basta un clic para convertir una sospecha en sentencia. Cuando finalmente aparecen los hechos, miles de personas ya emitieron un veredicto y el daño suele ser irreversible. Tal vez por eso, como abogado, siempre me ha llamado la atención este contraste. Uno de los principios fundamentales del Estado de Derecho es la presunción de inocencia. En las redes sociales, muchas veces ocurre exactamente lo contrario: primero llega la condena pública.

El problema no termina ahí. Lo que casi nunca se mide es el daño que esto produce. No solo a quien es objeto de la difamación, sino también a su familia, sus hijos, sus amigos y las personas que lo rodean. Hay reputaciones que pueden reconstruirse; otras quedan marcadas para siempre. En algunos casos, el linchamiento digital incluso termina trasladándose al mundo real mediante agresiones, amenazas o actos de violencia contra personas que ni siquiera tuvieron responsabilidad en los hechos.

Nunca habíamos tenido tanto acceso al conocimiento y, paradójicamente, nunca había sido tan difícil distinguir entre un hecho y una opinión, entre una noticia y una manipulación, entre un experto y un improvisado. Los algoritmos, además, suelen mostrar aquello que confirma nuestras propias creencias, haciendo que la verdad compita en desventaja frente a nuestros prejuicios.

Hace treinta años, aquel rótulo de la universidad anunciaba un futuro lleno de conocimiento. Y sigo creyendo que la información puede hacernos mejores. Pero durante este tiempo, también he aprendido que ninguna tecnología reemplaza algo mucho más antiguo: la prudencia para verificar antes de creer y la responsabilidad de no destruir a una persona sin conocer la verdad. Porque una mentira puede desaparecer de Internet. El daño sobre el buen nombre de una persona, muchas veces, permanece para siempre

¿Era de la información… o de la desinformación?

Amilcar R. Álvarez |
16 de julio, 2026

De toda la información que tenemos, ¿cuánta es verdadera?

En 1994, mi último año de colegio, fui a varias universidades a realizar mis exámenes de admisión. En la Universidad Francisco Marroquín había un rótulo que decía: "¿Sabías que estamos en la Era de la Información?" Apenas unos años antes, Internet se había abierto al uso civil, después de haber sido una tecnología de uso exclusivamente militar. En 1994 aparecieron Amazon y Yahoo!, en 1995 Microsoft lanzó Windows 95 y, el 31 de diciembre de 1999, millones de personas esperábamos con incertidumbre el famoso Y2K y la posibilidad de que las computadoras colapsaran al cambiar de milenio.

El sociólogo español Manuel Castells sostiene en su trilogía La era de la información que, desde la década de 1970, surgió una nueva forma de organización social basada en redes de información, tecnologías digitales y una economía sustentada en el conocimiento. Hoy, Yuval Noah Harari sostiene que la IA ya no es simplemente una herramienta informática, sino un nuevo tipo de agente capaz de generar contenido, influir en decisiones y transformar profundamente nuestras instituciones.

SUSCRÍBASE A NUESTRO NEWSLETTER

Sin embargo, toda revolución tecnológica tiene efectos secundarios. La Revolución Industrial impulsó el crecimiento económico, pero también produjo contaminación. La energía nuclear abrió enormes posibilidades, pero también hizo posible una capacidad de destrucción nunca antes vista. La Era de la Información nos permitió acceder al conocimiento como nunca antes en la historia, pero también abrió la puerta a una nueva forma de desinformación.

Vivimos en una época en la que cualquiera puede opinar de economía, política, medicina, geopolítica o deportes como si fueran especialistas en la materia. En cada Mundial de fútbol aparecen miles de expertos que nunca han pateado un balón ni puesto un pie en una cancha. Cuando estalla un conflicto internacional, todos se convierten en expertos en geopolítica. El problema no es que todos podamos opinar. Esa libertad es una conquista extraordinaria. El problema comienza cuando las opiniones sustituyen a los hechos y las emociones pesan más que la evidencia.

Las redes sociales ampliaron la libertad de expresión, pero también multiplicaron la capacidad de destruir reputaciones. Una noticia incompleta, una publicación malintencionada, un video sacado de contexto o una acusación sin fundamento bastan para destruir la reputación de una persona antes de que exista una investigación formal o una resolución judicial.

El juicio ya no ocurre únicamente en los tribunales. También ocurre en las redes sociales, donde basta un clic para convertir una sospecha en sentencia. Cuando finalmente aparecen los hechos, miles de personas ya emitieron un veredicto y el daño suele ser irreversible. Tal vez por eso, como abogado, siempre me ha llamado la atención este contraste. Uno de los principios fundamentales del Estado de Derecho es la presunción de inocencia. En las redes sociales, muchas veces ocurre exactamente lo contrario: primero llega la condena pública.

El problema no termina ahí. Lo que casi nunca se mide es el daño que esto produce. No solo a quien es objeto de la difamación, sino también a su familia, sus hijos, sus amigos y las personas que lo rodean. Hay reputaciones que pueden reconstruirse; otras quedan marcadas para siempre. En algunos casos, el linchamiento digital incluso termina trasladándose al mundo real mediante agresiones, amenazas o actos de violencia contra personas que ni siquiera tuvieron responsabilidad en los hechos.

Nunca habíamos tenido tanto acceso al conocimiento y, paradójicamente, nunca había sido tan difícil distinguir entre un hecho y una opinión, entre una noticia y una manipulación, entre un experto y un improvisado. Los algoritmos, además, suelen mostrar aquello que confirma nuestras propias creencias, haciendo que la verdad compita en desventaja frente a nuestros prejuicios.

Hace treinta años, aquel rótulo de la universidad anunciaba un futuro lleno de conocimiento. Y sigo creyendo que la información puede hacernos mejores. Pero durante este tiempo, también he aprendido que ninguna tecnología reemplaza algo mucho más antiguo: la prudencia para verificar antes de creer y la responsabilidad de no destruir a una persona sin conocer la verdad. Porque una mentira puede desaparecer de Internet. El daño sobre el buen nombre de una persona, muchas veces, permanece para siempre

¿Quiere recibir notificaciones de alertas?