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Ensayo con vestuario en Ceuta

"Ceuta y Melilla no fueron sólo un episodio de presión migratorio; sino una prueba de resistencia de las instituciones. Y esa prueba todavía no ha terminado.".

Luis Figueroa |
07 de agosto, 2026

La invasión de Ceuta y Melilla, entre el 30 y 31 de julio pasados, fue una forma de “ensayo con vestuario”. Los organizadores de esas operaciones ya saben que el gobierno de Pedro Sánchez no detendrá los asaltos y saben que podrán cometer tropelías mientras los habitantes de las ciudades vulnerables se encierran aterrados e indefensos.

Como en una escena de The Walking Dead, a partir de la madrugada del 30 de julio, decenas de miles de jóvenes marroquíes, y algunos argelinos y subsaharianos en su mayoría en edad militar —con presencia de algunas mujeres y menores— invadieron Ceuta. La vía principal fue a nado; pero también hubo entradas por tierra.

Dependiendo de quién cuenta, se estima que entraron entre 50,000 y 80,000 a Ceuta, que tiene una población de aproximadamente 84,000 habitantes. Por supuesto que el volumen desbordó los recursos de acogida, policía y servicios de esa ciudad.

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En Melilla el impacto fue inferior: se registraron entre 300 y 1,300 entradas y la mayoría fueron retornados rápidamente; en la ciudad permanecieron unas 260 personas, muchas de ellas menores. Aparentemente se produjo un retorno masivo y rápido a Marruecos; pero en Ceuta quedaron varios miles, especialmente menores y personas en situación de vulnerabilidad.

Las cifras españolas cuentan entre 75 y 88 muertos por ahogamiento; pero los marroquíes reportan 11 muertos.

En estos casos particulares un factor desencadenante clave fue una sentencia del Tribunal Supremo español según la cual las “devoluciones en caliente” (rechazo en frontera inmediato) previstas en la disposición adicional décima de la Ley de Extranjería no se aplican a quienes intentan entrar a nado, o por mar, a Ceuta y Melilla. La sentencia se distorsionó en redes sociales y por redes de tráfico de personas, y generó rumores de impunidad y posibles regularizaciones.

Desde una perspectiva más amplia, este tipo de operaciones tiene su origen en lo que Gad Saad llama empatía suicida. Esta es una compasión extrema y sin lógica en la política, o la sociedad, que puede dañar los valores propios y pone en riesgo la supervivencia de una cultura. Para el ojo observador y la mente analítica, es evidente que las culturas islamista y subsahariana son incompatibles con la civilización occidental.

La empatía suicida se manifiesta en dejar entrar masas sin exigir que acepten las leyes locales; callar abusos culturales por temor a ser llamados malos, o intolerantes; y culpar a la sociedad por delitos cometidos por individuos de aquellas masas, en vez de castigar a los culpables.

En el mediano plazo, como ocurre en el Reino Unido, el volumen y la naturaleza de la migración de grupos con bajo capital social, altas tasas de matrimonios consanguíneos y actitudes colectivistas, combinados con ideologías islamistas, erosionan la cohesión, asfixian la libertad de expresión y crean enclaves donde las normas británicas se diluyen.

Con toda la razón del mundo los gobiernos de Fancia e Italia activaron controles de identidad selectivos y aleatorios a pasajeros procedentes de España para salvaguardar la seguridad nacional. Giorgia Meloni culpó directamente al gobierno de Sánchez y a su política de regularización de extranjeros de actuar como un factor de atracción para la inmigración ilegal.

Ceuta y Melilla no fueron sólo un episodio de presión migratorio; sino una prueba de resistencia de las instituciones. Y esa prueba todavía no ha terminado.

Ensayo con vestuario en Ceuta

"Ceuta y Melilla no fueron sólo un episodio de presión migratorio; sino una prueba de resistencia de las instituciones. Y esa prueba todavía no ha terminado.".

Luis Figueroa |
07 de agosto, 2026

La invasión de Ceuta y Melilla, entre el 30 y 31 de julio pasados, fue una forma de “ensayo con vestuario”. Los organizadores de esas operaciones ya saben que el gobierno de Pedro Sánchez no detendrá los asaltos y saben que podrán cometer tropelías mientras los habitantes de las ciudades vulnerables se encierran aterrados e indefensos.

Como en una escena de The Walking Dead, a partir de la madrugada del 30 de julio, decenas de miles de jóvenes marroquíes, y algunos argelinos y subsaharianos en su mayoría en edad militar —con presencia de algunas mujeres y menores— invadieron Ceuta. La vía principal fue a nado; pero también hubo entradas por tierra.

Dependiendo de quién cuenta, se estima que entraron entre 50,000 y 80,000 a Ceuta, que tiene una población de aproximadamente 84,000 habitantes. Por supuesto que el volumen desbordó los recursos de acogida, policía y servicios de esa ciudad.

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En Melilla el impacto fue inferior: se registraron entre 300 y 1,300 entradas y la mayoría fueron retornados rápidamente; en la ciudad permanecieron unas 260 personas, muchas de ellas menores. Aparentemente se produjo un retorno masivo y rápido a Marruecos; pero en Ceuta quedaron varios miles, especialmente menores y personas en situación de vulnerabilidad.

Las cifras españolas cuentan entre 75 y 88 muertos por ahogamiento; pero los marroquíes reportan 11 muertos.

En estos casos particulares un factor desencadenante clave fue una sentencia del Tribunal Supremo español según la cual las “devoluciones en caliente” (rechazo en frontera inmediato) previstas en la disposición adicional décima de la Ley de Extranjería no se aplican a quienes intentan entrar a nado, o por mar, a Ceuta y Melilla. La sentencia se distorsionó en redes sociales y por redes de tráfico de personas, y generó rumores de impunidad y posibles regularizaciones.

Desde una perspectiva más amplia, este tipo de operaciones tiene su origen en lo que Gad Saad llama empatía suicida. Esta es una compasión extrema y sin lógica en la política, o la sociedad, que puede dañar los valores propios y pone en riesgo la supervivencia de una cultura. Para el ojo observador y la mente analítica, es evidente que las culturas islamista y subsahariana son incompatibles con la civilización occidental.

La empatía suicida se manifiesta en dejar entrar masas sin exigir que acepten las leyes locales; callar abusos culturales por temor a ser llamados malos, o intolerantes; y culpar a la sociedad por delitos cometidos por individuos de aquellas masas, en vez de castigar a los culpables.

En el mediano plazo, como ocurre en el Reino Unido, el volumen y la naturaleza de la migración de grupos con bajo capital social, altas tasas de matrimonios consanguíneos y actitudes colectivistas, combinados con ideologías islamistas, erosionan la cohesión, asfixian la libertad de expresión y crean enclaves donde las normas británicas se diluyen.

Con toda la razón del mundo los gobiernos de Fancia e Italia activaron controles de identidad selectivos y aleatorios a pasajeros procedentes de España para salvaguardar la seguridad nacional. Giorgia Meloni culpó directamente al gobierno de Sánchez y a su política de regularización de extranjeros de actuar como un factor de atracción para la inmigración ilegal.

Ceuta y Melilla no fueron sólo un episodio de presión migratorio; sino una prueba de resistencia de las instituciones. Y esa prueba todavía no ha terminado.

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