EL SOCIALISMO JAMÁS FUNCIONARÁ, quinta parte.
«El excedente que el trabajador produce más allá de lo que recibe como salario es otro disparate socialista que no concibe el mercado de tiempo.»
Hasta aquí he evidenciado que el socialismo, por ser una teoría tan desacertada e insensata, jamás funcionará para generar la prosperidad que promete. Como rechaza el mercado o cooperación social, y sostiene como principio básico la lucha de clases que hace imposible toda posibilidad de cooperación, y como recomienda la abolición de la propiedad privada, sin la que no hay posibilidad de intercambio de bienes al no tener que ofrecer a cambio de lo que demanda el otro, y por tanto, es imposible el regateo para establecer precios, no hay manera de descubrir lo que ha de producirse por medio de la cooperación comunal para beneficiar a cada uno según su propio interés.
Al no entender la función del mercado, y considerar que el valor es intrínseco al objeto, los teóricos del socialismo o comunismo tampoco se dan cuenta de su falaz razonamiento circular al suponer que el valor de la mercancía y del trabajo es igual a los gastos de producción, gastos cuyo monto requiere conocer primero el precio de las mercancías que el productor necesita como materia prima, y el precio del trabajo requerido para fabricar la mercancía.
Derivado de este disparate del ‘valor intrínseco’ y de sólo concebir relaciones de gana-pierde, se da otro error, el de la plusvalía como el valor excedente que el trabajador produce más allá de lo que recibe como salario, y constituye la base de la ganancia capitalista. Supone pues, que el capitalista le roba parte del valor del producto al trabajador.
Este error se da porque al no entender el teórico socialista o comunista que ‘valorar’ es una forma de pensar las cosas (una categoría de relación que consiste en atribuirle importancia a un objeto al relacionar su posibilidad de uso para satisfacer un fin y entonces actuar para conseguirlo y/o conservarlo con la intención de usarlo como medio para alcanzar el fin propuesto), no concibe la existencia de la preferencia temporal.
La preferencia temporal es el valor que la persona le atribuye a tener un bien antes que más tarde. Como todo valor, la preferencia temporal es subjetiva y por tanto algunos individuos valoran en un grado mayor que otros el querer disfrutar de un bien ahora en lugar de en el futuro. Esto crea una oportunidad de mercado: el mercado de tiempo.
La mayoría de las personas en una sociedad están familiarizadas con este mercado, aunque no lo conceptualizan totalmente. Cada vez que compran algo a plazos lo hacen gracias al mercado de tiempo. Por ejemplo, si un individuo quiere comprar un auto, pero sólo tiene la mitad del dinero de lo que cuesta, puede ahorrar durante cinco años hasta completar la suma demandada por el vendedor y comprarlo entonces. Pero si desea disfrutar del automóvil ahora en lugar de hasta en cinco años, gracias al mercado de tiempo, puede contratar un financiamiento que amortizará durante los cinco años mientras usa su vehículo. Lo que pacta no es el dinero adelantado para adquirir el automotor, pues el dinero lo devuelve en su totalidad, sino el tiempo, la posibilidad de disponer de ese dinero ahora en lugar de tener que esperar cinco años para poder usarlo. Y por lo que tiene que pagar es por ese tiempo que compra. Ese tiempo para el financista implica un costo, pues una vez cede el uso del dinero que entrega, tiene que incurrir en un tiempo de espera de cinco años para volver a disponer del mismo.
Al precio del tiempo se le denomina ‘interés’ y se compone del interés originario (sujeto a la demanda y oferta del mercado), más una cantidad de la devaluación esperada de la moneda, más una cantidad que cubre el riesgo estadístico de incumplimiento.
De lo que los teóricos socialistas y comunistas no se han percatado es que el mercado de tiempo no se da sólo en el financiamiento bancario sino en toda relación de contrato por cuenta ajena. Así, por ejemplo, cuando un empresario constructor, atendiendo a la demanda del mercado inmobiliario, decide fabricar un edificio de viviendas, contrata para construirlo la mano de obra con varios albañiles.
Ahora, los albañiles tienen al menos dos opciones. Una, pueden acordar con el empresario constructor construir los muros, vigas, losas y acabados del edificio y una vez esté terminado y se venda, cobrar de las ganancias el porcentaje que les corresponde según lo aportado en la fabricación de éste. Esta decisión implica tener provisiones suficientes durante el período de producción, digamos que es de dos años, que es al mismo tiempo el lapso de espera para cosechar las ganancias, si las hay. Pero también se corre el riesgo de incurrir en pérdidas si eventos impredecibles modifican el mercado: eventos como un desplome del mercado inmobiliario, una guerra, un golpe de Estado, etc. Nada impide a los albañiles formar una cooperativa para sufragar gastos de aprovisionamiento durante el lapso de producción.
La otra opción, si no quieren esperar a que se venda el edificio y arroje ganancias o pérdidas, es acordar con el empresario constructor construir los muros, vigas, losas y acabados del edificio y cobrar por elemento terminado semanalmente. De esta manera el empresario constructor les estaría adelantando su porcentaje de las ganancias sin el riesgo de que no haya ninguna. Pero este adelanto es tiempo que significa un costo para el empresario y como en todo mercado de tiempo, tiene un precio. Ese precio es una cantidad parcial del porcentaje de las ganancias proyectadas a la que el albañil renuncia a cambio de tener su dinero ahora en lugar de más tarde.
Así que la idea de la plusvalía como el valor excedente que el trabajador produce más allá de lo que recibe como salario es otro disparate de la teoría socialista que no concibe el mercado de tiempo.
Continuará.
EL SOCIALISMO JAMÁS FUNCIONARÁ, quinta parte.
«El excedente que el trabajador produce más allá de lo que recibe como salario es otro disparate socialista que no concibe el mercado de tiempo.»
Hasta aquí he evidenciado que el socialismo, por ser una teoría tan desacertada e insensata, jamás funcionará para generar la prosperidad que promete. Como rechaza el mercado o cooperación social, y sostiene como principio básico la lucha de clases que hace imposible toda posibilidad de cooperación, y como recomienda la abolición de la propiedad privada, sin la que no hay posibilidad de intercambio de bienes al no tener que ofrecer a cambio de lo que demanda el otro, y por tanto, es imposible el regateo para establecer precios, no hay manera de descubrir lo que ha de producirse por medio de la cooperación comunal para beneficiar a cada uno según su propio interés.
Al no entender la función del mercado, y considerar que el valor es intrínseco al objeto, los teóricos del socialismo o comunismo tampoco se dan cuenta de su falaz razonamiento circular al suponer que el valor de la mercancía y del trabajo es igual a los gastos de producción, gastos cuyo monto requiere conocer primero el precio de las mercancías que el productor necesita como materia prima, y el precio del trabajo requerido para fabricar la mercancía.
Derivado de este disparate del ‘valor intrínseco’ y de sólo concebir relaciones de gana-pierde, se da otro error, el de la plusvalía como el valor excedente que el trabajador produce más allá de lo que recibe como salario, y constituye la base de la ganancia capitalista. Supone pues, que el capitalista le roba parte del valor del producto al trabajador.
Este error se da porque al no entender el teórico socialista o comunista que ‘valorar’ es una forma de pensar las cosas (una categoría de relación que consiste en atribuirle importancia a un objeto al relacionar su posibilidad de uso para satisfacer un fin y entonces actuar para conseguirlo y/o conservarlo con la intención de usarlo como medio para alcanzar el fin propuesto), no concibe la existencia de la preferencia temporal.
La preferencia temporal es el valor que la persona le atribuye a tener un bien antes que más tarde. Como todo valor, la preferencia temporal es subjetiva y por tanto algunos individuos valoran en un grado mayor que otros el querer disfrutar de un bien ahora en lugar de en el futuro. Esto crea una oportunidad de mercado: el mercado de tiempo.
La mayoría de las personas en una sociedad están familiarizadas con este mercado, aunque no lo conceptualizan totalmente. Cada vez que compran algo a plazos lo hacen gracias al mercado de tiempo. Por ejemplo, si un individuo quiere comprar un auto, pero sólo tiene la mitad del dinero de lo que cuesta, puede ahorrar durante cinco años hasta completar la suma demandada por el vendedor y comprarlo entonces. Pero si desea disfrutar del automóvil ahora en lugar de hasta en cinco años, gracias al mercado de tiempo, puede contratar un financiamiento que amortizará durante los cinco años mientras usa su vehículo. Lo que pacta no es el dinero adelantado para adquirir el automotor, pues el dinero lo devuelve en su totalidad, sino el tiempo, la posibilidad de disponer de ese dinero ahora en lugar de tener que esperar cinco años para poder usarlo. Y por lo que tiene que pagar es por ese tiempo que compra. Ese tiempo para el financista implica un costo, pues una vez cede el uso del dinero que entrega, tiene que incurrir en un tiempo de espera de cinco años para volver a disponer del mismo.
Al precio del tiempo se le denomina ‘interés’ y se compone del interés originario (sujeto a la demanda y oferta del mercado), más una cantidad de la devaluación esperada de la moneda, más una cantidad que cubre el riesgo estadístico de incumplimiento.
De lo que los teóricos socialistas y comunistas no se han percatado es que el mercado de tiempo no se da sólo en el financiamiento bancario sino en toda relación de contrato por cuenta ajena. Así, por ejemplo, cuando un empresario constructor, atendiendo a la demanda del mercado inmobiliario, decide fabricar un edificio de viviendas, contrata para construirlo la mano de obra con varios albañiles.
Ahora, los albañiles tienen al menos dos opciones. Una, pueden acordar con el empresario constructor construir los muros, vigas, losas y acabados del edificio y una vez esté terminado y se venda, cobrar de las ganancias el porcentaje que les corresponde según lo aportado en la fabricación de éste. Esta decisión implica tener provisiones suficientes durante el período de producción, digamos que es de dos años, que es al mismo tiempo el lapso de espera para cosechar las ganancias, si las hay. Pero también se corre el riesgo de incurrir en pérdidas si eventos impredecibles modifican el mercado: eventos como un desplome del mercado inmobiliario, una guerra, un golpe de Estado, etc. Nada impide a los albañiles formar una cooperativa para sufragar gastos de aprovisionamiento durante el lapso de producción.
La otra opción, si no quieren esperar a que se venda el edificio y arroje ganancias o pérdidas, es acordar con el empresario constructor construir los muros, vigas, losas y acabados del edificio y cobrar por elemento terminado semanalmente. De esta manera el empresario constructor les estaría adelantando su porcentaje de las ganancias sin el riesgo de que no haya ninguna. Pero este adelanto es tiempo que significa un costo para el empresario y como en todo mercado de tiempo, tiene un precio. Ese precio es una cantidad parcial del porcentaje de las ganancias proyectadas a la que el albañil renuncia a cambio de tener su dinero ahora en lugar de más tarde.
Así que la idea de la plusvalía como el valor excedente que el trabajador produce más allá de lo que recibe como salario es otro disparate de la teoría socialista que no concibe el mercado de tiempo.
Continuará.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: