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El placer de leer una buena historia

Rodrigo Fernández Ordóñez |
17 de julio, 2026

Para el lector consuetudinario no existe mayor placer que empezar la lectura de un libro y sentirse atrapado por él desde el primer momento. Hay libros con los que al principio cuesta sentirse atraído o engullido por la historia. Algunos necesitan cierto esfuerzo por parte del lector, en tiempos en los que el tiempo es escaso o la edad apremia, y no siempre se logra ese “click” satisfactorio que hace que las siguientes páginas se escurran entre los dedos y luego uno se recrimine por no haber leído el libro más despacio, para prolongar el goce. En ocasiones, tras múltiples intentos fallidos, estos libros quedan relegados al solitario montón de los no terminados de leer.

Estas últimas semanas he tenido la inmensa suerte de reencontrarme con una de esas autoras con las que el click llega desde los primeros párrafos. María Elena Schlesinger es una de esas autoras que aún desde los lejanos días en que escribía breves, siempre lastimosamente breves, columnas en las páginas de Siglo Veintiuno y luego en elPeriódico, lograba enganchar con el lector desde la primera letra. Su columna siempre me parecía que dejaba con ganas de saber más, que debían dejarla llenar páginas enteras con su atractiva capacidad de hilvanar historias, recuerdos, anécdotas. Afortunadamente la autora dio el salto cuantitativo regalándonos en el 2012 su hermoso libro «La noche del cometa», que como siempre con ella me duró apenas dos días antes de terminarlo. Luego, en el 2015 llegó a las librerías «Aída la bella» con el mismo efecto.

Luego no tuvimos más noticias de ella, o si las hubo no me enteré hasta que hace un par de meses se anunció la publicación de «Memorias de un conejo» (2025), libro en el que nos regala sus recuerdos de juventud, reconstruyendo la historia de su familia y terminando por reconstruir la vida en la ciudad de Guatemala durante buena parte del siglo XX. La virtud de María Elena es contar historias que a cualquier lector le pueden parecer cercanas, pues vienen del mismo seno de su familia, de una Guatemala en la que hará apenas unas décadas, todo transcurría con lentitud, como en cámara lenta. Leer sus páginas llenas de anécdotas y recuerdos es como estar sentado en la sobremesa escuchando a mi abuela contar sus historias de juventud, sobre todo cuando al final de su vida dejó de ser esa señora seria y envarada para convertirse en una amable viejecita que se podía pasar horas rememorando sus años de juventud.

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Hace una semana nos dio a sus fieles lectores una nueva sorpresa. La hermosa editorial La Pepita editó con una calidad sobresaliente su último libro, «El cuaderno anaranjado», en el que cual canasto de un sastre o gaveta de una abuela nos regala textos variados, unidos por un hilo compartido: la vida de la autora y sus recuerdos y la ciudad de Guatemala del siglo XX. Por sus páginas desfilan los viejos oficios ya olvidados como los del afilador de cuchillos, el basurero en su carretón de mulas viejas o el arriero de cabras, pasando por los negocios más famosos de hace siete décadas o los oficios domésticos que han quedado perdidos en los recuerdos más remotos, como el zurcir de la ropa o el blanquear los costales de azúcar para reutilizarlos en mil formas distintas. Incluso repasa las materias que tuvo que estudiar durante su formación escolar: «… Salud y Seguridad, y Agropecuaria, pues nos enseñaban año con año los mismos temas: cómo fabricar letrinas, cómo manipular en casa los excrementos y exterminar las ratas por aquello del tifus, y a los insectos anófeles por el miedo al paludismo, ya que vivíamos en el trópico salvaje…».

Sus libros son el mejor ejemplo de lo que los entendidos como el recientemente fallecido Carlo Ginzburg dieron en llamar “micro-historia”, para los que gustan de las etiquetas en toda actividad humana. Yo la llamaría simplemente historia, pero una historia íntima que se aleja de los grandes momentos, de los grandes personajes, de las rimbombancias de las pretendidas hazañas para recuperar para nuestro pleno disfrute los momentos más rutinarios, la vida diaria, los pequeños actos que hacen la vida de la mayor parte de la humanidad y que, bien leída, también es una epopeya de magnitud más modesta, pero epopeya al final. ¡Que placer perderse en estos recuerdos!, es como cabecear en la mecedora del corredor de los abuelos después de una buena comilona de fiambre, esperando una taza de café que termine por asentar el alma. En el Centro Histórico, por supuesto.

El placer de leer una buena historia

Rodrigo Fernández Ordóñez |
17 de julio, 2026

Para el lector consuetudinario no existe mayor placer que empezar la lectura de un libro y sentirse atrapado por él desde el primer momento. Hay libros con los que al principio cuesta sentirse atraído o engullido por la historia. Algunos necesitan cierto esfuerzo por parte del lector, en tiempos en los que el tiempo es escaso o la edad apremia, y no siempre se logra ese “click” satisfactorio que hace que las siguientes páginas se escurran entre los dedos y luego uno se recrimine por no haber leído el libro más despacio, para prolongar el goce. En ocasiones, tras múltiples intentos fallidos, estos libros quedan relegados al solitario montón de los no terminados de leer.

Estas últimas semanas he tenido la inmensa suerte de reencontrarme con una de esas autoras con las que el click llega desde los primeros párrafos. María Elena Schlesinger es una de esas autoras que aún desde los lejanos días en que escribía breves, siempre lastimosamente breves, columnas en las páginas de Siglo Veintiuno y luego en elPeriódico, lograba enganchar con el lector desde la primera letra. Su columna siempre me parecía que dejaba con ganas de saber más, que debían dejarla llenar páginas enteras con su atractiva capacidad de hilvanar historias, recuerdos, anécdotas. Afortunadamente la autora dio el salto cuantitativo regalándonos en el 2012 su hermoso libro «La noche del cometa», que como siempre con ella me duró apenas dos días antes de terminarlo. Luego, en el 2015 llegó a las librerías «Aída la bella» con el mismo efecto.

Luego no tuvimos más noticias de ella, o si las hubo no me enteré hasta que hace un par de meses se anunció la publicación de «Memorias de un conejo» (2025), libro en el que nos regala sus recuerdos de juventud, reconstruyendo la historia de su familia y terminando por reconstruir la vida en la ciudad de Guatemala durante buena parte del siglo XX. La virtud de María Elena es contar historias que a cualquier lector le pueden parecer cercanas, pues vienen del mismo seno de su familia, de una Guatemala en la que hará apenas unas décadas, todo transcurría con lentitud, como en cámara lenta. Leer sus páginas llenas de anécdotas y recuerdos es como estar sentado en la sobremesa escuchando a mi abuela contar sus historias de juventud, sobre todo cuando al final de su vida dejó de ser esa señora seria y envarada para convertirse en una amable viejecita que se podía pasar horas rememorando sus años de juventud.

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Sus libros son el mejor ejemplo de lo que los entendidos como el recientemente fallecido Carlo Ginzburg dieron en llamar “micro-historia”, para los que gustan de las etiquetas en toda actividad humana. Yo la llamaría simplemente historia, pero una historia íntima que se aleja de los grandes momentos, de los grandes personajes, de las rimbombancias de las pretendidas hazañas para recuperar para nuestro pleno disfrute los momentos más rutinarios, la vida diaria, los pequeños actos que hacen la vida de la mayor parte de la humanidad y que, bien leída, también es una epopeya de magnitud más modesta, pero epopeya al final. ¡Que placer perderse en estos recuerdos!, es como cabecear en la mecedora del corredor de los abuelos después de una buena comilona de fiambre, esperando una taza de café que termine por asentar el alma. En el Centro Histórico, por supuesto.

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